137. Mamá es una luchadora
MAMÁ ES UNA LUCHADORA
Joey
Después del mal trago, al cabo de noventa minutos trasladaron a Molloy a la sala de recuperación y le enchufaron más cables y goteros de los que había visto en mi vida.
Cuando me llevaron con ella, creí que me desmayaba.
Estaba gris. De puto color gris.
«Todo es completamente normal», no dejaban de asegurarme las enfermeras y los médicos todavía a su alrededor, vigilando sus constantes vitales, mientras yo permanecía a su lado. Mi atención fue de la chica dormida en la cama al bebé que me habían devuelto con su madre.
«Niño Molloy, fecha de nacimiento: 30/08/05, hora de nacimiento: 02.22» estaba escrito en las etiquetas de la muñeca y el tobillo, pero no creí que le hiciera falta nada de eso para reconocerlo.
Era al cien por cien hijo de su madre con esos rizos rubios manchados de sangre, enmarañados en su cabecita y un par de pulmones que sin duda había heredado de ella.
Aunque Molloy había perdido muchísima sangre después del parto, el equipo de médicos había conseguido detener la hemorragia posparto sin tener que operar, pero la idea de cómo habían logrado hacerlo me provocaba escalofríos.
Daba las gracias de que la hubieran dormido, porque nadie se merecía pasar por ese tipo de maltrato físico.
Tortura.
Esa era la única palabra para describirlo. Para lo que había presenciado que le hacían con el fin de salvarles la vida a ella y al bebé.
—Eres increíble —susurré, inclinándome hacia la cama para besarla en la frente sudada—. Eres una soldado, nena.
Conteniendo las ganas de envolver su cuerpo dormido en mis brazos y aferrarme a ella, continué a su lado, ansioso. Con nuestro hijo en brazos, necesitaba a la vez que Aoife se despertara y se quedara dormida.
—Estoy muy orgulloso de ti —susurré, colocándole bien la manta con una mano sobre el cuerpo inerte—. Eres una reina.
—La trasladaremos pronto de vuelta a la sala de partos —me dijo una de las enfermeras mientras ajustaba el gotero de lo que coño le hubieran puesto en esa bolsa para inyectárselo en el brazo—.
Va a estar entrando y saliendo durante unas cuantas horas más —añadió—.
Es el procedimiento habitual, no hay por qué preocuparse.
Su cuerpo ha pasado por mucho y ahora necesita tiempo para descansar y recuperarse.
Tiene un catéter, así que no hay que despertarla, papá.
—Pero se pondrá bien, ¿no?
—Claro —me tranquilizó, sonriendo al bebé que tenía en los brazos—. Este pequeñín tiene una luchadora tremenda por mamá.
De vuelta a planta a primera hora de la mañana del martes, con Molloy dormida por la medicación que le habían dado, me senté al lado de su cama, acunando al paquetito que tenía en los brazos.
Por segunda vez en mi vida, era padre.
Por primera vez en mi vida, el hijo era mío.
Me sentía distinto a cuando habían nacido Ollie, Sean y Tadhg.
Era más fuerte.
Había algo dentro de mí, un cordón invisible de algún tipo que iba de mi pecho al suyo. Lo sentía cada vez que lo miraba.
El notar su diminuto cuerpo contra mi pecho mientras lo alimentaba fue la verificación de la realidad que necesitaba. Era responsable de esa personita y de su madre que dormía.
La ansiedad me sacudió el cuerpo cuando centré la atención en ambos.
Las dos personas que me habían creado se habían destruido mutuamente.
Mi padre mató a mi madre.
El hombre había intentado llevársenos a todos con él.
Y ahora estábamos aquí.
Aoife, aquel pequeño bebé y yo.
Dependía de mí igual que yo había dependido de mi puto viejo.
Seguí mirando a nuestro hijo, preguntándome cómo nos pudo hacer aquello, cuando cualquier instinto en mí me decía que protegiera al niño en mis brazos y a la chica que acababa de tenerlo.
Decían que era enorme, pero a mí me parecía minúsculo.
Tenía un botón muy mono por nariz que me recordaba a la de Shan y unos labios carnosos como el resto de nosotros.
«Los labios de mamá».
Todos los teníamos.
Los seis.
Los dedos eran monstruosamente largos para hacer juego con el resto de él, pero, joder, se parecía muchísimo a su madre.
Sinceramente, no había visto a un bebé más bonito en mis dieciocho años en la Tierra.
Un poco más tarde apareció una enfermera para comprobar la vía en el brazo de Molloy y para colocar una bolsa nueva en el gotero.
—¿Está bien? —pregunté, poniéndome alerta al instante mientras miraba a la enfermera como un halcón—. Lleva dormida mucho tiempo.
—Está bien —respondió la enfermera con tal seguridad que me tranquilizó—. La pobrecilla está exhausta. —Se giró para mirarme y me dedicó una sonrisa compasiva—. ¿Qué tal come el bebé, papá?
