CAPÍTULO 1. ECOS DEL HIERRO Y LA SANGRE
Aelwîn, la mayor urbe del este de Fyrtim.
La Ciudad del Hierro. Surghen, de veinticinco años, sufría de amnesia: no recordaba nada de su pasado, solamente su vida desde los diecisiete, como un campesino fyrtano.
«Siempre es lo mismo, ir allá, ir acá. ¿Qué hay más afuera?
¿Qué hay en el bosque o en las otras ciudades?
». Anhelaba con fervor poder salir de los muros de la ciudad, recorrer el país.
Los martilleos de las fundidoras se escuchaban a lo lejos, acompañados por un imponente humo gris que se alzaba detrás del Castillo de Thyr, el palacio de la familia Thalanor.
Surghen siguió caminando con apatía hasta llegar a un lugar sofocante, oscuro y con aire denso.
El herrero del lugar salió del fondo, detrás de unos pesados cortinajes.
Al abrirlos, un aroma a fuego y metal lo envolvió.
—Buenos días —exclamó el herrero, cantando ligeramente—. Buenos días, mi querido Surghen.
—Hola —respondió el muchacho, sin emoción, sin perder la atención en la niebla negra que se congregaba en el techo—. Vengo por las herramientas de mi madre.
—Claro —dijo con alegría—. Las herramientas de Elena. Espérame un momento.
El herrero se regresó hacia la parte de atrás de la fragua y se metió entre los cortinajes.
Mientras esperaba, Surghen recorrió el lugar con la mirada.
Era gris y sin vida. El candelabro que lo iluminaba estaba apagado y oxidado.
Las velas consumidas estaban cubiertas de moho.
En la parte alta de las estanterías, llenas de armas y herramientas viejas, había una brillante espada con la vaina rosada.
El Sol Eterno del rey Thyrvalion estaba bordado en un brocado de oro.
La empuñadura era de cuero ennegrecido, algo gruesa, y el pomo estaba hecho de un zafiro pulido.
El hombre regresó con una pequeña alforja pesada. Silbaba con una sonrisa en el rostro y caminaba campante hacia el mostrador donde estaba Surghen.
—Aquí están las herramientas —dijo—. Será una cobra de bronce.
Surghen metió la mano a su bolsa, sacó el dinero y se lo entregó al herrero.
—Gracias por el trabajo, ¿en cuánto vende esa espada? —preguntó antes de marcharse.
—No, esa espada no se está vendiendo —respondió el herrero entre risas—. Simplemente es un encargo especial bajo resguardo. Nada importante.
Surghen se quedó pensativo.
—Nuevamente gracias por las herramientas —consiguió decir para despedirse.
La noche comenzaba a caer. El silencio en la ciudad se hizo absoluto, acompañado únicamente por los grillos, los relinchos de los caballos y los ladridos de los perros.
Surghen se había colgado la alforja al hombro y la sostenía con una mano.
Caminaba apaciguadamente, con la mirada perdida en el adoquín.
Un sonido abrupto lo increpó y lo hizo voltear hacia las fundidoras. Las aves volaban con prisa, huyendo del lugar. El humo negro de la explosión era inmenso y cubría la luz de la luna. Incluso se podían escuchar los gritos de desesperación de la gente que ahí trabajaba.
Varios grupos de civiles corrieron hacia el lugar de la explosión entre más gritos de ayuda, no obstante, Surghen no tuvo ninguna reacción ante aquella catástrofe.
Respiró profundamente y volteó hacia una pared.
El blasón de la familia Thalanor y el Sol Eterno del Rey estaban impresos sobre un pequeño papel que contenía una leyenda:
Únase al ejército, a partir de la luna nueva, la legión de Aelwîn recibirá nuevos reclutas .
Sintió un punzante dolor de cabeza y se mareó. Sintió que perdía el aire y cada vez más le costaba trabajo respirar. Se llevó instintivamente la mano hacia la cabeza y cerró los ojos con una mueca de dolor. Cuando la sensación pasó ligeramente, tomó el cartel y aceleró el paso hasta su casa.
—Madre, aquí están las herramientas —dijo al entrar en su residencia.
Su casa era pequeña y modesta. Tenía tapetes de piel de oso en la sala de estar, algunos tapices en las paredes y un candelabro de acero con velas a punto de apagarse.
La luna se alzaba nuevamente sobre el humo de la explosión y volvía a iluminar la ciudad.
Surghen caminó lentamente hasta la mesa y se sentó. Desenrolló el papel y trató de leerlo.
Sintió un nuevo dolor de cabeza, más potente que el anterior, que lo punzaba con fuerza.
Se aferró al marco de la mesa para no caer rendido y cerró los ojos.
En la oscuridad comenzó a ver fuego, un gigantesco trono de respaldo alto y una exótica espada.
El muchacho no soportó más: cayó desmayado sobre la mesa.
Soñó con un gran campo. El fuego de la guerra y los volcanes de la bahía oscurecieron el día.
Miles de cadáveres se amontonaban en montañas, rodeando el muro de la ciudad.
