Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE #3
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CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE #3

El muchacho esperó hasta la noche para salir.

Evitaron los caballos. Corrieron al filo de la luna y se ocultaron entre los árboles, con las antorchas como únicas guías.

Se fueron adentrando poco a poco en la oscuridad del bosque.

Doblaron al sur, hacia Tharûl-Bel. Surghen quería tener toda la ayuda posible en caso de que se complicara algo.

Y lo vieron. Un drakariano solitario patrullaba el bosque a unas pocas millas de ellos. No supieron si los había visto. Elvira colocó una flecha en su arco y lo tensó.

—No —le susurró Surghen, poniéndole una mano en el hombro—. No queremos que se enteren de que estamos aquí.

Elvira bajó la flecha y se agachó. Surghen emprendió el regreso por el mismo camino por el que habían llegado; su escuadra se ocultó entre los árboles. El capitán miraba constantemente hacia atrás, rezando para que aquel soldado no los hubiera visto.

Un nuevo dolor de cabeza sacudió a Surghen, más violento que nunca.

El estómago se le encogió y sintió un huracán de emociones.

Las visiones se hicieron cada vez más presentes y le provocaban alucinaciones insoportables.

Quería olvidar lo que estaba viendo, quería alejarse del bosque.

Por un momento deseó estar nuevamente en su casa.

Aumentó la velocidad hasta llegar al campamento. Allí encargó a sus hombres que dieran el aviso y se prepararan para una posible batalla. Después se dirigió a su tienda y, apenas entró, se desplomó, desmayado por el dolor.

En su sueño caminaba solo por un sendero de cadáveres y estandartes negros que cubrían un prado de escombros. Lloraba desconsolado. Había encontrado los cuerpos de sus padres, aplastados bajo los grandes bloques que habían soltado las catapultas.

Cerró los ojos y, en la oscuridad, vio un huevo negro latir.

Tyrnium apareció, saliendo de una plaza cercana al muchacho, y lo tomó por los hombros. La figura imperial se conmocionó por la escena y ya había tomado su decisión respecto a aquel niño pequeño: se llevaría al joven Surghen Dürhavel al Varkhalion.

Lo alejó de las zonas de guerra que devastaban las cercanías de Braveth y lo dejó escondido en una colina pequeña. El niño moría por dentro, llorando sin consuelo por la muerte de sus padres, sometido por un sueño pesado que lo obligaba a rendirse al cansancio.

Al poco tiempo, el miedo volvió a apoderarse de él.

Un hombre desconocido se acercaba con un gran martillo en la mano.

Iba a matarlo. Surghen comenzó a gritar.

Tyrnium lo escuchó y acudió lo más rápido que pudo.

Bloqueó el golpe del hombre con el escudo y lo empujó para desestabilizarlo.

Le lanzó una estocada con su mandoble Varkhûn e intentó atravesarle el corazón.

El hombre bloqueó el golpe. Tyrnium, al instante, giró la espada y descargó dos tajos hacia los costados del asesino, cortándole el brazo que sostenía el martillo.

El hombre reaccionó con un severo golpe de escudo. El Emperador lo esquivó y, con una fuerza renovada, le asestó un golpe certero que le arrancó la cabeza de cuajo.

Surghen quedó traumado al ver al hombre sin rostro caer. Tan solo tenía diez años. Aquella pelea le arrancó un pedazo de su ser y lo marcó de por vida.

—Surghen —Tyrnium lo miró con una sonrisa en el rostro—. Hijo, ahora estás a salvo. Te regresaré a Kaer'Durnath. No te pasará nada.

Surghen se levantó de golpe. Le dolía la cabeza, pero aun así se incorporó y salió de su tienda. Caminó hasta una carpa más grande y decorada, donde el general Aldren había establecido su consejo de guerra.

Dentro, una mesa retráctil mostraba un mapa que abarcaba desde Aelwîn hasta Dorlak. Aldren, junto a sus consejeros, definía alguna estrategia para cubrir todo el bosque. Debían llegar al sendero central del Altheryn cuanto antes.

—El general Lorem llegó al Altheryn —informó Aldren—. Los hombres de Surghen vieron a un drakariano patrullando el interior del bosque.

—Si es así, ya no tenemos una ruta segura —dijo una mujer ancha y alta.

—Pero tampoco podemos regresar —replicó otro, apodado Pájaro—. No han llegado a Tharûl-Bel, así que podemos estar seguros de que esa zona está libre.

