CAPÍTULO 10. VIENTOS DEL OESTE
Había mucho movimiento: soldados marchando, trabajando fuelles, afilando espadas, arreglando flechas, calibrando arcos, alimentando caballos y, sobre todo, muchos hombres que recién se unieron a la Legión que seguían entrenando y practicando técnicas de combate, exploración, caza, etc.
Los últimos días habían sido ajetreados, no solamente para el centro, sino para toda la ciudad en sí.
En la última semana habían informado sobre una caravana de diez cohortes que había partido de la capital, sumado a la llegada de varios halcones desde Tharwen, que informaban sobre una gran flota drakariana en el sur de Lysarneth.
Fue precisamente el rey Edruval quien personalmente decidió mandar a las diez cohortes a Aelwîn.
Su plan era simple, fortificar la ciudad en caso de alguna invasión y colocar puestos de vigilancia en el centro del Altheryn y en las faldas del Narthorien.
Si todo iba bien, iba a ser tan solo una falsa alarma y no sería necesaria una escalada militar en Drakareth.
El general Caerlan Vëthar salió de su tienda.
Los sonidos del trabajo diario eran más fuertes que nunca.
Desde ahí se alcanzaban a escuchar los martilleos de las fundidoras de la ciudad y se alcanzaba a ver el humo gris que éstas desprendían.
Algo extraño se sentía en el ambiente, había algo triste.
«Espero que nadie tenga que morir hoy», pensaba Caerlan.
Pronto, toda la paz que conocía se vería brutalmente remplazada por una violencia sin precedentes.
En toda la historia fyrtana, Eärvendil nunca había hecho una movilización militar tan numerosa como la que había mandado una semana atrás.
Unos campanazos fuertes empezaron a sonar por la puerta occidental de Aelwîn.
Los guardias tocaban intensamente los cuernos de guerra, anunciando que la caravana capitalina había arribado a los grandes muros de la ciudad.
Desde el exterior se veía una eterna hilera de caballos, carromatos, lanceros, escuderos y material logístico de guerra.
Unos sonoros crujidos de la puerta occidental indicaban su apertura.
Los habitantes comenzaron a juntarse en la calle principal para recibir a los capitalinos.
Miles de estandartes con el Sol Eterno de los Thyrvalion ondeaban a lo largo de la marcha.
Cientos de armaduras plateadas resplandecientes, lanzas recién barnizadas, escudos recién construidos y caballos perfectamente cuidados formaban el grueso de aquella prestigiosa formación.
Lady Thyssara Veylar llevaba un vestido de lino azulado con motas doradas. Una pequeña pechera de oro con el Sol Eterno grabado en amatista le cubría el pecho, y del cinturón de cuero blanco, decorado con rubíes y diamantes, colgaba una daga. La mujer salió a recibir al general Taredh Valhoren.
El hombre tenía un rostro afilado y numerosas cicatrices en la cara.
Lucía una frondosa barba blanca y varias cadenas y collares.
Vestía una armadura blanca con el Sol Eterno grabado en auravioleta en la pechera, un casco con visor de rendija y plumas en lo más alto, pantalones de placas metálicas que favorecían la movilidad y botas de cuero reforzado con acero.
Un cinturón de cuero negro bordado sostenía su espada larga.
Su capa, hecha de terciopelo rojo con el Sol Eterno bordado en oro, ondeaba con elegancia en el aire.
—Bienvenido, general Valhoren —saludó Thyssara.
—No me hagas demorarme —advirtió Taredh Valhoren—. La situación es demasiado crítica para formalidades.
—Entiendo, inmediatamente lo llevaremos a Castillo de Thyr, a la sede de la Legión —dijo Thyssara.
Intentaron acelerar el paso, pero la gente se interponía en medio, retrasando la caravana.
Los guardias centinelas que iban a los costados de los primeros carromatos galoparon hasta la misma distancia de Taredh Valhoren para contener a los habitantes, derribaron a unos cuantos transeúntes, logrando que abrieran el espacio suficiente para que los soldados pudieran cruzar hasta el castillo principal.
Una vez dentro, Taredh Valhoren y su consejo de guerra se reunieron con el Consejo de los Cinco en la sala de guerra del bastión.
Era una tienda bastante amplia con una gran mesa ovalada hecha con roble pálido que tenía un gran mapa actualizado sobre todo el continente.
Edric había colocado once sillas para los once generales y una silla más pequeña, detrás de dónde estaba Caerlan, donde él estaría escribiendo.
El general Caerlan ya los esperaba. Estaba sentado, leyendo el antiguo expediente de Surghen una vez más.
«¿Y si de verdad está en sus filas?», pensó.
Últimamente se había hecho más fuerte la idea de que tal vez aquel estudiante era más de lo que pensaba.
Caerlan era escéptico, quería creer que su mejor cadete de las últimas generaciones estaba muerto, pero también confiaba en la palabra de Aldren: «no encontramos el cuerpo del muchacho, lo debieron haber capturado», le había dicho.
