CAPÍTULO 7. EL RENACIMIENTO #4
«No. No serás mi escudero —pensó Surghen—. Pero serás mi sirviente».
Al llegar al Bastión, la puerta ya estaba abierta. Saludaron a Lorem y éste les devolvió el saludo. Nadie reconoció a Surghen.
El Bastión de Varkhadrûn se alzaba a las afueras de Kaer’Durnath. Era un complejo amurallado gigantesco, de extensión similar a ciudades como Dorlak y Braveth: el hogar de la Legión de Kaer’Durnath. En su interior se desplegaba un mar de carpas, edificios y comercios que se perdían hacia el oeste.
La muralla exterior, hecha de basalto oscuro, se elevaba más de diez yardas sobre la cabeza del Comandante, interrumpida por torreones que alcanzaban las trece.
Un millar de cámaras, atalayas y pasajes defensivos aseguraban a la legión congregada en su interior.
Además, por disposición del Rey, se habían donado tres cohortes de la Guardia Vardyana, que también defendían y mantenían la muralla.
Lorem guió a Surghen por la calzada principal, entre grandes edificios, hasta el muro interior, desde donde se alzaba una torre de diez niveles: residencia tanto del Comandante como del Consejo de la Legión.
Nadie prestó atención al hecho de que Surghen había regresado a la legión. Nunca supo si aquello era a propósito. El muchacho estaba absorto en sus pensamientos, soñando despierto. Comenzaba a extrañar la comodidad de su dormitorio en el Castillo Magno, pero él había decidido aquel cambio.
Lorem dobló en la Plaza de Kaelgor y se dirigió hacia uno de los patios de entrenamiento.
En la lejanía, el tenue sonido de los combates con espadas, las justas de práctica, los torneos de graduación y los golpes entre estudiantes comenzó a escucharse, y conforme avanzaban, se hizo cada vez más fuerte.
El general se detuvo frente a una extensión circular de cien yardas, conectada por caminos de grava a otros seis patios que formaban un gigantesco hexágono. Todos ellos desembocaban en un patio central, del doble de tamaño, que poseía varias tarimas piramidales y gradas: el Coliseo.
El Maestro de Logística estaba instruyendo a dos escuadras de estudiantes en la creación de formaciones militares estratégicas y rutas de comunicación. Al ver al general Lorem, llamó a todos sus alumnos, quienes se formaron en un recuadro y lo saludaron.
—Al que deben saludar es al Comandante Dürhavel —dijo Lorem. Surghen detuvo a su caballo a la par del general.
Los estudiantes se quedaron callados. No sabían quién era aquel soldado que se mostraba de igual a igual con el «Majestuoso General». No entendían por qué debían profesarle respeto ni lealtad. Ninguno conocía la historia de Surghen.
—¡¿Quién dijo que él es comandante?! —gritó uno al fondo—. Parece más bien un tarado impuesto por el régimen.
Hubo un par de risas.
—¡Silencio! —reprendió el Maestro.
—Déjelo, general —ordenó Surghen con un ademán.
Se volvió hacia los estudiantes—. Mi nombre es Surghen Dürhavel, Comandante Supremo de las hostes drakarianas.
Si alguno de ustedes no sabe quién soy, ¿qué hace aquí?
El Bastión de Varkhadrûn no dará asilo a quienes están hechos para cuidar animales o servir en cocinas.
—¡Vean nada más! —replicó el mismo cadete—. El tarado nepotista ahora habla como si fuera alguien importante.
—¡SILENCIO! —volvió a reprender el Maestro. El cadete no le hizo caso.
—¡Escuche, Lord Tarado! —siguió gritando el cadete—. ¡Con gusto le puedo enseñar el uso de la espada! Aunque, viéndolo bien, se le complicaría hasta el uso del puñal.
Hubo más risas.
—Perfecto —aceptó Surghen con tranquilidad—. Hagamos un duelo. Demuéstrame lo que tu orgullo puede hacer, y yo les demostraré lo que la falta de respeto provoca.
El estudiante que había hablado, inmerso en su ignorancia respecto a su oponente, aceptó el desafío sin arrepentimiento. Uno de sus compañeros le entregó una espada de madera, mientras que el Maestro le dio otra a Surghen.
«Es muy ligera».
—¡Por disposición oficial, habrá un duelo! —anunció con resignación el Maestro—. Será una exhibición al primer contacto.
