CAPÍTULO 8. EL CETRO DE CENIZA
Surghen se encontraba leyendo en algunos papeles en su escritorio, la armadura seguía detrás, no se la había puesto.
La mañana ya era avanzada, pero él no había ido a desayunar; en su lugar, le pidió a Velrik que le llevara el desayuno a su tienda.
Eran historias antiguas, algunos relatos trataban sobre la raza dracónica, otros eran simples rumores entre relaciones de éstos con los elfos, «¿Quién habría podido sacar tanta información de esto?
». El comandante dudaba de la veracidad de algunos de esos textos, pero los temas de los que hablaban le resultaban cuanto menos interesantes.
No había pasado ni una hora; Surghen apenas le había dado un bocado a su comida cuando el sirviente entró de nuevo en la sede.
—¿A qué debo esta nueva visita? —preguntó Surghen.
Velrik hizo una reverencia y se sentó en un sillón de lana pegado a la puerta, no estaba cansado, pero el calor que hacía en el exterior era sofocante y Velrik venía sudoroso por aquello.
—Traje un mensaje desde el Castillo Magno, la corte del rey lo envió —dijo Velrik mientras le extendía el papel. Era un papel grueso, cerrado con hilos de lino y sellado en cera con el dragón rúnico Valdyran. Surghen lo destapó y comenzó a leer el contenido.
Desde Kaer’Durnath hasta Varkhadrûn
Comandante Supremo Surghen Dürhavel, os saludo.
Durante los últimos días han llegado informes sobre incursiones velmyrianas en unas ruinas al Este de Selgor.
Su Eminencia, Tyrnium Valdyran ordena que seáis vos quien repela estas incursiones.
Tomad a vuestros hombres, y también a los del general Lorem, y acudid a contener la situación en dicho lugar. Los navíos ya están preparados.
Firma Tyrnium Valdyran. Castellano de Kaer’Durnath y Rey de Drakareth.
Era un texto pequeño, pero conciso; «Me quiere lejos de la capital», supuso. Tomó un bocado de la comida, cerró nuevamente el papel y se lo entregó a Velrik.
—Infórmale a Lorem, saldremos en las próximas horas —ordenó Surghen. Velrik asintió, hizo una reverencia y salió de la tienda.
Surghen acabó de comer, se limpió la cara en la pila de agua y se puso su armadura.
En el momento que comenzó a agarrar la armadura le resultaba pesada, pero cuando se la puso, se sentía indudablemente ligero.
Se colgó la espada en el cinturón y salió de su tienda; desamarró a su caballo que Velrik ya había ensillado y galopó a los entrenamientos, donde estaba Lorem.
El general se encontraba ya vestido, leyendo el papel que le había entregado Velrik. Levantó la mirada y volteó a ver a Surghen.
—Toma a tus hombres —le dijo el Comandante—. Tenemos que llegar al rio para el mediodía.
Lorem asintió, salió galopando en dirección a sus cohortes mientras que Surghen cabalgó hasta la puerta del bastión. Una hora más tarde, Lorem llegó con seis cohortes de soldados.
—¿Por qué tan poquitos soldados? —preguntó Surghen.
—Son más que suficientes —contestó Lorem. —Si nos hicieran falta más, enviaré un mensaje a Nur’Dan para que nos apoyen con otra cohorte más.
Se abrieron las puertas, el sonoro crujido comenzó a silbar y el exterior del muro se hacía cada vez más visible.
Surghen espoleó a su caballo y salió galopando hacia Kaer’Durnath.
Había calculado unas horas para llegar al rio.
Si les salía bien, el rio tendría corrientes fuertes, lo que les permitiría llegar rápidamente al lago Durnkar.
Los cuernos de guerra sonaron fuertes, hubo un retumbar en los oídos de los soldados que salían aquel día.
El repiqueteo constante de los cascos de los caballos duró poco más de dos horas hasta que los seis mil hombres que conformaban aquel ejército hubieran salido del complejo.
Los estandartes de los Valdyran ondeaban abundantemente.
—El Emperador ha dejado carromatos y cargamento ya listo en el puerto —informó Lorem. —Nos pide llegar lo más rápido posible al Zaldren.
—Calculo que llegaremos en unos días —dijo Surghen—. Siempre y cuando no nos retrasemos en la ciudad.
La cabalgata continuó, pasó una hora y los muros de la capital se hicieron visibles y se elevaban cada vez más a medida que el ejército se acercaba.
Pronto, los cuernos de la ciudad comenzaron a sonar y las puertas se abrieron; el camino se despejó y el ejército siguió galopando hasta la puerta oriental de la capital.
Surghen estaba apático y enfocado, nada ni nadie le quitó la concentración.
Ni siquiera la reina ni el príncipe, que lo miraban fijamente desde la puerta del Varkhalion.
Otra hora después, la puerta oriental ya se había abierto y el ejército ya había cruzado. Los cuernos de guerra habían dejado de sonar.
