CAPÍTULO 8. EL CETRO DE CENIZA #2
Siguió pasando el tiempo. Luego de cuatro días más de navegación, de manera imponente, se alzaron las ruinas de Vaer-Morrak.
Las leyendas decían que, antes del dominio de los Hombres en la región, aquella construcción era un baluarte de los elfos: un gigantesco castillo, una biblioteca y un refugio donde los conocimientos más arcaicos sobre el continente permanecían ocultos detrás unos oscuros hechizos creados en una lengua prohibida y olvidada.
Sin embargo, los textos donde se compartían estas historias eran muy escasos y los pocos papeles que se conservaban los trataban como simples rumores y leyendas urbanas.
Enormes fortificaciones de madera y piedra se alzaban protegiendo las ruinas. Cientos de velmyrianos se encontraban patrullando la improvisada muralla que habían construido. «Ridículos —pensó Surghen—. Ignoran que Velgorad no tiene ejército, y Selgor también está aislado».
Surghen sabía que un ataque sorpresivo sería imposible; sus grandes navíos fueron avistados por los velmyrianos a muchas leguas de distancia, pero esperaba que la fuerza de sus cañones fuese suficiente para cortar la huida de los invasores.
Se equivocó. Al instante, los velmyrianos corrieron a sus barcos y zarparon desde una playa al norte de la desembocadura del Karneth, internándose río arriba.
Los cañones rugieron en ambas flotas: disparo, carga y nuevamente disparo.
Una lluvia de flechas oscureció el cielo y cayó sobre la Aullido Gris ; decenas de hombres se desplomaron atravesados en la cabeza y el pecho.
Poco después, nuevos proyectiles llovieron sobre la Llama Pálida , cuyos tripulantes apenas alcanzaron a cubrirse con los escudos.
Entonces, un navío velmyriano embistió directamente la nave insignia de Surghen.
El choque astilló la madera, destrozó los mástiles y unió los cascos en una colisión brutal que convirtió ambas embarcaciones en una sola trampa de muerte.
Los soldados que comenzaron a salir de la nave velmyriana atacaban sin piedad al mismo tiempo que sus barcos centinelas rodeaban la Llama Pálida y disparaban flechas contra los remeros, inhabilitando el poco movimiento del barco.
Un soldado se lanzó contra Surghen, pero éste cubrió el golpe con su escudo, sacó la espada y cortó de tajo al atacante.
Los demás barcos se habían enfrascado en batallas similares, y estaban sufriendo muchas pérdidas.
—Desembarquen aquí y saquen a los caballos —escuchó decir a Lorem.
Mientras la Espina del Este , la Garra de Rak-Mor , la Diente de Sombra y la Vigilante de Braveth chocaban con la ribera y abrían las puertas al general Lorem y a sus hombres, quienes enseguida se lanzaron contra el muro de las ruinas.
«Tontos, los matarán en un ataque frontal», pensó Surghen mientras decapitaba a otros dos. Los velmyrianos no dejaban de salir, y pronto Surghen tenía a tres extranjeros rodeándolo y tirándole estocadas que a duras penas lograba bloquear.
El fuego se comenzó a expandir por los dos barcos, el humo afectaba cada vez más la respiración y se hacía más denso.
Los gritos de los drakarianos que estaban en los remos eran abundantes.
Sus muertes salían sin recompensa. La pólvora de los cañones comenzó a chorrear por los barriles; Surghen escuchó aquel sonido y saltó al agua, a una zona lejana de poca profundidad.
Acto seguido, los dos barcos de guerra explotaron, trayendo consigo una lluvia de escombros, cadáveres y sangre que tiñeron al Karneth.
La corriente era fuerte. Surghen trató de nadar a tierra, pero antes de lograrlo el rio ya lo había empujado diez yardas más al Sur.
En aquella batalla marítima hubo muchas bajas.
El Comandante subió de nuevo a las naves y se adentró en el fuego cruzado, matando a todo el que se encontró hasta crear su propio salvoconducto, hasta que llegó con los demás soldados que se encontraban del otro lado del agua.
Milagrosamente su caballo logró salir con algunas heridas menores, pudiendo cabalgar aún.
Surghen montó y galopó hacia las ruinas de Vaer-Morrak en ayuda de Lorem, comandando dos cohortes restantes.
De los ocho mil hombres que fueron a aquella travesía, tan solo había sobrevivido una fracción.
La batalla naval se ganó con un tercio aproximado de las bajas, y la guerra se ganaría con las añadidas que vendrían.
Lorem se encontraba golpeando soldados, matando velmyrianos y retrocediendo.
La defensa del muro era inexpugnable. Lorem no tuvo remedio, el general había partido con algo menos dos mil quinientos hombres y a su regreso en la derrota lo acompañaron dos mil.
El restante ejército drakariano se volvió a unir detrás de la guía de Surghen, preparando un nuevo asedio.
