Epílogo. Rey de mi corazón
EPÍLOGO
REY DE MI CORAZÓN
Shannon
—Shannon, cariño —dijo Edel por encima del hombro desde donde estaba junto a la cocina, mientras sostenía a Sean en su cadera—. ¿Podrías pasarte a ver si tu hermano necesita que le echen una mano con el bebé antes de ir a clase?
—Ajá. —Asintiendo, le di un último mordisco a la tostada con crema de cacao y la devoré antes de bajarme del taburete junto a la isla—. Claro.
—Buena chica —me dijo—. Me ayudas mucho, cariño.
Ignorando a Tadhg y Ollie, que se estaban peleando en la entrada a la cocina por el control de una sliotar, mientras que John, que parecía agotado, intentaba disuadirlos, salí dando brincos de la cocina.
En cuanto estuve fuera, el aire glacial matutino de diciembre me dio en la cara y sonreí, disfrutando de la sensación de la ligera nieve que caía del cielo. No cuajaría, claro. Al menos no lo suficiente para hacer un muñeco de nieve, pero sí era bonito mirarlo.
Inhalando profundamente, me tomé un momento para respirar y asimilarlo todo.
La calma. La tranquilidad. La satisfacción.
El espíritu de la Navidad.
Aquel era nuestro último día de clase antes de las fiestas y me moría de ganas de pasar dos semanas enteras en casa con mi familia.
Y Johnny.
Vale, con Johnny el que más.
Un ochenta por ciento era por Johnny.
«Quizá un noventa…».
Con los hombros relajados y una sonrisa en la cara, rodeé de puntillas un par de charcos helados que había del fuerte chaparrón del día anterior y luego eché a correr, desesperada por llegar a la seguridad del anexo antes de que Bonnie y Cupcake se dieran cuenta de que estaba fuera.
Si me veían, me arruinarían el uniforme perfectamente planchado que llevaba puesto.
Lo embarrarían.
—¿Joe? —dije, dándome prisa por entrar sin llamar cuando los demonios de cola amarilla de mi madre de acogida aparecieron, con las patas llenas de barro, dispuestos a imponerme su cariño.
No significaba que no quisiera a Bonnie y Cupcake. Los adoraba, pero esos perros hacían sudar a Gibsie y a Claire en una carrera, y eso era un logro impresionante.
En cuanto cerré la puerta del apartamento con pretensiones de mi hermano, oí un fuerte golpe al otro lado.
—¿Ha chocado otra vez uno de esos idiotas contra la puerta? —dijo Joey desde arriba.
—Sí —contesté riéndome y luego me llevé una mano a la boca al sentirme mal por burlarme de la falta de coordinación del pobre perro. Después de todo, yo no era quién para hablar—. Creo que ha sido Cupcake.
—A ese le pasa algo grave —dijo—. ¿Por qué no pueden ser como el bueno?
Sonreí para mis adentros. Mi hermano se refería a la chica número uno de mi novio.
Bueno, la chica número uno en perro, al menos.
Sookie.
—Hace frío fuera —grité, dirigiéndome directa al árbol de Navidad—. Ah, y está nevando.
—No cuajará.
—Sí, ya.
—¿Qué estás buscando por ahí abajo, Shan? —Apoyado en la barandilla de arriba, con la camisa del uniforme abierta y un cepillo de dientes saliendo de la boca, mi hermano arqueó una ceja—. Eres como una niña pequeña.
—Solo estaba… comprobando una cosa. —Con las mejillas coloradas, me aparté del árbol y me apresuré a dejar el regalo que tenía en las manos antes de sonreír como una tonta a mi hermano—. Edel quiere saber si necesitas ayuda con AJ antes de ir a clase.
—No, estoy bien —respondió y continuó cepillándose los dientes, desapareciendo dentro de lo que sabía que era su gigantesco dormitorio.
—Habla por ti —terció Aoife, que pasó corriendo junto a mi hermano con mi sobrino en la cadera y tan solo la camisa del uniforme tapándole su dignidad—.
Ay, mira, AJ. Es tu tía Shan. —Bajó directa hacia mí por la escalera de caracol de aspecto rústico que conectaba con la planta superior de su apartamento—.
