145. Papi está aquí #2
—La cagué —admití alzando las manos—. De forma espectacular.
Decepcioné a tu hija y le hice pasar un infierno.
No lo niego y no lo estoy justificando, pero lo estoy llevando muy bien.
—Conteniendo las ganas de gruñir, golpeé con los dedos la mesa, deseando que sus padres me oyeran—.
Quiero a tu hija, Trish. Siempre la he querido.
Y sí, soy la primera persona en reconocer que no siempre lo he demostrado como ella lo necesitaba, como vosotros lo necesitabais, pero la quiero, joder.
—Joey.
—Puedo hacerlo —continué sosteniendo—. Puedo cuidar de Aoife y AJ. Puedo, Trish, y, es más, lo haré. Somos una familia. Vamos a estar juntos y eso no empezará cuando tú decidas que soy lo bastante estable. Empieza ya.
—¿Y dónde encaja Tommen? —preguntó Tony—. Estás en clase por el día. ¿Aoife estará sola en ese anexo con el bebé hasta que llegues por la tarde?
—¿Y cuando ella vuelva al instituto dentro de un par de meses? —intervino Trish—. ¿Qué propones, entonces? Cada uno asistirá a un centro distinto. Yo voy a cuidar de AJ mientras ella va a clase. Lo tenemos todo organizado. ¿Cómo encaja eso en tu plan?
—Eso es otra cosa que quiero hablar con vosotros.
Trish entrecerró los ojos como advertencia.
—Mi hija va a terminar sus estudios y no quiero oír una palabra en contra.
—No podría estar más de acuerdo —le dije—. Aoife tiene que acabar el instituto.
Trish suspiró aliviada.
—Bien.
—Pero no en el Ballylaggin.
Volvió a entrecerrar los ojos.
—Joey Lynch, si crees que le vas a comer la cabeza, yo…
Se calló cuando me metí la mano en el bolsillo y puse un fajo de billetes encima de la mesa delante de ellos.
—¿Qué demonios es eso?
—¿De dónde has sacado esa cantidad de dinero?
—De mi abuela.
—¿Cuánto hay ahí?
—Quince de los grandes —dije tranquilo—. Cuatro mil son para la matrícula de Aoife en Tommen. —Tragué saliva y miré a sus padres a los ojos—. Dejadme hacer esto por ella.
—Joey. —Los ojos de Trish estaban llenos de pánico—. Ni siquiera quiere volver al instituto. Si supieras las peleas que hemos tenido sobre volver al Ballylaggin… —Negó con la cabeza—. Está luchando con uñas y dientes.
—Yo estaré con ella en Tommen —insistí, al notar que la resistencia de su madre se tambaleaba, y entré a matar—. Nada tiene que cambiar respecto al cuidado de AJ. Si estás dispuesta a cuidarlo mientras estemos en clase, te estaría agradecido de la hostia.
—¿Quieres que vaya a Tommen? —dijo Tony—. ¿A un colegio privado?
—No puedo volver al Ballylaggin. Si pudiera ir con ella allí, lo haría —contesté—, pero Tommen es el único centro dispuesto a aceptarme.
—Y ella te seguirá a cualquier parte —respondió por mí.
—Es un buen colegio —añadí—. Allí recibirá la mejor educación.
—Vaya, mierda. —Recostándose en su silla, Tony se frotó la mandíbula—. Tienes todo bien pensado, ¿no, chico?
Me encogí de hombros, sin molestarme en negarlo.
—¿Y qué hay de Aoife? —preguntó entonces—. ¿Ella qué dice de todo esto?
—No se lo he dicho aún —respondí—. Quería comentároslo primero.
—Hum.
—No, Tony, no quiero que se mude —se apresuró Trish a protestar—. No es el momento adecuado.
—Trish —suspiró con fuerza—. No se trata de lo que tú quieras, amor. Ya no. Cumplió los dieciocho años. —Su mirada se posó en AJ y vi la emoción en sus ojos—. Y el muchacho tiene razón. Son una pequeña familia.
—¿Y si vuelve a defraudarla?
—Tengo una pala en el patio trasero que usaré para enterrarlo.
Molloy se despertó en mitad de la noche, presa del pánico, buscando inmediatamente nuestro bebé.
—AJ está bien —susurré en la oscuridad, tumbándola de nuevo con cuidado—. Acabo de ir a verlo. Está durmiendo.
