CAPÍTULO 7. EL RENACIMIENTO
Un tenue fulgor carmesí atravesaba el dosel de la cama donde Surghen se encontraba.
Cuando el muchacho despertó su sueño había sido negro e incómodo, sin embargo, al estar consciente sintió una suave comodidad, arropado en sus gruesas cobijas de terciopelo.
Surghen se levantó, un poco adolorido de las piernas.
Al pasarse las manos por la espalda notó las vendas con las que los curanderos lo habían sanado.
Corrió el suave dosel de seda que cubría su cama y caminó hasta el vitral de la ventana.
Subió los postigos metálicos y abrió el cristal, dejando entrar la anaranjada luz del alba.
La habitación estaba construida en su totalidad de basalto.
Los marcos de las puertas eran de mármol, y los cofres, el armario y otros muebles, estaban hechos de madera recubierta con piedra caliza.
Al asomarse por la ventana alcanzó a divisar gran parte del sector norte de la ciudad.
El sol hacía brillar la Plaza Blanca como un faro encendido.
Hacia el este se alzaba, grande e imponente, el balcón del Varkhalion.
El muchacho caminó hasta su armario y tomó una túnica amarilla y un chaleco rojo, se puso unas botas de lana y salió de la habitación.
Cruzó una pequeña estancia concéntrica y descendió unas escaleras hasta un pasillo semicircular que conducía hacia la Sala Mayor, de donde provenía un rico olor a desayuno.
Grandes pilares jónicos sostenían varios retratos del Rey y sus antecesores, con marcos dorados acompañados por macetas colgantes donde reposaban flores de escarcha y malvas reales.
Detrás de los pilares había ventanas largas, delgadas y traslúcidas, con vitrales de colores vivos.
Surghen siguió caminando hasta una puerta doble de madera que daba paso a una sala amplia con una formación de varias mesas rectangulares que cerraban un pasillo central, rodeadas por sillas de madera y piedra tanto en el interior como en el exterior.
Más pilares, de escultura corintia, circundaban la estancia y abrían espacio para cuatro sillas honoríficas a ambos lados de la silla del Rey.
En los pilares descansaban, majestuosos, doce estandartes con el Blasón Real: el dragón rúnico de la familia Valdyran y el fénix plateado de la Casa Vaelmyr de la Reina.
La mesa estaba rebosante de comida, al menos en el sector donde se encontraba la Familia Real. Había platos y bandejas colmadas de tocino, lechón, espárragos, pan tostado y caldo de almejas. También varias jarras y tarros con agua fresca y vino veraniego endulzado.
—¡Surghen, querido! Acompáñanos a desayunar —saludó la Reina con una clara sonrisa en la boca.
El muchacho tomó un lugar apartado, separado del príncipe Argon Valdyran por una silla. Rápidamente entró un criado y le sirvió un plato con un poco de todo.
—¿Cómo es la vida de prisionero? —preguntó el príncipe—. Apuesto que la comida que te daban sabía horrible —rio.
—Ahora no quiero hablar de eso, Argon—cortó Surghen de forma tajante. Troceó un pedazo de pan y se lo metió a la boca. Después de la tortura que había sufrido, Surghen se sentía incómodo al estar en presencia del Rey.
—Hermano —insistió Argon. Surghen miró al príncipe con expresión aburrida, esforzándose por no dirigir la mirada al Rey—. Cuando termines, ¿me puedes enseñar el uso de la espada?
—No —se apresuró a detener el Rey—. No empuñarás espadas hasta la mayoría de edad.
—No veo una razón clara, padre. El día que invadan el castillo deberé saber cómo defenderme.
—Son puras fantasías —respondió el Rey dando un sorbo a su copa—. Este castillo es inexpugnable, al igual que tu país. En lugar de la espada, tus armas serán la sabiduría y la diplomacia.
«¿Qué clase de diplomacia significa la tortura? —pensó Surghen riendo en su mente ante la clara contradicción—. ¿Y sabiduría? Eres un viejo senil. Lo único que te falta en esta vida es la sabiduría». Se mordió la lengua para no hablar.
—Yo no hablaría con tanta seguridad sobre la fortaleza militar de la nación —dijo Surghen con un tono indecoroso.
—Madre Patria —lo regañó Tyrnium—. Tan fuertes somos que Lorem no necesitó de muchos hombres para liberarte.
—¿Liberación? Más parece un secuestro.
—Sí, fue un rescate. Los fyrtanos te arrestaron.
—Mientes —inconscientemente, Surghen comenzó a subir el tono de la voz—. He vivido más en Fyrtim que aquí.
—Sigues hablando con tu lengua fyrtana. Es una lástima que ni Lorem y yo hayamos podido quitarte esa costumbre.
Surghen lo miró en el escondite de la inexpresividad, ocultando su repudió por la figura monárquica, mientras que Tyrnium simplemente lo veía como el hijo descarriado.
El silencio que reinaba en la Sala Mayor volvió la situación todavía más incómoda.
Surghen desvió la mirada hacia su plato; comía en silencio, con el puño apretado debajo de la mesa.