—Tomó sesenta mililitros en el quirófano y otros sesenta en la sala de recuperación, y ahora se está tomando otros noventa —le dije, señalando el biberón medio vacío apoyado en el brazo de la silla—.
No sé si debería darle más leche de fórmula hasta que su mamá se despierte.
—Sintiéndome un inútil, me encogí de hombros antes de decir—: Hace tiempo me dijo que quería darle el pecho.
Me dedicó una sonrisa amable antes de preguntar:
—¿Hay pañales sucios?
—Sí, los ha mojado y ensuciado.
—Fantástico.
—Tiene la, eh…, caca negra. ¿Sabe la primera que hacen?
—El meconio.
—Así es como se llama.
Me sonrió extrañada.
—¿Tienes hermanos pequeños?
Asentí con la cabeza.
—¿Cuántos?
—Cuatro.
—Ajá. —Sonrió más—. Ya decíamos nosotras.
Fruncí el entrecejo.
—¿Nosotras?
—Todas las enfermeras de Maternidad. —Volvió a sonreír—. No es frecuente ver a jóvenes en Maternidad que hagan tan bien de padre como tú.
—Ah.
No estaba haciendo de nada.
Estaba petrificado, joder.
Pero sí había decidido.
Estar presente.
Hacer lo correcto con ese chico y su madre.
—¿Tiene nombre?
—Eh… —Soltando el aire, negué con la cabeza—. Todavía no sé cómo quiere llamarlo.
—Ah, la mamá toma la decisión.
—Ha hecho todo el trabajo —respondí, colocándome a mi hijo en el hombro para que eructara—, así que puede ponerle el nombre.
—Chico listo.
—¿Podría pasarle otra vez? —Dándole unas suaves palmaditas a nuestro hijo en la espalda, señalé a su madre—. Lo que le pasó después del parto. El sangrado. No perderá de nuevo, ¿no?
Después de consolarme con un montón de jerga y terminología médica que no retuve, la enfermera se detuvo en la puerta y me preguntó:
—¿Necesitas que te ayude con algo?
«Sí, necesito que haga que mi novia abra los ojos».
—No —respondí con brusquedad—. Estoy bien.
Esperé a que la enfermera se fuera antes de dejar a mi hijo de vuelta en su cuna y regresé a mi sitio al lado de su madre.
—Ya lo tienes —susurré, acariciándole la mejilla—, pequeña luchadora.
Recordando lo que había dicho la enfermera de que la dejara dormir, me metí la mano en el bolsillo de la sudadera a regañadientes para no tocarla y fruncí el ceño cuando rocé con los dedos un papel.
«La carta de la tata».
Volví a mi sitio en la silla junto a la cama y saqué el sobre que me había dado mi bisabuela el día anterior.
Dios, parecía que había sido hacía un millón de años.
Abrí el sobre para ver qué había dentro y me quedé parado cuando los ojos vieron el dinero.
Era un montón de pasta.
—Hostia puta —exclamé, con los ojos muy abiertos cuando un grueso fajo de billetes de cincuenta euros se me cayó en el regazo.
Aterrorizado, miré a mi alrededor para asegurarme de que estaba solo antes de contar enseguida el dinero.
Me entró un sudor frío cuando terminé y lo volví a contar tres veces más antes de que mi cabeza asimilara lo que el cerebro estaba diciéndome.
Quince mil euros.
Quince de los grandes.
Quince mil putos euros.
—¡Qué coño…! —Más que confundido, me guardé el dinero de nuevo en el bolsillo y de inmediato me puse a leer la nota.
Querido Joseph:
Saber que por fin he de escribirte esta carta me da una inmensa alegría y a la vez la misma cantidad de tristeza.
Alegría, porque sé que te estás haciendo mayor y, lo más importante, que por fin te has librado de ese hombre horrible, pero siento una gran pena porque ha sido pagando un alto precio.
Sé que probablemente te preguntes por el dinero, así que no me andaré por las ramas. Cuando el abuelo falleció, te dejó un buen pico en su testamento, pero con las estrictas instrucciones de que no se te diera hasta que estuvieras lejos de tu padre y de su techo.
Supongo que el abuelo sabía tan bien como yo que se lo darías a tu madre, que, a su vez, se lo daría a él.
Este dinero era para ti, Joseph.
El abuelo quería dártelo a ti.
Para tu futuro.
Y juro por Dios que tienes uno muy brillante por delante, tesoro.
Quiero que cojas este dinero y cuides de tu pequeña familia.
Me gusta mucho la chica, Joseph. No dejes que se te escape. Confía en tu tata cuando te digo que es de las buenas.
Serás un padre maravilloso y un marido devoto cuando llegue el momento.
Descanso bien por las noches sabiendo que tengo un bisnieto como tú en el mundo.
Con todo mi amor,
La tata MURPHY