CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE #4
No sonó.
Tal vez Surghen debió preverlo, pero sucedió demasiado rápido. Dareth, inerte, cayó de frente sobre la tierra. Dos flechas se clavaron en su cuerpo: una en el ojo y otra en la garganta.
«Una emboscada», comprendió Surghen en ese instante.
Miles de soldados emergieron entre los arbustos con espadas, hachas y mazos en las manos.
En tan solo un parpadeo, el combate había iniciado.
Un drakariano se lanzó contra Surghen y murió rápidamente con un corte en el hombro.
En ese mismo instante, el capitán agarró a otro por el cuello y lo estranguló mientras bloqueaba el golpe de un tercero.
Pero no cesaban de salir. Tan pronto como la lluvia se disipó y las nubes dejaron paso a la luz, ya había cientos de cuerpos tirados en el suelo, entre drakarianos y fyrtanos.
Surghen tomó una rápida bocanada de aire y se abalanzó contra tres drakarianos que habían matado a Elvira.
Los hombres intentaron cubrirse, pero Surghen, inundado por la rabia, ejecutó veloces movimientos con la espada y, de tres golpes, decapitó al primero, cuya cabeza rodó hasta la madriguera de un castor.
Al segundo le soltó un golpe contra la coraza, le sujetó el brazo izquierdo con el escudo y lo destrozó.
Entonces, Surghen giró sobre su espalda y golpeó con fuerza la cabeza del drakariano con el escudo; en un fugaz movimiento, empaló el cuello metálico del enemigo.
Aquel golpe hizo que su casco se deslizara por su cabeza, dejando su rostro sudoroso al descubierto.
—¡EL COMANDANTE LUCHA BAJO EL SOL ETERNO! —el rumor no tardó en llegar a los oídos del general drakariano.
Surghen arrojó su espada contra un tercer drakariano, asesino de Aserin, y lo mató con el filo atravesando su cabeza.
Tomó otra arma del suelo y golpeó la cabeza de un cuarto drakariano, el hombre que había matado a su arquera.
El enemigo se cubrió, mantuvo el contacto y trató de atacar las piernas de Surghen.
El muchacho se protegió con el escudo y lanzó un tajo excepcionalmente fuerte contra la coraza.
La fuerza del golpe empujó la espada del drakariano y lo desestabilizó.
Surghen aprovechó y le asestó un duro golpe: primero con el pomo de su espada y luego con el borde filoso de su escudo.
Fue entonces que lo vio. Elegante, quieto y tranquilo. Surghen lo miró a los ojos: negros y sin vida. Lorem le devolvió la mirada con una amplia sonrisa de satisfacción. La ira del muchacho lo sobrepasó y lo hizo abalanzarse contra el general drakariano.
Surghen soltó un primer golpe que Lorem bloqueó con facilidad.
El fyrtano buscaba vengar la muerte de su escuadra, pero no consiguió conectar un solo golpe.
Lorem se limitaba a defenderse y a sonreír, bloqueando cada ataque con una facilidad abrumadora, como si conociera al muchacho desde hacía mucho tiempo.
—Así que estás vivo —rio Lorem, bloqueando un nuevo golpe lateral con el escudo. Se liberó del contacto y empujó a Surghen contra el suelo—. El Emperador te ha estado buscando. Él sabía que estabas vivo.
Surghen no habló. Lanzó golpes sin dar tregua.
El cansancio y el dolor por la pérdida se reflejaban en unos ojos infantiles detrás del casco del capitán fyrtano.
Pero Lorem no cedía. Conocía cada movimiento de Surghen y lo bloqueaba sin apenas retroceder unas pocas yardas.
Surghen descargó, desde lo alto, un golpe directo al casco del general. Lorem lo bloqueó y mantuvo el contacto.
El general sonrió y comenzó a atacar con vibrante velocidad, moviendo su mandoble de un lado a otro, dejando largas estelas rojas y blancas.
Surghen se vio abrumado y asustado, apenas podía cubrir los golpes.
Lorem lo volvió a empujar contra el suelo.
Surghen cayó junto al cadáver de Ylla. La mujer tenía los huesos de la mitad del rostro expuestos, los ojos todavía lloraban sangre caliente.
Su mano reposaba a una yarda de distancia y la pierna estaba completamente volteada.
—Así que no recuerdas —volvió a reír Lorem—. Lástima, Comandante. Si recordaras, pelearías mucho mejor.
Una piedra cayó sobre la cabeza de Surghen y el muchacho se desmayó.
—¡Tenemos lo que necesitamos! —gritó el general, guardando la espada y cargando a Surghen sobre su hombro—. ¡Regresemos a Dorlak!
Los drakarianos comenzaron a retirarse del Altheryn como una sombra disuelta entre los árboles. Los fyrtanos de Aldren contraatacaron y mataron a cuantos pudieron durante la huida, pero la derrota ya estaba consumada.
Uno a uno, los estandartes del Sol Eterno se fueron apagando entre ramas y cadáveres. Los drakarianos borraron su rastro y desaparecieron entre la bruma de la frontera, mientras las últimas huestes de Aldren arribaron en el lugar y apoyaron a matar a cuantos drakarianos encontraron.
Los fyrtanos que sobrevivieron estaban deshechos, sangrando y completamente en silencio. Con aquella mortal pena regresaron a la Ciudad del Hierro. Con las manos vacías y un nombre menos.