Surghen bajó del caballo con la espada atada a la cintura, mientras que el estudiante se agachaba y levantaba la punta de la suya.
Lorem presidió el combate y dio la señal de salida.
El Comandante permaneció quieto, con los ojos cerrados.
Parecía dormido. El estudiante comenzó a moverse en círculos, tratando de encontrar un punto ciego.
Lentamente, y sin hacer ruido, se dirigió hacia la espalda de Surghen.
«No tiene la espada desenvainada, tengo un golpe de ventaja», pensó el joven.
Surghen seguía inmóvil.
El cadete lo subestimó, pero eso no le iba a impedir buscar la victoria. Aceleró sus pasos y corrió hacia la espalda del Comandante, esperanzado en conectar el golpe.
Surghen se movió un paso de su posición y esquivó con tranquilidad aquel golpe.
Al mismo tiempo comenzó a bailar con el cadete, esquivando cada golpe y aumentando en su oponente la rabia del fracaso.
Finalmente se alejó lo suficiente, levantó la espada de madera a una velocidad mayor que su oponente y desvió el golpe, para luego asestar su propio ataque en las costillas del cadete, el cual cayó al suelo con un hematoma en el costado y una costilla rota
—¡Se acabó! —anunció Lorem.
—Tu lugar es en las perreras —Surghen amenazó al estudiante caído—. Gente como tú no merece estar en la Legión.
El Comandante se alejó del lugar, le entregó la espada al Maestro y volvió a montar. Se retiró en silencio, sin mirar atrás, acompañado por Lorem y por Velrik.
Pasaron apenas unos minutos cuando llegaron al muro interior. Era una construcción de piedra negra, levantada con cuatro yardas de altura y terminada en almenas de una yarda. Las torres tenían techos de caliza y decoraciones de madera en sus bases.
La torre central estaba hecha de basalto, sostenida por pilares de madera oscura y adornada con filigranas de lapislázuli en sus bordes.
En su interior había un pasillo ancho que se dividía en dos grandes escaleras, y detrás de éstas se abrían salones y bibliotecas.
Vigas de madera pintadas de blanco sobresalían de las esquinas de los techos, desde donde colgaban los estandartes Reales.
—Esta es la sede, mi señor —comentó Velrik mientras descendía las escaleras—. Su dormitorio está en el segundo nivel.
Surghen entró, subió las escaleras y recorrió el piso hasta llegar al fondo de la torre. Frente a él se alzaba una puerta con el blasón de Valdyran tallado en la madera y pintado en oro.
Al entrar, el interior estaba bien iluminado.
En una esquina, detrás de un modesto dosel, se encontraba una rígida cama.
Había una pequeña recepción separada por postes de madera y bardas de basalto.
En una pared colgaban varios tapices, todos representando escenas distintas de la Masacre de Braveth.
«...Valdyran, me quiere restregar en la cara esa batalla. Piensa que sigo dependiendo de él».
Lo que más atrajo la atención del muchacho fue un escritorio de madera barnizada, totalmente vacío.
Detrás de él se erguía un soporte con su antigua armadura destruida y vuelta a forjar: un metal platinado y teñido de negro.
El cinturón de cuero, atado a la codalera, destacaba por un brillante diamante.
El casco mostraba un visor retráctil que ocultaba el rostro, dejando apenas un resquicio para los ojos.
En la coraza brillaba el dragón rúnico, labrado en un brocado de auravioleta.
Las hombreras, guantes y pantalones seguían un diseño angular, con patrones que evocaban la Quema de Vaelkar.
«Maldito Tyrnium —pensó Surghen—. Ya no soy su hijo pero sí su perro de pelea. No. Ahora combato solo para mí».
La espada, guardada en una vaina cian con grabados de otra batalla, era de un color plateado y brillante, encerado hasta reflejar nítidamente la imagen de su portador. La empuñadura era de estelita y estaba envuelta en una placa de lana. El pomo estaba hecho con una esbelta pieza de rubí.
Surghen sacó la espada, tomó un tronco que estaba junto a la chimenea y le lanzó un golpe. El corte fue limpio y la espada no sufrió magulladuras. La habían afilado bien.
El Comandante sonrió con malicia, urdiendo un plan contra el viejo senil de Tyrnium Valdyran.