Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #3
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CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #3

—Eso es cierto —Dame Thyssara Veylar apoyó a Lethira—. ¿De dónde sacó tanta experiencia este chico? Según su expediente, es un granjero con amnesia, que sufre dolores al recordar algo de guerra o milicia.

—El examen final de su escuadra será en la luna llena. Su grupo deberá manejar una emboscada. Les daremos armas reales sin filo, será al primer contacto. Quienes sobrevivan se graduarán —estableció Caerlan.

Todos estuvieron de acuerdo.

El Consejo estaba en una encrucijada. La mayoría se sentía impotente ante el talento de Surghen.

Nunca se reunían por asuntos insignificantes, pero con él era diferente.

Era simplemente perfecto: un soldado ejemplar que no cometía errores, no buscaba la fama y tampoco hablaba.

Solo hacía lo que le pedían, y lo hacía demasiado bien.

Misterioso, nunca mostraba emoción ni era tocado en combate.

Muchos soldados, novatos o veteranos, incluso dentro del Consejo, lo denominaban la reencarnación de Vaelrik el Silente.

Surghen era un prodigio. Nunca reclamaba nada; hacía lo que se le ordenaba, se anticipaba a los acontecimientos en las pruebas, y en los exámenes conjuntos él y su pequeño grupo salían, la mayoría de las veces, ilesos.

Caerlan lo observaba todo desde el balcón de la sede. La prueba consistía en subir un muro de cuatro yardas y disparar a dos frutos diminutos colocados a cien yardas del borde.

El muchacho emprendió la carrera. En tres saltos logró subir al muro, desenvainó el arco con una velocidad aterradora y disparó dos flechas, precisas y veloces, que se incrustaron en el corazón de los frutos en una perfecta sucesión.

Edrion Falek, encargado de valorar la prueba, se mostró necio, atemorizado por el discrepante rostro tranquilo de Surghen. Quiso demostrar alguna ineficiencia en el muchacho, pero no pudo. Tampoco celebró su destreza.

«Así que esto era lo que Edric temía —se dijo Caerlan sin apartar la mirada de la prueba—. Ciertamente da miedo. No es un recluta voluntario; es una estupidez pensar que lo sea».

El muchacho salió de su carpa en una mañana fría del séptimo mes del año, día de la última prueba de su entrenamiento.

Se sentía extraño. Al salir, paseó la mirada por los alrededores: todos lo observaban con temor.

Aquellos soldados que antes lo miraban con admiración habían desaparecido.

A Surghen no le importó. «¿Qué estoy haciendo aquí?

», pensó. Por un instante quiso regresar a su casa.

Comenzó a caminar, como siempre, con apatía, sin prestar atención a las tiendas y edificios por los que pasaba. Sus pasos se escuchaban amortiguados; el pasto y las hojas crujían bajo sus pisadas. Pateó una roca. Siguió cabizbajo hasta que, de repente, llegó a la plaza central.

Era una plaza amplia, el mismo lugar donde el general Maerdrik los había recibido hacía tres años.

Lethira y Maerdrik aguardaban a los veinte estudiantes.

Les entregaron una caja que contenía una armadura convencional, una espada de acero templado sin filo, un escudo de madera reforzado con hierro en los bordes y una pequeña bolsa con explosivos inofensivos.

—Vayan a cambiarse —ordenó Lethira—. Los esperaremos en el bosque.

Surghen se dio media vuelta y caminó lentamente, mirando al frente sin emociones. Cargó la armadura sobre sus hombros y continuó. Nírmen se adelantó con malicia y lo increpó unas yardas más adelante.

—Surghen, ¿quién eres? ¿Por qué te gusta burlarte de nosotros? —preguntó con ironía.

—No me burlo —respondió con frialdad—. Solo me doy cuenta de que esto es muy fácil. Uno no necesita ni esforzarse.

—Imbécil, si sabes hablar, ¿por qué no hablas en batalla? —rugió con cólera—. Escuché que la siguiente prueba es un Anillo del Olvido . Te cortaré la cabeza si te encuentro.

Surghen siguió caminando. No respondió. Lo miró, parpadeó y sonrió. Nunca sonreía, nunca se entristecía. «Hijo de perra, habla, no solo sonrías como estúpido», pensó Nírmen. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero no lo demostró. Se dio la vuelta y se fue a su carpa, con el rostro rojo de rabia.

Al llegar, abrió la caja y sacó las herramientas.

Además de la armadura, venía una cota de malla, un cinturón de cuero y una pequeña daga.

La coraza era lisa y vacía, sin bordados; el cinturón, simple, con una argolla para la espada y otra más pequeña para el puñal.

La espada era plana, con guarda rectangular, empuñadura de cuero y un pomo sin extravagancias.

Encima del jubón verde que llevaba aquel día se puso la cota de malla y se cubrió con la capucha metálica; sobre ésta colgó la coraza. Ajustó las placas de los pantalones, una por una; se enguantó las manos, colgó el escudo en la espalda y metió la espada en el cinturón.

Cuando salió de su tienda, ya lo esperaban Kael Aredan, Miraen Velisar y Torric Halwen, sus tres compañeros y seguidores.

Hicieron contacto visual y los chicos bajaron la mirada, sometidos.

Caminaron en silencio, de manera tranquila.

