Reyes Olvidados (Herederos del Fuego Eterno 1)
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PRÓLOGO
Los humanos habían arrasado con todo lo que se encontraba a su paso.
Aquello que los dragones y los elfos consideraban como una paz eterna entre sus dos razas se quebrantó con la irrupción de esos seres anómalos y despiadados que llegaron desde el mar.
Dürhavel venía con ellos. Era uno más de ellos.
«Tan ciego fui... Ahora me doy cuenta de la aberración que son los humanos», pensó el jinete.
Él pertenecía a una raza que era rica en cultura, pero también eran unos conquistadores, buscando nuevas tierras, tomándolas y estableciéndose en ellas.
Por sobre los demás, él sabía sobre la existencia de los dragones y que, precisamente para poder atacarlos, habían creado las flechas de Lârven-Thal: una puntiaguda lanza capaz de atravesar las escamas de un dragón.
Cuando Dürhavel llegó a la rica tierra de Durhen, quedó fascinado con el comportamiento y el conocimiento que los dragones poseían.
Ahora, todo aquello había desaparecido. Agradecía la oportunidad que Súlkaran le había dado aquel día en las cuevas del sur, salvándole la vida; pero ahora, ambos se encontraban al borde de la muerte.
Los candelabros seguían encendidos, pero el castillo estaba abandonado. Los dragones habían sido derrotados por los humanos, y los pocos que habían sobrevivido escaparon junto a los elfos. Ya no quedaba nada dentro del antiguo castillo de Vaeryndar. Solamente Súlkaran y él.
En aquel día, su rey se había mostrado generoso.
Súlkaran habló de Dürhavel y defendió su estancia en el castillo, pero eso fue antes de que los elfos salieran a combate en ayuda de los dragones.
Dürhavel se convirtió en traidor de su pueblo, pues había jurado lealtad eterna a las antiguas razas; por ello, el rey le otorgó una espada élfica y Súlkaran aceptó volar a su lado.
Ahora, todo se había borrado. Ya no quedaba nada. El rey estaba muerto, y los dragones se habían exiliado en Elarion’Dor. Solamente quedaban ellos dos.
Súlkaran aterrizó con fuerza ante las puertas de Vaeryndar. El contacto de sus patas contra el suelo resonó en todos lados: tanto en el interior del castillo como en el exterior. Por primera vez en trescientos años, el mar estaba en absoluto silencio.
Súlkaran no podía volar dentro: no estaba permitido que los dragones ajenos al Cónclave volaran en aquel lugar.
Jinete y montura entraron a toda velocidad en el castillo abandonado.
La nostalgia los consumió. Aquel recinto solía ser uno de los lugares con más vida en todo Durhen; ahora estaba desierto.
Solamente dos almas lo recorrían, temerosas de que los humanos llegasen y lo arrasaran, como siempre lo hacían.
—¡Apúrate, Dürhavel! —le gritó a su jinete—. ¡Escucho sus pisadas!
Dürhavel escribía en la biblioteca del castillo, sentado detrás de un atril de madera, frente a una estantería infinita que contenía el conocimiento de toda una era.
Esperaba que aquello que en ese momento plasmaba no lo encontraran los humanos.
Estaba seguro de que su raza jamás hallaría aquel lugar.
Era un papel largo, dorado y encerado. El jinete se despojaba de todos sus dolores, vertiéndolos en palabras. Lloraba por dentro y por fuera, lamentándose por la muerte de Elandhor Velmyrion, el último Rey Elfo.
—No te preocupes —trató de tranquilizarlo el dragón—. Fuiste el único humano inteligente.
—Eso no lo creen ellos —contestó Dürhavel—.
En la historia humana nunca hay buenos, pero para ellos todos lo son.
El jinete enrolló el papel y lo cerró con un hilo, dándole varias vueltas.
Lo escondió en una estantería baja, dentro de la biblioteca, y salió de nuevo—.
Lo siento por el rey Elandhor Velmyrion.
Fue generoso conmigo, pero mi raza lo ha asesinado.
—El rey fue generoso contigo porque fuiste inteligente y abandonaste el primitivo comportamiento de tu raza —le contestó su montura—. Los elfos te revelarán parte de su secreto.
