140. No puedo hacerlo
NO PUEDO HACERLO
Aoife
La falta de sueño me convirtió en una mujer débil y esa fue la razón por la que envié aquel mensaje de texto peligroso en mitad de la noche. El agotamiento se había establecido y hacía que me costara más no hundirme en las sensaciones de conflicto y arrepentimiento que rabiaban en mi interior.
Por eso Joey estaba sentado al borde de mi cama del hospital a las ocho de la mañana el jueves por la mañana. Vestido con su uniforme de Tommen recién planchado, y con nuestro hijo acurrucado en la cara interna del codo, tenía una naturalidad como padre con la que yo solo podía soñar.
—Muy bien —decía mientras le daba de comer a AJ con el biberón.
El biberón.
Se me escapó otro sollozo.
No conseguía que mamara.
No sabía hacer nada bien.
La segunda noche con nuestro hijo había sido un desastre mayor que la primera, y estaba empezando a pensar que yo no le gustaba a AJ.
—Tan solo estás cansada —dijo Joey, dejando el biberón vacío para agarrarme de la mano—. Lo vas a conseguir, Molloy.
—No, Joe, no puedo —respondí con la voz quebrada, esforzándome por no ceder a la abrumadora tentación de gritar a pleno pulmón—. Todos tienen razón. No puedo hacerlo.
—Sí puedes —me corrigió, soltándome la mano para ponerse a AJ en el hombro—. Te prometo que sí —continuó, acercándose para cogerme con el brazo libre—. Todo va a salir bien.
—No, no va a salir bien. —Negué con la cabeza y me limpié la nariz con la manga de mi sudadera—. Soy una madre de mierda. —Otro sollozo me sacudió el pecho—. Me o-odia. Nu-nunca llora con-contigo. Ni siquiera p-puedo darle de comer bi-bien.
—Tonterías. —Mientras me levantaba, vi cómo terminaba de hacer eructar a nuestro hijo—.
No eres una madre de mierda. —Manejando a nuestro hijo con tanta destreza como cualquier comadrona del hospital, Joey lo dejó en la cama y se puso a cambiarlo—.
Estás asustada y él lo nota —explicó con delicadeza, poniéndole a nuestro bebé un pañal limpio antes de meter su diminuto cuerpo en otro body—.
En cuanto te relajes, él también lo hará.
—Alzando a AJ en brazos, lo meció durante un momento, balanceándose de un lado a otro, antes de dejarlo en su cuna y volver a mí—.
Estás agotada, Molloy. Estás pasando por mucho ahora mismo, nena, y ese pequeño bebé te adora, ¿vale?
—Se sentó en la cama y con cuidado me llevó a su regazo—.
Y no te preocupes por cómo se alimente mientras se alimente.
—Pero mi madre dice que de-debería estar dándole el pecho.
—Me importa una mierda lo que diga tu madre —replicó, estrechándome en sus brazos—. Yo soy su padre y te digo que está bien. Está engullendo los biberones. Está claro que está ganando peso. No hay que preocuparse por él, Molloy. Está creciendo muy bien.
—Odio estar aquí sola —admití, hundiendo la cara en su jersey nuevo del colegio—. Las noches son lo peor.
—Sabes que me quedaría contigo si pudiera —respondió, sonando dolido—, pero echan a las parejas a medianoche.
—Sí —dije, aferrándome a él—, lo sé.
—Hoy vuelves a casa —la animé— y estaré allí en cuanto salga de clase, ¿vale?
Me llevaré una bolsa y me quedaré a dormir.
—Me dio un beso en la cabeza—. Yo le daré de comer esta noche, ¿vale?
Lo único que quiero que hagas es respirar y no ponerte nerviosa hasta que vuelva.
Tu madre vendrá dentro de una hora. Déjala que te ayude.
«No te vayas».
«Por favor, no te vayas».
—No quiero marcharme —dijo afligido, sin duda leyéndome la mente—, pero, si no voy a clase, lo tendré jodido con mis médicos…
—No pasa nada —me apresuré a interrumpirle, porque no era bueno tener aquella conversación cuando estaba tan nerviosa—. Nos vemos cuando vuelvas de clase.
—Sí —me aseguró—, y entonces hablaremos, ¿vale? De hecho, tengo una cosa que quiero consultar contigo y tus padres. —Me besó otra vez—. Haremos que esto funcione, Molloy.