143. Cambio de planes
CAMBIO DE PLANES
Joey
—Pero es un hurler, Gibs —apuntó Kav, pronunciando en voz alta mis pensamientos mientras me sentaba en la mesa del comedor, escuchando al demente de su mejor amigo soltar su última idea loca.
Resultaba que Gibsie tenía muchas ideas locas y yo iba a saberlo bien, porque me había tocado la puta mala suerte de coincidir con él en todas las clases, y eso significaba pasar seis horas juntos al día.
Ay, sí, me había guardado un sitio a su lado en cada una de esas clases.
Por lo visto, Johnny era incluso más cerebrito que Kev y lo tenía todo para en junio conseguir la máxima puntuación en el examen de acceso a la universidad, que tan solo los superdotados sacaban.
Entre tanto, yo era de la media, junto con un chaval al que jamás lo podrían acusar de ser como la media.
—Cierto —respondió Gibsie asintiendo con la cabeza—, pero Lynchy necesita un cambio de escenario, y nosotros necesitamos un ala. Tommen no tiene equipo de hurling, pero sí de rugby. Un equipo que se ha quedado sin apenas jugadores buenos este año.
—Míralo —terció Hughie—. Es demasiado…
—¿Soy demasiado qué? —dije con desdén, retándolo con los ojos a que terminara la frase.
—Nada —masculló, dándose la vuelta—. Nada en absoluto.
—Sí —gruñí, todavía echando chispas—. Eso era lo que yo creía.
—Es agresivo y camorrero, por no mencionar lo despiadado que es en los mejores momentos —decidió intervenir también Feely en la conversación.
—¿Y tú qué coño sabes? —espeté, fulminándolo con la mirada—. No sabes una mierda de mí.
—Un buen ejemplo —respondió Feely en calma—. Además, es un atleta experto.
—Cierto —dijo Kav pensativo, rascándose la barbilla.
—Ya has visto al chaval —continuó Gibsie, ignorándome por completo y concentrando su atención en sus compañeros de equipo—. Corre que vuela.
Feely sonrió.
—Es perfecto.
Gibsie se giró para mirarme y me dedicó una gran sonrisa.
—Y bien, ¿estás conmigo, Lynchy?
—Y una mierda —respondí inexpresivo—. Si estáis pensando o imaginando, capullos, que voy a entrar en vuestro…
—Podrás pegarle a la gente —me interrumpió—. Varias veces, de forma legal y sin que te arresten. Considéralo una especie de terapia física.
—Me he reformado —respondí sorbiéndome la nariz—. Además, ahora soy padre. No tengo tiempo para los deportes.
—Sí.
Los cuatro se rieron.
—¿Qué? —espeté—. ¡Lo soy, joder!
—Padre, sí —confirmó Kav.
—Pero ¿reformado? —Gibsie se rio—. Nunca.
Negándome a morder el anzuelo de lo que veía como una versión con pasta de Alec, negué con la cabeza y me recosté en mi asiento.
—Escuchad, aprecio vuestra oferta de meterme en el equipo, pero tengo una chica, un niño y un trabajo que van antes que nada. Así que paso.
—¿Un trabajo? —Las cejas de Kav se dispararon hacia arriba—. ¿Ya?
Asentí.
—He recuperado mi antiguo puesto en el taller.
—Hostia, chaval. —Sonrió y pareció realmente alegrarse por mí—. Felicidades.
—Hurra.
—Eh, chicos —saludó Shannon, entrando en el comedor acompañada de dos amigas.
Los ojos se le iluminaron en cuanto me vio sentado en la mesa con ellos.
Hasta saltó un poco, pero se las apañó para controlar su expresión antes de llegar a la mesa—.
Hola, Joe —dijo, tratando de sonar despreocupada mientras se sentaba en el sitio libre al lado de Kav.
—Shan —la saludé mientras veía cómo Kav retiraba la silla para que se sentara, la misma silla que llevaba guardando como un león durante toda la comida.
