Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO #2
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CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO #2

—Sí, pero todos están a favor de Nírmen. Están enfurecidos contigo. Algunos —volteó a ver a Kael y Miraen— incluso te ven con miedo, sobre todo cuando le cortaste el torso.

—No es mi problema —respondió con desdén—. Él atacó mal.

—Tal vez. Yo sí creo que haya sido así, pero por alguna razón te tomaron por chivo expiatorio.

Sortrin se acercó por detrás, con una mano en la empuñadura de la espada de madera.

—Nírmen sobrevivió —dijo—. Espero que no estés molesto porque haya vivido para contar tu atentado.

—¡Si lo que buscas es un culpable, búscate otro! —exclamó Torric.

—No necesito buscar más —respondió con altanería—. Ya lo encontré. Dime, Recluta Voluntario, ¿tantos celos tenías de Nírmen? ¿O por qué lo intentaste matar?

Surghen se quedó un minuto en silencio antes de explotar en una carcajada.

—¿De verdad? ¿Celos? —respondió, observándolo con una sonrisa malévola—. Tarado debería ser para tener celos de un niño imprudente.

—¡¿Estás diciendo que Nírmen es un estúpido que no sabe luchar?!

—Sí —respondió con desdén y apatía.

—¡Eres un cabrón! ¡Te enseñaré lo que es luchar de verdad! —Sortrin desenvainó la espada y lanzó un golpe con fuerza, dispuesto a romperle la cabeza.

Torric se levantó rápidamente y bloqueó el ataque. La fuerza de Sortrin desvió la espada del muchacho y alcanzó a golpear a Surghen. Éste se retorció de dolor y se agazapó en el pasto.

«Maldito. Te mataré por esa osadía», pensó el muchacho, agarrando la espada caída de Torric.

Sortrin levantó nuevamente la espada y lanzó otro golpe. Surghen se adelantó y esquivó el ataque fallido. Se frotó el moretón que tenía en la cabeza y levantó la espada de madera.

Sortrin se fue acercando lentamente, dando pasos pequeños, sin quitarle la mirada de encima.

Surghen se mantuvo quieto, con la mano todavía en la cabeza.

Lanzó un rápido golpe e hizo contacto con Sortrin.

Enseguida se enfrascaron en una violenta danza, girando en círculos y repartiendo golpes y estocadas a toda velocidad.

Surghen se separó un momento y volvió a atacar desde abajo. Sortrin bloqueó el golpe con fuerza, pero la espada de Surghen siguió su camino y terminó arriba de su cabeza. En ese instante, el muchacho soltó un tajo lo suficientemente fuerte como para romperle el cuello.

Sortrin se agachó rápidamente y Surghen aprovechó para patearle las piernas con fuerza. Sortrin cayó al suelo. Sin dar tregua, Surghen intentó golpearle el rostro con el pomo de la espada. Sortrin rodó por el suelo y acabó boca abajo. Surghen lo pateó nuevamente en el estómago.

Cuando menos se dio cuenta, ya se habían reunido varios grupos de personas a observar, entre risas, el combate que se estaba librando. Los golpes y los gritos llamaron la atención del Consejo, que salió corriendo hasta el lugar del conflicto y se abrió paso hasta la primera fila.

Surghen se agachó y echó la espada hacia atrás, sin atacar. Observó a la multitud y se percató de los superiores. Respiró, parpadeó y no atacó.

Sortrin se levantó a toda prisa y se abalanzó contra él con furia y odio en los ojos. Surghen sonrió. Por un momento recordó su pasado de Comandante. Bloqueó el primer golpe de Sortrin, lo golpeó en varias zonas con una velocidad abrumadora y le quitó la espada.

Pateó la espada de Sortrin y arrojó la suya lejos. El otro muchacho trató de recuperar el arma, pero fue inmovilizado por Caerlan y Maerdrik, quienes le sujetaron las muñecas y se lo llevaron del lugar. Surghen simplemente desapareció entre la multitud.

—¡ES UN TRAIDOR! —gritó Sortrin con fuerza, llorando—. ¡ÉL ES EL TRAIDOR! ¡ES UN DRAKARIANO! ¡DEBERÍAN LLEVÁRSELO A ÉL!

Los alaridos de Sortrin estremecieron a todos los presentes y los obligaron a retirarse.

Lethira, harta de los gritos, le colocó una mordaza y lo silenció.

Unos minutos después de que Caerlan y Maerdrik hubieran encerrado al muchacho, el Consejo se reunió en una nueva audiencia.

Para esa misma tarde decidieron que Sortrin no se graduaría con aquella generación: quedaba relegado a un año de trabajos forzados.

Horas más tarde, en un gran pastizal nocturno en el centro circular de la zona habitacional del bastión. Surghen, junto con otros nueve compañeros, destacó entre toda la centuria. Fueron considerados soldados ejemplares, cadetes preparados para la Legión de Aelwîn.

Los recién incorporados sobresalían en ramas distintas del combate: algunos eran grandes estrategas, otros arqueros inigualables, y otros mostraban una sorprendente destreza con la espada.

Los diez soldados que aquella noche se unirían a la Legión vestían igual: una armadura ligera y completa.

El pecho cubierto por una camisa blanca bordada con el Sol Eterno; brazos y piernas protegidos por metal; las cabezas descubiertas.

Llevaban un cinturón de cuero vacío, con una argolla lateral donde se colocaría la espada.

El general Caerlan estaba vestido con una armadura plateada de acero templado.

Las mangas tenían formas angulares con bordes de madera gruesa.

En su espalda reposaba una capa de lino azulado con el Yunque del Alba bordado en brocado rojo, que también decoraba la pechera.

Portaba una espada delgada de acero, con empuñadura de estelita cubierta en tiras de cuero y un pomo rematado con una perla negra velmyriana.

Los otros seis miembros del Consejo vestían igual.

Había seis antorchas colocadas sobre pedestales de madera que resguardaban una gran tarima de roble. En sus costados ondeaban dos estandartes del Rey Thyrvalion. En la parte trasera, el paso se cerraba con más antorchas y con grandes cajas acomodadas sobre pequeños carros.

Detrás de la tarima, ocultos, cinco sirvientes golpeaban tambores con tal fuerza que su resonancia se extendía por todo el bastión, anunciando el inicio de la ceremonia.