Rey de la gula (Pecados 6) 146. Vendrán días mejores
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146. Vendrán días mejores

VENDRÁN DÍAS MEJORES

Aoife

En el fondo encantada de que hubieran expulsado a Joey de Tommen durante dos semanas, me empapé de cada segundo de tenerlo conmigo. Porque la verdad era que me sentía mejor cuando él estaba por allí. Más estable. Más apoyada. Más yo.

A diferencia de cuando estaba con mi madre, no me sentía avergonzada ni una inepta cuando tenía que hacerle alguna pregunta sobre AJ.

Era como si estuviera en clase de Economía doméstica otra vez y tuviera al mejor compañero.

Era muy paciente conmigo, incluso cuando yo no tenía ni siquiera paciencia conmigo misma.

Durante la primera semana de expulsión, apenas se apartó de nuestro lado.

En la segunda semana, consiguió convencerme para salir de casa con la idea de ir a comprar.

El chico conocía mi debilidad y fue a por ello a traición.

—¿Qué te parecería ir a dar una vuelta por la mansión? —me preguntó Joey el martes por la mañana mientras volvíamos de la consulta del médico después de llevar a nuestro hijo a su revisión de las dos semanas.

Sonaba en la radio «Rainy Night in Soho» de The Pogues y la letra se me enrollaba en el corazón como una mantita cálida.

—Todos estarán en clase, así que solo veremos a Edel y Sean —se apresuró en añadir, alargando la mano para darme un apretón tranquilizador en el muslo—. Nada demasiado estresante, te lo prometo.

—Claro, Joe —respondí, cogiéndolo de la mano—. Dios, lo siento, ni se me había ocurrido que te gustaría llevar a AJ a ver a tu familia.

—Quiero llevaros a los dos —me corrigió con voz ronca—, pero no tiene que ser hoy si no te apetece.

—¿Por qué no me iba a apetecer?

—Has tenido un par de semanas duras, Molloy.

—Y tú también.

Resopló.

—Apenas.

—Le has dado de comer todas las noches durante los últimos siete días.

—Porque tú has estado desarrollando un ser humano literalmente durante los últimos nueve meses.

—Tú crees que puedo hacerlo, ¿verdad, Joe? —pregunté, volviéndome para mirar a AJ, que estaba acurrucado en su silla en la parte trasera de mi coche—. Crees que puedo ser una buena madre, ¿verdad?

—No es que lo crea, Molloy. Lo sé.

—Pero estoy mejorando, ¿verdad? —Me mordí el labio, notando otra horrible oleada de inseguridad—.

Es que lo quiero tanto, Joe. Cada vez que lo miro, me agobio muchísimo pensando en todas las cosas que podrían salir mal.

Todas las cosas que no sé. La idea de hacer algo mal o cometer un error con él hace que la ansiedad se me multiplique hasta no poder respirar.

—Yo me siento exactamente igual —respondí, apretándole la mano.

—¿Sí?

Asentí con la cabeza.

—Estoy contigo, Molloy.

Me quedé sin aliento y se me encogió el corazón.

—Joe.

—Escúchame. Eres una madre increíble y ese niño tiene suerte de tenerte —dijo—.

No tienes que cuestionar ni una puñetera cosa de lo que haces, Aoife.

De verdad que no, porque lo haces muy bien, nena.

Eres el pegamento. Los tres estamos aquí por ti.

—Me volvió a apretar la mano—. AJ no estaría aquí sin ti, ni yo tampoco.

Así que no dudes de ti misma porque estás sin fuerzas temporalmente.

El único motivo por el que estás floja es porque te has pegado todo el embarazo llevando tú las riendas.

Sus palabras me envolvieron el corazón y me estremecí.

—Joe, no pasa nada. Lo entiendo. Estabas enfermo.

—Sí —estuve de acuerdo—, y no puedo cambiar esa parte de nuestra historia, pero puedo aligerar la carga por ti ahora. Estoy aquí, Aoife, así que déjame hacer, ¿vale? —Lanzó una mirada en mi dirección, implorándome con sus ojos verde claro que lo escuchara—. Déjame cuidar de ti.

—¿Joey? —llamó Edel desde el otro lado de la puerta de la cocina—. ¿Eres tú, amor?

En el lavadero, vi cómo mi novio luchaba en una batalla interna. Lo veía en sus ojos. Sabía exactamente lo que estaba pasando en su cerebro. Joe estaba obligándose a no salir corriendo. Estaba obligándose a confiar en la mujer al otro lado de la puerta.

—Tú puedes —susurré, recorriéndole la mejilla con el pulgar.

Hallando ese acero interior que yo adoraba tanto, inspiró y asintió para sus adentros antes de decir:

—Sí, soy yo. —Vi cómo agarraba con fuerza la silla del coche de AJ y abría la puerta—. He traído a unas personas a verte.

Orgullo.

Se despertó en mi interior.

Cuando entramos en la cocina, estaba demasiado abrumada para hablar.

—Miraos —susurró Edel, dando una palmada en su delantal con las manos de harina mientras su mirada llena de lágrimas iba de mí a AJ, antes de posarse en Joey—. Mira al hombre que está en mi cocina.

—Hostia puta, Joe —farfullé cuando me llevó a su nueva casa—. ¿Todo esto es tuyo? —Di una vuelta con nuestro hijo en brazos, contemplando el enorme espacio de la cocina abierta al salón—. ¿Es que estos son millonarios o qué?

—Creo que sí —respondió con el ceño fruncido mientras dejaba la silla del coche vacía encima de la mesa—. Menuda locura, ¿eh?

—Ya te digo —contesté riéndome—. Hostia, es que es de locos.

—Desde luego supera aquel piso infestado de ratones en la urbanización Elk del que estuvimos hablando, ¿eh?

—Sí —me reí y después me giré enseguida para mirarlo, cuando de pronto fui consciente—. Espera, ¿qué?

—Vente a vivir aquí.

Me quedé quieta, sin pestañear, mientras intentaba asimilar sus palabras.

—¿Eh?

—Que te vengas a vivir conmigo, Molloy —repitió Joey, salvando el espacio entre nosotros—. Múdate aquí.

—¿Aquí?

—Aquí —le confirmé asintiendo—. Por ahora, al menos.

El corazón se me aceleró en el pecho mientras mis ojos buscaban en su rostro la mentira.

No la encontré.

—Lo dices en serio —susurré, mareándome—. No estás de broma.

—No, no es broma —respondió llevando una mano a mi cadera—. Ven aquí conmigo.

—Ya estoy contigo, Joe.

—No. —Negó con la cabeza—. Quédate conmigo, Molloy.

—¿En qué sentido?

—En todos.

«Ostras».

—Te quiero. —Sacó una mano entre nosotros para acariciarle los suaves rizos a AJ—.

He pasado un tercio de mi vida queriéndote, Aoife Molloy, y no tengo planeado dejar de hacerlo.

—Acercándose más, apretó su frente contra la mía y exhaló temblorosamente—.

He tomado un montón de terribles decisiones —admitió en voz baja—.

Pero la peor, con creces, fue hacerte daño y apartarte de mí.

—No pasa nada, Joe —me oí susurrar, temblando ahora—. Te perdono.

—No merezco tu perdón —contestó con la voz ronca y cargada de emoción—, pero me lo ganaré. Porque, se cruce lo que se cruce en nuestro camino, a partir de ahora, estaré a tu lado.

Rozó su nariz con la mía antes de besarme en los labios.

—Porque en esta versión del para siempre tenemos un final feliz, Molloy.