Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE
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CAPÍTULO 4. LA SOMBRA EN EL BOSQUE

El sonido metálico de las botas era implacable. Una marcha incesante. Lorem, al mando de tres cohortes, había llegado a Dorlak. Un sitio altamente fortificado. Una ciudad lúgubre. Era famosa por ser un lugar gris en su ambiente y hostil con su gente.

El general hizo una breve escala ahí para abastecerse de suministros después de doce días de viaje. Además, Lord Tharven Kûrdras le había entregado otras cuatro cohortes al mando del capitán Isven Drenor.

El agua salía transparente y limpia de las fuentes que rodeaban la puerta este de Dorlak, en el momento en que Lorem y su ejército partieron de ahí.

Cuatro guardias, a cada lado de la puerta, hicieron sonar cuatro grandes cuernos de guerra escondidos entre torreones, los cuales sonaban gruesos y ominosos.

Otros dos guardias, en las almenas de la muralla, tronaron maderas contra tambores y acompañaron a los cuernos.

La puerta se abrió, Lorem espoleó a su caballo y continuó su cautelosa marcha hacia el bosque del Altheryn.

—Debemos pasar por el norte —ordenó—. Por las faldas del Narthorien.

—¿Por qué hemos salido hoy, mi señor? —preguntó el capitán Isven.

—El Emperador solicitó una nueva búsqueda del Comandante. Debemos entrar en Fyrtim lo antes posible.

—¿No cree que sea inútil? El Comandante Surghen Dürhavel no pudo haber sobrevivido a La Quema de Vaelkar .

—El Emperador opina diferente —terminó bruscamente el general.

La caminata de los soldados continuó hacia el oeste y pronto, el ruido de Dorlak se ensordeció en un constante pitido agudo que atravesó los oídos de los soldados y animales.

La noche se oscureció, y la luna se volvió a esconder detrás de una nube al tiempo que un nuevo y cálido brillo apareció por el este.

—Capitán Kelvorn —Lorem llamó a su capitán de exploración—. Toma tu escuadra y busca un lugar para descansar. Preferentemente donde podamos vigilar Tharûl-Bel.

—Sí, señor —asintió el capitán y emprendió el galope. Ocho hombres lo siguieron.

Los cotilleos entre los soldados seguían abundando, pero no fueron nada relevantes. Los caballos estaban inquietos y ansiosos. Querían seguir avanzando, pero los jinetes se lo prohibieron.

Pasó algo más de una hora hasta que regresó el capitán de los exploradores. El resto de sus hombres se quedó en la cúspide de una colina contigua.

—Al bajar la colina hay un pequeño pueblo —informó—. Nos puede ocultar bien. Tiene visibilidad al bosque y al castillo.

—Ahí nos quedaremos entonces.

En cuanto el ejército llegó al pueblo, se instalaron en las afueras del mismo. Clavaron picas alrededor de su campamento y levantaron las tiendas. Algunos carros grandes de suministros bajaron estacas afiladas y gruesas, que colocaron en las afueras.

Lorem colocó una primera guardia de diez soldados.

El resto del ejército tomó maderas y telas y levantó las tiendas. Un tercer grupo recogió leña, arrancó las hierbas secas y encendió las fogatas, mientras que un cuarto grupo estableció un puesto de mensajería por órdenes directas de Lorem.

Ese mismo grupo comenzó a bajar varias jaulas con cuervos desde otro carromato un poco más pequeño, pero más pesado.

«No llegaré sino hasta dentro de una semana más.

Los pájaros nos retrasarán», pensó Lorem.

Dirigió su mirada hacia el oeste. En el fondo se notaba una diminuta franja oscura que dividía la noche del día. Dividía el cielo de la tierra.

—El bosque del Altheryn.

***

Aquella mañana, Surghen se levantó un poco aturdido y muy cansado. Un rayo de luz que atravesaba finamente la tienda lo encandiló y terminó por despertarlo del todo. Antes de salir, abrió el papel que Caerlan le había entregado la noche anterior. Quería conocer los perfiles de sus soldados.

Nareth Elgan: 27 años, especialista en rastreo, camuflaje y reconocimiento de bosques. Miembro de la infantería local.

Elvira Darnel: 22 años, arquera, especialista en detección y comunicación por sonidos y lenguaje de señas. Miembro de la división de arquería.

Tors Halwen: 25 años, escudero, encargado de logística, especializado en cargamentos, rutas de marcha y evaluaciones rápidas y confiables. Miembro de la infantería local.

Varnic Kray: 30 años, lancero, fuerte físicamente, meticuloso y especialista en formaciones cerradas, de empuje y asalto. Miembro de la lancería local.

Aserin Velthar: 35 años, curandero, especializado en la rápida sanación, vendajes de alta calidad, hierbas de combate. Miembro de la infantería local.

Dareth Volm: 19 años, cazador, experto en rastro de huellas, lectura del suelo e imitador especial de sonidos naturales. Miembro de la infantería local.

Kaen Olrik: 28 años, tiene visión nocturna entrenada, es vigía por excelencia, experto en lectura de estrellas. Miembro de la división de vigilancia local.

Ylla Verneth: 24 años, inteligente, capaz y experta en estructuras ligeras y trampas ocultas. Miembro de la infantería local y de la defensa de Aelwîn.