El Comandante se detuvo antes de la invasión, reagrupó a su cohorte y se defendió de un velmyriano mutilado y brutalmente herido.
Portaba una armadura negra; el dragón rúnico de Valdyran estaba bordado con amatista platinada en la coraza. El Comandante no tenía blasón propio.
La sangre le corría por las sienes y se endurecía en las mejillas junto con el sudor.
Le nublaba la vista. Derribó al velmyriano con el escudo y atravesó su rostro con la espada.
Enseguida se quedó inerte. Surghen se levantó con dificultad y observó a su alrededor: las catapultas estaban desiertas, el puerto ardía con fuerza y los cadáveres se contaban por millares.
Se cubrió la nariz ante el putrefacto olor a muerto.
El general Lorem Valtrakar llegó cabalgando un caballo marrón con correas rojas de cuero. Llevaba consigo a una escuadra de exploración, agotada y malherida, pero viva. Se incluyeron en el millar de hombres que Surghen tenía bajo su mando.
El Comandante subió a su caballo, que salía ileso desde la playa: un animal blanco, con montura negra y correas del mismo color.
—¡POR LA MADRE PATRIA DRAKARETH! —exclamó. Su caballo se encabritó.
Emprendieron la carrera contra las últimas centurias velmyrianas que quedaban en la defensa de la Puerta del Amanecer, las últimas que protegían Port Velyr.
Los barcos drakarianos cerraban el paso a la bahía, batiéndose en batalla contra un pequeño contingente velmyriano que había zarpado desde el Océano de Narvaeth.
Los velmyrianos tronaron escudos y bajaron las lanzas para recibir al Comandante y a sus hombres.
Los arqueros de Surghen comenzaron a disparar a voluntad e hicieron llover las flechas.
Por un momento hubo silencio. Lo único que Surghen escuchaba era el pálpito de su corazón y su respiración agitada.
El sudor le caía por toda la cara, entraba en sus ojos y lo hacía llorar de la irritación.
Tan solo era un muchacho de quince años, y ya comandaba un ejército hacia su muerte.
«Él tiene un don especial, será el mayor prodigio del ejército», recordó al patriarca decirle al Emperador.
«¿Es aquí donde quiero estar?», pensó, regresando a su guerra, lamentándose por no tener una infancia común.
Esquivó la lanza del primer velmyriano y golpeó su cuello con fuerza.
Surghen se levantó de la mesa. Respiraba agitadamente y tenía la mirada preocupada. Con miedo. Caminó hasta el pozo de agua y llenó un vaso con el agua fría.
—He tenido pesadillas de nuevo —le dijo a su madre, quien en ese momento se encontraba preparando el desayuno: frutos silvestres, tocino y huevos—. Sigo viendo paisajes de guerras.
—Ya no te preocupes. Solo son eso: sueños —trató de consolarlo.
—Muchacho, ¿fuiste a recoger las herramientas ayer? —preguntó su padre, quien le había dirigido una mirada preocupada antes de sentarse también a la mesa—. Por favor, recoge las hortalizas. También necesito que vayas al centro por comida para el caballo.
—Sí —asintió el muchacho con hartazgo. Sin desayunar, se levantó y salió al jardín trasero.
Había cultivos de tomates, papas, maíz y trigo.
Las aves que se posaban sobre la tierra suave de los cultivos y en los árboles aledaños silbaban con alegría y tranquilidad.
El sol iluminaba y daba calor, pero no era fuerte.
Surghen se agachó y arrancó el maíz de su planta.
—Padre, ¿cuándo será la luna nueva? —preguntó sin despegar los ojos de la tierra.
—Me parece que hoy —contestó con la boca llena—. Ayer vi un cartel de la Legión en la mesa. Sé que quieres meterte al ejército, pero… ¿no era eso lo que te daba dolores de cabeza?
—No… —susurró.
Dejó la cosecha sobre una canasta pequeña, tejida a base de coco.
La metió en la casa y salió directamente a la calle.
No tenía hambre. El humo de las fundidoras que había visto la noche anterior había desaparecido.
Un ligero viento soplaba y las hojas volaban libres por las calles.
Los árboles cubrían pequeñas partes de las calzadas y su crepitar eclipsaba los estresantes sonidos de las personas que cotilleaban.
Levantó la mirada hacia el Castillo de Thyr y vio múltiples halcones volando y aterrizando en sus cámaras de mensajería.
No veía guardias. No veía más gente en las calles, salvo aquellos que platicaban, bebían cerveza y reían.
En el fondo del sonido, seguían, constantes y monótonos, los martilleos de las fundidoras.
«Qué ciudad más aburrida. Nunca hay nada para ver».
Siguió caminando con la misma apatía hasta que llegó a un comercio bastante grande, construido con piedra caliza y decorado con varios tipos de madera.
Las puertas estaban abiertas de par en par, mostrando un pasillo interior que recorría distintos mostradores.
Al fondo, se abría otro espacio más, donde llegaban los cargamentos de comida.
Surghen se talló la tierra de las manos y entró.
—Buenos días —entonó uno de los mercaderes—. ¿Qué te puedo ofrecer el día de hoy?