Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO #3
9%

CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO #3

Tras los graduados se había levantado una pequeña zona con taburetes, donde el resto de la centuria permanecía escuchando. Más atrás, cuatro cohortes de soldados vigilaban tanto a los cadetes como a los oyentes, contratados únicamente para garantizar la seguridad.

Un trovador llegó junto con el Consejo y se quedó en la parte posterior de la tarima. Apenas cesaron los tambores, comenzó a tocar la lira.

Torric, Miraen y Kael se encontraban en la primera fila, emocionados, pero también temerosos, felices por el éxito de su improvisado capitán. Sortrin y Nírmen, en cambio, estaban rojos de rabia; en sus ojos se notaba la decepción y la pérdida de fe en el Consejo.

—¡Bienvenidos a la ceremonia de incorporación a la Legión de Aelwîn!

—exclamó Caerlan con solemnidad—. Esta noche tenemos el honor de presidir el ascenso de diez soldados al rango de caballero de primer orden, un hecho altamente requerido en estos tiempos de guerra.

—Dio un paso al frente y el resto del Consejo hizo una reverencia—.

Quiero felicitar a los reclutas que lograron un desempeño favorable en sus tres años de formación.

»El Consejo de los Cinco reconoce al recluta Surghen como el mejor de su generación.

Surghen subió a la tarima por las escaleras centrales y saludó a los generales con una reverencia. Uno de los sirvientes del Consejo arrastró una de las pesadas cajas que aguardaban en la parte trasera de la plataforma.

Cuando el muchacho se presentó, se escuchó de todo entre la centuria. Sus compañeros lo aplaudían y vitoreaban, mientras que Nírmen, Sortrin y gran parte del resto lo abucheaban y se burlaban.

—Recluta Surghen —anunció Caerlan con voz solemne—.

Asignado a la tercera escuadra de la primera cohorte.

Durante tus tres años de permanencia en este recinto demostraste las capacidades que cualquier soldado de esta legión puede mostrar.

Y no solo eso: te desempeñaste con perfección y superaste nuestras expectativas.

Por ello, yo, Caerlan Vëthar, general de la legión y consejero de Lord Aerymar Thalanor, por tus méritos al apoyo de este ejército y por tus excepcionales habilidades, te nombro capitán de la escuadra de exploración y patrullaje.

»Me sirves a mí. Y por encima de mí, sirves a Lord Aerymar. Y por encima de él, sirves al Rey Edruval.

Solo sus compañeros y seguidores aplaudieron el nombramiento. El resto estaba furioso, herido moralmente y decepcionado. Los murmullos se multiplicaron.

—El ejército ha perdido toda validez —decían algunos. —Ese hombre se rebelará contra la Corona —afirmaban otros.

Algunos se levantaron abruptamente de sus asientos y condenaron la decisión con vehemencia.

—¡Es inaudito! —exclamó Thessen, poniéndose de pie—. ¡Esto es una falta de respeto contra el Rey!

Sacó un pequeño trozo de obsidiana de su jubón y comenzó a avanzar hacia el Consejo.

—¡Silencio, soldado! ¡Lo que dices es traición contra Su Majestad Edruval! —chilló Rhendor, pero el control ya se había perdido.

Ocho guardias se abalanzaron contra Thessen, lo derribaron, le arrebataron el trozo de obsidiana y le amarraron las manos a la espalda. Sin detener la ceremonia, lo llevaron a la Cámara Gris para su interrogatorio.

Caerlan extendió un papel a Surghen.

—Los nombres escritos aquí conforman tu escuadra. El capitán Edrion te los asignó personalmente.

Surghen agarró el papel en silencio, hizo una ligera reverencia en señal de respeto y bajó de la tarima junto con la caja que el sirviente de Caerlan le había extendido. Caminó hacia su tienda sin mirar atrás.

Mientras se internaba en la profunda oscuridad del bastión, el ruido de la ceremonia se fue apagando, y pronto, solo el canto de los grillos lo acompañaba.

Avanzaba despacio, arrastrando el pesado carro.

Un soplo gélido le recorrió el cuerpo y lo tensó.

Su mente volvió al nombramiento, pero no sintió orgullo ni realización.

El estómago se le hundió y algo más que una simple paz silenciosa lo envolvió.

Surghen sentía vértigo, aunque no supo por qué.

Al cruzar los cortinajes de su tienda, dejó el carro en una esquina y bajó el cofre. Era una caja barnizada de madera, con bordes de oro y decoraciones en auravioleta. El candado era de plata y tenía incrustada una gruesa llave.

Al abrir el cofre, encontró una armadura de acero pulido y platinado.

Un brocado púrpura con el Yunque del Alba decoraba la coraza.

Los pantalones estaban formados por placas de distintos tamaños, sujetas con correas y hebillas.

El casco estaba hecho de placas soldadas y acondicionado con un visor completo que se movía mecánicamente.

Debajo de la armadura reposaba una espada Gladio Fyrtano : de tamaño medio, forjada con acero templado en aguas heladas; una empuñadura de estelita cubierta con correas de cuero ennegrecido; el pomo adornado con una piedra de zafiro brillante, totalmente lisa.

La vaina era de color ocre, con bordados y acabados en amatista y auravioleta.

En el fondo del cofre se asomaba un gran escudo en forma de lágrima. Estaba construido a base de metal, con decoraciones asimétricas de madera y un bordado del Sol Eterno.

—Ahora sí —susurró con una sonrisa—. Todo comienza.