Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 7. EL RENACIMIENTO #2
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CAPÍTULO 7. EL RENACIMIENTO #2

El soldado sin rostro se presentó ante el Trono del Colmillo Eterno: esplendoroso, imponente, símbolo de la nueva fuerza que regía sobre el Imperio de Drakareth. El Comandante se sentó en él.

El general Lorem se acercó, hincó una rodilla frente a su nuevo rey y agachó la cabeza.

—Mi completa lealtad hacia Surghen Dürhavel, Rey de Drakareth, Emperador de Velmyria y Señor absoluto del Mar de Lysarneth —pronunció el que ahora era comandante.

Cuatro soldados más de alto rango, presentes en la sala, se hincaron también ante Surghen que había tenido la osadía de ocupar un trono que hasta ese momento no le correspondía.

Las ovaciones y vítores del resto de la corte ensordecieron cualquier otro ruido y otorgaron un complaciente inicio al nuevo Imperio Dürhaveliano.

***

El sirviente del Rey golpeó varias veces la puerta sin obtener respuesta, pero las órdenes de Tyrnium eran bastante claras: despertar a Surghen.

El muchacho abrió lentamente los ojos. Se sentía extraño, se sentía extasiado.

Se levantó con lentitud y se talló los ojos.

El brillo amarillento que procedía del exterior se filtraba por el dosel carmesí y le entregaba al muchacho una luz naranja que lo terminó de despertar.

Surghen, antes de salir de la cama, recorrió la mirada por su dormitorio.

Vio los murales, los tapices y la opulencia con desprecio, aunque en el fondo estaba gustoso de tener ese privilegio.

Se levantó de la cama y tomó la túnica que había usado en el desayuno. Se ajustó las correas a la cintura y abrió la puerta con tranquilidad. Afuera, el sirviente tenía el puño levantado, listo para golpear de nuevo.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Surghen con una voz que no correspondía a su expresión.

—El... Eldren, mi señor —tartamudeó ligeramente—. Su Alteza solicita vuestra presencia en la Sala del Trono.

Surghen pudo notar cómo el sirviente le tenía respeto, admiración y miedo. Aquello le gustó, no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa ante aquello. Despachó al muchacho y cerró la puerta con suavidad y rapidez.

Por un momento, estando en la privacidad de su cuarto, pensó en envolverse entre las sábanas y quedarse nuevamente dormido, pero ya no estaba tan cansado como para volver a dormirse. Tomó un jubón café liso de lino, unos pantalones de cuero, se puso las botas y salió hacia la Sala del Trono.

Al llegar, encontró a Tyrnium caminando hacia la Sala de Audiencias mientras leía una carta de su sobrina en Morthal-Dûn, quien quería casarse con el Comandante.

Dos guardias lo escoltaban con movimientos silenciosos y aburridos, siempre con los estandartes en lo alto, mientras que el propio escudero del Rey los seguía por detrás.

—¡Surghen Dürhavel! —anunció uno cuando lo miró por el rabillo del ojo—. El Comandante ya se presentó.

—Que me siga a la Sala de Audiencias —ordenó el Monarca.

El guardia le hizo una señal brusca, con desprecio. Surghen comenzó a caminar lentamente con la cabeza gacha, tratando de no dirigir las miradas.

La Sala de Audiencias era un salón pequeño, pero recubierto de ornamentos: grandes cortinajes dorados caían amarrados a los lisos pilares que abrazaban un asiento glorioso —aunque más modesto que el Trono—, cubierto con telas rojas y cojines púrpuras.

Frente a aquella silla, había más asientos de piedra en los bordes, en cuyos respaldos se mostraban los estandartes de los miembros de la Corte del Rey.

—Espero que Eldren no haya sido muy abrupto para despertarte —saludó el Rey con una sonrisa de la carta, levantando la mirada hacia su interlocutor.

—No —respondió Surghen, parado en el centro del salón, con las manos atrás y hablando con pasividad, tratando de no levantar la voz ante sus emociones contra el Rey, las cuales todavía ardían en su interior—. Para nada.

—Hijo mío, te lo diré oficialmente. Quiero que adoptes el apellido Valdyran. Quiero que seas, oficialmente, un miembro más de esta familia.

«¿Yo para qué quiero ser eso?», pensó Surghen sorprendido, pero cubriendo con aquella pantalla su claro rechazo ante la propuesta.

—Acompáñame, por favor —añadió Tyrnium, saliendo del salón hacia el pasillo principal del castillo.

Siguieron caminando hasta salir a la Plaza del Varkhalion, desde donde se extendía un entramado que conducía a todos los rincones y secretos del castillo.

—Cada vez más, la inminente guerra va dando sus pasos y se acerca hacia nosotros —siguió platicando el Rey, informando de todo a su Comandante.

Surghen simplemente lo acompañaba en el silencio—.

Ahora, el rey Edruval ha sacado de Eärvendil a diez de sus cohortes y las mandó hacia el bosque. Planean invadirnos.

«Ojalá se haga. Ojalá lleguen hasta acá», pensó Surghen. Inconscientemente estaba apretando el puño.

