Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Dante

Una de las ventajas de conocerme bien era saber que no era como mis hermanos. No era el imbécil arrogante de Cassius. No era el tonto obsesionado con la imagen de Adrian.

Y no era el cerebro privilegiado de Lucas.

Pero del mismo modo que distintas situaciones exigían que brillaran distintos aspectos de nuestras personalidades, mientras me preparaba para la gala de las cinco, sabía que la noche requeriría jugar a las Espadas, no a los Tréboles.

Eso no significaba que la velada fuera a terminar con una estocada en lugar de un garrotazo, pero aun así, tendría que sacar mi mejor imitación de Lucas.

Más fácil decirlo que hacerlo, claro, cuando llevaba las emociones a flor de piel, era volátil ante cualquier cosa que me pasara por la cabeza, y el peón en este juego era una mujer que despertaba mi interés intelectual, aunque no lo suficiente como para dejar de ser quien era.

* * *

Unas dos horas antes del inicio, uno de los miembros del personal me trajo un paquete.

Era una caja relativamente pequeña, no tanto como para confundirla con un tentempié, pero tampoco lo bastante grande como para que Bridget adivinara su contenido.

Se la llevé, le dije que la abriera y me crucé de brazos, conteniendo la sonrisa para no igualar la suya.

—¿Hablas en serio? —dijo.

Le había conseguido un vestido de cóctel negro; no era nada elegante, elaborado ni siquiera caro, pero era más apropiado que lo que llevaba puesto ese viernes.

—¿Qué te dije? —respondí—. No solo estás más segura conmigo, sino que también te trato mejor que nadie.

Bridget me miró boquiabierta, luego volvió a mirar el vestido, y entonces la sonrisa se desvaneció. Demasiado rápido, la verdad.

—¿Qué pasa?

—¿Este... regalo? —dijo, y lo que empezó como afirmación acabó en pregunta. Asentí para confirmar que sí lo era. Me había costado unos cientos de dólares, pero para mí eso era como si Bridget lanzara una moneda a un pozo de los deseos—. ¿Es un soborno?

—Lo creas o no, Bridget, no todo lo que hago es para restregarte mi poder o mi dinero por la cara. A veces hago cosas simplemente para tratarte bien.

Y porque aunque esta noche puedas ser un objetivo, no puedes saberlo. El pensamiento me hizo torcer el gesto sin querer; esperaba haberme recompuesto lo bastante rápido para que Bridget no se diera cuenta.

—Esto parece una jaula dorada —dijo—, como si me estuvieran sobornando para meterme en una mala situa...

—¿Lo de anoche no significó nada para ti?

Salté sin pensar, porque en el fondo, ¿de verdad quería que lo de la noche anterior significara algo? ¿Quería encariñarme con alguien que a fin de cuentas no era más que un cebo para el jefe de una nueva facción mafiosa?

No, no quería. Y sin embargo, ahí estaba...

—Lo de anoche significó algo para mí, Dante —dijo—, pero eso no cambia la situación en la que estoy.

Parecía que tenía más que decir, pero sabiamente cerró la maldita boca y se puso a examinar el vestido. Sabía que estaba en un estado en el que cualquier cosa que dijera avivaría las llamas, así que me limité a mantener los brazos cruzados, la mirada dura y los pies bien plantados.

—¿De qué vamos? —preguntó Bridget.

—¿Qué demonios significa eso?

—¿De pareja? ¿De amigos? ¿Quizás incluso de dos personas que se conocen?

Suspiré. Una vez más...

Quiere más de lo que la situación requiere. Igual que tú.

—Te acompañaré en el ascensor y hasta el pasillo de la gala —dije, intentando ser lo más claro posible; joder, ¿tendría que llevarla de la mano en sentido figurado?

—. Una vez que lleguemos al pasillo, nos separaremos.

Es un evento abierto; no hay lista de invitados ni sala VIP.

No tienes que hablar con nadie para entrar.

—¿Y qué pasa una vez que esté dentro?

—Así no funcionan los clubes, tú...

—Quiero decir, una vez que esté dentro, ¿con quién voy a hablar?

—dijo Bridget con un tono tan cortante que me callé—.

No me has dicho si alguno de mis amigos estará allí.

No tengo motivos para creer que mi hermana vaya a estar.

Así que, genial, tengo libertad para ¿qué?

¿Hablar sola en una esquina? ¿Plantarme en medio de la sala y esperar a que se me acerquen tipos espeluznantes?

Recé para que no se notara el esfuerzo que me costaba mantener la cara seria.

—Me has puesto en una situación en la que la mejor opción es pasar tiempo contigo —dijo, y sus palabras me provocaron la sensación más extrañamente cálida que había sentido jamás.

—Si eso es lo que quieres hacer pasado un rato —dije—, adelante. Pero no habrá lugar más seguro que este.

No sabía si eso era mentira. Técnicamente podría ser verdad, aunque la expusiera como persona de interés, un objetivo para la familia Zaitsev.

Al fin y al cabo, ni siquiera los criminales más audaces solían agredir o secuestrar a nadie en medio de una galería de arte cuando todo el mundo estaba aún sobrio.

