Rey de la gula (Pecados 6) 139. Te cuidaré
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139. Te cuidaré

TE CUIDARÉ

Joey

Después aquella tarde, la burbuja tranquila dentro de la que Molloy y yo nos habíamos metido mientras nos aveníamos al bebé chillón que habíamos creado juntos estalló.

Irrumpiendo en la habitación del hospital, cargadas con globos, animales de peluche y bolsas de compras llegaron Trish y Casey, seguidas de un Tony que parecía aprensivo.

—¡Aoife! —exclamaron Trish y Casey, yendo directas hacia mi novia—. Ay, mi pobre bebé.

—Hola, mamá. Hola, Case.

—Ay, mira qué cara, pobre. Se te ve muerta.

—Vaya, gracias, mamá.

—No le hagas caso a tu madre —se apresuró Casey a intervenir—. Estás para mojar pan, como siempre. Menos la barriga enorme.

Tuve el sentido común de quitarme de en medio, rodeé a las chicas y me acerqué a Tony.

—Veo que tu padre sigue aquí —apuntó Tony, con los ojos clavados en el bebé que tenía en mis brazos—. Eso es un buen comienzo.

—Sigo aquí —confirmé, cogiendo bien al niño—. Dile «hola» a tu abuelo, pitufo.

—Será mejor que no le pongas a ningún nieto mío el nombre de un dibujo animado —protestó Tony, con los ojos clavados en el bebé que tenía en brazos.

—¡Pero qué dices, papá! —dijo Molloy—. Es una forma cariñosa de llamar al niño.

—Dios, peor me lo pones. —Tony se quedó pálido.

—No lo voy a llamar como a un dibujo animado —me reí y se lo pasé a Tony para que lo cogiera—. Ten.

—Ay, Dios, chico, no me lo des a mí —dijo Tony, con los ojos clavados en mi hijo, mientras rápidamente se quitaba el abrigo y se remangaba la camisa hasta los codos—.

Mira qué tamaño tiene. —Se dirigió a la silla junto a la cama, se sentó y soltó el aire de forma temblorosa—.

No he cogido a un bebé desde que los mellizos eran pequeños.

—Dámelo a mí —terció Trish, yendo directa hacia nosotros—. Quiero darle el primer achuchón.

—No le hagas caso —refunfuñó Tony, indicándome con las dos manos que me acercara a él—. Ven conmigo, chico, que el abuelo te va a dar un abrazo.

—Ay, madre mía —canturreó Casey, inclinándose sobre Tony con una cámara digital rosa en las manos mientras disparaba como una loca—. Es superdivino, chicos.

—Es ya como un hombrecito —murmuró Trish—. Es enorme, Aoife.

—Sí —masculló Molloy, cerrando los ojos—. Todavía siento lo enorme que era.

Mientras todos tenían los ojos en el bebé, yo regresé al lado de mi novia.

—¿Estás bien?

—Ajá —asintió, con los ojos aún cerrados—. Solo una contracción.

Sí, nos habían dicho que pasaría eso.

Le habían dado muchísima medicación para ayudar a que el útero se contrajera.

—Bueno, señor Chico Malo Reformado —dijo Casey, guiñándome el ojo—. ¿Te sigues comportando? —Y, moviendo las cejas, añadió—: Espero que no le hayas estado dando al óxido nitroso de extranjis.

—¡Casey!

—Bah, no pasa nada —me reí, sacudiendo la cabeza—. Estoy limpio como una patena.

—Hay una primera vez para todo.

—Y tanto.

—Bueno, ¿y ya le habéis puesto nombre a este hombrecito? —preguntó—. ¿O lo vamos a tener que llamar de momento «pitufo»?

Molloy me miró y me encogí de hombros.

—Tú decides, nena.

—Tenemos un nombre —dijo, lamiéndose los labios—. En realidad, tenemos dos.

—¿Ah, sí? —A Trish se le iluminaron los ojos—. Dilos.

—Joe está en contra, pero quiero que el segundo nombre sea Joseph —les dijo— y el apellido será Lynch. —Temblando, añadió—: No estamos casados y por eso es importante para mí que todo el mundo sepa que nuestro hijo tiene un padre que lo reconoce.

Me tragué mis protestas, negándome en rotundo a discutir con la chica que había pasado por ocho horas infernales para darme un hijo. Así que asentí con la cabeza como apoyo cuando me miró para que se lo confirmara.

—¿Y el nombre de pila? —quiso saber Trish.