Por favor, ¿puedes coger a tu sobrino un segundo para que pueda vestirme?
—Claro —contesté agarrando a AJ. Tenía los mismos rizos rubios y los mismos grandes ojos verdes que sus padres—. ¿Cómo está mi sobrino favorito?
—Es tu único sobrino —dijo Aoife riéndose, subiendo a toda velocidad por las escaleras como si le fuera la vida en ello.
—De momento —se mofó Joey, bloqueando la entrada a la habitación con un destello pícaro en los ojos.
—Si crees que vas a hacerme otro bebé después de lo que ese hijo tuyo le hizo a mi coño, espero que tengas la pasta para una cirugía genital.
—No fue tan malo, Molloy —se rio, apartándose a trompicones de la puerta cuando su novia lo empujó con el culo—. Te has curado perfectamente.
—Para mí no, gilipollas. —Volvió a aparecer en la puerta del dormitorio, subiéndose una falda de Tommen por las caderas—. Para ti. Porque, si me acercas esa arma de tentación masiva sin condón, te la cortaré.
—Suena a unos preliminares, Molloy —susurró Joey, rondándola cuando volvió corriendo a la habitación.
—Suena a una clara advertencia, Lynch —oí que le decía, instantes antes de que unas carcajadas me inundaran los oídos—. Piedad, piedad, ay, para. Joder, Joe… ¡Ay, qué cosquillas!
—Tu mamá y tu papá están locos —susurré y le hice unas pedorretas a AJ en su mejilla regordeta. El movimiento le provocó una risa efusiva que reveló sus encías. Sabía que no era imparcial, al ser su tía y eso, pero AJ Lynch era, sin duda alguna, el bebé más perfecto del mundo.
Sí, mi sobrino era ridículamente adorable.
—Ya casi cuatro meses —dije, negando con la cabeza, maravillada.
Habían sucedido muchas cosas en tan poco tiempo, pero parecía que había pasado toda una vida desde que Joey había regresado del centro de desintoxicación.
Apenas hacía dos semanas de cuando Aoife y AJ vinieron a pasar una noche.
Evidentemente, la estancia se había extendido porque habían llegado en septiembre y no se habían marchado desde entonces, para nuestro deleite.
Tener a AJ viviendo allí al lado era un gran regalo para todos nosotros, pero no se podía comparar a lo maravilloso que era ver a nuestro hermano mayor por fin feliz.
Joe había pasado por tantas cosas que llegó un punto en el que creí que tal vez no lo recuperábamos. Pero, como el ave fénix alzándose entre las cenizas, mi hermano renació el día en que nació su hijo.
Joey vivía ahora para él. Para su pequeña familia.
Y me tranquilizaba mucho saber que por fin estaba en paz consigo mismo.
Cuando Aoife empezó a ir a clases con él en Tommen después de Halloween, algo se estableció en ambos.
No estaba segura de si existían las almas gemelas, pero, si ese era el caso, los padres de mi sobrino eran un claro ejemplo.
Joey Lynch y Aoife Molloy: ambos llenos de defectos, humanos imperfectos, pero aun así innegablemente perfectos el uno para el otro.
Sabía que mi hermano seguía luchando a diario, y lo más probable era que siguiera luchando siempre, pero estaba tan decidido a hacerlo bien, a mantenerse en el buen camino, que en el fondo no me cabía ninguna duda de que continuaría sobrio.
Cuando Joey y Aoife al final salieron de la habitación al cabo de diez minutos, sus caras sonrojadas, por no mencionar los uniformes arrugados, me aseguraron que, aunque no tenían planes inmediatos de extender su estirpe, no tenían problemas en practicar el arte de hacer bebés.
—Qué guarro —reprendí a mi hermano, pasándole a AJ para darle un manotazo en el hombro cuando continuó sin vergüenza ninguna comiéndole con los ojos el culo a su novia—. En serio, Trish llegará en cualquier momento a recoger al niño. ¿Y si os pilla?
—¿Y si pillo a estos dos haciendo qué, Shannon, tesoro? —preguntó la madre de Aoife detrás de mí mientras dejaba su bolso sobre la encimera de la cocina—. Bueno, ahora que lo pienso, no me lo digas, cariño. Creo que es mejor no saberlo.
