Rey de la gula (Pecados 6) 141. Bienvenido a Tommen
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141. Bienvenido a Tommen

BIENVENIDO A TOMMEN

Joey

Mi primer día de mi segunda oportunidad en sexto, y el primer día de mi segunda oportunidad en la vida; según mi psicóloga, quiero decir.

La verdad era que mi segunda oportunidad había nacido hacía dos días, y estar en ese colegio en vez de con mi hijo y mi novia me estaba matando.

Cuando crucé la puerta principal del centro, la ansiedad que estaba experimentando tenía poco que ver con lo que me rodeaba y todo que ver con la chica que había dejado sola en el hospital.

Ya había estado antes en aquella posición. Me había sentado a los pies de la cama de otra mujer, viendo cómo se derrumbaba por la angustia mental que venía tras dar a luz.

Jamás lo entendí cuando le pasó a mi madre, y estaba igual de desorientado ahora que le estaba ocurriendo a mi novia. Quería hacer lo correcto. Quería darme la vuelta y regresar con ella, pero tenía que cumplir el acuerdo al que había llegado.

Conllevaba unas ventajas que no podía rechazar. Conllevaba libertad, alojamiento, y un futuro con el que contaba para mi familia.

Mi familia que consistía en Molloy y AJ.

El director de Tommen no podía ocultar su desagrado hacia mí. Lo dejó bien claro. Su desconfianza era potente y su recelo incluso más agobiante mientras me miraba con desprecio, sentado a su escritorio.

—¿Lo están tratando con metadona? —Su pregunta, aunque era sobre mí, iba dirigida a Edel y John, que estaban sentados a mi lado—. ¿Recibe terapia con regularidad? ¿Asiste a un ambulatorio?

Me tragué mi genio y dejé que John hablara por mí. Al fin y al cabo, el hombre se dedicaba a eso. Así que apreté los puños a los costados y desconecté, tan solo respondiendo cuando el patriarca de la nueva familia de mis hermanos me animaba a hacerlo.

«Indeseable».

Era solo una palabra, pero la más precisa que se me ocurría para describir cómo me hacían sentir. Aquel no era mi sitio, no tenía que estar en ese colegio privado ni llevar ese uniforme.

Aun así, aguanté y dejé que me guiara uno de los pocos hombres en mi vida que consideraba de confianza.

Al final, me dieron el horario de las clases y la advertencia de que me comportara. Como si no hubiera oído ya eso.

—He oído hablar de él.

—No es trigo limpio.

—Siempre se estaba metiendo en peleas en el Ballylaggin.

La gente susurraba al verme en los pasillos.

—Por lo visto, lleva un chip enorme en el hombro.

Los ignoré a todos. No podían hacerme daño. Había pasado por tanto y había llegado tan lejos que no iba a dejar que unas cuantas opiniones me apartaran del camino.

—Ese tiene muy mala reputación.

—He oído que dejó embarazada a una chica de su anterior instituto.

—Seguro que me deja a mí embarazada con solo mirarme.

—Es mi hermano —soltó una voz familiar, y me di la vuelta para encontrarme con Shannon precisamente, con un grupo de chicas en el pasillo—. Y no deberíais creer todo lo que oís por ahí.

—¿Sale con alguien?

—No eres su tipo.

—¿Quién es su tipo?

—Su novia.

Sonreí para mis adentros.

Vaya, menuda sorpresa.

Estaba defendiéndome.

Pasé de sus comentarios y le guiñé el ojo a mi hermana antes de dirigirme a mi primera clase, a la que llegué más tarde que nadie porque aquel colegio era un puto castillo.

—¿Le van a hacer análisis de sangre? —fue el primer comentario malicioso que tuve que oír cuando entré a Matemáticas—. Porque no quiero que ningún drogata se desangre encima de mí.

—Probablemente tenga sida —dijo con desprecio la chica al lado del otro.

—Créeme si te digo, Buckley, que lo mejor de ti se le quedó a tu padre en la pierna —dijo una voz familiar en mi defensa, y me giré en dirección a donde Gibsie estaba retirando una silla libre a su lado—.

Y, en cuanto a tu novia, la puta señorita Peggy —añadió mirando con los ojos entrecerrados a la chica que se reía al lado del capullo que hablaba—, creo que podemos decir que la marea no se la llevará.

—Que te den, Gibsie.

—¿Que te den? —Echó la cabeza hacia atrás—. Ya te gustaría a ti.

La clase entera se echó a reír.

—Buenas, amigo —saludó Gibsie con una sonrisa cuando me dejé caer en la silla a su lado.

«Joder».

—Gibs.

—¡Uooo-hey! Has dicho bien mi nombre.

—Sí. —Me encogí de hombros—. Bueno, he pensado que mejor era aprendérmelo, ya que voy a estar aquí atrapado contigo hasta junio.

—Así es, amigo mío —se rio, empujándome el hombro con el suyo—. Estaremos juntos.

—Bueno, ¿y dónde está tu otra mitad?

—¿Mi Claire? Va a quinto.

—No, gilipollas. Kav.

—¡Ah! —Gibsie se rio—. Ah, te refieres a mi otra mitad.

Está en clase avanzada de Mates. —Y, frunciendo el ceño, Gibsie añadió entre dientes—: El capi destaca en todo —se rio para sus adentros, al parecer le hizo gracia algo en lo que estaba pensando, antes de negar con la cabeza y decir—: Está hecho un genio tu futuro cuñado.