CAPÍTULO 5. LA VOZ BAJO LA PIEDRA #2
Un hombre llegó corriendo a su encuentro, avanzando apresurado por los pasillos exteriores del muro. Por alguna razón le tenía cariño, aunque nunca lo había visto. El general le entregó un papel encerado y sellado con el símbolo de su señora esposa: el Cisne Negro.
Surghen salió del muro, tomó su caballo y galopó hasta el bastión del Silente, dentro del Castillo de Thyr.
Al entrar, se dirigió a la Cámara Gris, donde el general Caerlan estaba de rodillas sobre un tronco, con la espalda desnuda y flagelada, sangrando de brazos, piernas, pecho y rostro.
El mismo general que alguna vez lo había aceptado en la legión de Aelwîn ahora se encontraba impotente, suplicando por misericordia.
Surghen tomó una vara de bambú y comenzó a hacerle preguntas inaudibles mientras lo golpeaba violentamente sobre la piel ya irritada.
Todo desapareció en una envolvente oscuridad.
Surghen trató de caminar. Comenzó a subir las escaleras de un castillo desconocido, detrás del general Lorem —ahora hecho comandante— y de un niño pequeño vestido de rey.
Frente a él, en un balcón desde donde se veía el mar, una mujer se levantaba de una silla dejando una pechera con el blasón del dragón encadenado.
—¡¿QUÉ SIGNIFICA ESE ESCUDO?! —trató de gritar, pero su voz no se escuchó.
Los grandes campanazos de aquel gigantesco castillo, junto con el patriarca, anunciaron la coronación de Tharion Dürhavel. El sonido de la dragona Thyrsta, al caer sobre la punta del castillo, sobresaltó a Surghen.
—Sal —ordenó la dragona—. Te hablo a ti, al que no debería estar aquí.
«Ya he escuchado esa voz», supuso Surghen, pero la voz resonó en su interior y lo hizo caer hacia atrás, en una caída infinita.
Surghen volvía a ser un niño pequeño que quería huir. Huir de su propia mente.
Seguía cayendo. En el cielo se podía ver el rostro de un dragón negro que lo observaba con malicia. Y más tarde… negro.
Cayó al agua. La respiración comenzó a flaquear y se ahogaba.
Intentó nadar hacia la superficie, pero cada vez se hundía más.
«¿No es así, Dürhavel?» repetía constantemente una voz.
Surghen se estaba muriendo por el estrés que esa situación le producía.
«Ayúdame, Dürhavel». Aquella voz femenina resonaba en su interior.
«¿Quién es Dürhavel?», pensó. No lo sabía, y tampoco quería saberlo.
Se aferraba al Surghen que alguna vez conoció la paz por encima de la muerte.
Quiso enterrar al Surghen que había sentado su trono de sangre sobre una pila de cadáveres.
«No es posible que el Comandante Surghen Dürhavel haya sobrevivido a la Quema de Vaelkar ». El muchacho no pudo saber quién había dicho eso.
Una flecha voló y se clavó en un soldado que cayó inerte sobre el suelo del Altheryn. Sus árboles comenzaron a elevarse hacia el cielo.
Surghen abrió los ojos. Estaba exhausto, respiraba con dificultad y las lágrimas le inundaban el rostro. Levantó la mirada y vio el semblante del Rey, aún ensombrecido. El muchacho comenzó a parpadear lentamente y trató de acompasar su respiración.
—¿Cuántos muertos deben caer para que aceptes que eres un asesino? —preguntó Tyrnium, alzando la voz—. Aquí todos somos asesinos. Todos hemos matado. Pero tú, mi querido Surghen, parece que lo haces por deporte.
—¡NO ES CIERTO! —gritó Surghen, impotente. La pregunta le había atravesado todo el cuerpo.
—¿Por qué lo sigues reprimiendo? Sufres por dentro por lo que hiciste y por lo que harás. ¡¿Qué pasó con tu derrota en Vel’Anareth?!
—¡NO! ¡Déjenme solo! —Surghen ya no era más que un niño en busca de refugio. Volvía a ser aquel pequeño de Braveth que lloraba la muerte de los suyos. Aquel que buscaba a alguien que lo protegiese.
—Surghen —la voz de Tyrnium no dejó espacio para réplica—. Ahora estás a salvo, no te pasará nada.
El muchacho comenzó a calmarse nuevamente, hasta que Lorem le soltó un nuevo latigazo que le arrancó parte de la piel. Surghen lanzó otro alarido, más estridente que todos. Estaba agotado. Las lágrimas corrían por sus mejillas y su espalda se había teñido de sangre.
—Recuerda, Surghen. Serás un eterno esclavo de las pesadillas si no logras recordar.
El muchacho volvió a cerrar los ojos, intentando esconderse en sus propios pensamientos.
Oscuridad. Fuego. Muerte.
«Despierta, querido Surghen», dijo aquella voz femenina.
Dos ojos dracónicos lo miraban fijamente, escudriñando su alma. La mirada era filosa y penetrante. Surghen no tenía a dónde correr.