Más tarde uno de los criados de Tyrnium entró a la sala acompañado de un trovador. Saludó a los cuatro con una reverencia, aunque mostró cierta apatía al posar sus ojos sobre Surghen.
El trovador vestía túnicas importadas de Kaelrith, bordadas con un brocado celeste del dragón encadenado. Llevaba un gorro puntiagudo con patrones norteños y una lira de oro abrazada en su brazo izquierdo.
—Su Alteza, tal y como me ha pedido, os he traído a vuestro trovador —anunció el sirviente.
—Gracias —respondió Tyrnium haciendo un ademán para despacharlo.
El trovador se colocó en una esquina de la sala y rasgó las cuerdas con suavidad, aumentando el tono de su música paulatinamente. Una voz poderosa y profunda salió de su boca al entonar La Culpa de Zarn-Korveth , narrando la reconquista de la ciudad en la Gran Batalla de Lârven.
Cuando ardió la nieve en la noche sin luna, y el cielo lloró sangre sin final,
los cuernos de guerra rompieron el aire, y un rugido de alas partió el umbral.
De las cumbres bajaron, los de fuego y escama, con garras que hieren y ojos sin piedad. Mas no cedió piedra, ni alma ni lanza, pues Kaelgor Varneth juró resistir sin mirar atrás...
Mientras la canción se sucedía, Surghen se disoció, recordando la que en ese momento reconoció como la peor de sus desgracias: la misma tortura del día anterior.
Gracias a la intrincada letra de la canción, acompañada por la lira, el pensamiento de Surghen se fue yendo cada vez más hacia el pasado, mientras que las visiones que había tenido ayer lo visitaban constantemente en un silencio tranquilizante que opacaba al ruido de la música.
Lo que antes retrataba una canción gloriosa, ahora revivía el trauma de las derrotas de Surghen, tanto como persona como soldado.
Y todos esos sentimientos estaban presididos por el rencor que le tenía al Rey después de su tortura.
Surghen ya no quería estar en aquella sala, ni acompañado por la Familia Real, ni escuchando esa música.
—Una disculpa —dijo con una voz tranquila que sonaba más a susurro—. Pero me tengo que retirar.
No terminó la comida. Levantó una mano y llegó un criado para retirar el plato.
«Al fin y al cabo no tengo ninguna responsabilidad de quedarme».
En cuanto su lugar en la mesa estuvo vacío y limpio, Surghen se levantó con una leve reverencia y salió de la sala sin mirar atrás.
Tyrnium y Seraphyne se intercambiaron unas miradas de preocupación ante la pregunta del estado de ánimo de su príncipe y Comandante.
De camino a su torreón se desvió un momento hacia el jardín que había detrás del castillo.
Era una extensión de pasto y rosales, distribuidos concéntricamente y divididos por pasillos verdes, cortados por un sendero de grava que conducía a un gran pino de más de mil años.
En los bordes se alzaba un bosque incipiente que ya contenía árboles grandes y frondosos.
Una pareja de aves amarillas con algunos plumajes negros en las alas llamó su atención y lo hipnotizó con su canto.
Surghen no esperó más tiempo ahí. Estaba nervioso de que Tyrnium llegara y le recriminara por haberse retirado antes de tiempo.
Regresó hacia las escaleras del torreón y subió hasta su dormitorio.
Las escaleras eran lisas y rocosas, con alguna que otra basura.
Las antorchas colocadas en las paredes interiores iluminaban apenas, pero esa precaria luz se complementaba con el brillo verde que atravesaba los vitrales de las ventanas circulares desde donde se alcanzaba a ver el Bastión de Varkhadrûn en la lejanía.
Al llegar al último piso Surghen se detuvo frente al dormitorio, observando la puerta y parpadeando adormilado. La madera de la entrada estaba grabada con grandes dragones, elfos y humanos, en una épica sinfonía que relataba la Ruptura de Vaelyrion.
El muchacho abrió la puerta. La luz amarilla proveniente de la ventana penetraba en toda la estancia y se tornaba en un color tinto al atravesar el dosel de la cama.
La cama tenía una cabecera circular grabada con el blasón del Rey, con la misma técnica que el grabado de la puerta.
El dormitorio era amplio y espacioso. En una esquina se alzaban estanterías llenas de libros y rollos, papeles sin tintar en una repisa inferior y otro papel extendido sobre un pequeño atril iluminado por una lámpara de aceite.
Cerca de las ventanas colgaba una jaula con un cuervo que llevaba amarrada al lomo una pequeña caja de mensajería.
Surghen caminó directamente hasta su cama, se quitó las botas, corrió el dosel y se durmió.
Estaba soñando con una incesante marcha que resonaba en todo el Castillo Magno. Un gran número de soldados irrumpía en la Sala del Trono rompiendo sus puertas. Un soldado sin rostro comandaba aquel ejército.
Los guardias reales yacían muertos contra las paredes de la sala, bañados en sangre y flechas, irreconocibles. Los estandartes del dragón encadenado de Dürhavel eclipsaban por completo a los del dragón rúnico de Valdyran, cuyo apellido ya había sido olvidado.