CAPÍTULO 2. EL ACERO OLVIDA EL MIEDO
Caminó por las oscuras calzadas. El viento ya no soplaba, y no había gente en las calles.
El único sonido que se escuchaba en la ciudad era el de las fundidoras.
Antes de seguir su camino hacia el castillo, Surghen se detuvo frente a una casa grande, en el sector de la baja nobleza.
Estaba construida con piedra de Thyr, tenía una puerta de roble, algunas quimeras en forma de héroes antiguos y bastantes enredaderas cayendo por los pilares jónicos.
En la base había dos pequeñas fuentes que resguardaban un pórtico ancho, con un techo abovedado sostenido por dos postes de madera pálida.
Delante de las fuentes ondeaban dos estandartes que mostraban el cisne negro de la familia Elvaris.
Surghen entró en el pórtico y golpeó la puerta con fuerza.
Naeryn abrió temerosa la puerta. Tenía miedo de que su padre los viera, pues no consentía la relación.
—Surghen, ¿qué haces aquí? No puedes estar aquí. Sabes que no le agradas a mi padre —la chica se preocupó aún más, mirando constantemente hacia atrás.
Naeryn era la hija de un noble de baja alcurnia, local de Aelwîn. Tres años menor que Surghen, era de estatura alta, tez morena clara, cabello negro y lacio, y ojos penetrantes y vivos. Vestía un camisón amarillo con flores verdes y azuladas.
—Vine a visitarte —dijo con la misma apatía—. Te quería avisar que me uniré a la Legión.
—¿Qué hay de tus dolores de cabeza? ¿No eran esos los que te afectaban?
—Si te soy sincero, nunca supe, pero estoy seguro de que no volverá a pasar —se le dibujó una sonrisa—. Estoy seguro de que, mientras esté en el bastión, no me van a afectar.
—Vaya —dijo algo sorprendida—. ¿Por qué viniste hasta acá? Me pudiste haber dejado un papel, como siempre lo habías hecho. Sabes lo que mi padre piensa de ti.
—Para gusto suyo, no me volverá a ver en un buen tiempo. No saldré del Castillo de Thyr.
Naeryn abrazó al muchacho, visiblemente preocupada. Comenzó a hacerse a la idea de que, durante los siguientes tres años, no lo volvería a ver.
El muchacho siguió su camino y se alejó hacia la oscuridad.
Naeryn se quedó un momento fuera, observándolo desaparecer.
La hojarasca del sendero crujía con cada paso que daba; los campanarios de las fundidoras, sus martilleos y sus fraguas lo acompañaban con un cántico metálico.
La oscuridad dominaba: las nubes habían bloqueado la luz de las estrellas.
Los comercios, casas y demás edificios estaban totalmente cerrados.
Lo único que el muchacho encontró abierto fueron algunos burdeles y cantinas.
Esa noche era especialmente negra. Las farolas eran las únicas que iluminaban las calzadas.
En ese trayecto, Surghen volvió a ensimismarse en sus pensamientos.
Conforme continuaba caminando, la muralla del Castillo de Thyr se hacía cada vez más grande.
Imponente. Con grandes torreones y almenas por las que circulaban dos cohortes de soldados.
Para cuando Surghen llegó a la base del castillo, la puerta se alzaba cuatro yardas sobre él, y los muros se levantaban hacia el cielo, alcanzando las veinte yardas.
La piedra de Thyr, con la que se había construido el muro, seguía brillando con un tenue fulgor bajo la sombra de las nubes oscuras. Las leyendas decían que la piedra de Thyr era antigua, mágica y poderosa. No sucumbía ante temblores, inundaciones ni cualquier otra catástrofe.
«La piedra de Thyr es valiosa, solo la tienen aquí dentro… ¿entonces por qué Naeryn vive en una casa de ese estilo?». Se acercó todavía más a la puerta. Era de madera gruesa, grabada con el Yunque del Alba y barnizada en aceites resistentes a las lluvias veraniegas.
—¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu nombre? —preguntó el guardia mientras abría una pequeña escotilla en la puerta.
—Surghen, vengo al bastión del Silente, tengo entendido que la Legión está recibiendo personas esta noche.
—¿Recluta voluntario?
—Sí.
El guardia cerró aquella escotilla y, enseguida, las grandes puertas se abrieron con un crujido estridente.
Resultó ser más alto de lo que el muchacho había pensado: medía cerca de seis pies de altura y era más robusto de lo que aparentaba.
El casco le cubría el rostro con una placa que servía de visor.
—Sígueme entonces.
El soldado lo guio por todo el castillo.
El interior de esos muros era el hogar de la alta nobleza y de la corte de la Casa Thalanor.
Había infinidad de faroles y antorchas; los comercios estaban comenzando a abrir luego de la explosión en las fundidoras, y la actividad convencional dentro del castillo se comenzaba a reestablecer: los bardos y juglares se mantenían en las esquinas cantando y bailando, mientras las personas se iban congregando a su alrededor.