—Hola, Johnny.
—Hola, Shannon.
—Ese es su trono —me dijo Gibsie al oído, riéndose—. Nadie salvo la pequeña Shannon se sienta al lado del rey de la selva o, en nuestro caso, el rey de Tommen.
Puse los ojos en blanco al no interesarme la política social. Pero sí calentó algo dentro de mí ver a mi hermana pequeña en su ambiente. Con su propio círculo. En un lugar que por fin era el suyo.
Cuando Lizzie pasó por mi lado, me guiñó el ojo, pero nada más.
Ni un «hola».
Ni una sonrisa.
Ni nada, y no pude sentirme más agradecido en ese momento.
Con los ojos clavados en ella, vi cómo se sentaba entre Feely y otro chaval con la cabeza rapada, justo enfrente de Hughie.
Esa chica, fuera o no muy complicada, tendría mi apoyo incondicional.
Tenía una novia y un hijo en casa, y eso no existiría si esa chica no se hubiese tomado un segundo para hablar conmigo para que no saltara aquella noche.
La idea de lo que podría haber pasado —lo que habría pasado— si no hubiera intervenido significaba que estaría siempre en deuda con ella.
Mi hijo tenía un padre gracias a ella, y cuando se armara la gorda en la vida de esa chica, porque ocurriría, tendría mi apoyo.
Sí, durante el resto del curso, estaría bajo mi protección al igual que Tadhg y Shannon.
—Vaya, pero si están aquí el chico roto y el chaval fuerte —metió baza Claire Briggs mientras se acercaba a la mesa del comedor y, al ver que no había asientos libres, se dejó caer en el regazo de Gibsie.
—Ay, Dios —gruñó Gibs, moviéndose, incómodo—, no sé si se me podría llamar un chico fuerte, muñequita —dijo concentrándose mucho en algo.
En que no se le pusiera dura, supuse.
Sí, a todos nos había pasado.
«Pobre cabrón».
—No, Gerard. —Negando con la cabeza, le pasó un brazo por los hombros y se inclinó lo suficiente para acariciarle la nariz con la suya—. Tú eres el chico roto y él es el chico fuerte.
—Si yo estoy roto, ¿cómo estás tú, muñequita?
—No sé, Gerard —bromeó—. ¿Cómo estoy yo?
—Muy buena —susurró, abrazándola mientras salvaba el espacio entre sus narices—. Eres mi todo.
—¡Claire! —bramó Hughie—. Sal de su regazo. Ya.
—Vale, aquí está el cabrón pesado que siempre estropea el momento —dijo Gibsie resoplando, girándose para fulminar con la mirada a su amigo—. ¡Estaba teniendo un momento especial, Hugh!
—Sí —respondió Hughie con la cara roja—. ¡Con mi hermana!
—¡Vale! —soltó Lizzie y entonces mi atención volvió a centrarse en ella mientras levantaba las manos en el aire y le lanzaba una mirada de odio a Feely—. Dilo. —Se recostó en su asiento, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándolo con odio—. Haz todo lo que puedas, mierda.
Cuando no respondió, creí que iba a ponerse a gritar. Sin duda parecía que estaba a punto de hacerlo.
—Maldita sea, Patrick, di algo.
—Vale. —Dejó la botella de agua, se giró en su asiento y le prestó toda la atención—.
Creo que tienes los ojos azules más tristes que he visto y me duele mirarte, pero no tanto como me duele estar cerca de ti.
Tus fragmentos rotos son afilados y con puntas que pueden cortar a cualquiera que se acerque demasiado.
—Vaya mieeerda —dijo Gibsie riéndose cuando Lizzie se levantó y se marchó ofendida del comedor—. Lo que le has dicho, chaval. —Alzó la mano para chocársela—. Has silenciado a la víbora.
—Baja la mano, gilipollas —espetó Hughie, levantándose de su silla—. Te estás poniendo en evidencia.