La llegada de Taredh Valhoren, seguido de su consejo de guerra, lo interrumpió de sus pensamientos.
—¿Cuántos soldados han llegado de la capital? —preguntó Caerlan mientras que los capitalinos se sentaban.
—Diez cohortes —respondió Taredh Valhoren—. ¿Dónde está Aldren?
—Ha salido hace tres días —dijo Edrion Falek. —Llegará a Tharwen dentro de poco.
—¿Cuál es tu plan Taredh? —preguntó Rhendon Sulvar.
—Seguridad nacional —respondió la vicaria de Taredh en su lugar, se llamaba Seraniel Thyrion—. Lo que buscamos es reforzar seguridad en Narthorien y en el corazón del Altheryn.
—¿Necesitan tantos soldados para ello? —preguntó Lethira. —Tharûl-Bel les podría proporcionar un pequeño contingente para el Altheryn.
—No, no necesitamos tantos soldados —dijo Taredh Valhoren—. Servirá con los que traemos, pero sí añade por lo menos otra cohorte más.
—Media legión de Tharwen se quedará en su ciudad —añadió Vaelrik Dorneth. —También hemos pensado en enviar un halcón a Ciryandor.
—¿Por qué quieres meter a los velmyrianos en esto? —preguntó Maerdrik.
—Con su alianza podremos contener a Drakareth más sencillamente —dijo Vaelrik Dorneth, parte del consejo capitalino. —Tyrnium no tiene los recursos para librar una batalla en Port Velyr y en el Altheryn al mismo tiempo; les doblaríamos en soldados.
—¿No sería sospechoso que el paso desde el Altheryn hasta Dorlak esté vacío? —preguntó Thyssara. —Me parece extraño que Tharûl-Bel no haya emitido ninguna alerta de drakarianos de aquel lado de la frontera.
—Sí, pero creo que tenemos una ventaja sobre eso —dijo Taredh—. Querría decir que Lorem no está en aquella zona.
—Yo no estaría tan seguro. Esas planicies abarcan diez leguas —dijo Caerlan. —Y tampoco podemos saber si el general está en Dorlak —«Ni tampoco podemos saber si él está ahí», pensó.
—Ciertamente tienes razón, pero quiere decir, a priori, que tenemos el centro del Altheryn libre —respondió Taredh Valhoren.
—No es buena idea —dijo Lethira—. No tanto por Lorem, ¿qué tal que Él está en Dorlak?
—Si está con un ejército, sí sería grave —dijo Caerlan—. Tendremos que movernos con cuidado.
—¿Quién es Él ? —preguntó Taredh Valhoren.
—Un joven de la última generación. Se unió a la Legión este año —respondió Thyssara—. El mejor soldado que hemos visto en mucho tiempo.
—¿Se asustan por un recién graduado? —preguntó Taredh Valhoren con una risotada.
—Nos da la sospecha que era drakariano —dijo Maerdrik—. Aldren nos comentó que Lorem se retiró del Altheryn después de capturarlo.
—No sabemos si Lorem lo capturó o se llevó a alguien más —le respondió Lethira.
—Si está vivo, seguramente está asustado por las batallas —dijo Taredh Valhoren despectivamente.
—No lo subestime general —dijo Edric—. Tal vez lo sorprenda.
—Tonterías —se rio Taredh—. Volviendo al tema, ¿tenemos claros nuestros objetivos?
—Señor Caerlan —gritó Tommen que había llegado de imprevisto. Estaba jadeando, sudando y había corrido la cortina de la tienda bruscamente—. Tengo un mensaje de un noble.
El general se levantó, rodeó la mesa y llegó con Tommen. El muchacho le entregó la carta, hizo una reverencia y salió de la tienda. El general quitó el sello de cera y comenzó a leer el mensaje. Al terminar parpadeó, cerró el papel y regresó a su asiento.
—Me parece que Drakareth nos ha visto la cara de estúpidos —dijo Caerlan. —Es una carta de la familia Elvaris, informan sobre el secuestro de un fyrtano en el Altheryn. Una semana después de la desaparición de su hija.
—Esa es una declaración de guerra directa —dijo Thyssara.
—Depende, ¿estamos seguros de que a quien secuestraron era un Elvaris?—dijo Rhendon Sulvar.
—Era fyrtano, es lo que sabemos. De todos modos, no podemos dejar pasar por alto este acto —dijo Caerlan. —Este mensaje nos revela varias cosas.
—Han militarizado la frontera. —dijo Taredh Valhoren—. Por lo tanto, Lorem está en Dorlak o en sus alrededores.
—Ya no podemos hacer una inserción militar desapercibida —dijo Edrion Falek.
—Al menos no por ahí. —dijo Maerdrik con una ligera sonrisa en la boca.
