CAPÍTULO 7. EL RENACIMIENTO #3
Surghen volvió la mirada hacia el joven y trató de mantener la misma sonrisa, sin embargo, la expresión se transformó en ambición, y el miedo creció en el corazón del niño.
Aquella mirada clavó un puñal en el corazón del joven.
Los ojos de admiración con los que veía a Surghen se convirtieron en ojos de miedo al verlo alejarse.
El muchacho no tuvo el valor de hacer nada: no se movió de su lugar ni levantó la mano.
Pero estaba profundamente decepcionado de quien había sido su modelo a seguir.
«¿Quién es aquel joven? Ese caballo respondió ante él y se mostró dócil con su tacto», se preguntó el mozo. Metió a sus aprendices de regreso en las caballerizas y continuó con su labor.
Unas horas más tarde, cuando el sol ya se había ocultado por completo y la luna había blanqueado todo el palacio, Surghen regresó a los establos, sudoroso. Su caballo estaba igual de cansado, incapaz de seguir soportando al muchacho sobre su lomo.
El Comandante le estiró las riendas al mozo, quien había llegado apresuradamente para recibirlo. Ninguno de los dos dijo nada. Surghen tenía una mirada completamente distinta a los ojos aburridos que tuvo durante la tarde. No dirigió la mirada a los pupilos al retirarse al castillo.
Eldren lo estaba esperando en la entrada junto con dos guardias que llevaban armaduras doradas y lanzas que ondeaban estandartes con el blasón de la Guardia Real. El sirviente sostenía una pequeña toalla y un tazón con agua.
—Su Alteza Real está muy disgustado con vos, Comandante. Exige que os presentéis de inmediato en la Sala Mayor. Me ha mandado a buscarlo.
Surghen se secó el sudor con la toalla y asintió, pero en sus ojos solamente se podía ver orgullo por aquellas palabras.
Al llegar a la Sala Mayor, encontró un gran banquete: montañas de comida sobre todas las mesas; nobles, príncipes, escuderos, guardias, vasallos y blasones de la Corte del Rey abundaban.
Todos, excepto él, estaban vestidos con formalidad, comiendo y disfrutando de la fiesta.
La cerveza, el vino y demás bebidas exuberantes recorrían las mesas con rapidez.
La Reina y el Príncipe se llenaban la boca de comida mientras los trovadores cantaban y los bardos contaban historias.
Todos estaban gozosos y exultantes, menos el Emperador. Seguía con el plato lleno, de brazos cruzados, observando fijamente a Surghen, quien entraba por el frente de la sala.
—¡Surghen Valdyran! —exclamó el Rey—. ¡Te dije que llegaras a tiempo!
«No me vuelvas a hablar con ese apellido», amenazó el muchacho para sus adentros. Su orgullosa mirada solamente aumentó al tiempo que se combinaba con la repugnancia por el apellido de los reyes. «Esto era lo que quería conseguir».
El grito del Rey ensordeció a los trovadores y ocasionó que todos los presentes dirigieran sus miradas al Comandante. Surghen no dijo nada, pero lo veían raro. Como alguien que no debía estar ahí.
—Me disculpo —respondió Surghen con altanería, hizo una reverencia de disculpa, pero se interpretó como una peor falta de respeto—. Se me hizo tarde. —Acompañó las palabras con una maliciosa sonrisa.
Caminó hasta su asiento: una silla honorífica a la derecha del príncipe Argon. Toda la Corte lo siguió con la mirada durante varios segundos, hasta que, por órdenes del Rey, el bardo y los trovadores retomaron su canto.
—Hablaremos más tarde de tu falta de respeto —le advirtió el Rey en lo secreto. Surghen no le hizo caso, incorporándose a la fiesta y con la música reanudándose.
En Braveth ardía la noche sin fin, los cuervos lloraban su canto de guerra. Mas vino Tyrnium, espada en su sien, y en alto alzó justicia en la
tierra.
Cayeron los hombres, cayeron sin ley, pues osaron alzarse contra el Trono. El fuego limpió, y el acero fue rey, bajo el juicio de un solo varón.
Gloria al Valdyran, luz del Imperio, que su voz quebró la traición sin temor. En Braveth su sombra marcó el criterio: ¡el que niegue al rey, sentirá su ardor!
Surghen no comió casi nada. Se sentía asqueado por la letra de aquella canción.
Una vez más estuvo peleado contra la verdad, y en ese momento decidió que sería él quien decidiera la misma verdad, sin embargo, en ese momento, la incomodidad de Surghen ante el tenso ambiente que había proliferado entre él y el Rey lo hicieron querer irse del castillo hacia el Bastión.
Pero aun con aquellos deseos, Surghen se mantuvo pegado a su asiento. El tiempo que hiciera falta. Por obligación más que por voluntad, no podía levantarse hasta que el último invitado hubiera salido de la sala y el último plato hubiese sido recogido.
El muchacho estaba enfadado. Estaba harto. Sentía que el tiempo transcurría cada vez más lento. Se sentía estancado y en una abrumadora soledad, atrapado en un pozo psicológico del que lamentablemente solo Tyrnium podía sacarlo.
«¿Qué se sentirá estar lejos del Rey? No… mejor aún, ¿qué se sentirá ser Rey?».
Cuando las sirvientas y los criados terminaron de recoger toda la cristalería, y cuando los últimos miembros de la Corte salieron, Tyrnium increpó a Surghen, que ya se retiraba hacia su dormitorio.
