Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #2
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CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO #2

La noche finalmente cedió, dando paso al sol abrasador.

El escriba se marchó y Surghen se quedó unos momentos observando la tienda.

Era un espacio pequeño, con un grueso poste y un tapete de lana que cubría el adoquín polvoriento.

Había una cama en una esquina, un perchero vacío en otra y una pequeña estantería cercana a los cortinajes de la puerta.

El muchacho acomodó sus cosas, dejó la espada y el arco cerca de la cama y se sumió en un sueño profundo.

En su sueño vio a un niño, no mayor de doce años.

Había un gran balcón de piedra con un pórtico grueso, desde donde se alcanzaba a ver una ciudad cercana y el Mar de Elarion en el horizonte.

La gente de la Ciudad de Oro se congregaba con alegría tras los luctuosos días de la muerte del Rey.

Naeryn estaba sentada, envejecida por los años y triste porque su hijo había sido condenado a continuar con el legado genocida de su padre —o al menos, eso le había dicho la comandante Neryss Alvareth—.

Las lágrimas seguían cayendo de sus ojos, recordando con dolor al que alguna vez fue considerado el mayor prodigio de la Legión de Aelwîn.

La Reina vestía un camisón rojo y una túnica dorada.

En su mano izquierda sostenía un cetro de plata con un pomo de sangrezafiro.

En su regazo descansaba la coraza de su difunto esposo: prodigiosa, tenebrosa y oscura.

El dragón encadenado, bordado en amatista, daba un tenue color a lo poco que quedaba de la vida de Surghen en su recuerdo.

El joven príncipe Tharion, de cabello castaño y piel naturalmente bronceada, mostraba el mismo rostro inmutable de su padre. Vestía una túnica de lana negra con el blasón en rubí, una capa roja con bordes dorados y un estandarte tejido en brocado cian.

Subía lentamente las escaleras hacia el balcón, acompañado por el comandante supremo Lorem Valtrakar. Las piernas le temblaban y sus manos tiritaban por los nervios.

—Tranquilo, mi joven señor —le dijo Lorem—. Esta gente está aquí por usted, feliz de que ahora sea nuestro rey.

—De acuerdo, Lorem —titubeó el niño, con la mente distraída.

Llegaron hasta el balcón. Naeryn se levantó, dejó la coraza en la silla y se secó las lágrimas. Veía a su hijo, con orgullo y tristeza, convertirse en rey. «Desearía que Nelysia estuviera aquí», pensó, recordando la lejanía con Iskandarûn.

Los vítores de la multitud inundaron la Ciudad de Oro. Las piernas de Tharion no se mantenían firmes; solo Naeryn saludaba a la gozosa multitud.

Vekhar Sul’Zareth caminó desde un costado, con las manos entrecruzadas sobre el pecho y la cabeza gacha.

Vestía dos túnicas, una amarilla y otra azul.

Un sombrero de doble punta, de tela negra con un único bordado de una flama invertida, le cubría el rostro con dos telas gruesas de piel.

En cuanto estuvo frente a la multitud, levantó las manos y toda la ciudad se enmudeció.

Los grandes tambores de la corte del rey comenzaron a sonar, imponentes y atronadores, inaugurando lo que venía.

—Habitantes de la Nueva Drakareth, en nombre del Gran dios Vark, los saludo con alegría —dijo el patriarca—. Este imperio ha terminado su tiempo de agonía y oscuridad. Ha dado paso a una nueva era donde el sol y la luna reinarán y devolverán la gloria a nuestra Madre Patria.

Un fuerte pisotón, acompañado de un sonido gutural, resonó en todos lados. La dragona Thyrsta había caído en picada y se postró, ominosa, sobre el más alto techo del castillo. Extendió las alas y bajó la cabeza hasta ensombrecer las cercanías del recinto.

Un sirviente del patriarca, proveniente de la abadía, se acercó con una reverencia.

Llevaba en las manos un cojín rojo con pelillos de oro en los costados.

En el centro, el dragón encadenado estaba bordado en brocado negro.

Sobre él reposaba una corona de oro con doce puntas perimetrales y doce gemas: seis rubíes, seis topacios y una piedra de sangrezafiro en el centro.

Una cruz se alzaba desde el corazón de la corona, con tres barras transversales.

Tharion se hincó y agachó la cabeza.

—Synaeth auriö Vark, o fed aurneriü ma ethînä syn-e aendanaen kin phanorë syn-e Tharion ilúreth e vunër re enairü vyn-e voräaen —dijo el patriarca elevando la corona al cielo.

Tharion cerró los ojos, respirando profundamente y tratando de no aparentar nervioso.

—¡Que viva el Señor de la Nueva Drakareth, emperador de Velmyria y amo del Mar de Lysarneth: Tharion Dürhavel! —exclamó, coronando al niño.

Naeryn le extendió la mano a su hijo. Éste la tomó y se levantó. La multitud explotó en ovaciones y aplausos.

Surghen abrió los ojos, encandilado por un rayo de luz que penetraba la abertura de su tienda. Otro cadete, de nombre Nírmen, estaba afuera, esperándolo. El muchacho se estiró, tomó sus cosas y salió.

Los dos caminaron en silencio, sin dirigirse la mirada.

