144. Al menos llegasteis a la comida
AL MENOS LLEGASTEIS A LA COMIDA
Joey
—Dellie, llamó a nuestra hermana puta —se defendió Tadhg resoplando, subiéndose al asiento trasero del Range Rover después de que la avisaran del despacho para que nos viniera a buscar—.
Sí, Joe le dio la primera bofetada, pero luego le provocó hablando de Aoife y mi sobrino.
Y, mira, antes de que lo digas, no voy a pedirle perdón por darle una patada en los huevos cuando estaba en el suelo. El capullo se lo merecía.
—Bueno —suspiró con fuerza—. Al menos llegasteis a la comida.
—Lo siento —mascullé desde el asiento del copiloto—. La he cagado.
—No —dijo Tadhg, metiendo la mano entre los asientos para darme unas palmaditas en el hombro—. Le torciste la nariz, Joe. Fue un buen gancho.
—No ayudas, chaval. —Dejé caer la cabeza en las manos, consciente de que estaba con la mierda hasta el cuello por mi arranque—. ¿Durante cuánto tiempo voy a estar expulsado?
—Durante las próximas dos semanas —respondió Edel, incorporándose al tráfico.
—Qué bien —se rio Tadhg—. ¡Mira el resultado!
—Tú no, Rocky —lo corrigió—. Tú vuelves el lunes.
—Me cago en mi puta vida —gruñó número cuatro—. Sabía que tenía que haber dado el primer puñetazo.
—Oye —espeté, dándome la vuelta para mirarlo—. Deja de actuar como un mierdecilla. Antes no he hecho lo que debía.
—Pero tú…
—Me he portado mal, Tadhg —insistí, mirándolo serio en señal de advertencia—. Lo he hecho mal, ¿vale? No me imites. No es bueno. Hazlo mejor, Tadhg. Sé mejor.
«Que yo».
—¿Podemos hablar? —pregunté desde la puerta de la cocina al cabo de un rato, mirando cómo Edel Kavanagh se hacía cargo de mi hermano más pequeño.
—Siempre, amor —respondió.
—La tata me dio dinero.
—¿Ah, sí? —dijo pensativa, alborotando los rizos de Sean antes de centrar su atención otra vez en la olla de estofado que estaba cocinando.
—Sí. —Me encogí de hombros, todavía allí—. Un montón de dinero.
Entonces se giró para mirarme.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Quince de los grandes. —Metí la mano en la bolsa de deporte que había preparado para irme a casa de Molloy y le enseñé el sobre lleno de billetes—. Es de mi abuelo. Me lo dejó cuando murió.
Levantó las cejas.
—¿Y no lo has tocado?
Negué con la cabeza.
—Ni un céntimo.
—¿Te has visto tentado?
—Cada segundo de cada día —admití—, pero no voy a volver ahí.
Sonrió.
—Buen chico.
—Supongo que lo que quería hablar contigo era respecto a arreglar cuentas con vosotros. Evidentemente, necesito guardar algo de dinero para Aoife y AJ, pero Tony va a devolverme mi trabajo en el taller, así que podré establecer un plan de pago…
—No te atrevas a terminar esa frase —me interrumpió, dándose la vuelta para mirarme—.
Lo digo en serio, Joey Lynch. —Se acercó a mí limpiándose las manos en el delantal, sin pararse hasta tener el sobre en sus manos y meterlo de nuevo en mi bolsa—.
Jamás aceptaré un céntimo de ti. ¿Me oyes, amor?
Ni una moneda vieja y oxidada, así que sácate esa idea de la cabeza.
—Edel —suspiré con fuerza mientras me frotaba la mandíbula—. Tengo que pagártelo.
—Ya lo has hecho —respondió, dándome unas palmaditas en la mejilla— al mantenerte limpio e ir al colegio.
—Me han expulsado en mi primer día en Tommen —le recordé.
—Pseee. A mí también me pasó. —Movió la mano en el aire al tuntún—. Y fue a lo grande.
—¿Estudiaste en Tommen?
—Me trasladaron allí —contestó con una sonrisa—, igual que a ti.
—No lo sabía.
—Hay muchas cosas que no sabes, Joey, amor. —Sonriendo, me dio otras palmaditas en la mejilla antes de centrarse en el estofado—. Un montón.
Vaya mierda.
—¿Crees que…, eh…, podrías llevarme a la ciudad? —Señalé mi bolsa—. Tengo que ver a Aoife.
—Puedo dejarte en la ciudad dentro de una o dos horas, amor, pero, si necesitas ir ahora, corre arriba y ve a preguntárselo a Johnny antes de que se vaya a entrenar. Estoy segura de que no le importará llevarte de camino.
