145. Papi está aquí
PAPI ESTÁ AQUÍ
Joey
El corazón me fue a toda velocidad en el pecho el resto del camino a su casa y esa sensación de aceleración aumentó cuando Trish me abrió la puerta.
—¿Cómo está?
Su madre tenía los ojos llenos de preocupación cuando se apartó para dejarme pasar y me indicó que entrara.
—Creo que le vendrá muy bien su compañero de aventuras.
Oí a AJ llorando en cuanto puse el pie dentro, pero el llanto solo se intensificaba a cada paso que daba hacia la puerta de su dormitorio. No llamé, porque no le encontraba sentido. Así que entré sigilosamente y cerré la puerta tras de mí.
Sentada en la cama, acunando la diminuta cabeza de rizos rubios, Aoife se mecía y sollozaba.
—Mamá, no puedo hacerlo.
—Hola, reina.
Se le cortó la respiración y se giró para mirarme.
—Hola, semental.
Con las manos temblando, salvé el espacio entre nosotros y me senté en el borde de la cama, a su lado.
—¿Qué pasa, nena? —le pregunté, cogiendo al niño que chillaba—. ¿Por qué estás llorando?
—Lo he hecho todo —contestó, dejando las manos sin fuerzas a los costados cuando cogí al bebé en brazos—. Le he dado de comer, le he cambiado, le he hecho eructar, y no para.
—Vale —dije, apoyándolo en el interior de un brazo para pasarle el otro por los hombros a ella—. No pasa nada.
—Sí que pasa, Joe —dijo sollozando, girándose para hundir la cara en mi cuello—. No estoy bien. No puedo hacer esto.
—Sí que puedes —susurré—. Lo único que tienes que hacer es dormir. Túmbate y duerme un poco, Molloy. Yo me ocuparé de todo.
—Necesito ser capaz de hacerlo yo sola.
—Ya eres más que capaz —la intenté tranquilizar—, pero no tienes energía. Él necesita que duermas. Es lo mejor que puedes hacer por ambos ahora mismo.
Al final obedeció, se hizo un ovillo en su cama y cerró los ojos, todavía sollozando mientras poco a poco se iba quedando dormida.
Con el bebé en brazos, salí sigilosamente de la habitación y bajé las escaleras para dirigirme a la cocina, donde estaba el esterilizador.
—Está intentando amamantarlo, pero no le resulta fácil —dijo Trish cuando entré en la cocina—. Se le hace todo un mundo.
—Trish, sé que lo dices con la mejor intención, pero necesito que dejes de insistir en que le dé el pecho.
—Solo intento ayudar a mi hija.
—Lo entiendo, pero está agotada —respondí sin alterarme, intentando no ofenderla, aunque necesitaba controlar aquel caos antes de que se fuera de las manos—.
Ahora mismo no puede hacerlo y, sinceramente, su salud mental es muchísimo más importante para mí que si a mi hijo se le da o no el pecho.
AJ se desarrollará adecuadamente con la leche de fórmula, pero Aoife seguirá sintiéndose mal si continúa tratando de darle el pecho, así que tienes que decirle que está bien que haga lo que es bueno para ella.
Pareció considerar lo que le había dicho antes de suspirar con fuerza.
—Supongo que he estado intentando convencerla para que lo amamantara.
—Y es genial —le aseguré mientras preparaba con una mano el biberón—, pero le está costando mucho todo esto y tenemos que ponérselo lo más fácil posible.
—Estoy de acuerdo.
—Bien. —Asintiendo, exhalé un suspiro de alivio—. Escucha, Trish, sé que ni tú ni Tony confiáis en mí ahora mismo, y no os culpo, pero no puedo dejarlos a los dos aquí y marcharme. No puedo hacerlo. Me necesitan.
—Sí, es verdad.
—Quiero que vengan a vivir conmigo.
—De ninguna manera —respondió su madre, justo como había predicho—. Puedes estar aquí y ayudarla con el bebé todo lo que quieras, pero se quedan conmigo.
Decidí que ese no era el momento de meter más leña al fuego, así que cedí, satisfecho por haber plantado la semilla.
—Me lo llevo al salón un rato, si no te importa. Para que duerma un poco Aoife.
—Por supuesto.
—Gracias.
Encendí la televisión para tener ruido de fondo y me senté en el sillón con AJ apoyado en el hombro.
—Eres genial —le dije, dándole unas palmaditas en la espalda para que eructara—, pero tienes que dejar el drama. Tienes a tu pobre madre destrozada.
Subió las rodillas y soltó otro chillido furioso.
—Sí, lo sé —le dije, acelerando el ritmo de las palmaditas—. Tienes que cagar, ¿no? Vamos, hombrecito. Sácalo. Papi está aquí.
Pasaron varios minutos y luego noté un calor repentino en la mano junto con un impresionante pedo de cinco segundos.
—Ese es mi chico —lo alabé, echándolo hacia atrás para que me mirase—. ¿Me has dejado un regalito?
Ahora que el dolor había desaparecido, era como si AJ no hubiera roto un plato, y me miraba directamente, entrecerrando los ojos y poniendo muecas, mientras sus pequeños labios carnosos formaban una letra o perfecta.
—¿Dónde guarda tu mamá los pañales aquí abajo? —murmuré más para mis adentros que para él mientras buscaba.
Los encontré en el bolso cambiador al lado del sillón, tumbé al bebé y me puse manos a la obra.