Sin pronunciar ninguna palabra más, Hughie salió en la misma dirección que Lizzie.
Arqueando una ceja, me tomé un momento para observar las reacciones de sus amigos y esperé a ver si entendía algo.
Pero no.
No tenía ninguno ni puta idea.
Ahí pasaba algo.
A lo mejor eran tantos años de consumir drogas lo que me hacía tener esa puñetera perspicacia. A lo mejor había pasado demasiados años como sujetavelas en la relación de Molloy con Ricey, y la vida me había vuelto un cínico.
Me quedé pensando en ello un momento antes de quitarme la idea de la cabeza.
«Bah, a la mierda, esos dos está claro que están follando».
—¿Shan? —Entonces dos chicas se acercaron a la mesa—. ¿Tadhg Lynch es tu hermano pequeño?
—Sí —contestó mi hermana, frunciendo el entrecejo por la confusión—. ¿Por qué?
—Está fuera del lavabo de las chicas peleándose con Ronan McGarry.
—Ay, Dios —masculló Shan, dejando caer la cabeza en sus manos.
—Yo me encargo —dijo Kav, poniéndose de pie, pero yo ya estaba de pie, volviendo sobre mis pasos hacia el pasillo principal.
—¡Tadhg! —espeté, abriéndome paso entre la multitud del pasillo, buscando a mi exaltado hermano pequeño.
Vi su cabeza rubia en la otra punta, sin duda tanteando a un chaval mayor.
—Los tuyos no tendrían que ir a este colegio —le provocó el otro tío y sabía que sus palabras serían como un trapo rojo delante de un toro para mi hermano—. Así que por qué no te vas a tu sitio con el resto de los hermanos de mierda que tienes.
—¿Y cuál es mi sitio exactamente? —dijo Tadhg furioso, dejando caer su mochila de los hombros mientras avanzaba para empujar en el pecho a aquel tío más grande—. ¿Hum? Vamos, caraculo. ¿Cuál es mi sitio?
—Bien lejos, en una de esas viviendas de protección oficial con el resto de vuestra escoria. —Sonriendo, el tío mayor añadió—: Pero puedes dejarnos a tu hermana con nosotros, ya que está dispuesta a abrirse de patas para el cap…
—¡Estás muerto, McGarry! —se oyó el rugido feroz de Tadhg justo cuando me abrí paso entre la multitud y me puse a su lado.
—No seas tonto —le advertí, cogiendo del brazo a mi hermano pequeño que ya lo había levantado—. No merece tu tiempo, chico. Vete.
—Pero ha dicho que Shannon…
—Es un capullo niñato de estos que juegan al rugby, que no ha tenido un día duro en su vida —intervine—. No nos importa su opinión.
—Anda, mira —dijo el capullo con desdén, atormentando a Tadhg con una sonrisita cruel—. Ha venido tu hermano mayor a rescatarte. —Me miró y amplió su sonrisa—. Lo he oído todo de ti, yonqui.
—Qué original —dije inexpresivo, sin ningún interés en malgastar mi energía discutiendo con él—. Mira qué cabeza tan fea tiene —continué centrándome en mi hermano—. El pobre cabrón seguro que no ha probado un coño en su vida. Vete, chaval.
Las carcajadas estallaron a nuestro alrededor, todas a expensas del gilipollas.
—He visto muchos coños —masculló el tío, con la cara coloradísima.
—El que viste al salir de tu madre no cuenta, chaval —contestó Tadhg mientras yo lo apartaba—. Siento desilusionarte.
—¿Al contrario que tú y ese hermano yonqui que tienes? —replicó—. Se dice por ahí que este se folló a una puta del Ballylaggin y la dejó preñada…
No terminó la frase, ni hubiera podido aunque hubiese querido, porque tiré a ese cabrón al suelo.
Tadhg soltó una carcajada.
—Creía que no nos importaba su opinión.
—Cambio de planes.