Dürhavel no estaba convencido. La tristeza lo inundaba, y un escozor en la piel lo torturaba. Había traicionado, una vez más, a una raza que había confiado en él. No tenía derecho a ser aclamado, ni siquiera a ser aceptado por los elfos.
—Me quedaré a pelear —dijo Dürhavel—. Acabaré con los humanos. Tú vete con los demás dragones.
—No seas idiota —le recriminó Súlkaran—. Si yo me voy, tú vienes conmigo. Los humanos no te aceptarán. Y, por otro lado, si los elfos no te aceptan, los dragones lo harán.
—¿Con qué cara llegaré a Elarion’Dor? —reclamó Dürhavel—. Lo que le prometí al Rey se convirtió en mentira y lo llevó a la muerte. Eso me convierte en asesino del Rey de los Elfos.
—Los humanos fueron los asesinos —lo consoló el dragón—. Tú les advertiste, le advertiste al Rey y luchaste hombro con hombro con él. Lo trataste de proteger de los asesinos de tu antigua raza, eso te convierte en aliado. Eso te convierte en un elfo.
Dürhavel dobló por un pasillo que conducía hasta la Sala del Trono.
Súlkaran derribó la puerta con un fuerte coletazo; los trozos de madera salieron disparados en todas direcciones y dejaron al descubierto una preciosa estancia.
Grandes pilares de estilo dórico se erigían alrededor de un corredor cubierto por un tapete de terciopelo rojo, junto con columnas cuyo final era imposible de ver.
Al fondo, un gigantesco trono de hierro se alzaba sobre un estrado de piedra.
Se acercó lentamente, con lágrimas en los ojos, visiblemente abatido por el destino que su Rey había sufrido. En señal de respeto, se postró ante el trono vacío.
—¡Apúrate, Dürhavel! —lo apresuró Súlkaran—. Los humanos cada vez están más cerca.
Dürhavel se quitó la espada, con todo y vaina, del cinturón y la colocó horizontalmente sobre el reposabrazos del trono, entre dos carriles metálicos que la abrazaron por completo.
Esa fue la última vez que Dürhavel tocó una espada.
Repudiaba la guerra, repudiaba las armas y repudiaba a los humanos.
Dürhavel se exiliaría para siempre. Lastimosamente, los humanos habían conseguido lo que tanto habían anhelado: lo que él mismo había ayudado a construir.
—¡Maldito seas, Vaelrik el Silente! —exclamó con fuerza. Vaelrik era un fyrtano que lo había apoyado; se habían hecho muy amigos y compartían demasiada historia, pero eso ya no importaba. Ya no eran amigos. Ya no eran aliados.
»¿Extrañarás este lugar? —inquirió a su montura.
—Nuestro lugar de residencia está con nuestra raza —le contestó el dragón mientras se acercaba a la espada y la tocaba con la nariz—. Este lugar solamente se convertirá en un mal recuerdo de nuestro pasado.
—Siento que tengo que quedarme —replicó Dürhavel, con un acento que mostraba sinceridad—. Siento que algo me obliga a defender este lugar.
—No puedes hacer nada por esto —dijo Súlkaran, señalando a su alrededor con la cabeza—.
Eres un enemigo para los humanos; lo único que conseguirás es que te maten.
Pero tranquilo, mi querido Dürhavel: volveremos a la tierra a la que alguna vez pertenecimos, y los humanos no tendrán escapatoria. Será su fin.
—Espero que así sea —respondió Dürhavel con un tono de aceptación. Dejó la espada firmemente atada al trono y subió al lomo del dragón. Se aferró a una de sus púas y emprendieron la salida de aquel lugar—. Basta de la guerra —susurró el jinete.
Ahí abandonó todo su pasado. Abandonó la guerra. Abandonó su antigua raza. El dragón se movía con las patas traseras apoyándose con las dos garras de sus alas. En cuanto salieron del castillo, Súlkaran se volteó y quedó de frente a la puerta, que había cerrado con la cola.
—Syn glarfinä fed ar i darzö fëanthï utpholinaen.
—pronunció el dragón, al tiempo que rasgaba la puerta con sus garras.
Después de aquello, abrió las alas y comenzó a batirlas con gran fuerza y velocidad.
Mientras se elevaban, un grupo de hombres los vieron desde las cercanías al río, y a toda velocidad comenzaron a disparar contra el dragón y su jinete.
