Rey de la gula (Pecados 6) 136. Reencuentro 2.0
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136. Reencuentro 2.0

Joey

Cuando subí a la ventana de Molloy esa noche, lo último que esperaba era encontrármela en pleno parto, pero eso fue justo lo que sucedió.

Pelearme con su madre cuando llegamos al hospital era algo que no había previsto.

Para ser sincero, no me extrañaba que Trish quisiera estar con su hija.

Fue una discusión acalorada que terminó con mi victoria cuando Molloy intervino y le dijo a la comadrona que quería que fuese yo quien entrara con ella.

Habían pasado varias horas desde que nos habían llevado a la sala de partos y, aunque había dilatado y había alcanzado los siete centímetros según su última exploración, parecía hacerse eterno.

Inhalando gas como si fuera a acabarse el mundo, mi mejor amiga se balanceaba encima de una pelota para embarazadas, meciendo las caderas, mientras se le escapaban los peores ruidos que había oído en mi vida.

Quería salvarla.

Quería ponerle fin a su puto sufrimiento.

Pero allí estaba sin poder hacer nada.

Jamás me había sentido tan culpable en mi vida mientras la veía contorsionándose por el dolor al tiempo que su cuerpo intentaba expulsar al bebé que yo había puesto ahí dentro.

Incluso ahora, mientras se apoyaba en mí en la sala de partos, en medio de otra contracción, lo único que quería hacer era pedirle perdón.

«Madre mía».

—Tengo que ir al lavabo —dijo, girándose encima de la pelota para agarrarme de los hombros—. Joe, tengo que ir ahora mismo.

—Vale —respondí, intentando permanecer tranquilo cuando la cara se le puso de un tono rojo oscuro—, te ayudaré.

—¿Adónde vais? —preguntó la comadrona, que estaba por allí cerca, cuando me moví hacia el cuarto de baño contiguo con mi novia apoyada en mí.

—Tiene que ir al lavabo —le aclaré—. La estoy acompañando.

—No, no, no —contestó la comadrona, llevándonos hacia la cama—. Sube, Aoife, cariño, y déjame examinarte.

—No, no lo entiende —gruñó Molloy, subiéndose a la cama y entonces se retorció de dolor cuando la enfermera se le puso entre las piernas—. ¡Como no me dejes ir al lavabo ahora mismo, te voy a cagar encima!

—Justo lo que pensaba. Estás dilatada del todo, Aoife —declaró la comadrona—. Estás preparada para sacarlo.

—¿Un zurullo?

—No, cariño, al bebé.

—Ay, Dios, Joe. —Gritando, me agarró de la mano y me acercó—. Si me cago delante de ti, por favor, no me lo tengas en cuenta.

—Molloy, puedes hacer lo que quieras delante de mí, ¿vale? —la tranquilicé, retirándole el pelo de la cara sudada.

—Es un consuelo, Joe —gritó, pasándome un brazo por el cuello y agarrándome con una llave de cabeza de la que Kav estaría orgulloso—. Porque creo que estás a punto de ver cómo soy por dentro.

Algo iba mal.

Lo sentía.

Molloy llevaba empujando más de una hora y no pasaba nada.

La mirada de preocupación en los ojos de la comadrona bastó para que el corazón se me disparase, pero el sonido estridente de la alarma fue lo que hizo morirme de miedo.

—Lo estás haciendo genial —la tranquilicé, agarrándola con fuerza de la mano, mientras sus ojos verdes aterrados me miraban desde la cama del hospital y la habitación se llenaba de médicos y enfermeras—. Esto es normal, Molloy.

No lo era.

No podía serlo.

Había estado con mi madre cuando había tenido a Sean.

Y esto estaba muy lejos de ser normal.

—Vale, mamá, el bebé está empezando a cansarse mucho, tesoro, así que vamos a ayudarlo a salir, ¿vale? —nos dijo la comadrona que había estado con nosotros desde el ingreso—. Vamos a llevarte ahora al quirófano.

¿Al quirófano?

¡Por Dios santo!

—Joe —gritó Molloy cuando me apartaron para trasladarla—. ¡Joe!

—No pasa nada —le dije, sintiéndome impotente mientras veía cómo se la llevaban de mi lado—. ¡Todo va a ir bien, Molloy, te lo prometo!

—El papá viene ahora —le dijo la enfermera que la cogía de la mano mientras desaparecían por las puertas con mi novia—. Antes tiene que ponerse una bata.

—¿Qué ocurre? —pregunté con la sensación de que me desmayaba, cuando otra enfermera me ayudaba a ponerme una bata azul y una redecilla en el pelo—. ¿Qué le pasa?

—El bebé muestra síntomas de distocia de hombros — respondió calmada—. La madre necesita una intervención para dar a luz.