—Anthony —respondió Molloy—. Se llama Anthony Joseph Lynch. —Sonriendo, añadió—: AJ para abreviar.

—Pero Anthony soy yo —dijo Tony, poniéndose del color del Opel Corsa de su hija.

—Sí, papá. —Molloy puso los ojos en blanco—. Lo sabemos.

—Has decidido ponerle a tu hijo el nombre del hombre que te crio —dijo Trish con orgullo, mirando a su hija con una amplia sonrisa—. Ay, Aoife, qué bonito.

—La verdad es que decidimos ambos ponerle el nombre del hombre que nos crio a los dos —confirmé en voz baja—, porque, seamos realistas, el único hombre que me mostró el camino fue tu marido.

Tony se aclaró la garganta con fuerza, miró a AJ y se sorbió la nariz.

—Sé muy bien lo que este padre tuyo está intentando hacer, chico —le dijo a mi hijo con la voz cargada de emoción—.

Está intentando hacerle la pelota a tu abuelo, ¿eh?

—Le dio un beso a mi hijo en la frente y le sonrió—.

Bueno, pues puedes decirle a tu padre que ha funcionado.

Sí, dile a tu padre que espero que lleve su culo al taller en cuanto tu madre esté en casa y pueda ponerse de pie.

Se me paró el corazón en seco.

Molloy se me quedó mirando boquiabierta.

—Pero dile a este padre tuyo que es su última oportunidad —continuó diciendo Tony, hablándome a través de mi hijo—. Dile también que tu abuelo tiene una Burdizzo a mano por si se le ocurre darte un hermano o una hermana antes de que termine su formación y le ponga un anillo en el dedo a tu madre.

—¿Una Burdizzo? —Casey frunció el ceño—. ¿Qué demonios es eso?

—Es lo que se utiliza en las granjas para castrar al toro —respondí, acordándome de lo que me contó una vez Podge—. Le puedes decir a tu abuelo que serás hijo único.

Tony sonrió.

—Dile a tu padre que es una sabia decisión.

—Por Dios, papá —gruñó Molloy, agitando una mano—. Besaos y haced las paces. Todos sabemos que llevas todo el verano triste sin tu ayudante en el taller.

—Bueno, por lo visto tengo un nuevo pequeño ayudante que me tendrá ocupado —dijo Tony pensativo, mientras intentaba impedir que Trish le quitara el niño de los brazos.

—¿Tienes ya ganas de ir al lavabo? —pregunté, volviendo a centrar mi atención en Molloy. Le habían retirado el catéter hacía un rato y la habían animado a salir de la cama e ir al baño, pero Molloy no se había movido ni un centímetro.

—¿Joe?

—¿Sí?

Con los ojos muy abiertos, me indicó que me acercara para poder susurrarme al oído.

—Me da miedo moverme. —Temblando, me puso una mano en la mejilla y susurró—: Tengo la sensación de que se me va a salir todo.

Se me partió el corazón.

—Eso no va a pasar —intenté tranquilizarla y la rodeé con el brazo—. Acabas de dar a luz, nena. Te vas a sentir jodida de muchas maneras, pero te prometo que no te va a pasar nada malo.

—Estoy llena de sangre —susurró con la mano temblando mientras hundía la cara en mi cuello—. Doy asco.

—Eres preciosa, joder —la corregí con rudeza antes de centrar la atención en sus padres—. Aoife tiene que ducharse. ¿Podéis vigilar al bebé?

—Yo puedo llevarte, Aiofe, tesoro…

—No, la llevo yo —interrumpí a Trish y, cuando noté que a su hija se le tensaba el cuerpo en señal de protesta, dije—: Yo puedo.

—Tengo las piernas como si fueran de cemento —masculló Molloy mientras salía con cuidado de la cama—. Que nadie mire, ¿vale?

—Vale —dijeron las tres visitas a coro obedientemente.

—Joe, la cama —dijo cuando se puso de pie y los ojos se le quedaron clavados en la sangre seca de la cama.

—Está genial.

—Pero hay sangre por todas partes.

—No pasa nada.

—Tengo en el camisón y en las piernas… Puaj, Joe, hasta en los calcetines.

—Molloy, te prometo que está bien —le aseguré rodeándole con un brazo la cintura mientras le agarraba el codo con el otro—. Las demás mujeres de este hospital están igual. No tienes nada de lo que avergonzarte, ¿vale? Esto lo ven un montón de veces a diario.

