Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #4
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CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #4

Lethira, Caerlan y Maerdrik observaban con detenimiento toda la escena. Estaban asombrados por la magistral destreza de Surghen. Lethira, un poco asustada, había llevado inconscientemente la mano a la empuñadura de su espada.

Nírmen lo miró con odio en los ojos. No supo qué hacer y no pensó.

Ejecutó una técnica equivocada. «Es infantil hacer eso.

Qué tonto», pensó Lethira observando la escena.

El muchacho dejó su cuerpo al descubierto y el escudo abierto al lanzar el golpe.

Surghen lo bloqueó con facilidad, deslizó la espada por un costado y cortó en un segundo el flanco de Nírmen.

Éste no tuvo tiempo de reaccionar. La espada, aunque roma, cortó la carne del muchacho por la sola potencia del golpe. Surghen solamente parpadeó.

Los tres ancianos, sorprendidos, salieron corriendo hacia el lugar del combate. Nírmen cayó al suelo, puso las manos en el costado y trató de cubrir la hemorragia. No fue un corte profundo. «Qué exagerado —pensó Surghen con desdén—. Solo fue un rasguño».

Los generales llegaron. Maerdrik y Caerlan se abalanzaron contra Surghen, lo tiraron al suelo y le retiraron la espada bruscamente. Le amarraron las muñecas a la espalda.

Lethira, por su parte, colocó una tela blanca sobre el torso de Nírmen y lo vendó con rudeza. El muchacho chillaba de dolor.

Por primera vez en más de un lustro, Edric dejó de escribir. El miedo paralizó al escriba y sus sospechas se hicieron más fuertes que nunca.

Los dos generales se llevaron a Surghen a la Cámara Gris, la prisión local del bastión.

«Edric tenía razón…», pensó Caerlan con amargura.

La celda era un cuarto de piedra cerrado y carente del ruido externo, iluminado por cuatro antorchas en los costados y con una silla de piedra en el centro.

Los generales sentaron al muchacho y le aseguraron los pies y las manos.

Lethira y Edric llegaron un poco más tarde. El escriba se posicionó detrás de Surghen y comenzó a registrar todo el interrogatorio.

—¿Sabes lo que hiciste? —preguntó la comandante. Tenía los brazos cruzados y las manos ligeramente manchadas de sangre.

—Cubrí un golpe —respondió Surghen, desinteresado.

—¿Sabes qué será de tu compañero? —preguntó Caerlan.

—No, pero estoy seguro de que no morirá.

—¿Eres un infiltrado de Drakareth? —preguntó Edric.

—¡Edric, cierra la boca y ocúpate en escribir! —lo reprendió Caerlan.

—Nírmen fue llevado a la enfermería, no fue un corte profundo —dijo Maerdrik—. Pero ¿cómo hiciste ese corte? La espada no tenía filo.

—Él atacó mal. Yo hice un movimiento natural.

—¡Las espadas no tenían filo! —le espetó Maerdrik.

—No sé por qué cortó —se excusó Surghen—. Yo hice un movimiento natural. Fue él quien atacó mal.

—Antes de que la prueba empezara, ¿afilaste la espada? —volvió a preguntar Caerlan.

—No.

Caerlan no creyó del todo su historia. Mandó a sus sirvientes a llamar a los compañeros de Surghen: quería comprobar que su versión concordaba con la del muchacho. También ordenó traer un tronco de madera y la espada de Surghen.

En pocos minutos regresaron con los tres compañeros, arrastrando el madero.

—Respondan esto —les dijo Caerlan—. ¿El muchacho afiló su espada antes de la prueba?

—No —respondió Miraen.

—¡Cualquier acto de complicidad también será castigado! —chilló Lethira—. ¿La afiló, sí o no?

—No.

—Quedarán confinados por complicidad en un crimen —reprendió Lethira.

Tres soldados entraron, sujetaron a los muchachos, les amarraron las muñecas a la espalda y los arrastraron violentamente hasta otra celda.

Caerlan tomó la espada de Surghen, la sacó de la vaina y la observó. Miró su reflejo, el brillo de la hoja y la oscuridad de la empuñadura. Caminó alrededor de Surghen y volvió a envainarla.

—Surghen. Surghen es tu nombre, ¿no? ¿Por qué estás aquí? —preguntó.

—Porque mi espada hirió a un compañero —respondió dubitativo. «¿Por qué soy el responsable del error de ese tarado?», se dijo en su mente.

—No es solo por eso. Desde el primer día que llegaste mostraste una experiencia inigualable —se acercó al muchacho—. ¿De dónde salió esa experiencia?

—No sé a qué se refiere —contestó Surghen, confundido. No sabía, no recordaba. Un sudor frío recorrió su frente, acompañado de visiones dolorosas de grandes batallas que atravesaron su mente.

Estaba en una cueva cuya boca daba vista al mar.

Una lluvia torrencial azotaba con furia todo el sur del continente.

Un rugido, o eso pareció, sonó desde el fondo de la cueva: un sonido gutural estremecedor que le hizo vibrar todos los huesos.

Los penetrantes ojos de un dragón gris aparecieron en la abrupta oscuridad y lo juzgaron.

Surghen se quedó con los ojos cerrados, pero ya había regresado a la Cámara Gris.

—Mostraste una pericia, un cuidado y una habilidad como ninguna otra —aclaró Maerdrik—. Pero tu expediente y la información que Lord Aerymar nos proporcionó dicen que nunca has estado en batalla. ¿De dónde salió esa experiencia?

Surghen no contestó. Su rostro mostraba pavor. Volvió a tener otra visión, todavía más dolorosa.

Una joven, no mayor de veinte años, era asesinada por su prometido la noche de su boda. Surghen no conocía a esa mujer, pero por alguna razón le dolió su muerte. Sin pensarlo, lleno de rabia, desenvainó una espada negra con vetas doradas y acabó con aquel hombre iskandarí.

—Váyanse de aquí —ordenó Caerlan.

Todos, incluyendo Lethira y Maerdrik, salieron de la celda y cerraron la puerta detrás de ellos.

Caerlan desenvainó la espada, la apuntó hacia el tronco y tiró un tajo, exactamente el mismo golpe que había ejecutado Surghen en la prueba. No pasó nada: la espada no cortó.

Durante los siguientes minutos golpeó el tronco queriendo hacer un corte, mas no lo consiguió. Efectivamente, la espada no tenía filo.

El general decidió soltar a Surghen para que hiciera el mismo ejercicio, pero el resultado fue idéntico. El general estaba confundido y profundamente asombrado. «¿Qué sucedió allá afuera?», pensó Caerlan. Volvió a sentar a Surghen.

—¿Quién eres? —le preguntó al muchacho.

—¿Qué?

—Te lo preguntaré de nuevo —dijo con voz imperiosa—. ¿Quién eres?

—No entiendo la pregunta, mi señor.

—No viniste aquí a entrenar, muchacho. Tal parece que viniste a recordar.