Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 9. LA TORRE Y EL RÍO #2
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CAPÍTULO 9. LA TORRE Y EL RÍO #2

Durante los siguientes dos días, Naeryn atravesó a paso lento el bosque.

Estaba lo suficientemente bien oculta para esconderse del fuerte, pero con la suficiente vista para mantenerlo vigilado.

Estaba deseando llegar a la ciudad, suponía que podría dormir nuevamente en una cama, pues los descansos que había tenido durante el viaje no eran para nada placenteros; dormía arriba de árboles, en pequeñas cuevas o detrás del caballo.

El sol empezaba a caer y los paisajes despejados de las planicies drakarianas comenzaban a verse desde el horizonte.

—Descansemos aquí —le dijo al caballo—. Avanzaremos en la mañana.

En la noche, mientras Naeryn dormía, los sonidos de botas y el caminar de los soldados la despertaron.

Vio al caballo muerto por una lanza en el pectoral.

Se quedó quieta mientras veía a un hombre arrancar la lanza y provocar que un chorro de sangre salpicara.

Otro soldado llegó por atrás de ella y le cubrió el rostro con la mano, ella intentó sacar la espada para defenderse, pero otro hombre más le golpeó la cabeza con el pomo de la espada. Naeryn se desmayó.

***

Surghen se levantó jadeando, la luna se alzaba en el centro del cielo. Una ligera lágrima se deslizó por su cara. « Naery n » pensó.

¿Cómo saber si lo que había visto era cierto? El sirviente de Vareth estaba parado frente a su puerta, la luz trasera de las antorchas ensombrecía el rostro del muchacho.

—Mi señor Nûrskar ha solicitado tu presencia en la Sala de Guerra —anunció el sirviente y se alejó a un paso apresurado.

Surghen se levantó, le dolía un poco la cabeza, tenía los músculos atrofiados.

Se empezó a poner su armadura lentamente a excepción del casco; la espada élfica la tenía guardada debajo de la cama, el muchacho era cauteloso; no confiaba en la seguridad que Lord Vareth le proporcionaba, y por nada del mundo querría perderla.

Colgó la espada en el cinturón y bajó las escaleras hasta la Sala del Trono donde ya estaban Vareth Nûrskar, su sirviente, que estaba apenas llegando, y Lorem esperándolo.

Estaban analizando el mapa, había fichas para tropas de todos los países.

—Ha llegado un anuncio del emperador —dijo Nûrskar—. Velgorad recibirá un contingente de cuatro cohortes, deberemos defender el sur, mientras que ustedes dos se tienen que ir de inmediato.

—¿Qué está pasando? —preguntó Surghen. Se estaba recuperando apenas del sueño que había tenido, aquel anunció que dio el castellano lo tomó por sorpresa.

El sirviente le tendió una carta. Surghen lo tomó, estaba sellado en rojo con el dragón rúnico.

«Este lo mandó especialmente Tyrnium», supo Surghen.

Desde Kaer’Durnath hasta Velgorad.

La invasión de los velmyrianos fue primero, ahora son los fyrtanos.

Me han informado las diez cohortes que Edruval movilizó a sus tropas, ya llegaron a Aelwîn.

Atravesarán el bosque y querrán tomar Dorlak.

Por otro lado, el capitán Dregan nos informó que los velmyrianos reavivaron los bloqueos en el Mar de Lysarneth, planean atacar por el sur.

Hay estado de emergencia en todo el territorio, el general Lorem y el Comandante Dürhavel dirigirán estrategias para defender a la Madre Patria desde Dorlak y desde Selgor.

Debemos tomar el control del castillo de Tharûl-Bel y la ciudad de Vel’Anareth; por su parte, Velgorad recibirá cuatro cohortes de contingente por seguridad. Se incrementará la seguridad de Kaer’Durnath y se colocarán patrullas en Narthorien y en el Altheryn.

Este aviso es de respuesta inmediata.

Firma Tyrnium Valdyran. Castellano de Kaer’Durnath y Rey de Drakareth.

«Si ella está en Aelwîn no sobrevivirá» pensó Surghen mientras enrollaba nuevamente la carta y se lo entregaba a Halven Dôrak.

—¿Y? ¿Cuál es su opinión de esto? —preguntó Surghen, todavía no quería actuar.

—Es repentino —dijo Lorem—. Hacer esos ataques necesita mucha preparación logística.

—El mensaje es para ustedes —dijo Nûrskar—. Las tres compañías que Velgorad recibirá las coordinaré yo.

—Yo me encargaré de las tropas de Dorlak —dijo Surghen—. Envíale un cuervo a la capital, ocuparás más hombres para partir desde Selgor —dijo dirigiéndose a Lorem.

—¿Cuántos hombres tiene Selgor? —preguntó Lorem.

—No los suficientes, pero de todos modos ocuparás naves para tomar Vel’Anareth —dijo Surghen—. Te recomiendo que bajes hasta el sur del Mar de Elarion.

—Sí, no soy tonto —aclaró Lorem—. No pienso atacar Port Velyr.

—Nunca dije que lo fueras —dijo Surghen.

—Lo supusiste al darme esa recomendación —amenazó Lorem.

Surghen no continúo con la discusión.

—Milord, necesito que me des provisiones para llegar a Kaelrith —dijo Surghen—. Desde allá me puedo comunicar mejor con la capital. —Vareth asintió. Los generales se comenzaron a despedir.

Surghen salió del castillo y subió al muro hasta las almenas superiores.

La luna iluminaba el rio Karneth y se alcanzaba a ver cómo su cauce se perdía hacia el sur, hacia el infinito.

Una ligera ráfaga de viento soplaba, las estrellas se arremolinaban en un bello patrón y formaban una nube lineal.

«Hay algo extraño», pensó Surghen. El muchacho lo presentía, pero no sabía que era.

Lorem subió con él unos minutos más tarde.

La ciudad estaba muy tranquila, no había una sola voz en las calles y las luces iluminaban las calles vacías.

El único movimiento de personas era de los guardias de la muralla y del castillo.

«La calma antes de la tormenta», pensó Surghen. Lorem se sentó dentro de la torre.

—¿Cuál es tu opinión? —preguntó el muchacho.

—Me preocupa, siempre me pregunto por qué somos los malos de la historia —respondió Lorem—. Simplemente los extranjeros no soportan ver nuestro progreso.

«... En la historia humana no hay buenos... » , Surghen recordó las historias que había leído en las ruinas.

—Eso mismo me pregunto, si de verdad somos los malos, entonces no somos los únicos —respondió Surghen.

Lorem asintió, no le había puesto atención a lo último que dijo, cosa que Surghen agradeció. Se levantó y salió junto con el Comandante a observar el río.

—La guerra ha comenzado, hermano. —dijo Lorem.