—Estás hecho un profesional cambiando pañales, ¿eh? —dijo Trish al entrar en el salón, y dejó una taza de café en la mesa a mi lado—. Nada de esto es nuevo para ti, ¿verdad?
—Tengo mucha práctica —respondí, cambiando el pañal mientras limpiaba a mi hijo.
—Avísame si necesitas algo.
No iba a hacerlo.
Volví a ponérmelo en el brazo, llevé a los labios la tetilla del biberón que había preparado y sonreí cuando la buscó y empezó a chupar como un loco.
—Buen trabajo —susurré, arrimándomelo—. Métetelo bien en la boca.
Al cabo de treinta minutos, AJ había dejado el biberón seco y estaba fuera de combate en mi pecho.
Había realizado una tarea que sinceramente podía hacer con los ojos vendados.
Le provoqué el eructo antes de volver a cambiarle el pañal y tumbarlo para que siguiera durmiendo.
Con el sonido de unos suaves resoplidos inundándome los oídos, me quedé mirándolo mientras el corazón me latía con fuerza cada vez que inhalaba.
El miedo se abrió camino dentro de mí y al instante empecé a preocuparme por su futuro. ¿Tendría los mismos defectos (los mismos genes defectuosos) que su padre? ¿Que su abuelo? ¿Había maldecido a este bebé? ¿Crecería jodido de la cabeza porque yo era su padre?
Joder, esperaba que no.
La idea de que se sintiera como yo me sentía respecto a mi padre me dificultaba respirar. Me hacía querer salir corriendo y ahogarme en lo que fuera que tuviera a mano.
Debí de quedarme allí sentado una hora, con los ojos clavados en su cabeza rubia, rezando para que lo que hubiera ahí arriba se saltara a mi hijo y le diera una oportunidad en la vida.
Se merecía una oportunidad.
Haciendo más promesas de las podía cumplir, lo ofrecí todo por ese niño. Prometí el sol, la luna y las estrellas para que tuviera todo lo bueno en la vida a cambio de lo que fuese que quedara dentro de mí.
Cuando se movió un rato después, le di un beso en el pelo y lo acurruqué más cerca de mí.
«Sé como ella —le supliqué mentalmente a mi hijo dormido—. Por favor, no salgas a mí».
—Joey —me saludó Tony más tarde esa noche cuando entré en la cocina y me lo encontré a él y a Trish sentado a la mesa para su charla nocturna—. ¿Qué tal está ese nieto mío?
Había pasado bastante tiempo en esa casa para saber que todas las noches antes de irse a la cama los padres de Molloy tomaban té en la cocina y analizaban los acontecimientos del día. Era muy diferente a lo que pasaba en la mesa de la cocina en la casa donde me había criado.
—No temas por él —respondí, colocándome bien a mi hijo en los brazos mientras dormía—. Ha comido como un señor y está fuera de combate.
—¿Y mi hija? —preguntó, señalando hacia una silla en la mesa.
—Agotada. Saturada —contesté, acercándome a la silla—. Y es que está sobrepasada, joder.
—Ven con la yaya —dijo Trish, cogiéndome a AJ para abrazarlo.
—Por Dios —masculló Tony, frotándose la mandíbula—. Nunca pensé que diría esto después de todo por lo que la has hecho pasar, chico, pero me alegro de que estés aquí.
—Sí —asentí sin tomarme sus palabras a pecho—. Yo también.
—No es más que la melancolía de la maternidad —terció Trish—. Se le pasará.
—No lo sé, Trish —dijo Tony, mordiéndose el labio—. ¿Y si es lo otro?
—¿Qué es lo otro?
—¿La depresión que viene después de tener un bebé?
—Tony, solo han pasado unos días desde que dio a luz, amor. Dale a la chica un tiempo para adaptarse. No tiene por qué ser depresión posparto —intentó calmarlo su esposa—. Tan solo está hecha polvo.
—Mi madre tuvo una depresión posparto muy mala después de Sean —decidí meter baza—. No fue… bueno.
—¿Crees que eso es lo que le está pasando a mi hija? —preguntó Tony, implorándome con los ojos que le diera la respuesta.
—No, ahora mismo no —contesté, eligiendo las palabras con cuidado—, pero creo que necesitamos tener una conversación sobre lo que tiene que pasar después.
—No —se apresuró a decir Trish, negando con la cabeza—. Ya te lo he dicho antes, Joey, puedes quedarte aquí, pero no se va a mudar contigo.
Tragándome mi frustración, me concentré en Tony.
—Tengo mi propia casa, un anexo en la propiedad de los Kavanagh. Es seguro y es totalmente mío. Si Aoife viene a vivir conmigo, podré estar allí para ayudarla con AJ. Podré darle el apoyo que necesita.
—Ya cuenta con apoyo —replicó Trish—. Estoy al final del pasillo, por Dios santo. Estoy disponible veinticuatro horas los siete días a la semana si me necesita.
—No es lo mismo —insistí, sorprendido por no sonar nada alterado—. Sé que tienes buena intención, y estoy agradecido de la hostia por todo lo que has hecho por ellos, pero necesito estar con mi familia.
—Joey, te quiero, pero no voy a tener esta conversación —gruñó Trish—. Mi hija no se va a mudar contigo.
—Entiendo que…
—Acabas de salir del centro de desintoxicación —soltó—. Apenas llevas tres meses limpio. Bueno, no me malinterpretes porque te deseo todo lo mejor del mundo, pero no es que seas la solución estable.