El Comandante formó a sus soldados en una formación cerrada, escudos adelante, lanzas en segunda fila y la infantería al centro, con la caballería presidiendo la formación.
Los velmyrianos no atacaron, simplemente se quedaron ahí vigilando a los drakarianos.
Ni un bando ni el otro se movió. Los hombres de Surghen estaban quietos a la espera de sus órdenes, mientras que los velmyrianos estaban desconcertados.
«¿Por qué Drakareth no ataca?» Se oían los bullicios de algunos.
Las espadas, cañonazos y flechas de la batalla en el rio ya eran ocasionales.
«Para este punto, todos deberían estar muertos —pensó Surghen—.
Qué mejor demostración a la Corona que una campaña exitosa de menos de una semana».
En el fuerte, cada vez había menos velmyrianos en el muro.
Todos sus efectivos comenzaban a bajar las escaleras y posicionarse detrás de la puerta.
Iba a ser un último ataque. Dispusieron pólvora en las ruinas.
Si acababan con ellos, acabarían con las ruinas.
Estaban dispuestos a caer junto con la edificación.
El retumbar de las puertas comenzó a sonar y la puerta comenzó a abrirse.
Surghen contó un total de mil quinientos velmyrianos que se lanzaban contra Drakareth.
«Imprudentes, buscan la gloria en el lodo».
El caballo del muchacho se encabritó y comenzó a galopar hacia el fuerte junto con Lorem.
Los demás soldados, o bien cabalgaron con todo el grupo, o bien corrieron hacia su propia muerte.
Nuevamente al Comandante le llegaron los recuerdos de su derrota en Port Velyr.
El primer choque lo encabezaron él y Lorem.
Sus caballos embistieron contra la línea enemiga: lanzas quebradas, hombres derribados.
Las espadas surcaban el aire, abriendo carne y hueso, mientras los escudos resistían un golpe tras otro, y luego respondían con la misma violencia.
Un vigía en las murallas disparó una flecha que derribó el caballo de Surghen. El comandante cayó de espaldas, aturdido, sin tiempo para reaccionar.
Un velmyriano cargó contra él y bajó el hacha hacia su pecho.
Surghen alzó el escudo que se partió en dos bajo el golpe.
Rodó por el suelo, tratando de ganar distancia.
Cayó sobre una pila de cadáveres, entre ellos, reconoció el rostro de Theira Zoraleth, que se había incorporado a la batalla, con la boca abierta en una mueca sangrienta y una flecha clavada en el ojo.
El hallazgo le heló la sangre, pero no había tiempo para pensar.
El velmyriano atacó de nuevo, golpe tras golpe, con una fuerza que lo hacía lento al recuperar postura. Surghen lo notó, pero su intento de bloquear con la espada salió mal: el impacto la arrancó de sus manos y terminó incrustada en la garganta de un drakariano cercano.
Sin armas ni escudo, solo pudo esquivar y retroceder.
Tropezó con otro velmyriano que acababa de matar a un compañero.
Este lanzó una estocada, pero Surghen la desvió a tiempo, arrebatándole la espada y hundiéndola en su corazón.
El hachazo del primer enemigo cayó de inmediato, partiendo la cabeza del ya muerto velmyriano.
Aprovechando la distracción, Surghen tomó una daga caída, se lanzó contra el sobreviviente y, tras un salto desesperado, le cercenó el brazo que empuñaba el hacha. Después lo apuñaló una y otra vez por la espalda hasta que dejó de moverse.
Otro más venía por detrás, gritando. De una manera más tranquila, Surghen le aventó la espada que se le clavó en el centro del rostro.
Corrió hacia la pila de cadáveres, agarró un escudo con una forma filosa y rectangular y comenzó nuevamente su ataque.
Le clavó la punta a un velmyriano que estaba peleando contra Lorem usando la espada de Surghen.
El muchacho recuperó su espada y junto a Lorem combatió a todos los soldados que osaban atacarlos.
Una sinfonía perfecta. Dos hermanos haciendo el trabajo que sus huesos nunca olvidarían.
Los caballos de Drakareth tomaban posición y poco a poco los soldados velmyrianos comenzaban a retirarse hacia el mar, pero solamente encontraban la muerte.
No había barcos que los pudieran llevar de regreso a su tierra; estaban hundidos o totalmente destruidos.
Los velmyrianos estaba atrapados en tierras enemigas.
Surghen se tomó una pausa para reagrupar filas, mientras que los velmyrianos corrían hacia el sur, hacía el Karneth. Su cauce los llevaría al Mar de Elarion.
—No quiero prisioneros, así que mátenlos —dijo Surghen. Aquellas fueron sus últimas indicaciones. Lorem se sorprendió.
«Este no es el comandante que conocí», pensó el general, pero de todas formas siguió órdenes. Surghen destinó que los caballos fueran montados por los arqueros, mientras que los demás perseguirían a los invasores a pie.