Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO
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CAPÍTULO 3. AL FILO DEL JUICIO

—¡Es ridículo! ¡¿Cómo pueden siquiera considerarlo?! —reclamó Rhendor Sulvar.

—Tiene un talento excepcional —replicó Dame Thyssara—. Serviría como soldado de la Guardia Capitalina.

—¿Cómo lo sabes? Es peligroso. Nunca ha estado en combate y pelea mejor que muchos superiores —dijo Edrion Falek.

—Debemos expulsarlo —apoyó Rhendor—. El muchacho no debe estar aquí.

—¿A qué le tienen tanto miedo? —intervino Caerlan.

—¡Traicionará a la capital! —insistió Rhendor.

—En el interrogatorio no encontramos signos de intención —comenzó a decir Lethira—. La espada no tenía filo, Caerlan ya lo demostró.

—¡Precisamente por eso! —contestó Edrion—. ¡¿Cómo pudo cortar carne con una espada sin filo?!

—Tal vez el otro no tenía la condición física —replicó la comandante—. Pudo haber tenido problemas en esa zona del cuerpo.

—Qué estupidez —le espetó Edrion—. Eso no tiene sentido.

—Entonces, ¿qué sugieres que le hagamos al muchacho? —preguntó Caerlan.

—Expulsarlo —respondió al instante—. O si no, mantenerlo en prisión.

—¿Acaso eres idiota? ¿Te das cuenta del talento que tenemos en nuestras filas? —preguntó retóricamente Dame Thyssara.

—¡Cállate, Thyssara! —explotó Rhendor—. ¡No conoces del tema!

Thyssara le arrojó una mirada venenosa. Estaba sumamente ofendida.

—Dame Thyssara tiene razón —expresó Maerdrik—. Es sumamente talentoso, ascenderá posiciones rápidamente.

—Sería un gran soldado para los hostes nacionales —añadió Lethira.

—Edric —dijo Caerlan, imponiendo silencio—. Habla, dinos tu opinión del muchacho.

Todos se callaron.

El escriba se levantó de su silla, desenrolló un papel blanco, algo desgastado, y comenzó a leer en voz alta:

—Surghen… ¿Quién es? Hay algo misterioso en él. No puedo decir qué, pero algo en su indiferencia me indica que puede ser peligroso.

»Durante su primer año ha trabajado silenciosamente, tal como sospeché. No comete errores, no reclama nada y tampoco hace nada más que lo que Maerdrik o cualquier maestro le ordena.

»Una parte de él da miedo, demasiado. Pero otra da seguridad.

He notado que su reducido grupo de compañeros lo ve como alguien confiable.

Pero… no sé… hay algo. No sé qué es. Muestra una apatía deprimente; en sus ojos hay aburrimiento, pero en sus movimientos hay destreza, y en ellos reluce un alma ejemplar que debería mostrar cualquier soldado.

¿Cómo sé yo que será leal? Quién sabe. A mí no me toca decidir eso.

Si por mí fuera, no lo hubiera aceptado en un principio.

»Esta última prueba me cambió la percepción totalmente, y una duda volvió a nacer.

¿Quién es él? En sus ojos de aburrimiento parece que hay burla hacia sus compañeros de escuadra.

Siento que nos considera estúpidos. A todos.

Pero su grupo de tres y él son el conjunto perfecto. Funcionan a la perfección.

»Lo que no me queda claro, y es por lo que le temo, es su reacción… o tal vez su capacidad de acción. No sé. ¿Qué ha vivido este muchacho para ser así? Algo más: ¿cómo hizo ese corte?

Caerlan asintió. Aquello era todo lo que Edric había escrito en los tres años de formación de Surghen. El general se levantó de su silla.

—Me parece necesario que nos tomemos un descanso —ordenó—. Debemos meditar el voto, considerando ahora lo que tiene Edric.

Caerlan salió de la sala de audiencias y se dirigió al comedor.

Se sirvió un tarro de cerveza y lo bebió lentamente.

Quería aclarar la mente. Pasaron unos minutos hasta que regresó a la sala.

Solamente estaban Dame Thyssara, Lethira y Maerdrik, sentados y conversando entre ellos.

Detrás de la silla de Caerlan, Edric permanecía con los ojos cerrados y las manos sobre una pequeña tabla con papeles.

«Él no tiene voto. Pero es su informe el que decidirá el futuro de ese muchacho».

El resto del Consejo regresó tras una hora de receso.

Edric se levantó de su silla al mismo tiempo que Edrion y Rhendor se acomodaban en las suyas.

El escriba se detuvo detrás de un atril de roble, grabado con el Yunque del Alba de los Thalanor en su poste y el Sol Eterno en la pala.

Desenrolló una carta sellada con el Sol Eterno y comenzó a hablar:

—Generales del Consejo de los Cinco —dijo con solemnidad—. Ya han discutido y deliberado sobre el destino de Surghen, recluta de la tercera centuria de la primera cohorte. El informe de la Legión marca que su desempeño ha sido eficaz y prometedor. Ahora corresponde votar por su permanencia.

»¿Quiénes se oponen a la permanencia del recluta Surghen?

Rhendor y Edrion colocaron la mano izquierda sobre el pecho y levantaron la derecha.

—¿Quiénes apoyan la permanencia del recluta Surghen en la Legión? —volvió a preguntar el escriba.

Thyssara, Lethira y Maerdrik colocaron la mano izquierda sobre el pecho y levantaron la derecha.

