Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 5. LA VOZ BAJO LA PIEDRA
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CAPÍTULO 5. LA VOZ BAJO LA PIEDRA

Surghen despertó. Estaba de rodillas, encadenado a una estaca de piedra clavada en el piso vacío de una celda particular.

La estancia estaba iluminada apenas por una única vela gastada, colocada en un brasero a su espalda.

Las paredes eran completamente lisas; en una esquina había un escusado y en la opuesta una cama de paja.

No tenía ventanas. El humo diminuto que la vela producía se había estado condensando en el techo, intoxicando el aire.

Frente a él se abría una puerta de metal, y más allá un grueso pasillo desde donde se asomaba el tenue fulgor naranja de una antorcha.

Unos pasos comenzaron a sonar con fuerza.

Con eco. Cada vez más cercanos. El general Lorem se detuvo unos segundos frente a Surghen, riendo.

Luego entró, pero no lo hizo solo. Otra figura también ingresó: alta, fornida; vestía una túnica roja sobre mangas metálicas cubiertas por una piel de tigre.

En su pecho brillaba un brocado azul con el dragón rúnico de la familia Valdyran.

Sobre su cabeza reposaba una corona dorada de diez puntas, con una gema de ópalo en el centro.

No se le alcanzaba a ver el rostro… o tal vez, Surghen no quería reconocerlo.

Lorem se agachó junto al muchacho y lo miró a los ojos.

El general era alto y enjuto, de piel cetrina y cabello lacio, tan negro como la oscuridad misma.

Sus ojos, fríos e inertes, de un gris acerado, penetraban en el interior de Surghen y le provocaban un miedo tan intenso que apartó la mirada.

No pudo intuir la edad de aquel hombre. Nadie nunca lo supo.

—Tal vez ahora no recuerdas —dijo Lorem, dándole unos golpecitos en el hombro—. Pero lo harás… pronto lo harás.

Se levantó y se dirigió al brasero que tenía a la espalda. Tomó una nueva vela de una alforja pequeña y la encendió. La vela gastada la echó a las maderas y avivó el fuego del brasero.

El Rey se acercó un momento a Surghen y puso su mano sobre la cabeza. El muchacho se incomodó y apartó la mirada.

—Estás dormido, Surghen… pero vas a despertar.

Lorem tomó unas tenazas y una placa de metal que calentó hasta que se volvió al rojo vivo. Se acercó a Surghen y le rasgó la ropa, desnudando la espalda. Acercó la placa y dejó que el humo ardiente se impregnara en la piel del chico.

Tyrnium se sentó en una esquina de la celda, en un taburete, y se dedicó a observar y preguntar.

—¿Qué recuerdos llegan a ti con la palabra «comandante»?

Surghen no contestó. Se mantuvo con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia el piso. El general perdió la paciencia: encajó la placa en el cuello del muchacho. Surghen soltó un grito desgarrador por el dolor, pero siguió con la boca cerrada.

—¿Dónde crees que aprendiste a pelear así? —preguntó con tono imperioso.

Surghen permaneció callado, con los ojos cerrados. Una rápida visión lo sacudió: estaba entrenando en el de Varkhadrûn. Uno de los generales decía algo que no alcanzó a escuchar. Allí estaba, luchando con una espada de madera contra su amigo Lorem, con quien compartía una amistad inseparable.

—El Bastión de Varkhadrûn… —susurró Surghen al regresar a su presente. Pensó que no lo habían oído. Supuso que solo lo había pronunciado en su mente.

Una sonrisa se dibujó en los rostros de los drakarianos. El muchacho ya comenzaba a recordar sus orígenes.

—¿Crees que tus pesadillas son solamente sueños? —insistió el Rey.

Surghen no respondió. «¿Cómo saben que tengo esas pesadillas?

». Las lágrimas comenzaron a asomar por sus mejillas y apretó las mandíbulas.

Quiso aferrarse a una vaga idea de sí mismo.

Quería creer que siempre había sido fyrtano, que no era aquella persona drakariana…

pero sus visiones lo inundaban: Drakareth, el Varkhalion, la Puerta del Amanecer.

Sus alucinaciones lo hicieron dudar de su verdadera nacionalidad.

«¡No! ¡Yo soy fyrtano! ¡SIEMPRE LO HE SIDO!».

Lorem calentó nuevamente la placa de metal y la incrustó en la espalda baja de Surghen. El muchacho soltó un alarido estridente. Una sonrisa se dibujó en el rostro del general, quien regresó la placa al fuego del brasero.

—¿Quién fue tu padre? —preguntó una vez más Tyrnium.

—Eldan Marenth —suspiró el chico, pensando en su padre en Aelwîn.

—Respuesta incorrecta.

El general volvió a colocar el metal ardiente en la espalda del muchacho. La piel ya estaba enrojecida y con brotes de sangre en la zona lumbar.

Por un momento, Lorem dejó el metal y las tenazas para tomar una vara de bambú y un látigo con puntas metálicas en sus listones. Presionó con más fuerza la estaca de piedra contra las muñecas de Surghen, y sus manos se tornaron moradas.

—¡¿Quién te salvó de la Masacre de Braveth?! —volvió a preguntar el Rey—. ¡¿Cómo llegaste a la capital?!

Surghen tuvo otra visión.

Vio la ciudad de Braveth consumida por las llamas. Los cuerpos de los caídos se amontonaban, formando un sangriento sendero. Y en un fugaz parpadeo, todo desapareció.