Súlkaran aceleró su vuelo con grandes aleteos, y al pasar por el lugar donde los hombres se encontraban, la fuerza de sus alas destrozó sus máquinas, hasta que finalmente pudo conservar su altitud a la altura de las nubes.
Al fondo, en el suelo, los humanos seguían marchando por todos lados, explorando hasta los rincones más remotos del continente. Se podían ver por decenas, miles y millones de grupos que acababan con los últimos vestigios de la riqueza de Durhen.
—Supongo que ya no podremos regresar a este castillo —dijo Dürhavel.
—No regresaremos —respondió Súlkaran—. Y aun si lo hicieras, no podrías entrar: está sellado para toda la eternidad.
El frío calaba en los huesos, pero tanto Dürhavel como Súlkaran no lo sentían; estaban concentrados en cruzar el mar y llegar a Elarion’Dor, una tierra oculta establecida más allá del Mar del Norte.
La tierra ya no se veía debajo del animal, solamente una extensa mancha blanca que seguía infinitamente y alcanzaba el borde del mundo.
Arriba se veían cientos de estrellas que se congregaban en una gran nube que atravesaba el firmamento desde el este hasta el oeste.
Más estrellas escoltaban dicho espectáculo, y la luna iluminaba las escamas del dragón que, al reflejarlas, parecía como si el metal más duro de la tierra se hubiera fusionado con el animal más hermoso del continente.
Durante esos momentos, el vuelo se tornó bastante tranquilo. Súlkaran no tenía necesidad de moverse durante la mayoría del tiempo pues, debido a pequeños remolinos de aire caliente que aparecían en muchos lugares, ganaban altitud.
El silencio reinaba en el cielo nocturno que rodeaba a los últimos sobrevivientes de los dragones. Lo único que lo rompía era el aleteo que, esporádicamente, el dragón daba para mantener la velocidad y la altitud.
Jinete y dragón comenzaron a llorar al recordar la tierra a la que alguna vez pertenecieron, lamentando su abandono total a manos de una criatura cuyo poder era desconocido. Pero ya no podían retroceder.
Presentían que, en el futuro, esa tierra no sería más que una ciudad cimentada sobre los cadáveres de los verdaderos propietarios de Durhen.
Los humanos formarían alianzas o se despojarían de ellas; comenzarían a escribir la historia, una nueva historia que los favorecería, olvidando por completo su pasado y enterrándolo muy profundo en la mente de sus futuras generaciones.
La vida en Durhen se había tornado efímera y corta. Los humanos no durarían mucho, pero no les importaba. Aquello que representaba la verdadera belleza de la vida era, precisamente, lo que los humanos estaban dispuestos a abandonar.
Excepto por un dolor inexplicable en el pecho, para los viajeros no pasaba nada más. Era un dolor que los conminaba a regresar, que les decía que uno de los suyos se había quedado atrás, que lo habían abandonado y dejado a merced de los humanos.
El último dragón, el último de una raza, permanecía oculto en una sala secreta del castillo de Vaeryndar, esperando por alguien. Esperando que sus hermanos fueran a protegerlo y a rescatarlo.
Dürhavel y Súlkaran se dolieron por ese hecho. Fueron ellos los últimos en abandonar Vaeryndar, sin saber que su raza había abandonado a su último vástago. Fueron ellos los que sellaron el castillo y lo cerraron para nunca más volverse a abrir.
Ya no podían hacer nada. Aquel dragón moriría en el abandono, escondido para siempre de los humanos. Agazapado en un rincón oscuro, para siempre dormido. Sin saber volar, y sin saber que existían más como él.
***
La oscuridad comenzaba a reinar en el Gran Castillo de Vaeryndar.
Las luces de sus salas se apagaban poco a poco, mientras el musgo se arraigaba en la piedra por el sello de Súlkaran.
Las salas del trono se fueron llenando de humedad y verdín.
Los tapetes, estandartes y joyas se corroían, iniciando su inevitable declive.
En una habitación grande, muy al fondo del castillo, sobre una piedra circular y gruesa, latía lentamente un recuerdo del pasado: un huevo esperando por su raza o por su jinete.
Su único contacto con el mundo estaba cubierto por maleza y vegetación, iluminado de manera intermitente por la luz de la luna.
Los humanos nunca deben encontrar ese huevo. El último huevo de los dragones, oculto en la putrefacta tierra de Durhen.