Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 11. LA CALMA ANTES DE LA
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CAPÍTULO 11. LA CALMA ANTES DE LA

TORMENTA

Dorlak se divisaba desde la lejanía. Surghen avanzaba acompañado por las tres cohortes que quedaban de la expedición a las ruinas.

El Comandante llevaba ya un mes de viaje.

Seis días atrás, Lorem había partido de Velgorad rumbo a Selgor con la centuria de soldados de Surghen.

Esperaría a los capitalinos en el Karneth.

Había enviado un cuervo a Kaer’Durnath para solicitar refuerzos.

Los muros de Dorlak eran imponentes, se elevaban poco más de ocho yardas desde el suelo con vallas, torreones, bodegas y todo lo necesario para la manutención de las tropas.

Las puertas de la ciudad eran de madera blanca, lo cual hacía un bello contraste con lo oscuro del basalto de su muralla.

A mitad de cada muro se alzaban torreones estrechos, en cuyos interiores apenas dos soldados montaban guardia.

Al ver la caravana de Surghen, tocaron los cuernos de guerra para anunciar la entrada de los capitalinos.

Un retumbar comenzó a sonar y las puertas comenzaron a abrirse hacia dentro, dejando ver una ciudad que le hacía honor a su nombre.

Las calles estaban vacías y cada vez más vagabundos se quedaban a vivir en las avenidas principales; muchas de las casas estaban en condiciones deplorables, abandonadas o vandalizadas.

Tharven Kûrdras estaba esperando a Surghen junto con una escolta de dos soldados.

Los iban a llevar al castillo principal.

Surghen tenía pensado quedarse en Dorlak unos dos o tres días máximo antes de marchar al Altheryn.

El castellano y sus soldados iban vestidos con armaduras plateadas, cascos y espadas, mientras que el dirigente iba vestido con un traje de lino verdoso, un cinturón de cuero café con algunas joyas decorando y una espada larga colgada en la espalda.

«Pensaba que Dorlak sería más gris», pensó Surghen al ver el tránsito de ciudadanos.

—Bienvenido comandante —saludó Tharven Kûrdras—. ¿Cuánto tiempo se va a quedar en la ciudad?

—No más de tres días —respondió Surghen.

El castellano asintió, mas no dijo nada. Los comenzó a guiar hacia el interior de la ciudad mientras los soldados de Surghen entraban y los guardias cerraban las puertas.

—¿A qué debo su visita? —preguntó Tharven Kûrdras.

—El Emperador me ha enviado desde Velgorad a dirigir las fuerzas militares al Altheryn —respondió Surghen. —La guerra comenzó, los velmyrianos invadieron el sur del país; puede considerar que lo apoyaré en la ciudad hasta que reciba un cuervo desde la capital.

Kûrdras parecía sorprendido, aunque realmente no lo estaba; no creía del todo que los velmyrianos pudieran invadir Drakareth, pero tampoco estaba informado.

El dirigente de Dorlak era partidario de ciertos rumores que hablaban sobre una falla de comunicaciones entre norteños y sureños.

Pasaba sus tardes y gastaba los recursos en tratar de crear mejorías de comunicación entre Velgorad y Selgor hacía Dorlak, olvidándose de su gente.

Por su lado, Surghen no entendía este comportamiento, pues él sabía de primera mano que aquellos rumores no eran ciertos.

Un mensajero llegó apresuradamente hasta donde se encontraban los capitalinos y el Señor de la ciudad, llevaba puesto un jubón de cuero cian arriba de un vestido rojo, un cinturón negro donde llevaba una espada corta y botas elevadas.

Estaba sobre un caballo blanco, con correas marrones y una silla de montar acolchada con telas de terciopelo.

—Señor, tenemos un prisionero que tal vez le interese —dijo el mensajero. —Lo capturamos en el bosque, parece ser fyrtano. Pero necesitamos que nos ayude, no podemos hacerla hablar.

—¿Es una chica? —preguntó Surghen. El mensajero asintió.

El castellano aumentó la marcha detrás del mensajero y Surghen detrás de él.

En la carrera, las calles de Dorlak se desdibujaban.

Las sombras de las murallas, el gentío y el repiqueteo de los cascos borraban los detalles: solo fugaces destellos de edificios, parques y calzadas se dejaban entrever, demasiado rápidos para ser apreciados.

Llegaron a una gran colina un poco apartada, donde una puerta metálica yacía en su base.

El mensajero la abrió y dejó pasar a los generales.

