Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 8. EL CETRO DE CENIZA #3
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CAPÍTULO 8. EL CETRO DE CENIZA #3

—Disparen a voluntad —ordenó a los arqueros, al mismo tiempo que el resto corría lo más rápido posible.

Las flechas volaban y, a medida que los arqueros soltaban nuevas descargas, cada vez más velmyrianos caían acribillados por aquella madera, especialmente por la arquera Neryss Alvareth, cuya precisión era simplemente sorprendente.

Los velmyrianos no tenían otra salida. La armada que había invadido Drakareth nunca volvió a su casa: muchos murieron quemados en los barcos, otros perecieron por las espadas drakarianas, y el resto cayó bajo las flechas.

Nunca pudieron activar el detonador que habría borrado las ruinas.

—Ya quedó claro que necesitamos poner una guardia en esta región —propuso Lorem mientras envainaba la espada y caminaba en dirección a las ruinas.

—No hace tanta falta. Estas ruinas están lejos de cualquier ciudad —aclaró Surghen—. No podríamos proveerles alimento ni soldados. En otra invasión que hagan, éstas caerían igualmente.

—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Nos vamos? —preguntó Lorem—. Nuestro trabajo está hecho.

—Sí, no obstante, ¿por qué los velmyrianos vendrían a estas ruinas? —preguntó retóricamente Surghen.

—Porque nos quieren invadir —contestó rápidamente Lorem. —Salen de Port Velyr, cruzan la desembocadura del Karneth y desembarcan al sur de éstas.

—Pero para haber creado estas fortificaciones, estas ruinas deberían tener algo especial. De otro modo sería ridículo que las intentasen proteger.

—Me parece que lo estás rebuscando mucho. Lo mejor es que vayamos hasta Velgorad, no tenemos barcos para transportar a los hombres que quedan.

—Vete entonces, pero déjame a una centuria. Investigaré lo que sea que oculten estas ruinas.

—Pierdes tu tiempo.

—Ojalá que así sea —dijo Surghen antes de adentrarse al muro de madera que rodeaba las ruinas.

En cuanto entró, sus sospechas fueron ciertas y su curiosidad aumentó.

«Así que sí ocultan algo, de otro modo no habrían puesto explosivos», pensó al ver los enormes barriles llenos de pólvora cercanos a las fogatas.

Surghen y su centuria se introdujeron en las puertas de la soberana oscuridad que en aquel tenebroso portal al pasado reinaba. Prendieron antorchas, pero de igual forma no se alcanzaba a ver nada.

—Duuuuuurhaaaaaaaaaaaveeeeeeeeeel...

Surghen se sobresaltó por aquel susurro.

No supo si fue algún aliento olvidado de las piedras de ese lugar o su propia mente que le advertía de su muerte.

De todos modos no se pensaba echar para atrás.

Las ruinas eran más grandes de lo que se podía ver desde el exterior.

Muchas habitaciones estaban totalmente intactas.

Grandes bibliotecas empolvadas, comedores llenos de musgo y telarañas, y habitaciones totalmente demolidas por la humedad.

Los soldados se separaron, Surghen se fue a explorar la biblioteca, mientras que los demás exploraban las distintas zonas de aquella construcción.

«Esto debió haber sido algún tipo de castillo», pensó Surghen mientras tomaba el primer papel. Cuando lo abrió sus ojos se iluminaron por la historia que relataba. Aún con la poca luz que había, Surghen comenzó a leer con suma atención.

Durante los primeros años del Primer Alzamiento, Dragones y Elfos vivíamos en paz.

Durhen era una tierra de prosperidad, no había Hombres.

Nosotros podíamos cuidar a nuestras crías en perfecta libertad; aquellos Elfos eran nuestros compañeros, nos respetábamos mutuamente y manteníamos nuestras tradiciones que tuvieron que acabar.

Los Hombres son los artífices del final de todo lo que conocemos.

La Suprema Alianza, siempre acaba con todo.

Son criaturas estúpidas que se divierten matando, muchas veces a nosotros y cuando no nos encuentran se matan entre ellos.

Su instinto los manda a acabar con la vida de otros.

Ellos quieren Durhen para ellos mismos, quedó claro en la batalla.

Tanto querían la tierra para ellos mismos que se aliaron.

No podían vivir en paz. No, eran ellos o nosotros.