La Corte del Rey llegará para la boda de Lord Thalanor. Ustedes patrullarán el muro este del Castillo de Thyr. El corvijero colaborará con tu escuadra para mantener la comunicación con la frontera. Cualquier anomalía, notifíquenla inmediatamente al general Aldren Varondar.

Surghen enrolló de nuevo el papel y abrió el cofre donde estaba su armadura.

Lentamente comenzó a vestirse. Se sentía más pesado y lastimado.

Aquella era una armadura que no se ajustaba correctamente a su cuerpo.

No apretó demasiado las correas de la coraza ni de los brazos; en cambio, cerró la hebilla del cinturón con firmeza y ajustó las correas de las piernas.

Se enguantó las manos, colgó la espada en el cinturón —que resbaló sin apenas ruido—, se colocó el escudo en la espalda y salió de la tienda.

Frente a él estaba uno de los sirvientes de Caerlan, esperándolo mientras sujetaba las riendas de un caballo que pastaba.

Era un corcel negro de melena aún más oscura; las riendas y la silla de montar eran de cuero negro, acolchadas con un pequeño colchón de paja.

Los ojos del caballo eran negros, penetrantes.

—Este caballo lo envió el general Caerlan —tartamudeó el niño.

—Gracias. —Surghen tomó las riendas y acercó el puño para que el animal lo oliera. Al mismo tiempo le entregó el papel al muchacho—. Diles a las personas ahí escritas que los veré en la plaza central.

La voz de Surghen resonó con potencia en la cabeza del sirviente y lo llenó de miedo. Se sintió amenazado. Aun con aquella sensación en la piel, obedeció y salió corriendo.

Cuando Surghen acarició la melena del caballo, un dolor de cabeza lo atravesó. Se calmó y se concentró en su respiración. «Esto ya lo viví», pensó, con una sensación familiar al montar al animal. Como si ya hubiera hecho aquello en la misma vida, pero bajo otro cielo.

Espoleó al caballo y trotó hasta la plaza central, donde el sirviente y la escuadra de Surghen lo esperaban.

—Gracias —dijo con seriedad. El sirviente hizo una reverencia y desapareció entre las carpas.

Surghen se dirigió hacia sus soldados. Estaban formados en una fila, vestidos con armaduras blancas y con espadas en el mismo costado. Solo una mujer llevaba un arco en la espalda.

—Tal vez ustedes no me conozcan, pero yo sí los conozco.

No me importa si no les agrado. No estoy aquí para ser el estudiante, sino el maestro.

Estoy aquí para que me sigan. Si alguno duda de mí, está en su derecho.

Pero si alguno me desobedece, no tendrá derecho a nada.

A partir de este momento, sus logros y errores serán mi responsabilidad.

Ustedes se convertirán en soldados ejemplares mientras me tengan lealtad —dijo con un tono intimidante.

«¿Quién demonios eres tú?», se preguntó Elvira Darnel con el rostro serio.

Las miradas entre la escuadra eran muy diversas. Algunas reflejaban incredulidad, otras, emoción, y la mayoría desvelaban un miedo visible. Pero nadie se atrevió a protestar: todos mostraron su asentimiento.

—El Rey llegará esta noche —añadió Surghen—. Nos mandaron a patrullar la muralla este del Castillo de Thyr. Nos vemos en el muro al atardecer. No quiero a nadie retrasado.

—Sí, señor —dijeron las ocho voces al unísono. Surghen se alejó del patio.

La noche comenzaba a caer y una gran luna rosada empezó a brillar alegremente.

Surghen salió de su tienda y galopó hasta el muro este.

En cuanto llegó, también llegaron sus soldados, todos montados a caballo.

Abrieron una puerta en un torreón y subieron hasta la cámara de mensajería del castillo, donde el corvijero ya los esperaba.

—Pronto llegará la Corte del Rey —dijo Surghen—. Sepárense. Si ven algo anómalo, díganmelo inmediatamente.

Su escuadra asintió.

En el otro lado de la ciudad, los cuernos del castillo resonaron anunciando la llegada de Edruval Thyrvalion.

Cientos de carros, acompañados por la Cohorte Real, entraban en el Castillo de Thyr.

El Rey viajaba en un trono dentro de un enorme carro empujado por tres pares de bueyes.

El vehículo estaba ornamentado con amatista, metal y diversas joyas.

A los costados de la caravana, cientos de lanceros a caballo ondeaban estandartes del Sol Eterno, que danzaban esplendorosamente con el ligero viento que comenzaba a soplar.

—¡Abran las puertas! —gritó Vaelor Ardyn—. ¡Su Alteza Real ha llegado al Castillo de Thyr!

La puerta oeste se abrió con un sonoro crepitar y los primeros caballos de la caravana capitalina comenzaron a entrar al castillo.

Los nobles se reunieron a los costados de la calzada con rosas y recibieron al Rey entre vítores y ovaciones. Los cascos de los caballos golpeaban secos contra el adoquín, las ruedas de los carros avanzaban con lentitud y los cuernos de guerra no cesaban de cantar alegres.

Lord Aerymar Thalanor y su prometida, Lady Liz, recibieron a la familia Thyrvalion acompañados por una escuadra al mando del general Caerlan. El Rey descendió de su carro y caminó, escoltado por el Señor de Aelwîn, hacia el interior del palacio principal.