—Surghen —el Rey lo tomó del hombro—, ¿a qué se debe tu falta de respeto?
—¿Acaso es una falta de respeto llegar tarde?
—Para ti sí. Sí es una falta de respeto. ¿Nunca te dije que la Familia Real nunca debe llegar tarde?
—No, nunca me dijo… pero sí lo sabía. ¿Y qué cree? La Familia Real ya estaba presente cuando yo llegué —soltó una risita. «No me puedo ir por mi cuenta, pero él si puede correrme».
—Tienes razón: la Familia Real ya estaba aquí… excepto tú. Faltaste deliberadamente —Tyrnium comenzó a alzar la voz—. Tú, al igual que Argon, tienes la responsabilidad de llegar primero. ¡Tú eres parte de la Familia Real! Y lo peor: llegaste vestido de mugriento.
—¿Quién le dijo a usted que yo era parte de la nobleza? —la seguridad de las palabras de Surghen hicieron acallar a toda la Familia Real—. ¡¿Quién le dijo a usted que YO era parte de la Familia Real?! Hasta donde yo sé, solamente soy el Comandante Supremo de… la Nación.
—Surghen, es Madre Patria —intervino la Reina quien ya presentía la desembocadura de aquella situación.
—Como sea. —Surghen no le hizo caso.
Las palabras de Surghen afectaron tanto a los reyes como al príncipe. Tyrnium terminó de interpretar aquello como una afrenta y una traición directa, pero el amor que seguía sintiendo por Surghen, aunque debilitado, le impedía mandarlo a encerrar.
Surghen vio las reacciones y sintió la satisfacción en su interior de haber conseguido lo que se había propuesto.
«Hazlo, expúlsame. Ya me quiero ir. Ninguno de ustedes me importa ya», Surghen frunció el ceño y mostró decisión con su mirada.
Vio cómo el príncipe estaba conmocionado y cómo a la Reina le habían comenzado a salir unas lágrimas silenciosas que quiso tratar de ocultar.
Tyrnium los volteó a ver y se sintió impotente.
—¿Cuánto deseas esto? —le preguntó a Surghen—. Así que lo que te dije en el Kharthûr era verdad. Tú solamente haces daño por deporte —la voz se le empezó a quebrar—. Te cumpliré lo que tanto anhelas.
Por primera vez desde que Surghen se encontró en Drakareth, el muchacho sintió miedo, y el remordimiento de no poder apelar por las palabras que él mismo había provocado lo consumió.
—Surghen —siguió el Rey—, antes príncipe, ahora solo comandante: eres desterrado del Castillo Magno y del Varkhalion. La familia Valdyran y su corte ya no te recibirán más como familia.
»Te irás al amanecer.
«Solamente regresé a mi hogar… pero pronto yo me quedaré en su lugar, y ninguno de ustedes podrá hacer nada para impedirlo», pensó el muchacho, tratando de encontrar nuevamente las emociones que habían motivado sus acciones hasta ese punto.
Surghen no se inmutó para no reflejar su reacción arrepentida, pero en su propia contradicción no hizo nada por remendar sus acciones, sabiendo que aquello posiblemente hubiese podido reparar su situación y, con la seguridad que lo había caracterizado en el pasado, aceptó su castigo.
Un castigo del que los reyes se podrían arrepentir.
Por su parte, la Reina y el príncipe cayeron en la tristeza.
Aquella no había sido la despedida que deseaban para el Príncipe Adoptado; sin embargo, cuando vieron la mirada seria de Surghen, notaron en él la seguridad con la que renunciaba a todos sus privilegios que lo habían acompañado por la gran parte de su vida.
—Vete de aquí, Surghen —dijo la Reina con enojo. Tratando de defenderse—. Te acepté durante dieciocho años como a mi hijo, y renuncias a todo por orgullo frente a un minúsculo error. Te lo ordeno… ¡lárgate!
Y en ese momento, la mirada de Surghen se volvió a ablandar, carcomido por el amor de la Reina al que había renunciado.
Y ni siquiera con aquello Surghen habló ni lloró, pero en su derrota, Surghen se giró bruscamente hacia su dormitorio y por última vez se alejó de la presencia completa de la Familia Real.
A la mañana siguiente, externamente el dormitorio de Surghen estaba igual, pero él ya se sentía invasor en sus propios aposentos.
Entre la humillación de ya no pertenecer a su antiguo lugar y el vivo arrepentimiento de la discusión de la noche anterior, Surghen se vistió.
Se colocó un chaleco de cuero sobre el camisón para dormir, se vistió con unos pantalones de lana, se puso las botas y descendió hasta el pasillo principal, donde lo esperaban el general Lorem y Eldren, que sostenía las riendas del caballo de caza.
—Su Alteza Real me ha encargado que os entregue esto — el sirviente le extendió un papel y las riendas del caballo—. Me ha prohibido abrirlo.
Surghen lo miró con desprecio, pero aceptó tanto el papel como las riendas. Se montó en el caballo y lo espoleó. Comenzó a cabalgar hacia el Bastión, que ahora sería su hogar.
—Buenos días, mi señor. Mi nombre es Velrik Anhal. Su Alteza Tyrnium me exigió que fuese su escudero —saludó un jovencito apenas Surghen salió del castillo. El Comandante asintió, pero no le hizo caso.