¿Vaelrik? ¿Kaelgor? ¿Dürhavel? Esos nombres no significan nada para Durhen, para los Dragones o para los Elfos.

Curiosamente significan todo para los humanos.

Dos genocidas sin remordimiento que son aclamados como héroes por sus crímenes ante otras razas.

Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.

Surghen estaba encantado y estupefacto, ¿su apellido salió en un texto del Primer Alzamiento? No comprendía del todo. Guardó el papel en una pequeña alforja que llevaba con el caballo y abrió otro.

¿Qué eran las ruinas? Contenían tanta información que se podía llevar una vida aprendiendo sobre historia, magia, filosofía, arquitectura y arte. Surghen comenzó a leer otro papel con atención.

Los Hombres somos simples bestias en comparación con los sabios que son los Dragones, por eso los subestimamos, y ese siempre fue nuestro error.

Ellos nos observan, pero nosotros a ellos no.

Los Dragones viven para siempre, no pueden morir, no obstante, los Hombres hemos encontrado la forma de acabar con ellos.

Hemos creado la aberración de las flechas de Lârven-Thal, una flecha capaz de atravesar las duras escamas de los dragones.

Ellos defienden sus tierras y los Hombres matan por deporte.

Un círculo vicioso. ¿Por qué Dragones, Elfos y Hombres no pueden vivir en paz?

Nunca lo sabré, o tal vez no me interesa.

El amor que le tengo a estas criaturas y la masacre que los humanos hicieron, me ha llevado a huir más allá del mar junto a Súlkaran.

Las tierras dracónicas tal vez sean un mito, pero mejor el exilio.

Es lo que nos tocó y es bueno que no haya dragones o elfos en Durhen.

Yo no soy nada, la sola idea de pertenecer a esa raza invasora me parece repugnante. Súlkaran me lo dijo y yo no lo comprendí hasta después: su comportamiento es muy primitivo. Estas criaturas lo entienden y me han enseñado su lengua, su cultura, su inteligencia y su magia.

Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.

Se quedó intrigado. ¿Qué estaba leyendo?

¿Los Dragones aún existían? La sed de conocimiento le exprimía; iba a analizar aquellos textos.

El papel lo guardó en la alforja. Abrió rápidamente otro, pero estaba escrito en un idioma desconocido que no pudo entender.

Aun así, guardó el papel. Se gastaría sus días tratando de descifrar aquel idioma. Abrió un tercer papel.

En la historia de los Hombres no hay héroes.

Ellos piensan que nunca hubo villanos, pero sí los hubo.

Siempre los hay. Pero son idiotas, no quieren entender.

En Durhen siempre hubo paz, siempre reinó la prosperidad.

Pero aquellos animales llegaron y su única motivación fue la conquista y la expropiación de lo que nunca fue, de lo que no es, y de lo que nunca será suyo.

¿Con qué derecho vienen a asentarse en una tierra rica y empobrecerla?

Los Hombres no lo quieren comprender, pero nosotros se lo haremos entender.

Mi apellido ya no sirve, está manchado con una mancha que ya no se puede limpiar.

Pero ya no importa, he encontrado algo que siempre he buscado: la inmortalidad.

Los Elfos y Dragones han confiado en mí y me la han concedido.

Les pedí, les exigí que borraran los registros.

No supe si lo hicieron. La tierra de Durhen ahora está maldita, eso es lo único que saben hacer los Hombres, destruir y maldecir.

Dürhavel ya no regresará a reclamar lo que es de los dragones y elfos.

Los Hombres consideran que Dürhavel está muerto, pero no. Ahora soy uno más de los elfos.

Siempre hay héroes en la historia de los humanos, nunca hay villanos, pues ellos mismos son los villanos. Tarde o temprano lo entenderán.

Morloriä de draconin va elfin im darzö vyn-ë va im jarnielï vyn-ë narnalaen.

Lyna o lânä naureth o la re i-aufalaen sodulaen va i fëanthï-n vaësö ter o-thalaen, zethö vyna o-aen.

Surghen se quedó helado. «Dürhavel», pensaba sin cesar. Su consciencia repetía constantemente su apellido, al que prontamente sintió que no pertenecía. Sintió una congoja en el corazón y un dolor en su alma, soportando el peso de un pasado que no le correspondía.