Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 6. EL ASIENTO VACÍO
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CAPÍTULO 6. EL ASIENTO VACÍO

Una luna escarlata se asomaba desde su ventana, y su brillo tiñó su bebida de rojo.

El viento soplaba con fuerza y la llama de la lámpara se movía con agresividad, turbando su luz.

Caerlan agarró su copa de vino blanco y le dio un trago.

Volvió a repasar un informe reciente de Thessen y aquellas palabras dieron fe de lo que él había visto esa misma mañana.

Ya había pasado poco más de dos semanas desde que el general Aldren salió de Aelwîn con sus hombres, y Caerlan todavía no había recibido noticias del ejército.

El corvijero en varias ocasiones había declarado que las jaulas de los halcones estaban vacías y, en su ignorancia, Caerlan supuso que esa operación habría sido exitosa.

Dio un nuevo sorbo al alcohol, terminó de leer el papel y salió al campo.

El viento era frío, silbaba, presagiando una mala noticia.

Caerlan montó y cabalgó hasta la plaza central donde Thessen seguía entrenando sin haber dormido bien durante la última semana.

Caerlan lo veía moviéndose ágilmente, pero con movimientos poco eficientes.

Atravesaba el aire con lentitud y en pocas ocasiones se escuchaba el corte. «Impulsivo, lento y rencoroso».

Las campanas de la puerta norte comenzaron a sonar. Los cuernos de guerra del Castillo de Thyr anunciaron la llegada de soldados, y las puertas se abrieron para dejar pasar al ejército de Aldren... o lo que quedaba de él.

Cuando Caerlan escuchó aquel sonido, tiró de las riendas de su caballo y galopó hasta salir del bastión. Estaba ansioso, a la espera de buenas noticias.

En el momento en que abrieron las puertas, las imágenes eran crudas.

Los soldados regresaban cabizbajos; algunos estaban dormidos y la gran mayoría muy malheridos.

Sus animales estaban igual que sus jinetes: cada paso les pesaba y la cabeza comenzaba a colgar.

«¿Por qué tan pocos?», pensó el general.

Aldren estaba peor que todos. Ya no tenía una oreja, le habían arrancado cuatro dedos de la mano derecha y tenía el brazo izquierdo con un hueso expuesto.

Caerlan se acercó a él cuidadosamente, sin decir palabra.

—Reúne a tu Consejo —le dijo Aldren, algo tartamudo—. Hemos perdido más vidas de las que cargamos con nosotros.

Caerlan siguió en silencio. Dio media vuelta al caballo y volvió a emprender la carrera hacia el bastión. Golpeó con fuerza la campana de la sede, ordenando una audiencia urgente.

Pasadas unas horas, se reunió el resto del Consejo junto con Aldren. El general herido se levantó y se agarró el muñón de los dedos.

—Hemos perdido más hombres —dijo—. No trajimos a todos los fallecidos. El último capitán de mi consejo contó tres millares de desapariciones en ese bosque maldito.

—¿Cuántos regresaron? —preguntó Maerdrik.

—Menos de dos cohortes —respondió Caerlan, adelantándose.

—Lo lamento mucho —prosiguió Aldren—. Mandé a morir a su escuadra de exploración. Mis hombres encontraron los restos de aquellas personas, pero nunca de su capitán... ni siquiera un brazo. Es muy probable que haya muerto solo.

—También es posible que lo hayan capturado —dedujo Lethira.

—De ser así, ¿cuál es nuestro problema? —objetó Rhendor.

—Él fue uno de nuestros mejores reclutas —dijo Maerdrik—. No podemos permitir que un talento así acabe en manos drakarianas.

—¿Pero para qué lo quieres? —replicó Edrion—. Tarde o temprano se iba a rebelar contra la Corona y seríamos nosotros quienes pagaríamos el precio.

—¿Y si no hubiera sido así? —intervino Dame Thyssara—. Habría sido un gran soldado en la capital.

—¡No! —espetó Edrion con un golpe en su silla—. Yo no quiero extranjeros en mi ejército.

—¿Cómo sabes que Surghen es extranjero? —cuestionó Caerlan.

—Por favor, Caerlan. Era obvio que era drakariano. Su estilo de pelea lo delataba.

—¡¿Cómo estás tan seguro?!

—¿De verdad te importa ese mocoso? Si en verdad es drakariano, es mejor tenerlo lejos.

—¡Exacto! —reprendió Maerdrik—. ¡No estás seguro! Surghen es fyrtano.

—Edrion —dijo Caerlan—, ¿de verdad piensas que, si fuese drakariano, sería mejor tenerlo lejos?

—Yo te dije que fue un error meterlo al ejército —respondió Edrion, evadiendo la pregunta.

—Responde —ordenó Caerlan, visiblemente molesto.

—Sí.

—Entonces piensa: ¿cuánta información crees que podría entregarle a Valdyran?

Edrion no contestó.

—Si no vas a contestar, lárgate entonces —volvió a ordenar Caerlan.

—Si Edrion tiene razón —intervino Aldren—, y el estilo de pelea de ese chico era drakariano, es justamente por eso que es peligroso declararlo como desaparecido.

—Hay que traerlo de vuelta —concluyó Maerdrik—. Toda su vida ha transcurrido aquí.

—Estoy de acuerdo —dijo Rhendor.

—¡Sulvar, eres un hipócrita! —Caerlan había perdido la paciencia—. ¡Argumentaste que lo mandáramos lejos! ¡Serpiente!

¡No vengas ahora a proponer su regreso!

—General, yo pienso por el Rey. Si dicen que es drakariano, hay que recapturarlo.

—Caballeros —volvió a intervenir Aldren, acariciándose la oreja fantasmal—. No se precipiten. Estamos de acuerdo en su recaptura. Habría que comenzar la planeación para emprender contra Drakareth.

—¡No! —gritó Edrion—. Ya lo tenemos lejos del poder, ¿por qué lo quieren de regreso?

—Es mejor ir por él y traerlo solo, a que venga a nosotros con un ejército —respondió Aldren.

—No sabes si tiene un ejército —replicó Edrion con agresividad.

—Ya había notado que la forma de dirigir a sus compañeros era diferente —dijo Lethira colocando su mano en la barbilla.

—Ya veo… ya te habías enamorado.

La comandante, indignada, se levantó bruscamente y abofeteó a Edrion, severamente ofendida.

—Si Surghen de verdad está vivo y fue el único que fue capturado, eso quiere decir que es más peligroso de lo que pensamos —concluyó Caerlan, mirando con sorpresa la acción de la comandante.

—Y, por lo tanto, Drakareth no nos invadió para reanudar la guerra —aclaró Aldren—. Vinieron por él.

—Y con eso nos han obligado a meternos a su juego macabro —añadió Caerlan.