Cuando salí un rato más tarde, tuve que parpadear varias veces antes de que mi cerebro aceptara lo que estaban viendo mis ojos. Antes estaba nevando. Pues bien, ahora caía con más intensidad. ¡Y estaba cuajando!
Desbordando entusiasmo ante la idea de un día de nieve, regresé a la casa principal a toda velocidad, aliviada al ver que Bonnie y Cupcake habían vuelto a su impresionante redil. En serio, tenían una caseta más grande que mi habitación de la urbanización Elk.
Casi había llegado dentro, cuando una enorme bola de nieve me dio en la cabeza. Solté el pomo de la puerta y me tambaleé hacia atrás por la fuerza de la bola antes de caer de culo.
—Ay —me quejé riéndome con dolor, porque me hizo gracia y a la vez me sorprendió—. ¡Tadhg, eso duele!
—Ay, mierda —oí una voz familiar—. Perdona, Shan. Creía que era Gibsie.
Me giré y vi que Johnny se asomaba avergonzado por encima del capó del Range Rover de su madre.
—Rápido, nena —susurró desapareciendo detrás del coche, solo para reaparecer al cabo de un instante, rodando hacia mí como un ninja—. Métete en el cubil —me indicó Johnny, cogiéndome bajo el brazo mientras me llevaba a un lugar seguro—. Ese maldito asesino anda suelto con bolas de nieve.
—¿Quién? —me reí, observando el impresionante montón de bolas de nieve que había acumulado—. ¿Tadhg?
—¡Shan, agáchate! —Echándose encima de mí cuando una bola de nieve del tamaño de una sliotar pasó por encima de mi cabeza zumbando, Johnny lanzó un grito de guerra—. ¡Eres hombre muerto, Gibs!
—¡Tendrás que enfrentarte a mí para matarme, capi! —oí que decía Gibsie cuando otra bola de nieve me pasó de largo y le dio a Johnny en el lateral de la cara—. Y ambos sabemos que estás demasiado encoñado para dejar a Shannon desprotegida.
—Como acerques tus bolas a mi novia, te mato —gruñó Johnny, tirando él una bola—. ¿Me oyes, Gibs? ¡Te partiré la cara!
—Le voy a poner mis bolas en la cara.
—Gibs.
—Mis bolas grandes y húmedas en su cara… ¡Por Dios santo, Johnny! —Gibsie apareció por detrás del garaje, agarrándose la cabeza—. ¡Había una piedra en esa bola de nieve!
—Ya —dijo Johnny sin pedir disculpas—. La he puesto yo.
—Me ha dolido.
—¡Bien!
—Ya no quiero jugar más. —Gibsie se sacudió la nieve del pelo y le tiró una última bola a mi novio antes de marcharse enfadado en dirección a la casa—. Se lo voy a decir a Mami K.
—¿Quién es ahora el cobarde? —le dijo Johnny—. Chivato.
—Johnny —lo reprendí, dándole en el brazo—. No seas tan malo. Ya sabes que en el fondo es muy sensible.
—Bah, vivirá. —Johnny se rio, centrando su atención en mí. Sonriendo, se inclinó y me metió un mechón de pelo detrás de la oreja—. Hola, Shannon.
Me estremecí y le devolví la sonrisa.
—Hola, Johnny.
—Perdón por la bola de nieve de antes. —Se encogió de hombros, avergonzado—. Por lo visto, tengo la manía de darte con mis bolas en la cabeza.
—Sí, bueno. —Moví las cejas de forma provocativa—. Podrías apuntar más bajo la próxima vez.
—¿Ah, sí? —susurró Johnny, inclinándose para besarme en los labios. ¿Cuánto más abajo?
—¿A mis labios?
—¿Qué labios?
—Tú eliges.
—Joder. —Johnny soltó una exaltación de asombro y sonrió—. Olvídate de las clases. —Me cogió de la mano y me llevó en dirección al campo trasero—. Vamos a la casa del árbol.
—¡Espera! —me reí sin aliento, esforzándome por mantener su ritmo acelerado—. ¿No quieres hacer un muñeco de nieve?
—Los labios y las bolas primero —dijo por encima del hombro—. El muñeco de nieve después.