Rey de la gula (Pecados 6) 142. La melancolía de la maternidad
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142. La melancolía de la maternidad

LA MELANCOLÍA DE LA MATERNIDAD

Aoife

Llevaba en casa tres horas y no podía dejar de llorar. A lágrima viva, sentada con las piernas cruzadas encima de la cama, miraba al minúsculo humano que gritaba a pleno pulmón.

No podía hacerlo.

Era una tonta si pensaba que era capaz.

—Chis, chis, chis —dije en un mar de lágrimas mientras le frotaba la barriguita y le llevaba el chupete a los labios, rezando para que dejara de llorar.

—Aoife, tesoro. —Mi madre se asomó por la puerta de mi habitación con los ojos llenos de una mezcla entre compasión y preocupación—. ¿Quieres que me lleve a AJ una hora?

—No —dije en un mar de lágrimas, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de mi infancia mientras clavaba la vista en el diminuto ser humano del que era responsable—. Tengo que aprender a hacer esto.

—¿Quieres que llame a Joey? —preguntó todavía por allí—. A ver si puede venir un poquito antes.

—¡Está en clase, mamá! —grité, levantando las manos en el aire—. No puede venir antes. ¡Tiene que quedarse hasta las cuatro!

—Sí —respondió despacio—. Entiendo que está en clase, pero, si supiera que te cuesta tanto, él…

—No es que me cueste —repliqué, hundiendo la cara en el pliegue del brazo mientras otra oleada de histeria me recorría—. Es que tengo miedo.

—Ay, tesoro. —Mi madre salvó el espacio entre nosotras y se sentó al borde de la cama para coger a AJ en brazos—. ¿De qué tienes miedo?

—De estar sola —dije sollozando, inconsolable—. Tener que hacer esto sin él.

—Aoife, cariño, Joey está en casa —intentó calmarme mientras mecía a mi hijo en sus brazos—. No se va a ir a ninguna parte.

Pero podía hacerlo.

Podía tener una recaída.

Podía dejarme.

Otra vez.

—Aun así, tengo miedo —grité e hice una mueca cuando me moví demasiado rápido y noté un dolor muy fuerte—. Él está por ahí y yo estoy aquí, y es que… —Exhalé temblorosamente y fui a coger a mi hijo—. Es que tengo mucho miedo, mamá.

—¿Sabes? Es totalmente normal sentirse hecha un lío los primeros días después de dar a luz. —Mi madre me echó un brazo por los hombros mientras yo acunaba a AJ contra mi pecho—. Tienes las hormonas alteradas y tu organismo entero se está reiniciando, por así decirlo.

—Tengo miedo —repetí, incapaz de contener los temblores que me sacudían—. Es que… —Negué con la cabeza y me incliné para darle un beso a AJ en la cabeza—. Tengo miedo.

—Claro que tienes miedo —dijo para calmarme—. Has pasado un infierno este año y no tienes más que dieciocho años, cariño. Es normal que te sientas insegura. Es muy normal. Me acuerdo cuando llegué contigo y con Kev a casa. Estuve llorando durante tres meses enteros.

—¿Ah, sí?

—Ya te digo —respondió, estrechándome en sus brazos—. Estaba fuera de mi elemento y tu padre trabajaba todo cuanto podía para traer el pan a casa. Los primeros días creía de verdad que estaba volviéndome loca. Pero luego mejora, amor. Es más fácil. Te lo prometo.