—Pero tú lo has visto, Joe —dijo entre dientes, temblándole el labio.

—¿Y crees que me importa? —Negué con la cabeza—. Me tienes impresionado, nena. ¿Has visto lo que acabas de hacer? ¡Me has dado un hijo! Por Dios, Molloy, tengo tal subidón ahora mismo que es absurdo.

—¿De verdad?

—De verdad de la buena.

—Ay, qué bonito. —Sorbiéndose la nariz, asintió y se apoyó en mi costado—. Llevo un pañal.

Tenía puestos esos calcetines y esas bragas de usar y tirar, y me sentí la hostia de culpable por haberle hecho eso, porque estaba claro quién era el responsable del estado de aquella chica.

Yo.

—Eso es. Muy bien, despacio. —Dando un paso y después otro, la ayudé a entrar en el baño contiguo—. No hay prisa, nena.

—Gracias, Joe —dijo cuando estuvimos a salvo dentro del lavabo, lejos de los ojos curiosos—. Ya te puedes ir.

Sí, no me iba a ninguna parte. No cuando parecía estar a dos segundos de desmayarse y caer al suelo. Le habían dado dos unidades de sangre y una transfusión de hierro, por el amor de Dios. No estaba en condiciones de ir sola a ninguna parte y mucho menos de ducharse sola.

—No, Molloy, para, ¿vale? —le dije, volviéndola a coger del brazo cuando intentó estar de pie ella sola—. Déjame que te ayude.

—No. —El labio le tembló otra vez y vi que trataba de contener las lágrimas mientras la ayudaba a meterse en la ducha—. No quiero que me veas así.

—¿Así cómo?

—Así —gritó, señalándose con la mano libre el vientre y las piernas—. Es asqueroso.

—No es asqueroso —la corregí con brusquedad. Como no se movía, le cogí el dobladillo del camisón manchado de sangre que había llevado durante el parto.

—No. —Negó con la cabeza y apartó el cuerpo—. Joe, no. Ya no parezco yo.

Joder, eso dolía.

Su vulnerabilidad me partía el alma.

Estaba desesperado por tranquilizarla.

Por hacerlo bien.

Tenía la barriga magullada y desinflada, con estrías moradas donde su cuerpo había alojado y llevado a mi hijo.

—Eres preciosa —le dije y se me quebró la voz cuando las putas emociones amenazaron con sacar lo mejor de mí.

—No.

Se sorbió la nariz y negó con la cabeza, rechazando mis palabras.

—Sí —la corregí con tono grave, cogiéndola de la barbilla con una mano—. Sí.

Se me quedó mirando con sus ojos verdes, llenos de dolor y vulnerabilidad.

—Te he echado tantísimo de menos… —Agarrándome de la nuca, me llevó la cara hacia la suya—. Creía que me moría este verano sin ti y ahora es cuando vuelvo a la vida.

—Sí. —Apoyando mi frente contra la suya, me concentré en aquel instante, en los sentimientos, en el peso de mi conciencia, en el futuro que teníamos por delante—. Conozco la sensación.

Era ella.

Siempre lo había sido.

Siempre lo sería.

«La chica del muro».

—Voy a cuidar de ti —le dije—, porque te quiero.

—Tembló mucho cuando le di un beso en la cabeza—.

Porque creo que eres la hostia de sexy. —Con cuidado llevé las manos hacia su ropa interior desechable para quitársela—.

Porque eres mi reina. —Me deshice de todo lo que llevaba puesto, abrí el grifo y dirigí la ducha para que su cuerpo tembloroso quedara bajo el agua caliente, sin importarme una mierda estar mojándome.

Toda mi atención estaba en la chica que todavía me miraba como si fuera un ser maravilloso—.

Y porque todo lo que tengo, todo lo que soy, te lo debo a ti.

—Aoife, amor. ¿Cómo vas ahí dentro? —dijo Trish, un momento antes de irrumpir en el baño.

—Mamá, sal —dijo Molloy entre dientes, dándole a su madre la espalda—. ¡Dios!

—¿Qué es eso que tienes en el culo?

—Nada.

—¿Es un tatuaje?

—No.

—¿Es el nombre de Joey?

—¡Mamá, sal!

—Ay, Dios, Tony.

—¿Qué pasa, Trish?

—No me extraña que nuestra hija no quisiera que la ayudara en la ducha. ¡Tiene tatuado el nombre de este chaval en el culo!