Siguieron caminando hacia un pequeño edificio de piedra con separaciones de madera y mármol.

Había grandes vasijas de cerámica que contenían pequeños pinos envueltos en ramas de malva.

En ese momento, Surghen trató de resistirse a las peticiones que le pudiera hacer, pensando en aquella que le hizo hacía tantos años para conquistar la Ciudad de los Volcanes.

Las caballerizas tenían un ligero piso de paja y tierra, donde descansaban los caballos, amarrados únicamente por una cuerda que iba desde el hocico hasta un poste grueso colocado delante de las vallas.

En las vigas superiores de las cuadras se desempolvaban grandes imágenes de canciones y, en su centro, el estandarte de cada miembro de la Corte, los cuales también residían en el Castillo.

El mozo de cuadras estaba, junto con sus aprendices, bañando al caballo de caza del Rey.

—Mozo —llamó Tyrnium.

Al escuchar la voz, el mozo se incorporó lo más rápido que pudo, se limpió las manos en el delantal y saludó al Rey con una leve reverencia.

—Buenas tardes, Su Alteza —dijo—. Permítame un momento.

Salió de la cuadra y entró a un pequeño cuarto donde había una pileta con agua limpia. Sumergió las manos, y el líquido enseguida se tornó marrón y sucio. Después de aquello, regresó todavía con las manos mojadas.

El mozo se llamaba Thoren Malvek. Era un hombre que superaba los cincuenta años, experimentado en su labor y fiel a su trabajo.

Tenía un rostro ancho, curtido y filoso; la piel áspera; las manos y los brazos llenos de callos; y la nariz incompleta por una explosión en las propias caballerizas.

Era un erudito. Vestía un camisón de tela y unos pantalones de cuero.

Llevaba amarrado al cuello y a la cintura un delantal grisáceo con manchas oscurecidas por los excrementos de los caballos.

Tenía un pañuelo blanco en la cabeza y el rostro áspero, lleno de espinillas. Sus aprendices lo acompañaban.

—Ahora sí, ¿en qué puedo servirle? —preguntó.

—Tráeme los caballos del Comandante. —respondió el Rey

El mozo asintió y mandó a sus aprendices hasta el último establo, donde descansaban dos caballos negros.

Estaban totalmente quietos, con los ojos cerrados y desatados.

Con extremo cuidado, los niños abrieron la valla y trataron de colocar la rienda.

Cuando el caballo se despertó, relinchó y levantó las patas, inquieto.

Jalaron la cuerda, pero el caballo no se movió. Tiraron con más fuerza. El animal comenzó a dar lentos pasos y salió del establo. El segundo caballo, el de guerra, ya estaba en presencia del Comandante.

El caballo de tiro era más ligero, pero también más tosco: recio para moverse y agresivo con quienes no eran su jinete. Los niños siguieron caminando, alejándose lo más que podían sin soltar las cuerdas.

Tyrnium y Surghen observaban las altas torres del Castillo Magno mientras esperaban al segundo animal. Mantenían una mano sobre la nariz, tratando de cubrir el fétido olor del lugar. El Rey seguía hablando con Surghen sobre los temas de guerra, mientras que el muchacho lo oía sin escucharlo.

Los niños llegaron pocos minutos más tarde. Seguían intentando jalar al caballo, pero también reían entre ellos. Aquella ligereza se desvaneció tan pronto como estuvieron ante la presencia del Rey y de su Comandante.

A los ojos de los aprendices, tanto Surghen como el Emperador parecían figuras imponentes y sombrías: miembros de la realeza que, hacia el pueblo llano, inspiraban respeto y temor por igual.

Surghen, además, se sentía gustoso de la reacción de los niños.

«¿Cuántas veces lo sufrí? Ahora es mejor que me vean así», pensó. La niña le acercó las riendas del caballo y retiró la mano rápidamente.

Al mismo tiempo llegó Thoren, con una silla de montar totalmente negra, mate incluso bajo la luz del ocaso. Las correas eran de cuero reforzado; los bordes estaban adornados con amatistas y filigranas de auravioleta. El asiento tenía un suave recubrimiento de lana y plumas.

Surghen tomó las riendas con firmeza mientras rascaba el hocico del animal, que parpadeaba tranquilo bajo su mano.

—Tenga cuidado, mi señor —dijo el mozo sorprendido—. Este caballo es un maleducado; no quiere que nadie lo monte.

—Gracias por la aclaración —respondió Surghen con calma—. Lleven el caballo de guerra a Varkhadrûn —ordenó a los escoltas. Éstos asintieron y se retiraron.

—He convocado un banquete por tu regreso. Ahí estará toda la Corte. No quiero que faltes ni que llegues tarde —le dijo el Rey al muchacho.

Surghen asintió con una extraña sonrisa de obediencia.

Thoren ensilló al caballo, que nunca apartó la vista de su jinete. Surghen montó y tiró de las riendas. Quería recorrer todo el Varkhalion. Recordar viejas glorias.

—Señor, ¿es cierto que su caballo mató un dragón? —preguntó uno de los niños.