—Tendríamos que asegurar el cruce del Narthorien —propuso un tercero, de voz ronca.

—No es opción, Faldrith. Ya no tenemos tiempo —respondió Aldren—. El Narthorien está demasiado lejos. Movernos con todos los soldados nos tomaría al menos cuatro noches más.

—Si llevamos a cabo ese ataque, los drakarianos ganarían terreno—añadió Surghen.

—¿Qué sugieres que hagamos, niño prodigio? —preguntó Faldrith con desdén.

—Hay que preparar una emboscada —replicó el muchacho—. Esperemos a ese general en la entrada del bosque. Tardará demasiado en llegar a las montañas, por lo que no cruzará el Narthorien ni tampoco lo hará por el sur.

—Tienes razón —apoyó Pájaro—. No se arriesgaría a que Rhaenor lo detecte desde Tharûl-Bel.

—Niño, el centro del bosque es amplio. Lo que dices tiene demasiados problemas para llevarse a cabo —objetó la mujer.

—Hay que establecer rutas —ordenó Aldren—, de comunicación y de exploración. Así tendremos una idea más clara de su posición.

—Espere, general —volvió a decir la mujer—. ¿Cómo sabemos que Lorem no está pensando lo mismo?

—No lo sabemos —admitió Aldren—. Nunca lo hemos sabido. Pero ya no tenemos opciones. Perdimos demasiado tiempo en el viaje. En este momento, los drakarianos tienen mejor posición que nosotros.

—Podríamos adentrarnos al Altheryn por el sur —propuso Surghen con calma—. Tendríamos que dividir al ejército, pero cubriríamos más territorio.

—¿Y cómo sugieres que lo hagamos? —preguntó Pájaro, molesto.

—Dos cohortes avanzan desde el sur, mientras el resto asegura el sendero central. Una vez dentro, nos reunimos y marchamos hacia el norte.

Aldren se mostró pensativo, más convencido.

—¡Es una locura! —espetó Faldrith—. ¡No tiene experiencia en combate, es un riesgo tenerlo aquí opinando!

Surghen guardó silencio y bajó la mirada hacia el suelo, como si buscara algo entre sus propios pensamientos.

«Tengo más experiencia de la que tú podrías manejar, Faldrith», pensó. No lo dijo en voz alta, pero lo sintió tan claro que, por un instante, creyó que todos lo habían escuchado.

—Está decidido —anunció Aldren—. Tomaremos la palabra del niño.

Faldrith y Pájaro quedaron estupefactos. «¿Cómo es posible que tome la propuesta de un mocoso antes que la nuestra?», pensaron al mismo tiempo. Pero no podían desobedecer las órdenes. Guardaron silencio y siguieron la estrategia.

Aldren definió en ese mismo momento los grupos y las rutas.

Surghen quedaría a cargo de su escuadra de exploración, además de cien hombres adicionales.

Lo acompañarían la mujer ancha y Pájaro junto con dos cohortes, mientras que Aldren y Faldrith se moverían hacia el sendero central con el resto del ejército.

Antes de partir, Surghen se reunió una vez más con su escuadra.

Quería mantenerlos a salvo.

—Señor, ¿por qué es esto necesario? —preguntó Ylla Verneth. En sus ojos se reflejaba el miedo que la chica sentía.

—Nunca has estado en combate, ¿no? —preguntó Surghen.

—No.

—Tú tampoco has estado, capitán —le dijo Nareth Elgan.

—Ya lo sé —replicó Surghen con firmeza—. Pero a diferencia de ti, yo comandaré a mi escuadra. Tú, en cambio, seguirás mis órdenes.

Nareth no objetó la declaración y se quedó callado.

—Dareth —le dijo Surghen al muchacho—. Ponte algo en el cuello, lo tienes muy descubierto.

El joven asintió, aunque no hizo caso.

Los hombres de Aldren montaron a caballo y emprendieron la marcha. Surghen y el resto del ejército se internaron en el sur del bosque, avanzando a pie. El Altheryn bloqueaba la luz del sol y lo único que alcanzaban a ver eran árboles interminables hasta donde llegaba la vista.

El crepitar de las copas ensordecía los demás sonidos y dificultaba la detección.

Las hojas que caían al suelo, al ser pisadas, crujían con fuerza y delataban su posición.

El viento comenzó a soplar con violencia, mientras gigantescas nubes de lluvia se arremolinaban sobre el Altheryn. Una neblina densa empezaba a formarse.