La oscuridad se condensaba por la falta de ventanas.

Al hallarse en el interior de la colina, el aire estaba enrarecido: olor a humedad, penumbra y una opresiva falta de ventilación.

Había antorchas apostadas frente a cada celda que iluminaban poco.

Kûrdras tomó una antorcha, las sombras creaban siluetas danzantes.

Se movió hasta el fondo de la construcción.

La prisión estaba levantada en basalto ennegrecido, y en los umbrales de las puertas se apreciaban decoraciones de roca sobre un marco de metal.

El carcelero, y torturador, salió de una celda, estaba cansado, sudando y acalorado, respiraba sonoramente. Se apoyó en la pared para agarrar un poco de aire. Estaba muy agitado por las sesiones.

—Mi señor —dijo el carcelero—. Es imposible. No habla. A este paso la terminaré matando.

—Tómate un descanso, la haremos hablar —dijo Tharven Kûrdras.

El castellano y el comandante entraron a la sala.

Estaba oscura, únicamente iluminada por dos antorchas en las paredes; en el centro había una silla de piedra atornillada al suelo, a un lado había una mesa de tortura con varias herramientas y en la silla había una mujer herida, quemada.

Las lágrimas salían, pero no hacía sonido alguno, no volteaba a ver a nadie más que el suelo.

La mujer tenía el cabello despeinado y maltratado, manchado por la sangre; era de tez morena clara, aunque un poco bronceada por el sol; la piel de los brazos y hombros estaba carcomida por el polvo y el sudor; tenía ojos negros penetrantes —aunque los tenía cerrados—, el carcelero le había puesto una tablilla en su brazo izquierdo.

Tenía ropajes negros, compuestos por distintos vendajes de diferente grosor y en el pecho estaba el blasón de la casa Elvaris.

—Me informan que sigues sin abrir la boca —dijo el local agachándose y poniendo un dedo en la barbilla de la mujer para levantarle el rostro—. ¿No entiendes que mientras más te resistas más doloroso y complicado será el proceso?

—No pienso abrir la boca ante una escoria drakariana —dijo la chica apartando la cabeza bruscamente—. Puede torturarme lo que quiera, no me sacará nada del cuerpo.

Surghen conocía esa voz, era una voz muy familiar, de alguien que amaba. «¿Naeryn? ¿Qué hace aquí?» —pensó—. «Así que esta fue su desaparición, ¿eh?»

Se le hacía un nudo en la garganta. El muchacho estaba viendo sufrir a la mujer que más quería en la tierra. Las lágrimas comenzaron a correr silenciosamente. Se aguantó las ganas de levantar la espada contra Kûrdras.

—Señor —habló Surghen—. Déjeme solo con ella, haré que hable.

Kûrdras no estaba convencido, pero terminó concediendo el permiso al comandante. La ciudad de Dorlak hervía en protestas que él debía contener.

Cuando el castellano salió de la celda, Surghen cerró la puerta con sutileza y también corrió la pequeña puerta deslizable de ésta.

—Naeryn —llamó, pero el casco distorsionó su voz. La muchacha no respondió.

—Naeryn —insistió el muchacho.

Naeryn estaba llorando desconsoladamente, pero en silencio y respiraba con dificultad. No quería escuchar. Surghen se acercó para desatarle las muñecas, pero la chica se apartó.

—Está bien que no hables con ellos, pero al menos habla conmigo, querida —dijo Surghen.

—No me digas así, no sé quién eres—escupió la chica.

—Claro que sabes quién soy, al igual que yo sé quién eres. Puedes estar tranquila. El que te torturaba ya no está. No volverá. Ahora estás a salvo.

—¿Cómo puedo estar segura de lo que me dices?

—Tengo respuestas a todas tus preguntas —El muchacho se quitó el casco—. Solo necesito que me mires a los ojos.

Naeryn abrió los ojos, tenía la respiración cortada y las lágrimas salían silenciosamente. Pero, aun así, levantó la mirada y miró al Comandante. Al hacerlo no pudo contener el llanto.

—Ahora estás a salvo —El muchacho la abrazó—. Nadie te hará daño.

—Surghen, ¿qué haces aquí? —preguntó Naeryn hablando entrecortadamente—. Tú siempre fuiste fyrtano.

—Y lo sigo siendo, pero ahora mi lucha es desde este lado de la frontera. El Emperador de estas tierras me concedió un gran poder que te puedo otorgar, pero necesito que hagas algo —No esperó la respuesta de la chica—. Necesito que digas que eres drakariana.

