Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4) Prólogo
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Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4)

Rey de tréboles (Multimillonarios de Vegas nº 4)

Por Trent Jordan

© inepub.com

Prólogo

Treinta segundos.

Hacía treinta jodidos segundos que por fin había llegado a una conclusión inevitable sobre mi familia.

Yo era el único hermano capaz de salvar a la familia Vale de caer rendidos ante un coño.

Al entrar en el ascensor del ático de Lucas, solo pude negar con la cabeza, asqueado. Cassius tenía algo con su ex... bueno, son cosas que pasan, qué más da. Adrian adoraba las cámaras y el glamour, necesitaba una mujer despampanante a su lado... vale, eso lo entendía.

¿Pero Lucas, joder?

¿El que presumía de ser un cerebro, un estratega que no dejaba que ninguna mierda le afectara ni a sus emociones ni a sus planes?

¿Él había caído en la misma trampa? ¿Cómo cojones había pasado eso?

Si Lucas no había conseguido librarse del «amor verdadero», o de cualquier ñoñería que mis tres hermanos se tragaban ahora como si manara de la teta de una diosa, entonces ninguno de nosotros estaba a salvo.

Yo incluido.

Flipante, ¿no? ¿Un Vale con la lucidez suficiente para reconocer sus limitaciones?

Que no se me malinterprete. No digo que fuera a quedarme embobado con la primera tía buena que me sonriera y me besara. No había tenido una relación seria desde... bueno, joder, nunca, pero me había tirado a muchas mujeres. Yo las controlaba a ellas; ellas no me controlaban a mí.

Pero a pesar de lo que mis hermanos pudieran pensar, sabía que era el más temperamental del grupo. El más propenso a la ira, a la violencia, a la frustración.

Y por eso, quizá solo en teoría, pero siendo una posibilidad muy real, era tan propenso a caer por una mujer como cualquiera de ellos.

Aunque lo curioso de la vida es esto.

Son los que más se conocen a sí mismos los que mejor evitan cagarla, no los que creen que no tienen ningún problema.

Es quien sabe que debe evitar los bares el que no bebe, no el alcohólico que jura que «una copita no me va a matar».

Es el hombre que sabe que no puede apostar y por eso jamás pisa un casino el que administra bien su dinero, no el listillo que cree que por haber ido a la universidad debería ser asesor financiero.

Y soy yo, que me conozco bien, quien puede esquivar las trampas del amor, no mis hermanos, que al parecer ni se plantearon que pudieran ser vulnerables.

Así que, mientras las puertas del ascensor se cerraban, ocultando a mis hermanos de mi vista por al menos una noche más, supe que, al tiempo que trabajaba para proteger el nombre de los Vale, tendría que esforzarme activamente por no enamorarme.

No podía dar por hecho que estaba por encima de eso.

Trabajaría para estar por encima de eso.

Y con todas las amenazas que estaban surgiendo en ese momento —algunas conocidas, otras apenas asomando desde las sombras—, no había mejor momento para que yo tomara las riendas de la seguridad de nuestra familia y nuestra empresa.

Porque hay algo que nunca ha cambiado, diera igual quién entrara o saliera de mi vida.

Soy el Rey de Tréboles. Tengo la combinación letal de lucidez, valentía y tendencia a la violencia necesaria para destruir a cualquiera que se atreva a jodernos del modo que sea.

Y nunca cometeré los mismos errores que mis hermanos.

Nunca.