Torric estaba nervioso, Kael emocionado, y Surghen y Miraen se mostraban totalmente indiferentes.

De regreso en el bosque, arribaron a su linde: un delgado sendero de tierra y roca que conducía hasta un claro Surghen lo comprendió entonces: «Este bosque es extraño —sospechó—.

Los árboles están demasiado juntos. Pueden esconder a cualquiera».

El sendero seguía más allá del bosque, desembocando en edificios y carpas.

Ahí los esperaba la comandante Lethira, vestida con mangas y pantalones metálicos blancos, y en el torso una tela amarilla con el ciervo rojo de la familia Vaelwyn bordado.

—El examen es el siguiente —dijo con las manos atrás—. Será sobrevivencia de ustedes cuatro al primer contacto. Quienes no lo logren, no se graduarán.

—¿Seremos solo nosotros cuatro? —preguntó Torric—. ¿Qué hay de las demás escuadras?

—Su destreza y habilidad me han demostrado que son capaces en batalla y fuertes para trabajar en conjunto —respondió Lethira, mirando a Surghen—. Los que no sobrevivan regresarán aquí. Los que sí, llegarán con Maerdrik al otro lado del bosque.

Los muchachos entraron al bosque.

—¿Nos pelearemos entre nosotros? —insistió Torric.

—No —contestó Surghen, sin apartar los ojos del bosque—. Es una emboscada.

Se juntaron en formación: un recuadro, escudos al frente y espadas sobresaliendo. Y comenzaron a caminar hacia el interior de los árboles.

La primera explosión resonó a lo lejos. Surghen se puso alerta. Siguieron caminando en silencio. Los crujidos de la hojarasca parecían demasiado altos, pero no ocurría nada. El bosque estaba en calma. Nadie bajó la guardia.

La segunda explosión estalló en el centro de la formación y los desacomodó.

Torric se sobresaltó y perdió estabilidad.

De entre los arbustos y las copas de los árboles emergieron las escuadras enemigas.

Uno se lanzó sobre Torric y le dirigió un golpe directo a la cabeza.

El muchacho se cubrió con el escudo, rodó por el suelo y lanzó un explosivo que detonó lejos.

Quedó en mala posición y otro soldado le asestó un golpe en la pechera. Torric quedó eliminado.

Sortrin y Nírmen avanzaron contra Surghen y Miraen. Nírmen lo miraba con desprecio, buscando incesante un punto débil.

Sortrin, en cambio, atacó con agresividad a Miraen.

Ella se separó de Surghen y bloqueó las estocadas con destreza.

Miraen era joven, ágil, de piel clara y cabello negro, rostro afilado y mirada firme.

El orgullo de Sortrin hervía al no lograr conectar un solo golpe.

Miraen se movía con una elegancia inédita: saltaba, rodaba y esquivaba con sutileza, cubriendo cada ataque con la espada o el escudo.

Nírmen atacó. Soltó una fuerte estocada hacia el estómago de Surghen. Éste la bloqueó, se movió hacia su espalda, intentó inmovilizarlo y lanzó el golpe. Rápidamente Nírmen lo esquivó y empujó al muchacho para crear distancia. Surghen se limitó a no decir nada.

Tres soldados más se lanzaron contra Kael.

Éste se defendió lo mejor que pudo: lanzó explosivos, detuvo golpes con el escudo y desvió ataques con la espada.

Rodó por el suelo, se alejó un poco de sus contrarios y volvió a atacar.

Una falla en la comunicación entre ellos le facilitó las cosas y acabó con dos en rápidos combates.

El último, Thessen, bloqueó sus golpes. En una estocada que Kael lanzó, Thessen la esquivó y le inmovilizó el brazo; con un giro brusco le dislocó el codo y aprovechó para azotarle un golpe en la espalda baja. Kael terminó eliminado.

Los ancianos vieron aquella acción con un profundo enojo y decepción.

Nírmen seguía intentando golpear a Surghen, que, en vez de atacar, se limitaba a bloquear y retroceder hacia el bosque.

Por su parte, dos más se acoplaron con Sortrin y envolvieron a Miraen en un hostil baile de metales. Aprovecharon un error en su defensa y la acribillaron a golpes. Surghen se quedó solo.

Retrocedió tres yardas, respiró hondo, calmó su mente y sonrió con picardía. Se lanzó contra la primera enemiga y tiró dos golpes veloces y fuertes, haciéndola soltar la espada; en el tercero, golpeó la coraza con tal fuerza que la dejó abollada.

Mientras Surghen llevaba a cabo ese ataque, Thessen se acercó por detrás y le lanzó un machetazo al cuello. Nadie, ni siquiera los superiores, supo qué hizo Surghen. Con reflejos sobrehumanos bloqueó con el escudo, agarró su brazo, lo tiró al suelo y le asestó un golpe en el abdomen. Eliminándolo.

Por un breve momento, Surghen se vio a sí mismo en las afueras de la Puerta del Amanecer, en Port Velyr. Tenía una espada negra y su armadura, también negra y reluciente. Cuando levantó el escudo, un rostro desfigurado apareció sobre él. Se levantó sobresaltado.

Sortrin, junto con otro, asaltó a Surghen. Éste se cubrió eficazmente con el escudo y saltó hacia el frente. Esquivando una doble estocada de sus contrarios, los fulminó a ambos.