Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 9. LA TORRE Y EL RÍO
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CAPÍTULO 9. LA TORRE Y EL RÍO

Surghen y sus hombres estaban divisando los muros de Velgorad desde hace unas cuantas millas.

Las fortificaciones de la ciudad alcanzaban las diez yardas de altura, los guardias de la ciudad patrullaban sin parar de un lado a otro, cruzando almenas y bodegas.

Los guardias los vieron cuando Surghen y los demás se acercaron a la puerta.

Los grandes portones del sur de la ciudad comenzaron a crujir y a abrirse.

Se decía que Velgorad no tenía ejército pues los soldados que tenía a su disposición no eran sino la sola guardia de la ciudad en una defensa de la ciudad, ésta caería fácilmente.

Cuando los caballos del Comandante entraron en los muros, la ciudad se veía llena de vida.

Niños corriendo por todos lados, jugando, parejas caminando felices y los comercios rebosando de clientes.

Surghen sabía que no podría quedarse en la ciudad, su paso por ésta debía ser rápido y sin demoras; debía informar al emperador en Kaer’Durnath.

El castillo de la ciudad se notaba imponente y duradero.

Por tradición, Surghen llegaría a hospedarse ahí.

Como parte del cuerpo militar del país y siendo uno de sus mayores líderes, tenía un asiento honorífico en el comedor de Lord Vareth Nûrskar.

Las puertas del castillo se abrieron y dejaron pasar a la centuria de Surghen.

El pasillo principal estaba altamente iluminado, grandes candelabros colgaban con decenas de velas y las antorchas estaban hasta el tope, apenas se habían gastado.

Los pilares mostraban un diseño dórico y estaban hechos de roca.

Varios blasones de la torre almenada y el lobo negro decoraban los pilares y daban paso a dos torreones de basalto donde corrían escaleras por cada uno.

Una vez subiendo las escaleras, había varias salas con distintos comedores, salas de estar y recibidores. Todas éstas estaban altamente ornamentadas con telas, reliquias e iluminación ejemplar.

El castillo tenía una Sala del Trono apartada y pequeña, pero muy decorada.

Estandartes, tapetes, pilares, y demás cosas adornaban el trono.

Un trono minimalista y pequeño donde Vareth Nûrskar se sentaba.

Delante de él, había una gran mesa redonda con un mapa actualizado del sur de Drakareth.

Era curioso, la ciudad apenas tenía guardias para defenderse y en aquel lugar tenían un mapa de Drakareth.

«¿Por qué tiene un mapa tan preciso en una tierra pacífica?

¿Por qué no están las marcas imperiales», se preguntó Surghen mientras rodeaba la mesa y saludaba a Lord Nûrskar con una reverencia.

—Bienvenido, Comandante —saludó el castellano—. Nos alegra que nos hayas hecho esta visita.

—No me quedaré mucho tiempo —aclaró Surghen. —Debo volver a la capital cuánto antes, tengo que informar al Emperador.

—No hay nada sureño para el Emperador que no haya pasado por esta mesa —dijo Nûrskar. A Surghen le pareció sospechoso. ¿Era una amenaza? Mantuvo la cautela al hablar. No quería revelar información—. Veo que portas una espada que no es drakariana, ¿de dónde la sacaste?

—La procedencia de las espadas no es de la incumbencia de nadie —respondió el muchacho—.  Toda arma es útil si puede causar daños en el campo de guerra.

—¿Cuál es tu obstinación por no revelar información? —preguntó el castellano ya un poco enfadado.

—No me gusta revelar información a terceros, al menos, no antes de que mis palabras hayan llegado a los oídos de Tyrnium —respondió secamente Surghen—. No he venido a discutir temas de guerra, me iré de la ciudad cuanto antes.

—Me sorprende que digas eso, sobre todo cuando has llegado con el ejército de Lorem —respondió el castellano—. ¿Por qué los mayores soldados de la capital están tan al sur de la Madre Patria?

—No son temas para tratar aquí, si deseas saber las intenciones por las que Tyrnium nos ha enviado a Lorem y a mí te recomiendo que envíes un cuervo a la capital —dijo Surghen. Toda aquella situación era peligrosa, estaba seguro de que el castellano no podría levantar la espada contra el muchacho.

—Me parece que si lo son —dijo Nûrskar—. Esta ciudad está bajo mi jurisdicción y, por lo tanto, durante tu estancia respondes ante la ley de Velgorad.

—La ley de Velgorad responde ante la Ley Suprema —advirtió el Comandante—. Si no hay acto de traición, cualquier arresto entre militares es severamente castigado.

—Hay traición por desobediencia—reaccionó Nûrskar.

—Tyrnium sabe reconocer la traición de la exageración, y lo que tú estás haciendo es exageración —dijo Surghen—.  Pero tranquilo, te cumpliré tu deseo. Lorem y yo nos iremos mañana al alba.

Nûrskar ya no dijo nada al respecto.