—Está decidido —concluyó Caerlan—. El recluta Surghen se unirá a la Legión.

«Imprudente —pensó Edrion con soberbia—. Se levantará contra ti. Te postrarás ante sus pies y te subyugarás ante él».

Rhendor salió de la sala con rudeza, indignado. Lethira comenzó a frotarse las manos, incómoda; el pálpito se le aceleró y el estómago se le sumió. El resto del Consejo no hizo nada. Edric volvió a enrollar el papel y regresó a su silla detrás de Caerlan.

Cuando todos los miembros salieron de la sala de audiencias, el general tomó a Edric por el brazo y lo retiró a otra sala más apartada, tras una puerta discreta.

—¿Por qué escribiste tan poco sobre este muchacho? —preguntó Caerlan.

—Nunca pude saber quién es él. Y si le soy sincero, mi señor, estoy seguro de que él tampoco lo sabe.

Una mirada dubitativa se dibujó en el general. Un escozor le recorrió las piernas y las manos. «Estoy cometiendo un error», se dijo, pero sacudió ese pensamiento enseguida. Golpeó ligeramente el hombro del escriba y se retiró. El general cometió el grave error de haber pasado por alto su intuición.

—Marca el expediente con el sello negro —le ordenó Caerlan al escriba una vez que estuvieron fuera del edificio—. Establece una guardia sutil alrededor del muchacho. Mantenlo vigilado.

Edric asintió y volvió a entrar a la sede del bastión.

El día se oscureció. La luna cubrió al sol con su sombra y una absoluta negrura abrazó las nevadas tierras norteñas.

El ejército de los Hombres se había dividido por todo Durhen. Como plaga, se expandieron hacia los rincones de la llamada Tierra de Dragones. El miedo los envolvió en su manto y los obligó a retroceder, pero la terquedad de su comandante los mantuvo en las blancas faldas del Narthorien.

Un gigantesco animal alado, cubierto de escamas, hocico filoso y patas robustas, sobrevoló el cielo y prendió la tierra con llamaradas de fuego azul. Los humanos no tuvieron opción más que esconderse en pequeñas cuevas y en la linde del bosque del Altheryn.

El dragón azul comenzó a volar en círculos, buscando más insectos con espadas, lo suficientemente osados para adentrarse en su nación. Sus alas batían con silencio y su sombra se confundía con la oscuridad del eclipse. «Los humanos no son bienvenidos en la tierra de Zarakhël el Grande».

Un nuevo contingente de la Suprema Alianza se colocó detrás de una colina pegada a las montañas, protegidos por las flechas de Lârven y resguardados por millones de escudos.

El dragón azul los encontró y rugió. En seguida, cientos de dragones salieron de las más altas cuevas y senderos del Narthorien. Tan grandes que sus alas tocaban la tierra y las estrellas. Sus escamas eran tan duras como la obsidiana, y su fuego envolvente, como solo podía ser el fuego dracónico.

Un nuevo dragón, rojo como la sangre, arribó desde el sur. Desde el gran Castillo de Vaeryndar. Montado sobre él iba el último Rey Elfo: Elandhor Velmyrion, empuñando una espada roja con estrellas azules.

El ejército de Zarakhël comenzó su ataque y borró el este de Altheryn en una lluvia ardiente multicolor. El fuego quemó los cuerpos humanos y ni las armaduras más resistentes pudieron detener el fuego dracónico de Elarion’Dor.

Fueron cinco millones de soldados de la Suprema Alianza, los que invadieron Durhen, y fue la mitad de la alianza la que peleó en la Ruptura de Vaelyrion . Solo doscientas almas sobrevivieron… y vencieron.

Los dragones se dispersaron por el cielo y volvieron a atacar.

Las flechas de Lârven volaban y hacían caer a los grandes animales.

«No se van. Su amo sigue vivo», pensó Vaelrik, apodado el Silente.

Se agachó y sobre el escorpión cargó una nueva flecha de Lârven.

Paseó la mirada y escuchó otro grito profundo y estremecedor. Reconoció al dragón azul y disparó.

—Que el odio humano permanezca en su sangre —dijo tras lanzar la flecha—. Que sus escamas se congelen y que nadie recuerde su nombre.

La flecha se envolvió en fuego morado y se clavó en el corazón del dragón, que cayó congelado sobre el blanco suelo del Narthorien.

Surghen se despertó agitado. Se levantó y salió directamente de la tienda. La mañana ya estaba avanzada, pero el ambiente se sentía diferente. Todos lo miraban desde lejos con miedo. Solamente sus tres compañeros se acercaron a él con un poco más de confianza.

Torric le había llevado una hogaza de pan. Para esa hora la cocina ya estaba cerrada, por lo que aquello fue lo único que Surghen desayunó.

Kael y Miraen se mantuvieron alejados, con un sutil temor hacia el muchacho. Aun así, se mostraron pasivos y cercanos cuando Surghen se sentó en el pasto y comenzó a comer junto con Torric.

—¿Qué sucede? —preguntó Surghen.

—Todos están molestos, sobre todo los que nos emboscaron —respondió Torric—. Dicen que el Consejo deliberó tu futuro. He escuchado que te graduarás con esta generación.

—Eso es hoy, ¿no?

—Sí. Pero la mayoría están celosos de que hayas sido el mejor de la escuadra.

—¿Y a mí qué? —preguntó retóricamente—. Ellos fueron los novatos. La comandante Lethira dio indicaciones claras sobre la prueba.