Eso esperaba, al menos.

Joder, a veces odiaba tener más moral que los moteros y la mafia.

—Eres un hombre muy extraño, Dante Vale, y eso me preocupa.

Me encogí de hombros y me di la vuelta, pero Bridget no había terminado.

—Anoche fue la primera vez que sentí que te hablaba de igual a igual, como a un hombre, no como a un señor feudal que me secuestró por mi propio bien —continuó, y sus palabras me impidieron seguir avanzando, aunque no me giré para mirarla—.

No interpretes esto como que quiero estar contigo, y mucho menos nada de lo que hay en medio.

Sigo queriendo mi libertad. Pero existe un punto intermedio agradable en el que podemos respetarnos y tratarnos bien sin caer en el mismo pozo que nuestros parientes.

¿Por qué le tienes tanto miedo a ese punto, Dante?

No temía nada. Esbocé una mueca de desdén y casi me giré para gritarle.

Casi.

Porque aparte del comentario sobre el «miedo», todo lo demás era correcto. Jamás se lo admitiría si podía evitarlo. Pero tenía razón, y me había excedido esta tarde. Anoche había sido agradable. ¿Por qué negarme el simple placer de una compañía agradable?

Porque Bridget no es una amante. No es una amiga. Ni siquiera es alguien con quien compartir una velada.

Es un cebo para tus enemigos. Una simple pieza en el rompecabezas más grande que es el negocio familiar de los Vale.

—Prepárate para bajar quince minutos antes de las cinco —dije, sin mirar atrás en ningún momento.

Tenía la sensación de que si hubiera mirado atrás, habría visto a Bridget no como la pieza del rompecabezas, no como un cebo, ni siquiera como algo positivo, sino simplemente como una persona que merecía ser escuchada y comprendida.

Esta noche no había lugar para la empatía, la curiosidad ni la amabilidad.

* * *

Finalmente llegamos al pasillo público del Ruby a las cinco en punto.

No era un evento tan concurrido como había esperado, probablemente porque la gala era muy abierta al público, pero eso solo facilitaría detectar a Viktor, a cualquiera de los Morril o a cualquier hombre que actuara de manera sospechosa y pudiera estar asociado con ellos.

Bridget no hizo ademán de tomarme la mano ni de enlazar su brazo con el mío.

Pero tenía que admitir que era una sensación extraña llevar a una mujer tan deslumbrantemente atractiva como ella a un evento así y tratarla con frialdad.

Parte de la emoción de esas noches eran las pequeñas provocaciones, esos susurros al oído donde aparentemente les contabas un chiste privado pero en realidad les decías cómo ibas a hacerlas disfrutar en la intimidad.

Esas pequeñas provocaciones creaban pequeños roces, apropiados para el entorno pero apenas un anticipo de lo que vendría después.

Hacer eso con Bridget, lo sabía, y todo me iba a estallar en la cara.

Aunque una parte de mí no solo encontraba extraña la sensación, sino que también la encontraba triste, casi vacía, por no atreverme a dar un paso adelante.

—Si me necesitas en algún momento —dije—, hay una plataforma cerca del fondo con vistas al salón. Es principalmente para el personal, rara vez se usa para discursos públicos y está cerrada al público. Estaré allí.

—¿Observando?

Me encogí de hombros.

—Es mi propiedad. Debo vigilarlo todo, asegurarme de que nadie se pase de la raya.

Eso, esperaba, era lo más cerca que llegaría de revelar mi verdadera intención con Bridget esta noche.

Bridget no pareció sospechar nada. Cuando llegamos a unos tres metros de la entrada, me alejé. Tuve que obligarme a hacerlo.

—Ya sabes dónde encontrarme —dije.

Y sin embargo, dejarla fue como abandonar una habitación acogedora y cálida, con chimenea y chocolate caliente, para salir al aire gélido sin abrigo.

Me sentí extrañamente vacío por lo que había hecho, y sobre todo, sentí frialdad hacia mí mismo.

Aunque era el Rey de Tréboles, nunca había desarrollado del todo la crueldad necesaria para usar a otras personas como lo hacía Lucas; no tenía reparos en luchar contra los malos, pero usar a neutrales o incluso aliados como él lo hacía era algo que nunca había llegado a aceptar.

Sin embargo, ser consciente de ello me ayudó a superar esas preocupaciones, y ocupé mi puesto en la parte trasera, observando.

Bridget era fácil de distinguir; aunque no era la única mujer rubia con vestido de cóctel negro, era con diferencia la más atractiva de toda la galería.

Si «¿Dónde está Wally?» consistía en tardar una eternidad en encontrar al maldito tipo, esto era justo lo contrario.

Podía estar mirando hacia el lado opuesto, girar la cabeza y localizarla en menos de dos segundos.

Eso me tranquilizaba: no se la llevarían sin que me diera cuenta.

El resto de la gala transcurrió sin nada destacable.

No vi a ninguno de mis hermanos, a ninguna de sus mujeres, ni siquiera a ninguno de nuestros empleados.

Técnicamente esto se anunciaba como una gala, pero en realidad era más bien una exposición de arte, algo a lo que el público podía venir para sentirse parte de una gala.