Rey de la gula (Pecados 6) 138. Dile «hola» a mami
95%

138. Dile «hola» a mami

DILE «HOLA» A MAMI

Aoife

Cuando abrí los ojos, me bombardeó un montón de emociones y sensaciones.

El dolor fue lo primero.

Seguido de la confusión inmediatamente después.

Me humedecí los labios secos y eché la cabeza a un lado y a otro, intentando quitarme de encima la sensación de mareo y encontrarle sentido a lo que demonios estuviera pasando. Fue cuando me puse de lado cuando lo vi a mi derecha.

«Joey».

Estaba sentado en una silla al lado de la cama, meciendo algo contra su pecho.

—Hey, semental —mascullé, algo adormilada y con la voz ronca mientras disfrutaba viéndolo.

Al instante, se centró en mí y la emoción que vi en sus ojos verde claro fue abrumadora.

«Está aquí».

«Está aquí de verdad».

—Hey, reina. —Dejó caer los pies de donde los tenía apoyados en el lateral de mi cama y se puso derecho—. ¿Cómo te encuentras?

—Como si hubiera aguantado diez asaltos con Tyson.

—Bueno, no lo parece —se apresuró en responder y salvó el espacio entre nosotros—. Bonito todo, Molloy.

—Joe —dije con la voz cargada de emoción. Dirigí toda mi atención al bebé que sostenía en los brazos—. ¿Está bien?

—El niño está perfecto —contestó, yendo hacia el borde de la cama e inclinándose para darme un beso en la frente—. Has hecho un buen trabajo, Aoife.

—¿El niño? —El corazón se me disparó en el pecho cuando saqué una mano temblando de debajo de las sábanas para tocar su manita rosa—. ¿Tenemos un hijo?

—Tenemos un hijo, y tiene una voz impresionante igual que su madre —confirmó con voz grave, colocando al pequeño con cuidado en mi pecho—. Dile «hola» a mami.

Incapaz de contener las lágrimas, intenté acunar al bebé en mis brazos, completamente abrumada.

—¿Lo hemos hecho nosotros? —Sorbiéndome la nariz, me quedé mirando su carita diminuta, sintiendo demasiado en ese instante para comprender—. Ay, Dios mío —dije medio riéndome, medio sollozando—. Tiene la naricita de Shannon.

—Es lo mismo que pensé yo. Tiene tus rizos.

—Tiene tus ojos.

—Es todo tú, Molloy. —Pulsando unos cuantos botones del mando de la cama, la levantó a una posición intermedia antes de quitarse la redecilla del pelo y darme otro beso en la frente—. Es precioso como su madre.

—Sí, bueno, su madre ya no se siente tan preciosa —mascullé, sintiéndome vulnerable y extrañamente expuesta.

—Su mamá nunca ha estado más preciosa que ahora mismo —me corrigió Joey—.

Hoy hace seis años que clavé por primera vez mis ojos en ti, sentada en el muro por fuera del instituto, y ahora estamos aquí sentados con nuestro hijo.

—Sonriendo, se inclinó y me besó de nuevo—.

Gracias por mi bebé, reina. Todavía me dejas sin respiración.

Eso bastó.

Sus palabras de afecto rompieron el dique dentro de mí.

—Joe. —Con un sollozo, me llevé nuestro bebé más cerca del pecho y le besé su mejilla regordeta—. Al no poder sacarlo, creía que iba a…

—Está aquí mismo —se apresuró a tranquilizarme Joey, acercándose más y pasándome un brazo por los hombros—. Ambos estáis aquí y yo voy a cuidar de vosotros. —Otro beso—. No dejaré que os pase nada a ninguno de los dos, Molloy, te lo prometo.

—¿Has estado aquí todo el tiempo?

—Te dije que no te abandonaría. —Cogió a nuestro hijo con cuidado de mis brazos y lo colocó en la cuna junto a la cama antes de regresar a mi lado—. Nunca volveré a abandonarte.

No tenía la fuerza para ser fuerte ni para poner cara de valiente en ese momento.

No me quedaba nada en el depósito.

Había pasado mucho tiempo siendo la valiente.

La fuerte.

Ahora lo único que quería hacer era acurrucarme junto a él.

Porque ya no podía hacerlo más.

Necesitaba alguien en quien apoyarme.

—No puedo hacer esto yo sola —admití, agarrándolo de la sudadera mientras me sostenía en sus brazos—. Estoy muy cansada, Joe.

—Lo sé —respondió, retirándome el pelo de la cara mientras me acercaba más a él.

—No puedes volver a ponerte enfermo —dije llorando, asiéndome a él con todas mis fuerzas—. No puedes dejarme sola en esto.

—No volveré a dejarte sola —me prometió, envolviéndome en sus brazos—. No te volveré a fallar. —Podía oír la sinceridad en su voz y necesitaba muchísimo que lo dijera de verdad. Que se quedara—. Ahora me toca a mí, Molloy. —Me besó el pelo—. Cuidarte.