Cada uno contemplaba lo suyo: el canto de las aves, los martilleos de las herrerías, los golpes secos de las espadas.

Un fuerte aroma a clavo, miel y sal impregnó a Surghen al atravesar las cocinas.

El día era claro, sin apenas nubes en el cielo.

Tras unos minutos, llegaron a una zona abierta rodeada por un pequeño bosque.

Allí, un grupo de veinte cadetes rodeaba al general Maerdrik Halvenor.

Vestía un jubón rojo sobre la cota de malla; los brazos y piernas cubiertos en metal, una argolla de cuero colgando de su cintura, donde reposaba la espada, y una pequeña vaina vertical con una daga.

—Empezaremos evaluando sus habilidades en combate —anunció Maerdrik. —Tú —señaló a Surghen—, pasa al frente.

El muchacho parpadeó. No hizo gesto alguno, pero obedeció. El general también llamó a otro, Sortrin Veldran, quien pasó al frente.

Edric, en la lejanía, observaba todo. Sus sospechas seguían vivas, y su pluma estaba lista para registrar el encuentro.

—Será a primer contacto —añadió Maerdrik.

Sortrin desenvainó la espada con una ligera sonrisa, mirando despectivamente a Surghen. Éste no se inmutó; lo observó fijo, pero mantuvo la espada en la funda.

Se escucharon algunas risitas hasta que Maerdrik dio la señal de combate.

Sortrin corrió de frente contra Surghen y lanzó una estocada directa al pecho.

Surghen, con una velocidad y experiencia inverosímiles, desenvainó la espada y detuvo el ataque con un primer golpe; en el segundo desestabilizó a su contrario y en el tercero le asestó un duro golpe en el hígado.

Sortrin cayó al suelo, llevándose las manos al costado mientras soltaba un grito ahogado.

—¡Se acabó! —anunció el general, avanzando al frente—. ¡Tú! —señaló a Nírmen—, pasa al frente.

Surghen permaneció inmutable, dándole la espalda a Nírmen.

«Hijo de perra, se está burlando de mí», pensó el muchacho.

Salió corriendo a toda velocidad y lanzó un golpe vertical hacia la cabeza.

Surghen reaccionó con elegancia: se giró, bloqueó el ataque e inmediatamente tiró una estocada hacia la pierna.

Nírmen la detuvo, empujó la espada de su contrario y lanzó una fuerte estocada al pecho.

Surghen se movió hacia un costado, agarró la muñeca de Nírmen y le puso la espada en el cuello.

Con una singular vuelta lo derribó desde las piernas.

En Surghen no se mostraban signos de cansancio ni agotamiento. No hizo ninguna expresión; solo se limitó a parpadear.

Los rumores corrieron como la pólvora: el Recluta Voluntario, como lo habían bautizado, era muy prometedor. Surghen mostró una calidad inigualable en sus combates y terminó dominando todas las pruebas a las que fue sometido.

Al finalizar la semana, Edric caminó hasta la sede del bastión. Entró y se encontró con el general Caerlan, quien estaba detrás de una mesa circular, tomando una copa de vino y leyendo una carta del Señor de Merindar, su yerno.

—¿Qué sucede, Edric? —preguntó el general, levantando la mirada.

—Tengo sospechas. El joven que trajeron la semana pasada, el recluta voluntario.

Es sumamente talentoso: dominó las pruebas del arco, de supervivencia y de combate.

Muestra una singular elegancia al luchar y en su rostro solo se ve una expresión fría y desinteresada.

¿Y si es un infiltrado de Drakareth? Su estilo de combate me parece demasiado similar.

—Ya hablamos de esto —dijo el general con una pequeña risa. —Leí su expediente y estudié su pasado. No hay nada raro. Vivía con sus padres, era granjero y por lo que sé no tiene ninguna especie de antecedente criminal. Pero está bien, estudiaré de cerca al muchacho.

***

Habían pasado tres años. Durante ese tiempo, Surghen se hizo famoso entre los cadetes y los superiores del ejército. La mayoría de los novatos, tanto veteranos como recién llegados, le tenían miedo; solo unos pocos lo seguían por admiración.

En las pruebas se mostró más cercano a sus compañeros, pero en los exámenes individuales era cauteloso, eficiente y letal.

Poseía una resistencia excepcional, una puntería con el arco inigualable y una fuerza hipnótica.

La comandante Lethira Vaelwyn se mostraba impresionada con su desempeño: durante muchas noches estudiaba los movimientos del muchacho y durante los días observaba atentamente sus pruebas.

Edric, por su parte, se volvió más paranoico respecto a Surghen. Amedrentado por sus constantes solicitudes, el general Caerlan tuvo que reunir al Consejo y pedir opiniones.

—Es impresionante —dijo el capitán Rhendor Sulvar—. Nunca había visto nada similar en un muchacho.

—Ese es justamente el problema. No es natural —comentó la comandante Lethira—. No lo podemos tener en la Legión. Opino que lo expulsemos.

—¿Por qué lo expulsarías? —replicó el capitán Edrion Falek—. Es un talento generacional, y tú, mejor que nadie, lo has visto. Es cauteloso, eficiente y obediente. Es el soldado perfecto.