La marcha seguía un pequeño afluente que corría hasta el río.
A la noche del quinto día de marcha se escuchó al Zaldren, tremendamente caudaloso.
En la ribera ya se encontraban los diez capitanes al mando de diez navíos cargando las provisiones y armamento necesarios que el emperador había enviado en poco más de una decena de carromatos.
Las naves estaban hechas principalmente de madera reforzada y barnizada para que el agua no se filtrara; además, eran lo suficientemente grandes para que en su interior hubiera una catapulta.
El Maestro Racional se encontraba ahí, coordinando el pago por el cargamento y el transporte, tan pronto se desocupó llegó con Surghen y le entregó un panfleto, donde venía el nombre de cada capitán y de cada nave.
Surghen se detuvo un momento a leer, mientras los demás soldados junto a Lorem, comenzaban a subir a las naves.
El papel no decía nada sobre la trayectoria de los capitanes, únicamente su nombre y el nombre de la nave que comandaban, «Si Tyrnium los contrató, deberían de ser de confianza», pensó Surghen, sabía que Tyrnium no se arriesgaría a matarlo por una simple pelea, eso era algo ridículo.
Sin embargo, mantuvo las distancias, aquellos capitanes no tenían su confianza.
Surghen subió a la Llama Pálida y se quedó en la proa, vigilando el rio. Las doce naves estaban ancladas en el fondo del Zaldren. El agua verde que corría por ahí era turbia y se podía alcanzar a percibir alguna que otra roca que bajaba desde las montañas.
—Mi señor, hemos calculado veinticuatro jornadas hasta Selgor —dijo la capitana Theira Zoraleth—. El agua nos empujará rio abajo sin problemas, llegaremos en una semana al lago Durnkar.
Surghen asintió, cuando todo el cargamento y armamento estuvo a bordo de los barcos, los capitanes comenzaron a elevar anclas, y uno a uno comenzaron la marcha por el Zaldren.
—¿Cuánto tiempo para Nur’Dan? —preguntó Surghen.
—Poco menos de un día —respondió Theira.
La comunicación era eficiente dentro de lo que se podía entre cada barco, aunque pareciese exagerado y lento, la comunicación entre los navíos también se sustentaba en aves mensajeras.
Precisamente, la Llama Pálida tenía a su disposición un cuervo bien alimentado y entrenado. Surghen tomo un papel y escribió.
Desde Kaer’Durnath hasta Nur’Dan.
General Varnak Rhûlem. Encargado de ejército local de Nur’Dan.
Por órdenes directas de un Alteza, el emperador Tyrnium, le solicito a usted, hacerme la entrega de dos cohortes de soldados.
El emperador en persona me ha solicitado a mí y al general Lorem que contengamos las incursiones bárbaras del sur.
Espero a sus hombres en la ribera del Zaldren, con los barcos que sean necesarios para transportarlos y que se unan a mi ejército y al del general Lorem.
Firma Surghen Dürhavel. Comandante Supremo de las hostes drakarianas.
El cuervo salió volando hacia el sur, las corrientes de aire y el cauce del rio lo guiarían hasta la ciudad, y le entregarían el mensaje al general. «Esas aves nunca se pierden». El Comandante regresó a la proa y se durmió.
Cuando llegaron a Nur’Dan, el general Rhûlem ya los esperaba con cuatro navíos y las dos cohortes que Surghen había solicitado. Apenas divisaron la flota capitalina, partieron desde un embarcadero local al oeste de la ciudad, con el propio Rhûlem al frente.
A lo largo de esa semana, el cauce del río se volvió más bravo, y pronto el lago Durnkar apareció en el horizonte.
Los catorce navíos que conformaban la flota desplegaron sus remos: más de doscientos brazos de madera se hundieron al unísono, reemplazando al viento que ya no favorecía.
Las velas fueron arriadas, y la flota retomó velocidad, aunque no la suficiente.
Surghen lo notó enseguida: la armada velmyriana era muy superior en el dominio de los ríos.
«Si Tyrnium planea atacar Velmyria, tendrá que hacerlo por tierra», supuso, intentando descifrar los próximos movimientos del Emperador.
Después de dos semanas en los barcos, Surghen ya podía ver la pequeña ciudad de Velgorad: un asentamiento minero perdido en el interior de una nación guerrera.
No tenían mucha participación en temas relevantes, estaban lejos de cualquier lugar.
Prácticamente se regían ellos solos y fue por ello por lo que nunca solicitaron alguna ayuda de la capital para reforzarse.
No tenían ninguna Legión local que los pudiera defender, su ejército tan solo llegaba a las cinco cohortes.
Surghen intuía que, una vez que los velmyrianos terminaran de saquear las ruinas, posiblemente marcharían contra Velgorad. Era una ciudad contradictoriamente segura, intuitiva y bastante rápida de conquista r . «Qué ridiculez que no tengan soldados. Pronto corregiré eso » .