Surghen salió del castillo hasta el patio, el sol estaba en su puro auge, no había una sola sombra.

El muchacho comenzó a caminar para despejarse la mente, ya casi no había gente en las calles.

El sol acababa con todo lo que había y Surghen sentía como quemaba la piel.

Llegó a un torreón del muro sur y subió hasta las almenas.

Los guardias pasaban de un lado hasta otro.

Nadie le decía nada. Por primera vez en mucho tiempo, Surghen no tenía nada que hacer.

«Qué ciudad tan aburrida», pensaba mientras nuevamente bajaba del muro.

Iba regresando al castillo hasta que un hombre a caballo llegó con él, le tendió un papel y salió nuevamente al galope a las afueras de la ciudad.

Surghen caminó hasta el castillo, subió las escaleras de caracol de un torreón periférico hasta la habitación de los generales.

En la puerta había apostados dos guardias, eran dos soldados capitalinos que habían acompañado al muchacho en su campaña militar.

Los guardias lo saludaron y abrieron la puerta.

El cuarto era oscuro, los cortinajes bloqueaban la luz del sol.

Lorem estaba dormido, había dos camas de algodón con sábanas de lino y bastantes sillones de terciopelo.

La habitación tenía bastantes candelabros que permanecían apagados.

Surghen caminó hasta la ventana y abrió las cortinas.

El sol comenzó a iluminar la habitación que tomaba un color amarillento y rojizo.

Surghen abrió el papel, esperaba que fuera de la capital, pero su contenido lo tomó desprevenido. Era una carta de Naeryn.

Han pasado tantos días desde tu desaparición que en la Legión ya no hablan sobre ti. A cualquiera que le pregunte me responde con ofensas y desprecio. Incluso con el Consejo de los Cinco. El único que se dignó a hablar conmigo fue Caerlan.

Me dijo que te capturaron pero que no cree que sigas vivo. A decir verdad, ya no le tengo fe a la Legión de Aelwîn. No quieren hacer nada por recuperarte.

Yo sí creo que estás vivo y de verdad espero que esto que escribo llegue a tus manos. Tal vez no sea hoy o mañana, pero te prometo que me reuniré contigo. Ya no me queda nada en esta ciudad, ¿por qué me quedaría?

He escuchado a mis padres hablar con algunos hombres de Osthelar que llegaron junto con el Rey, tengo miedo de que me quieran arreglar el matrimonio, ellos no tienen derecho. Me iré cuanto antes. Al igual que tú, desapareceré.

Solo tengo un deseo: que mi recuerdo no muera con tu cuerpo.

Firma Naeryn Elvaris, de la corte de Thalanor.

Surghen estaba llorando. Se había olvidado de la chica.

Desde que estuvo en la capital, desde que se unió nuevamente a las filas de Drakareth, desde que lo capturaron no había pensado en la mujer.

El sol se empezaba a mostrar por la ventana y su brillo cegaba a Surghen.

El muchacho decidió meterse en la cama y dormirse.

***

Naeryn estaba vestida con vestimentas ligeras y oscuras, tenía puesta una capucha que le cubría el rostro y una pequeña espada colgada en la espada.

El caballo de Surghen, Askar , esperaba afuera de la ciudad, ensillado con la silla de Surghen y dos alforjas donde la muchacha guardó alimento para el viaje hasta Drakareth.

Aelwîn tenía toque de queda, pero Naeryn no podía esperar al amanecer; se escabulló por una pequeña poterna a un costado de la puerta norte.

Los guardias no se percataron de su salida.

Subió a lomos del caballo y comenzó a galopar hacia el lago.

Las vestimentas negras que llevaba, el color oscuro del caballo y la altura de los muros de Aelwîn la protegieron de ser vista por los guardias.

Al paso del galope, Naeryn había calculado poco menos de un día para llegar al lago.

Ella había planeado subir por el Altheryn hasta casi llegar al Narthorien y, a partir de ahí, bajar hasta Dorlak.

Pensaba que habría gran cantidad de patrullas en la frontera, por eso mismo, desistió de acercarse a Tharûl-Bel.

Habían pasado ya casi cuatro días de viaje cuando la mujer se encontraba descansando en las faldas centrales del bosque.

Se le acababa la comida, solamente tendría para un día más.

«No pensé que el viaje duraría tanto». Había amarrado al caballo en un árbol cercano para que pastara mientras ella descansaba detrás de un montículo de tierra.

La situación era apresurada, ya no podría subir hasta Narthorien y seguir una ruta segura, pero tampoco podía arriesgarse a que Tharûl-Bel la detectara.

—Entraré por el sur —dijo—. Pero me separaré lo suficiente del castillo.

Hablaba con el caballo a pesar de que no le respondiera de regreso, era una buena forma de combatir la locura por la soledad de aquel trayecto. Aelwîn era cobarde, no se atrevieron a enviar una escuadra ni tampoco a asegurar el camino hasta el Altheryn.