—¿Qué sugieres? —preguntó Ethriel Kaervann, un hombre robusto, veterano de Eärvendil, famoso por su estilo de combate de doble martillo.
—Entrar por el Mar de Lysarneth. —dijo Maerdrik—. Está desalojado en aquel punto de Drakareth.
—No habían dicho que había una flota drakariana en el Mar de Lysarneth —dijo Ethriel.
—El general tiene razón. La flota drakariana está al sur —respondió Edrion—. Están más al pendiente de Ciryandor que de nosotros.
—Si hacemos esa ofensiva nos verán —dijo Ethriel—. Se nos puede complicar demasiado.
—No si salimos de la península. —dijo Edrion—. Kaelrith no nos alcanzaría a ver ni tampoco el bloqueo.
—No lo apruebo, es demasiado arriesgado —dijo Taredh.
—No tenemos opciones —dijo finalmente Caerlan—.
Hasta ahora lo que sabemos es que Drakareth tiene mejor posición que nosotros en esta contienda.
—«¿Será que Drakareth tenía mejor posición que nosotros?
». Algunos generales pensaban eso. Tyrnium estaba ganando la guerra sin siquiera haberla comenzado.
Algo era seguro: no se podían echar para atrás.
La captura de Surghen o la desaparición de la niña Elvaris no podía pasarse por alto.
—¡No podemos ganar la guerra solos! —exclamó Taredh Valhoren levantándose bruscamente—. Envíen el halcón a Ciryandor, lo mejor es coordinar un ataque con Velmyria.
—¿Qué hay de la incursión desde la península que dijo Falek? —preguntó Maerdrik. —Nos daría ventaja que podamos entrar desde el río y no desde el Altheryn.
—Estoy diciendo que es muy arriesgado —dijo Taredh Valhoren.
—¿Por qué te empeñas en querer destruir tu propia flota?
—Porque ellos esperan que ataquemos el Altheryn —respondió Maerdrik. —Ya tienen militarizado el bosque y tienen vigilado Port Velyr.
—Hay demasiados problemas para movilizar tropas a través del Lysarneth —incluyó Dalthor. —No podrías llegar con tantos hombres, no hay nada a la redonda y si Kaelrith destruyera la flota estarían atrapados en Drakareth.
—No es mala idea —dijo Seranel Thyrion un poco pensativa. —Podríamos tomar Velgorad.
—No —hablo Taredh Valhoren meneando la cabeza. —Estamos haciendo mucha especulación; no sabemos nada.
—Tu plan me gustó —admitió Caerlan hacia Maerdrik. —Pero hay cosas que podemos modificar, no es mala idea entrar por el río.
—¡Háganlo entonces! ¿Cuál es la maldita necesidad? —dijo Taredh resignado, se había rendido en tratar de convencerlos de lo contrario. —No sé por qué se empeñan en querer destruir la flota.
—No se va a destruir —dijo Maerdrik tratando de calmarlo. —Podemos seguir río arriba por el Varkhûn y desembarcar en el Karneth.
—Y con eso ganaríamos tiempo para tomar Velgorad —añadió Rhendon Sulvar.
Taredh se levantó de la reunión y salió de la tienda para tomar aire fresco.
En el exterior del bastión se podían ver a los soldados recién llegados desde la capital hablando, entrenando y aconsejando a los locales.
Taredh volvió a entrar a la tienda. Se estaban complicando las cosas y todavía no tenían un plan.
«Mientras más nos tardemos, Lorem seguirá avanzando hasta el bosque». Volvió a entrar a la tienda.
—Me parece que ya tenemos un plan —anunció Caerlan.
—Taredh, llévate los hombres que necesites para proteger el paso del Narthorien y el centro del Altheryn, pero no te incursiones demasiado.
Edrion, llevarán una fracción del ejército a Tharwen e iniciarás la campaña junto con Aldren; Maerdrik llevara los hombres restantes a Velmyria y los ayudarán a defender Port Velyr.
El resto nos incursionaremos por el Varkhûn.
Lady Thyssara, irás a la capital a informar al rey; Taredh, ¿con siete cohortes tienes para defender el bosque y las montañas?
—Son más que suficientes —admitió Taredh Valhoren.
—¿Cuándo pueden salir?, mientras más temprano será mejor —preguntó Caerlan.
—Saldremos de inmediato —ordenó Taredh—. Me llevaré seis centurias de Aelwîn.
Taredh, su consejo de guerra y el Consejo de los Cinco salieron de la sala. Caerlan se sentó en su silla y respiró profundamente por primera vez en toda la reunión. Edric se levantó, caminó hacia el pozo de agua y le llevó al general un tarro con agua.
—¿Qué piensas sobre esto? —preguntó Caerlan, estaba exhausto y preocupado.
—La guerra ha comenzado. Rezo a los dioses porque ese Surghen no esté en Dorlak —dijo Edric. Caerlan se retiró de la sala estando un poco consternado por la declaración del escriba.