Estaba volando sobre una gran y bella dragona negra, dando vueltas sobre un castillo desconocido. Naeryn estaba a su lado, riendo con un pequeño y hermoso bebé. Surghen le sonrió, no a Naeryn, sino a la vida que él mismo anhelaba tener. En ese momento, se había olvidado de sus problemas.
«¿No es así, Dürhavel?», la voz de Lorem resonó en su cabeza.
Cuando Surghen giró la mirada, estaba rodeado por intensas llamaradas de fuego.
Caminó unos pasos y se vio a sí mismo, enfermo y en cama. Naeryn estaba a su lado, sosteniendo una fría mano, y su hijo, Tharion Dürhavel, lo observaba desde lejos.
«Despierta, Dürhavel», repitió la misma voz femenina.
Surghen trató de caminar y entró en una habitación, vestido con ropajes de rey. Un dormitorio que él sabía que le pertenecía. En una esquina del techo, un pequeño dragón negro con vetas doradas lo miraba fijamente con ojos dorados y pupilas oscuras y penetrantes.
—Bienvenido, Surghen —dijo la dragona.
Nuevamente estaba en Braveth. Era una ciudad perfecta. Los niños corrían por todos lados y el cielo era azul. Toda la población parecía feliz.
En la lejanía, notó que Elvira lo observaba.
O eso parecía. La arquera se abalanzó contra él con una espada curva.
Surghen desenvainó su espada negra y se defendió del ataque.
En el segundo golpe, cortó a Elvira. Pero cuando vio el rostro de su víctima, la tristeza lo inundó.
Ya no quería nada, y por un momento pensó en eliminarse.
Naeryn yacía muerta a sus pies, con un corte en el mismo lugar que le había hecho a la arquera muerta segundos antes.
—¿Por qué mataste a mamá? —repetían incesantes las voces invisibles de la princesa Nelysia y del príncipe Tharion.
Surghen volvió a cerrar los ojos, y en la oscuridad notó de nuevo los ojos dracónicos. Los abrió para huir de ellos, pero seguía atrapado en la oscuridad, junto con la mirada del dragón que lo observaba. No podía evitarlo.
Comenzó a sentir cómo algo cambiaba. Cómo algo se reparaba.
«El huevo». Aquel huevo que alguna vez palpitó como un corazón, ya no era nada: solo cáscaras esparcidas por una llanura blanca interminable.
Un dragón sobrevolaba sobre él, dando vueltas en círculos.
Esbelta, furiosa y perfecta. La dragona era negra, con vetas doradas y ojos penetrantes.
Volaba cada vez más alto, envolviendo a su jinete entre sus alas.
El animal lanzó una llamarada de fuego negro hacia él, pero el muchacho no se apartó.
El fuego lo cubrió, lo quemó y lo despellejó.
Podía notar cómo la piel se le caía a pedazos, pero no le dolía.
Parpadeó y ahora se encontraba frente a aquel animal, que batía las alas constante y rítmicamente, sin cambiar de posición. Solo lo miraba, lo juzgaba en cada parte de su ser.
—Lyn lynar celvereth aen —pronunció. La dragona hizo lo mismo.
Surghen despertó. Estaba sereno. Respiraba con calma y veía todo con claridad. Cuando levantó la mirada molesta hacia Tyrnium, lo distinguió perfectamente: su rostro lucía una espesa barba, el cabello blanco recortado con precisión, la nariz recta y las arrugas de la vejez marcadas con orgullo.
—¿Qué sucedió en Vel’Anareth? —preguntó el Rey.
—Perdí la batalla —respondió Surghen, jadeando—. Mandé a mis hombres a morir.
—¡¿Cómo acabaste en Fyrtim?! —interrogó Lorem, apretando con fuerza el mango del látigo.
—No lo sé.
—General —ordenó Tyrnium—. Dame un momento a solas con él.
Lorem salió de la celda y cerró la puerta tras de sí. Surghen
alcanzó a notar un gesto de satisfacción en el rostro del general.
—¿Qué sucedió en la Masacre de Braveth? —volvió a preguntar el Rey.
—Mis padres fueron asesinados —dijo con apatía—. Usted me encontró y me llevó a la capital.
Tyrnium se levantó, orgulloso. Su hijo había regresado a casa. El que alguna vez fue el mayor prodigio de las hostes drakarianas volvía como el más grande comandante de la historia.
—Le prometo, Su Alteza —añadió Surghen—, que no cometeré los mismos errores que cometí en Velmyria. Tenga por seguro que convertiré este mundo en el Nuevo Imperio Drakariano.
Tyrnium soltó una carcajada.
—Bienvenido a casa, Comandante —le quitó la estaca de piedra y le desabrochó los grilletes antes de salir de la celda.
Surghen sonrió con tristeza y malicia. Miró con odio el blasón del Rey y, por un instante, deseó verlo muerto. Ahora, Surghen recordaba todo. Se imaginó a sí mismo sentado en el Trono del Colmillo Eterno.
—…Y el mundo será mío —murmuró.