La gran mayoría de señores que caminaban por ahí vestían jubones, camisones, túnicas y pieles de alto valor, la mayoría importadas desde Osthelar o Tharwen.
Tenían cinturones cubiertos de joyas; algunos portaban coronillas de oro, otros, pulseras de plata y otros aretes de jade.
Surghen tenía la mente abrumada. Se sentía fuera de lugar, observado. Percibía las miradas despectivas de la sociedad, calando en sus huesos, mientras una pregunta lo asaltaba: «¿Qué hace un soldado de la capital en esta ciudad?»
—¿Qué hace un soldado de la capital en este lado del país? —preguntó.
—Lord Aerymar llegará a los sesenta veranos. Su Majestad me puso a cargo de la seguridad en estos muros.
—Creí que los capitalinos vendrían junto a la caravana del Rey.
—Su Alteza tiene a la Guardia del Alba —respondió con brusquedad.
Surghen se sorprendió con el tono en que el soldado le había contestado. No continuó la conversación. Se dedicó a observar las calles, los hogares, comercios y edificios de la Plaza del Metal. Todo, o su gran mayoría, construido con piedra de Thyr.
Las vastas decoraciones de gárgolas y quimeras eran especialmente llamativas; soltaban agua que se teñía con los colores vivos de las farolas y las lámparas. Por primera vez en más de un lustro, Surghen no escuchó el sonido de las fundidoras.
El guardia dobló en una esquina y llegaron a otro lugar, apartado y amurallado.
Tenía algunos detalles de madera, sobre todo en la base del muro y en la cima, y patrones llamativos en los cristales de las torres.
Los acabados filosos de las almenas se le hicieron extrañamente familiares al muchacho, pero no se inmutó. No parpadeó. No habló.
Las puertas del bastión se abrieron. Surghen se quedó anonadado con el ejército que aguardaba en ese lugar. Dentro había pequeños bosques, desiertos, calzadas, torres de mensajería y una vasta zona repleta de tiendas y edificios.
—Capitán Vaelor —saludó el general Caerlan Vëthar.
El general era miembro del Consejo de los Cinco: un famoso consejo de cinco superiores, a cargo de la Legión de la ciudad.
Era un hombre de hombros anchos, alto y robusto.
Tenía la piel de las manos curtida y marcada por varias cicatrices.
Se le notaba la vejez: el cabello canoso y desaliñado lo delataba; su barba, por otra parte, estaba perfectamente conservada y arreglada.
—General —el guardia hizo una reverencia—. Este muchacho quiere entrar a la Legión. Es un recluta voluntario.
—¡Excelente! Sangre nueva. Que el Sol Eterno y su Yunque te den la bienvenida a la Legión, chico. —se volteó hacia atrás—. ¡Edric!
De entre las carpas de la derecha salió un hombre de treinta y tantos años, de estatura promedio, delgado y con la piel oscura. Tenía el cabello castaño oscuro y una voz grave y directa. Llevaba consigo un pequeño libro de hojas blancas y una pluma con tinta a medio secarse.
—Dígame señor —dijo Edric.
—Anótalo —señaló a Surghen—, primera cohorte, tercera escuadra. Marca su expediente y llévalo con el resto de los cadetes.
—¿La marca roja, general?
—No —le dijo, y se volvió hacia Surghen—. Chico, recuérdame tu nombre
—Surghen —respondió antes de seguir a Edric.
Caminaron unos minutos alrededor de una infinidad de carpas y edificios hasta llegar a uno especialmente grande, en el centro del bastión. Estaba construido exclusivamente con piedra de Thyr, decorado con otros tipos de piedra y ladrillos, y algunos detalles minúsculos de madera.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Edric.
—Surghen.
—¿Surghen qué?
—Solo eso, Surghen.
El escriba terminó de hacer el registro del muchacho, tal como le había ordenado Caerlan.
Marcó el expediente con un sello de cera gris y lo enlistó en su respectiva cohorte.
Al terminar, caminaron hasta otro edificio a unas pocas yardas de distancia.
Edric salió de allí con dos mantas de lana, una espada de madera y un arco.
—Sígueme —le dijo al muchacho mientras se dirigía a la sección destinada a los recién llegados—. Es muy raro que recibamos soldados voluntarios. Dime, ¿Surghen, verdad? ¿Por qué quisiste entrar a la Legión?
—No lo sé, me llamó la atención —respondió con un tono desinteresado.
Tal vez el escriba lo supuso, sospechó o simplemente divagó.
Pero su mirada mostraba desconfianza y temor hacia Surghen.
Como si fuera un arrogante o un infiltrado.
Alguien que entró a la Legión de la ciudad para burlarse de los sabios, de los generales o del rey mismo.
«¿Será? No, no puede ser. El Comandante debería estar en la capital.
No. No puede ser él». Edric trató de no hacer juicios tan pronto.
Quería sacudirse las razones de su temor, pero seguían invadiendo su mente.
Al llegar a la tienda de Surghen, el escriba le entregó las cosas.
—Aquí vas a quedarte. Tienes todo para asentarte —dijo, tratando de disimular su preocupación.