Recorrer Tommen era una cosa, pero recorrer el laberinto de la mansión Kavanagh era algo muy distinto. Cuando conseguí llegar a la habitación de Johnny tras recorrer los laberínticos pasillos, me detuve al otro lado de la puerta donde se oía la ligera risa de mi hermana.
Cuando nuestra madre estaba viva, yo estaba demasiado colocado para oír sus advertencias sobre la relación de Shannon con Kav. Ahora que me mantenía de pie, con la cabeza despejada y en pleno uso de mis facultades, lo entendía. Por fin veía de lo que mi madre tenía miedo.
Aquello no era amor de adolescentes. Tampoco era un amor pasajero. No, lo que estuviera pasando entre esos dos era auténtico, real, mezclado con un toque innegable de permanencia.
Sonriendo para mis adentros, llamé y empujé la puerta hacia dentro.
Ese fue mi primer error.
Mi segundo error fue… No, había desaparecido.
Solo podía centrarme en la imagen de mi hermana desnuda, rebotando encima de su novio también desnudo.
—¡Alarma! —grité, llevándome una mano a los ojos dos segundos demasiado tarde—. ¡Alarma, alarma, saca la puta polla de mi hermana pequeña!
—¡Ay, Dios mío! —gritó Shannon, sacudiendo las manos y las piernas mientras se levantaba del regazo del puto Señor Rugby e intentaba esconderse detrás de su espalda—. ¡Joey! ¡Pírate de aquí!
—Sí —rugí, a punto de desmayarme mientras me apoyaba en el marco de la puerta y contenía unas ganas irresistibles de vomitar—. Sal de ella, cabrón gigante. ¡La vas a romper!
—¡Él no…, Johnny, no te muevas! —gritó mi hermana, asomándose por su hombro y señalándome con el dedo—. ¡Tú, Joe! Largo.
—¡No puedo!
—¿Por qué no?
—¡Porque me he quedado paralizado, joder, Shannon! Me he quedado traumatizado —dijo—. Joder, ¿es que no te he enseñado nada? —pregunté, mareado—. ¿No has aprendido nada de mis errores?
—Estoy tomando la píldora —contestó mi hermana.
—Y yo me he puesto un preservativo —intervino el cabronazo.
—Ay, Dios —gimoteé, entrándome arcadas al imaginármelo.
—A ver si aprendes a llamar —dijo Shannon sin aliento—. Y ahora vete.
—¿En serio vas a seguir? —Cuando no lo negó, me estremecí de la repulsión—. No me puedo creer en serio que vayas a hacerlo.
—Joe, llevamos ya meses haciéndolo.
—Me cago en Dios, Shannon, ¿por qué tenías que decírmelo? —exclamé mientras se me revolvía el estómago y retrocedía a ciegas—. Yo solo quería que me acercaran a la casa de Aoife, no otra razón para ir al psicólogo.
—En cuanto a lo que has visto antes… —Kav finalmente sacó el tema para mi desgracia—. A Shan y a mí…
—Oye, chaval, lo único que necesito es que me acerques a casa de mi novia —respondí, todavía algo revuelto mientras me llevaba a la ciudad—. No una explicación.
—La quiero.
—Estoy seguro.
—No —dijo con un tono serio—. La quiero, chaval. Estoy enamorado de ella.
—Me alegro por ti —mascullé, incapaz de mirarlo sin ver la imagen de… Joder, ni siquiera podía pensarlo—. Sé que la quieres —decidí añadir—. Es la única razón por la que no se me va la olla ahora mismo.
Se quedó callado un momento, sin duda asimilando mis palabras antes de volver a hablar.
—Me la voy a llevar conmigo, Joe —dijo en voz baja—. Cuando me vaya de Ballylaggin. Dondequiera que termine, vendrá conmigo.
—Bien —respondí—, al menos tendrá una oportunidad.
—Ya tiene una oportunidad —replicó bruscamente—. Gracias a ti, chaval. No a mí.
Entonces me sonó el teléfono, distrayéndome de nuestra conversación, y enseguida me lo saqué del bolsillo para aceptar la llamada.
—¿Hola?
—Hola, Joey, tesoro, soy yo, Trish. Me preguntaba a qué hora ibas a llegar.
—Hola. Ya voy de camino.
—Ay, gracias a Dios —suspiró con fuerza al otro lado de la línea—. Tiene un mal día, cariño.
Se me cayó el alma a los pies.
—Enseguida estoy ahí.