Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE #2
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CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE #2

La noche avanzaba hacia su propio ocaso y la luna perdía brillo. Dareth Volm había recibido un mensaje urgente del corvijero. Salió corriendo en busca de Surghen. Éste se encontraba en una de las cámaras cercanas a la puerta, observando cómo el lago, próximo al bosque, se volvía cada vez más negro.

Dareth Volm era un joven alto y delgado, de piel canela. Tenía el cabello rojizo que le caía hasta los hombros. Una imperceptible barba remarcaba su mentón, y sus manos eran tonificadas y delgadas.

—Señor, traigo un mensaje urgente del corvijero. Hemos recibido noticias preocupantes de Tharûl-Bel —dijo—. Informan de una formación drakariana a cinco días del Altheryn.

—¿En Dorlak? —Surghen se sobresaltó por el mensaje y se incorporó enseguida.

—Me parece que no. Parece que acamparon cerca de un pueblo. Lord Rhaenor Kelry menciona que está a seis leguas de Dorlak.

«Ellos no tienen por qué salir de Dorlak», se dijo Surghen, visiblemente preocupado.

—De acuerdo. Envía el mensaje al general Varondar —ordenó.

—Sí, señor.

Dareth regresó a toda velocidad a la cámara de mensajería, azotado por el cansancio y enrojecido por el calor. Le entregó de nuevo la carta al corvijero. Este la colocó en un estuche de madera, la amarró a un halcón y la envió al bastión del Silente.

***

Aldren salió del castillo para tomar una bocanada de aire fresco.

Estaba borracho. El sol comenzaba a iluminar, pero las nubes bloquearon su luz y convirtieron la mañana en un gris apagado.

Subió a su caballo y puso rumbo hacia el bastión del Silente.

Apenas prestaba atención a los lugares que recorría.

El hipo lo atacaba constantemente; el alcohol lo había ruborizado y desorientado.

El escriba del Consejo de los Cinco lo increpó a medio camino, justo cuando el general atravesaba un cruce. Edric, serio, le entregó un papel y esperó, con preocupación, su respuesta.

Aldren lo abrió mientras tarareaba otra canción.

Desde Tharûl-Bel hasta Aelwîn.

Drakareth movilizó tropas. Calculo que están a tres días del Altheryn. Solicito refuerzos para asegurar el bosque.

Este mensaje debe llegar al general Aldren Varondar.

Firma Lord Rhaenor Kelry, castellano de Tharûl-Bel.

El general pareció estar sobrio después de leer aquello. Espoleó violentamente a su caballo y se dirigió a toda velocidad hacia el bastión. Saldría esa misma tarde.

Llegó al bastión y un guardia le abrió la puerta.

Siguió galopando sin detenerse hasta alcanzar la sede del Consejo.

Entró abruptamente y caminó apresuradamente hasta llegar a una biblioteca pequeña.

Dentro había tapetes de lana, muebles de roble y algunos sillones de terciopelo.

Frente a él se encontraba un escritorio lleno de informes, cartas y otros papeles; detrás, una chimenea encendida impregnaba calor a la estancia.

El general Caerlan estaba sentado en el escritorio, escribiendo una carta. A un lado tenía una pequeña lámpara de aceite y una pequeñísima quimera en forma de dragón que soltaba incienso. Levantó la mirada y recibió a Aldren.

—General, ¿qué lo trae al bastión del Silente?

—Drakareth. Recibí noticias desde la frontera: Lorem Valtrakar está reuniendo a sus tropas en las cercanías de Dorlak.

—No bromee. El general Lorem no va a salir del Varkhalion nunca en su vida. Es un alcohólico apasionado por las prostitutas.

—También lo pienso, pero Rhaenor solicitó tropas para asegurar el bosque. Saldré esta misma tarde. Dame a tu escuadra de exploración.

«Perfecto. Mantén alejado de esta ciudad a Surghen», pensó Caerlan.

—¿Entonces a qué has venido? ¿Necesitas tropas?

—Como dije, me llevaré a tu escuadra de exploración, junto con tres centurias de esta legión. Tengo cinco cohortes a mi disposición que llegaron con el Rey.

—Entendido. Llama a Surghen —le dijo Caerlan a su sirviente que estaba en una esquina.

El chico salió corriendo en dirección al muro oriental. Tomó un pequeño poni y lo espoleó varias veces para emprender la carrera. El animal apenas trotó. Después de unos minutos, al llegar al torreón, abrió la puerta y subió hasta la cámara donde estaba Surghen.

—Capitán —dijo jadeando—. El general Caerlan solicita su presencia en la sede. Es urgente que vaya.

Surghen tomó su espada, dejó al mando a Varnic Kray y salió del muro junto con el niño. Lo siguió hasta el edificio y entraron con prisa. Al internarse en la biblioteca del general, el muchacho se retiró y cerró la puerta tras de sí.

—Capitán Surghen —saludó Caerlan—. Iré directo al grano. Saldrás al Altheryn esta tarde junto con él —señaló a Aldren—¿Entendido?

—Sí, señor. Alistaré a mis hombres.

—Nos veremos en la puerta norte al mediodía —le dijo Aldren.

Surghen asintió y salió rápido de la biblioteca. Tomó su caballo y galopó de regreso hasta el muro. Subió las escaleras a toda velocidad y, al llegar a la cámara, encontró a Varnic golpeando el aire con su espada desenfundada.