Oscuridad. Luego, luz. Un infinito plano blanquecino.

Frente a él, el mismo huevo oscuro. Seguía latiendo, dilatándose y contrayéndose al ritmo de su propio corazón. El cascarón se rompió y dejó entrever una pequeña ala que emergía desde su interior.

Surghen intentó acercarse, pero al dar el primer paso se encontró caminando en una pradera incendiada. El humo negro lo había consumido todo y lo había vuelto gris.

Cojeaba.

Lloraba por su padre, muerto bajo una roca. En ese momento, Surghen ya no tenía nada.

Nuevamente apareció el huevo. Una llamarada de fuego oscuro brotó de él y un ojo amarillo, con pupila negra, se asomó por la apertura del cascarón.

El muchacho abrió los ojos. Estaba agotado y sudando profusamente. No entendía lo que había visto. No lo sabía. No quería saberlo. En lo más profundo de su ser volvía a ser aquel niño de Braveth que buscaba refugio, pero no quería aceptarlo. No podía hacerlo.

—No lo recuerdo —tartamudeó.

—Entiendo que te sientas así —dijo Tyrnium—. Pero debes recordar, hijo. Ya no puedes vivir en esa ignorancia.

Hizo un ademán y Lorem soltó el primer latigazo. Ni el Rey ni su general tenían paciencia, pero Surghen no recordaba. Seguía aferrándose a su historia. A su historia fyrtana.

El muchacho volvió a cerrar los ojos.

Se vio a sí mismo, marchando solo por el desierto malecón de Port Velyr, frente a la Puerta del Amanecer. Los cañonazos de las naves seguían retumbando y los combates resonaban todavía en la bahía.

Al entrar a la ciudad no había nadie. De repente, miles de niños sin rostros —algunos con la cabeza cortada, otros con medio cuerpo, otros totalmente desfigurados— comenzaron a atravesar las quemadas calles de la ciudad. Caminaban inertes.

Un gigantesco dragón emergió desde el suelo y atravesó el adoquín. Sobrevoló la ciudad y la incendió con un fuego negro.

«¿Qué hace? —pensó Surghen entre lágrimas—. Ya no hay nada para incendiar». El muchacho parpadeó y ahora se encontraba en una sala blanca vacía.

«¡Ayúdame, Dürhavel!», exclamó una voz que resonó en su cabeza acompañada por un punzante dolor.

—¿Quién gritó? —preguntó al aire, pero sus palabras se ahogaron.

Se dio la vuelta y encontró a Naeryn recostada sobre un campo, apoyando su cabeza en una lápida lúgubre.

Frente a ella, una mujer casada, vestida de rojo y con un brocado del dragón encadenado, la observaba fijamente mientras sujetaba la mano de un niño pequeño.

Surghen intentó tomar los hombros de Naeryn, pero sus manos no aparecieron.

Afiló la mirada y leyó la inscripción de la tumba:

«Aquí descansa el Rey (…) Dürhavel. Que su alma se eleve junto al dios Vark».

«Naeryn —dijo entre lágrimas, desconsolado—. ¿A quién le lloras?»

Surghen gritó con todas sus fuerzas el nombre de la chica, pero ella no parecía escucharlo. Ni siquiera él lograba escucharse. Una lágrima sanguinolenta se asomó por su ojo y tiñó su ropa de escarlata. La tristeza de Surghen era casi palpable.

«Surghen», dijo una voz. Una voz femenina que nunca había escuchado en su vida. Estaba de regreso en Vel’Anareth. Las llamas seguían consumiendo la ciudad, derrumbando sus muros.

Cientos de niños se reunían en zonas alejadas del fuego. El Comandante no los perdonó. Cuando cruzó la Puerta del Amanecer, en dirección al puerto, solo quedaba un alma… y un estandarte ondeando en el castillo velmyriano.

«Surghen», dijo otra voz. El muchacho se incorporó del suelo del Altheryn.

Frente a él estaba Dareth Volm, corriendo hacia él.

Tenía las cuencas vacías y sangraba por la garganta y por un ojo.

Le lanzó una estocada hacia la cabeza. Surghen intentó defenderse, pero…

no tenía ningún arma. La estocada se convirtió en un empujón, y Surghen cayó al vacío hasta entrar en una habitación.

Una mujer estaba frente a él. Lo miraba fijamente, pero el muchacho no la conocía. «¿Qué estoy haciendo aquí?», pensó, volviéndose loco. La mujer seguía observándolo con insistencia. Surghen no lo pensó: enseguida apareció una espada negra en su mano y decapitó a la mujer.

Surghen despertó. Estaba llorando, sudando y jadeando. Lorem le soltó otro latigazo y los metales se incrustaron en su cuerpo.

«¡TE MATARÉ! ¡¿ME OÍSTE?! ¡TE MATARÉ!», gritó el muchacho en su interior.

Lorem sonrió de nuevo y soltó una ligera risita.

—Parece que ya has empezado a recordar, ¿no es así, Dürhavel? —dijo el comandante con un tono provocativo.

Surghen no contestó. Las palabras no salían de su boca. Solo cerró los ojos y trató de olvidar. Tal vez, con un poco de suerte, despertaría en la Ciudad del Hierro… ajeno a aquella pesadilla, en los brazos de Naeryn.

Nuevamente, con los ojos cerrados, alucinó. Caminaba sobre la puerta oeste de Aelwîn, pero ya no era fyrtano. Caminaba por las almenas donde alguna vez entró el rey Thyrvalion.