—¡No... ¡Nunca! —exclamó con fuerza—. ¡Eres un estúpido! Primero dices que sigues siendo fyrtano para luego proponerme algo que no puedo aceptar.

—Por favor Naeryn —suplicó Surghen—. Solo te estoy pidiendo que digas serlo, no que lo seas —sacó un pequeño puñal y cortó las cuerdas que sujetaban las piernas de la chica—. En este momento tu vida depende de esto.

—Antes muerta.

—Tú misma lo escribiste, Aelwîn ya te considera muerta. Tú misma fuiste quien dijo que Caerlan no haría nada por traerme de regreso. Tampoco hará nada por ti.

—¡Yo no voy a vivir así! —la chica explotó del enojo.

—Yo tampoco puedo permitir que te maten —Surghen regresó a la puerta y la atracó con la mesa de tortura—. Piensa por favor, si quieres estar viva ya no puedes decir que eres fyrtana.

—¿Sí? ¡Qué bueno! Habré muerto con orgullo.

—Nadie lo recordará, y a los ojos de todos solamente habrás muerto por cobardía.

—Es más cobarde ser drakariana.

—¡No estás pensando! —Surghen gritó por el estrés—. Solo lo tienes que aparentar, ¿no entiendes que no tienes que serlo?

—De que sirve, estas personas son primitivas, solamente les interesa lo que pueda decir sobre Aelwîn.

—¿Y sabes que harán cuando conquisten Aelwîn? Si no me haces caso ahora sí tendrán razón y no les importará lo que les digas. Te matarán igualmente.

—Mejor eso que ser drakariana —parecía que la chica se había resignado.

—¡Mejor DECIR que eres drakariana a que tu cabeza acabe en una pica! —Surghen soltó un golpe en la puerta.

—¡Prefiero eso antes que ser una traidora de mi gente!

—No se trata de traición mujer, se trata de sobrevivencia.

—Si te hago caso, también me matarán.

—No. Si me hicieras caso, estarías bajo la protección de todas las hostes drakarianas.

—¿Cómo me aseguras eso? ¡¿CÓMO PUEDO CONFIAR EN QUE CUMPLIRÁS TU PALAbrA?!

—¿Cuándo te he fallado? Solamente debes aparentar ser drakariana, y nadie se atreverá siquiera a levantar la mano contra ti.

Naeryn dudó por un momento.

—No puedes controlar a las personas Surghen. No sé porque vine. Estaba más segura dentro de Aelwîn —dijo la chica.

—« Tal vez no sea hoy o mañana. Pero te prometo que me reuniré contigo. » — El muchacho citó lo que Naeryn había escrito en su carta. —Bien, ya cumpliste tu objetivo, ¿y ahora te arrepientes?

La mujer no contestó. Tenía los ojos cerrados, dudaba de la veracidad de las palabras de Surghen. Estaba tan inmersa en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Surghen había abierto la puerta de la celda.

—¿No anhelas una vida con más poder del que tuviste? ¿Crees que es mejor ser una noble menor sin voz, en la corte de un señor menor, a ser la reina de un país entero? —preguntó el muchacho.

Naeryn ya no le contestó a Surghen. No lo quería aceptar, pero en su rostro demacrado se podía notar una grieta en sus convicciones, como si en lo más profundo de su ser deseara que aquello que Surghen le prometía se pudiera cumplir.

En su mente le encontraba el sentido a todas las palabras que el comandante le había dicho.

«Tal vez sea cierto, y eso me mantenga con vida», pensó la fyrtana.

—Sal de esta celda por tu cuenta y habrás salvado tu vida —dijo Surghen. Naeryn se levantó y salió por su propia voluntad.

Afuera de la puerta estaba el carcelero dormido en una silla y recargado en la otra pared. Al escuchar las pisadas, se incorporó de su sueño y llevó su mano a la empuñadura de la espada; estaba sorprendido de ver como el Comandante escoltaba a su prisionera... «Eso es alta traición».

—¿Qué hace con la prisionera? —preguntó el carcelero desenvainando la espada. Surghen se mantuvo en silencio. Tan pronto como salió de la celda se abalanzó sobre el carcelero y le colocó el filo de la espada en el cuello.

—La próxima vez que la llames prisionera, será la última vez que expires —dijo Surghen antes de guardar la espada. Caminó hacia la salida, detrás de Naeryn. Ella caminaba en silencio, con la mirada perdida y sin decir ninguna palabra, y, sin embargo, seguía viva.