Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1) CAPÍTULO 1. ECOS DEL HIERRO Y LA SANGRE #2
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CAPÍTULO 1. ECOS DEL HIERRO Y LA SANGRE #2

El hombre era peludo, fornido y bastante alto. Tenía una gruesa barba mal cuidada, las manos curtidas y usaba un parche en el ojo izquierdo. Contaba mil historias sobre cómo había perdido el ojo, y siempre las cambiaba.

—Vengo por dos libras de comida para caballo —dijo Surghen—. De preferencia que sea fresco.

—Claro. Acompáñame.

Condujo al muchacho hasta el espacio que se abría en el fondo del comercio. Había toneladas de comida para cada tipo de animal.

—Escucha, joven —añadió—. Si compras una peña de grano, te daré tus dos libras gratis.

—No gracias —dijo con sobriedad mientras tomaba el saco de comida—. No tengo espacio ni dinero para la peña.

—De acuerdo, de acuerdo —se rio—. Solamente serán las dos libras. Será una cobra de bronce.

Surghen le entregó el dinero ahí mismo y salió del comercio.

Cargaba el saco sobre su hombro. Caminaba lento, hundido en sus pensamientos.

Trataba de recordar el sueño que había tenido, intentando encontrarle sentido.

¿Qué haría él en una guerra? No sabía. Suponía que eran visiones carentes de sentido.

Cabizbajo, no volteó hacia ningún lado. Su mirada se mantuvo en el sendero empedrado y en la pequeña escarcha que ya comenzaba a derretirse, junto con el crujir de las hojas secas que caían constantemente.

El choque de los cascos lo despertó de su ensimismamiento.

Frente a él estaba uno de los guardias de la ciudad, vestido con una cota de malla y un chaleco cruzado de cuero cian.

Del caballo colgaba una espada. En el chaleco llevaba el blasón de Lord Aerymar: el Yunque del Alba.

Traía botas metálicas con espuelas doradas y una capa de piel. Le extendió a Surghen un pequeño papel.

—Órdenes de Lord Aerymar. El rey Edruval llegará a la ciudad. Solicita que todo varón mayor de edad se presente en la puerta oeste para recibirlo.

El pálpito de Surghen se aceleró. Sintió la amenaza de un nuevo dolor de cabeza, pero trató de no hacer ninguna mueca ante el soldado. Estiró la mano y aceptó la carta. El guardia espoleó al caballo y siguió su camino con un trote ligero.

El dolor de cabeza de Surghen aumentó y lo punzó con fuerza. Se llevó una mano a la cabeza y corrió hasta su casa. Al llegar, abrió la puerta abruptamente, dejó las dos libras en la mesa y subió a su cuarto, donde se desmayó.

Soñó con una sala totalmente iluminada. Grandes y extensos pilares dóricos sostenían un techo de piedra que conducía hacia un estrado con el trono.

Un asiento de basalto, con reposabrazos decorados en oro y reliquias de héroes en la cabecera, se mostraba imponente.

Tyrnium Valdyran se levantó y recibió al general Lorem, quien entraba en la sala.

Hizo una reverencia y el Emperador lo levantó.

—Su Alteza, no lo hemos encontrado en toda la Madre Patria. Envié cuervos a Selgor y Velgorad. No lo han visto —dijo el general con decepción.

—Ya lo imaginaba, pero él no está muerto.

Estoy seguro de que sobrevivió a la Quema de Vaelkar .

Si no lo encontraste, entonces los velmyrianos lo capturaron.

Uno de los espías en Vel’Anareth había informado que Maltherion pactó con Edruval e hicieron un cambio de prisioneros.

Por lo tanto, si no lo encontraste, es muy posible que el Comandante esté en alguna prisión de la capital fyrtana.

»Ya no emprenderemos contra Velmyria. En esa batalla perdimos fuerza naval. Tienen un bloqueo en el Lysarneth. Vete a Fyrtim, general, búscalo allá. Te daré unas cuantas cohortes. Si no lo encuentras, entonces ya lo podremos dar por muerto.

—Como diga, Su Majestad —contestó Lorem, confundido. «¿Cómo supone que me voy a colar hasta Eärvendil?», pensó, aunque no lo demostró.

Salió del castillo y cabalgó hasta el Bastión de Varkhadrûn: un enorme complejo militar, a las afueras de la ciudad, amurallado en madera.

En su interior se abría un infinito mar de tiendas y edificios.

Carpas grises, con astas en sus centros; estandartes de la Casa regente, blasones de familias nobles y otros símbolos menores decoraban el hogar de la legión de Kaer’Durnath.

Lorem no estuvo mucho tiempo ahí dentro.

Llamó a tres cohortes que ya estaban listas y les dio el aviso del Rey.

El general supremo vestía una armadura grisácea.

El dragón rúnico estaba bordado con amatista en la coraza, y el dragón bicéfalo se distinguía en una hombrera.

Se había anudado una capa tinta con bordes de auravioleta.

Llevaba colgado en el cinturón su mandoble Varkhûn: una espada grande, de hoja gruesa, empuñadura de cuero y pomo de rubí.

Los cuernos de guerra del Bastión resonaron con fuerza, y las puertas se abrieron para dejar salir al ejército. Lorem marchaba al frente de tres mil hombres, iniciando el avance hacia la capital fyrtana.

Surghen abrió los ojos. Jadeaba, sudaba y sentía un calor infernal. Lentamente se incorporó de la cama. A trompicones bajó las escaleras y se dirigió directo al pozo. Llenó la cubeta por completo y bebió el agua fría.

Con la mente aclarada, subió de nuevo a su cuarto. Se puso un jubón de lana natural, unos pantalones de cuero claro en tono ocre y unas botas de cuero forrado.

Salió y observó la noche. No había luna. Una nube de estrellas lo contemplaba en silencio. Entró de nuevo a su casa y buscó el cartel del día anterior. Abrió un pequeño cofre, junto a una estantería, y lo tomó.

Volvió a salir y se encaminó hacia el Castillo de Thyr. Ya lo había decidido. Se convertiría en soldado.