—¡Varnic! —llamó Surghen—. Avisa a los demás. Saldremos hoy junto con el general Aldren.

El hombre asintió y salió de la cámara llamando constantemente al resto de la escuadra. Los soldados se alistaron con presteza: tomaron las armas, ajustaron las correas de sus armaduras, se colgaron los escudos y calaron los cascos.

Para el mediodía, ya estaban preparados en la calzada que daba a la puerta norte. En ese momento llegó Aldren, imponente, montando un corcel blanco y dirigiendo un ejército de seis mil hombres.

—¡Abran la puerta! —ordenó el general.

Los cuernos comenzaron a sonar nuevamente, lúgubres, anunciando la tragedia. Las maderas del castillo se abrieron y el ejército emprendió el galope hacia la puerta norte de la ciudad, donde los cuernos de guerra seguían resonando, lúgubres, como presagio de desgracia.

Los nobles no salieron de sus casas. Ni siquiera lo hicieron los plebeyos.

Pero todos estaban expectantes desde sus ventanas, entristecidos por la inminente guerra.

Recordaban las historias antiguas, cuando construyeron su ciudad entre guerras y traiciones.

Ahora, esa repugnante sensación regresaba al presente, más fuerte que nunca y con más vidas que nunca.

El retumbar característico de la puerta norte se escuchó y se abrió. En el instante en que las maderas chocaron con los límites de piedra del suelo, Aldren emprendió la marcha. Para muchos soldados sería su último viaje; para otros, otro gran trauma sembrado en la sangre.

Tras dos días de viaje, los fyrtanos llegaron al Lago Solitario: una vasta extensión de aguas verdosas y estancadas, habitada por grandes animales y cubierta de lirios venenosos.

El general dio la orden y el ejército comenzó a erigir el campamento.

En pocas horas se levantaron miles de tiendas y hogueras.

El ruido metálico de las armaduras y las armas hizo que Surghen perdiera la paciencia demasiado rápido.

Apenas terminó de levantar su tienda, se acostó para despejar la mente.

Soñó que entraba a la Sala del Trono del Castillo Magno. Las decoraciones de basalto y la opulencia del Rey seguían siendo espectaculares a la vista. Tyrnium Valdyran se levantó del Trono y descendió del estrado hasta llegar a Surghen. El Comandante hizo una reverencia.

—Surghen, hijo mío —saludó—. ¿Cómo has estado?

—Bastante bien, mi señor. ¿Por qué me llamó?

—Los velmyrianos han osado desafiar mi autoridad, y el precio que pagarán será elevado. Selgor informó de un desembarque cerca del Karneth. Sus tropas avanzan hacia Selgor.

—¿Qué desea que haga? —preguntó Surghen.

—Ha llegado el momento de tomar Vel’Anareth. Conquístala junto a Lorem. Mandaré al capitán Zareth para apoyar la defensa de Selgor.

—Como ordene, mi señor —Surghen salió del Castillo hacia el Bastión de Varkhadrûn.

Surghen despertó. El resto del ejército ya había recogido la mayor parte del campamento y estaba listo para reanudar la marcha. Solo esperaban la orden de Aldren.

El general decidió retroceder una milla y alejarse del lago, siguiendo una ruta más larga y segura hacia el centro del bosque.

El camino se complicó y Aldren tuvo que regresar a la ribera por una manada de sombraveloces que comían cerca del sendero.

Allí el trayecto tampoco se facilitó: el fango atrapaba las patas de los caballos y entorpecía su movimiento.

Al mismo tiempo, cocodrilos y peces de gran tamaño rondaban los bordes del agua; incluso algunos cocodrilos salieron y emprendieron carrera contra los caballos.

Aldren marcó el galope y se alejó lo más rápido que pudo de aquel lugar.

Durante los siguientes días no recorrieron más de cien millas, pero fue suficiente. Ya habían llegado al norte del lago. La desértica ciudad de Osthelar se distinguía en el fino horizonte, mientras los primeros pinos y robles del Altheryn comenzaban a crecer, imponentes, en el noreste.

Al día siguiente emprendieron camino hacia la zona meridional del Altheryn. Era un paraje natural que formaba un gran sendero, lo bastante ancho para que los carromatos cruzaran.

Las horas pasaban y el paisaje se volvió monótono: árboles por todos lados, el lago haciéndose cada vez más pequeño y oculto, y Osthelar desapareciendo en el horizonte.

En pocos momentos, el sol llegó a su cénit y eliminó toda sombra sobre el sendero. El calor comenzó a calar en los fyrtanos. El metal se calentaba y quemaba sus cuerpos.

Surghen estaba sudoroso, enrojecido y enfadado por el calor.

Su caballo, cabizbajo, estaba exhausto por el viaje.

El resto del ejército no estaba mejor: la mayoría de los soldados se sentían estresados por la incomodidad del sol y la falta de órdenes.

Los murmullos contra Aldren y su consejo comenzaron a escucharse y zumbaban en los oídos del general, quien perdió la paciencia y detuvo la marcha.

Estaban rodeando el bosque, dirigiéndose hacia el Narthorien. Querían llegar al camino central antes de internarse en el Altheryn.

—Surghen —llamó Aldren—. Llévate a tus hombres y ve a explorar la entrada del Altheryn.