CAPÍTULO 8. EL CETRO DE CENIZA #4
Al igual que había hecho con los otros papeles, guardó ese, aunque el miedo por aquel texto lo siguió asediando constantemente. Agarró otro y lo comenzó a leer.
Los Dragones y los Elfos siempre nos hemos tratado con respeto.
Ciertamente tenemos nuestras diferencias, pero hay respeto mutuo, hay cooperación y hay libertad entre nuestras dos razas.
Vivíamos en paz. Durhen era sinónimo de paz.
Respetábamos nuestras fronteras, tradiciones y costumbres.
Creamos a los Jinetes como una forma de proteger nuestras culturas.
El Rey quería permanecer así, la paz era infinita, era inmortal.
Hasta aquel día. Miles de barcos que llegaron por Thalorën-Vaen y desembarcaron en tierras dracónicas.
Nuestra gente salió a ayudar a repeler a los invasores, por primera vez hicimos uso de los jinetes, pero no pudimos hacer nada.
Incontables dragones murieron en aquella batalla y en la que sigue.
Pero los que vivimos vemos. Vemos la putrefacción de la Raza Invasora.
Vemos que esa putrefacción se extiende hacia donde alcanza su pie y su mente.
Dürhavel lo supo también, peleó contra los suyos.
Ha sido el único que ha tenido la inteligencia suficiente para ver y comprender sus actos.
Por eso mismo le hemos dado nuestro secreto.
Los otros Hombres siguen sumidos en la efimeridad, se conforman con poco y matan a todo aquel que es diferente. Incluso entre su raza, matan al que no es igual. Es primitivo y severamente asqueroso. Pero será pronto.
Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.
El Comandante parecía estar en trance, estaba sumido en sus pensamientos y en los textos: eran impresionantes.
Le llamaba mucho la atención que su apellido ya fuera hablado y escrito en tiempos antiguos.
«Durhen —pensó—. Así que así se llama la tierra donde vivimos».
Guardó el papel y se levantó del suelo. Las ratas empezaban a explorar sus cercanías, Surghen las apartó rápidamente con varios espadazos.
Salió de aquella biblioteca y fue a buscar a sus hombres.
«¿Qué fue este lugar?», se preguntaba Surghen al ver las habitaciones, salas y comedores.
Giró en una esquina, los ladrillos estaban podridos y la madera peor.
Se caía a trozos, las cucarachas abundaban y se movían por todos lados.
Surghen entró a una nueva sala. Era excepcionalmente grande, los pilares se extendían muy alto hasta un techo de piedra que no se alcanzaba a ver; el suelo estaba desnudo, algunas alfombras y estandartes corroídos por el tiempo lo decoraban, pero nada más.
Casi no se notaban. Al fondo, sobre un estrado, había un poderoso trono de hierro con decoraciones de minerales desconocidos en los reposabrazos y en el respaldo, frente a él había un soporte con una espada larga de una vaina hecha de cuero élfico de un color verde jade con grabados en espiral que recorrían todo el largo del mango.
En la parte baja había un ojo dracónico color rojo oscuro.
El pomo era esférico y homogéneo, hecho con una plata líquida solidificada que permanecía siempre helada al tacto.
Era traslúcida. En su centro había una gema desconocida que cambiaba de color al ritmo de un pálpito de un corazón; la empuñadura estaba hecha a base de una trenza de fibra de un material que Surghen desconoció, con una forma única y mágica, que se adaptaba a la mano de su portador; la guarda estaba decorada con dos pequeños dragones creados en varillas maleables que abrazaban la espada y la vaina con las alas abiertas; la hoja era una cuchilla larga de doble filo, delgada y ligera, forjada con materiales que Surghen desconocía, y estaba tintada con un color gris perla.
Surghen desenvainó la espada y notó una inscripción en un idioma desconocido “ Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen. ”.
Surghen se sintió extrañamente atraído por aquel artefacto.
Inconscientemente guió su mano hacia su espada drakariana y la retiró del cinturón, mientras la mano que sostenía la espada élfica temblaba ante la semejante traición que el Comandante estaba cometiendo.
«Ahora lucho para mí», recordó Surghen, y abandonó su antigua espada drakariana a un costado de aquel trono, llevándose consigo la nueva espada élfica.
Caminó nuevamente sin detenerse hasta la salida de las ruinas, cuando llegó encontró a su centuria esperándolo a las afueras del muro velmyriano.
Surghen sacó nuevamente la espada; ésta brilló, pero su brillo ya no era gris, era de un negro potente, y la inscripción tintada de un dorado espectacular.
La empuñadura se amoldó y encajó perfecto en la mano del muchacho.
El Comandante guardó nuevamente el arma y él, junto a su ejército, emprendió el regreso a Velgorad.
Desde ahí podrían reabastecerse y regresar más rápido a la capital.