Suspiró aliviada, se puso de lado para mirarme y exhaló de forma temblorosa.
—¿Has dormido?
Negué con la cabeza.
—¿Por qué no?
—Estoy como… luchando con algo.
—¿El fantasma de tu madre?
Asentí.
—Joe. —Me puso entonces la mano en la mejilla—. Dime lo que pasa en esa cabeza tuya.
—Me duele.
—¿Dónde?
—En todos lados.
Me miró y yo la miré a ella. Quería estar más cerca de ella que mi propia piel. La conexión que sentía con ella era abrumadora cuando estaba colocado, pero ahora que estaba sobrio era tan fuerte que apenas podía soportarlo.
Después de verla dar a luz, después de presenciar la fuerza inhumana que poseía, sabía que jamás sería digno de esa chica.
—¿Aquí? —preguntó al final, tendiendo una mano sobre mi pecho. Apretó la palma contra la piel que me cubría el pecho—. ¿Aquí?
Asentí despacio.
—¿Y aquí? —preguntó, pasando los dedos por encima de mi sien—. ¿Aquí?
Me estremecí y fui a cogerla de la mano, desesperado por el contacto físico.
—Estoy orgullosa de ti, Joe.
—¿Ah, sí?
Sonriendo con dulzura, me recorrió el cuello con los dedos antes de volver a colocar la mano sobre mi pecho.
—Sí.
—No me lo merezco.
Sin mediar palabra, me cogió la mano y la puso en su pecho.
—¿Notas esto?
—Sí. —Su corazón latía con fuerza contra mi palma—. Lo noto.
—Es por ti —susurró—. Es lo que me haces.
—¿Aún?
—Antes. Aún. Siempre.
—Aoife…
—No hay más oportunidades, Joe —dijo con voz ronca, llenándosele los ojos de lágrimas—. Esta es la última, ¿vale?
—Sí. —Asentí y exhalé de forma entrecortada—. Es la última que necesito.
—Lo digo en serio —añadió—. Si la cagas de nuevo, hemos terminado. Una vez más y me largo. Saldré de tu vida y no habrá vuelta atrás. —Me miró con recelo—. No puedo arriesgar su seguridad. —La recorrió un escalofrío—. No nos antepondré a nuestro hijo.
—No quiero que lo hagas —dije, respirando rápido, con dificultad, mientras veía ante mis ojos la posibilidad de tenerla de vuelta en mi vida—. Él va primero.
—¿Antes que las drogas?
Tragándome el nudo en la garganta, asentí con formalidad.
—Los dos vais primero.
—Sé que no será fácil para ti.
—No, no lo será —estuve de acuerdo—, pero tú y él sois mi prioridad.
—Tampoco quiero que bebas —soltó—. Si es un límite demasiado estricto para ti, entonces dilo ahora. Sé que no eres dependiente del alcohol, pero no puedo arriesgarme a que pierdas la cabeza. Yo…
—Lo entiendo —me apresuré a tranquilizarla— y estoy de acuerdo. No beberé. Sé lo que está en juego.
—Quiero mantenerte con vida, Joe —susurró, mirándome a los ojos—. Te necesito vivo. Mordiéndose el labio inferior, miró el moisés junto a la cama—. No quiero hacer esto yo sola.
El corazón se me partió en el pecho.
—No tendrás que hacerlo —le prometí, encontrando la fuerza al tener a alguien que me necesitaba otra vez.
De repente me di cuenta de que lo necesitaba.
Necesitaba que me necesitaran.
Estaba programado para cuidar a las personas a las que quería.
El no tenerlo me desequilibraba.
Quizá no fuera sano, pero sustituía el clavarme agujas en las venas cualquier día de la semana.
—Bien. —Se sorbió la nariz—. Ahora bésame y haz que valga la pena.
Cumpliendo sus deseos de corazón, me incliné y rocé los labios con los suyos, estremeciéndome al notar la familiar sacudida de entusiasmo recorriéndome al sentir sus labios en los míos.
Temblando, me rodeó el cuello con los brazos y susurró las palabras «Juntos hasta el final, Joe».
El corazón se me disparó con intensidad en el pecho, porque sabía que lo decía en serio, y, cuando susurré las palabras «Juntos hasta el final, Molloy», también supe que yo lo decía en serio.
Más que nada.