—¿Qué es distocia de hombros? —pregunté, siguiéndola hasta el lavamanos, donde me las restregué con fuerza antes de secármelas con una toalla de papel y colocarme una mascarilla—. ¿Hay que hacerle a Aoife la cesárea?

—El bebé tiene la cabeza fuera, pero los hombros están atascados en el canal de parto —explicó mientras me llevaba por un largo pasillo hacia el quirófano—. No te preocupes, papá. La mamá y el bebé están en buenas manos.

—Joe —estaba gritando Molloy cuando por fin entré en el quirófano. La vi en la mesa de operaciones, rodeada del equipo médico, mientras agitaba la mano a lo loco en busca de la mía.

—Estoy aquí, Molloy —dije, pasando a la acción y moviéndome hacia ella, cuando el equipo médico me llevó hacia la parte superior de la mesa de operaciones—. Estoy aquí, nena.

—Joe —dijo sollozando, agarrándome de la mano mientras gritaba por el dolor—. Joe, me duele muchísimo.

—¿No le podéis dar algo? —pregunté, sintiéndome en una espiral mientras la trataban como si no tuviera sentimientos—. Por Dios santo, no hagáis eso sin la epidural.

—No nos da tiempo, papá.

—Joe…

—Lo estás haciendo genial. Lo estás haciendo genial, nena.

—Empuja, Aoife. Necesitamos que empujes.

—Estoy aquí mismo —le susurré al oído, sosteniéndole la cabeza para evitarnos mirar a ambos—. Quédate conmigo, Aoife. Quédate conmigo, ¿vale?

Gritando por el sufrimiento cuando le empujaron el vientre, se me agarró a los hombros.

—¡Haz que pare!

Quería hacerlo.

Más de lo que había querido nada en mi vida.

—Empuja, Aoife. Más fuerte. Vamos, el bebé tiene que salir.

—Aaah. —La piel de su rostro le pasó de blanco a gris mientras se aferraba a mí y empujaba con todas sus fuerzas, jadeando y sacudiéndose violentamente—. Tengo miedo.

«Yo también».

—No tengas miedo —intenté tranquilizarla, acercándome más para que se concentrara en mi cara y no en lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor—. No dejaré que te pase nada.

—Aaah —volvió a gritar, con el rostro contorsionado por el dolor, antes de quedarse sin fuerzas de repente en mis brazos.

Al cabo de un instante, el sonido de un bebé gritando inundó la sala.

—Lo has hecho, Aoife —dije, temblando tanto como ella, mientras el sonido del llanto del niño llenaba la habitación—. Lo has conseguido, nena.

—Sí —logró decir, asintiendo con debilidad mientras los ojos se le ponían en blanco—. Ay, Dios…

—Eh, eh, eh. —Inclinándome sobre la cama, le agarré la cara con las manos e intenté que se centrara mientras los médicos continuaban trabajando—. Estás bien. —La besé en la cabeza—. Vamos, Molloy, quédate conmigo. ¿Oyes al bebé?

—Sí.

Estaba temblando y yo también.

Oía al bebé gritando de fondo. Ni siquiera sabía lo que habíamos tenido, pero no me atrevía a apartarme de ella mientras me centraba en su cara e ignoraba lo que le estaban haciendo en el cuerpo.

—Estás bien. Chis, chis, nena, estás bien.

—Joe…

—Apártate, papá —me ordenó una de las enfermeras—. Mamá necesita un poco de ayuda ahora mismo.

Nunca había visto tanta sangre.

Pero no se lo iba a decir.

—No, no, no —dijo arrastrando las palabras, empujando con debilidad la máscara de oxígeno mientras se la colocaban sobre la boca y la nariz—. Joe…

Estaban todos muy calmados cuando yo creía que se derrumbaba el mundo a mi alrededor. Estaba viendo cómo se desangraba mientras aún estaba consciente.

Era aterrador.

Mientras se me helaba la puta sangre, una enfermera me condujo adonde estaba el bebé e intentaban detener la hemorragia.

«Se está desangrando».

«No para».

«La has matado».

«Se va a morir».

Mareado, llevé la vista de la mesa de operaciones donde mi novia estaba tumbada al bebé que se hallaba en la incubadora delante de mí.

Ni siquiera sabía lo que era.

Estaba aterrorizado.

—La mamá está bien —me tranquilizó la enfermera—. No te preocupes. Está en las mejores manos. Se va a poner bien. Venga, ven a conocer a tu hijo.

—Hijo —repetí, paralizado, mientras mi atención se centraba en Molloy—. ¿Aoife?

No pude verla más. Había demasiadas personas delante con ropa quirúrgica como para que la viera.

—¿Molloy? —El corazón se me disparó en el pecho—. ¡Aoife!

—Aquí tienes, papá.

Al cabo de unos instantes, me echaron en los brazos el bulto que gritaba.

—Felicidades, papá. Es precioso.

Sin puta habla, me quedé mirando fijamente al bebé que tenía en los brazos.

Rugía como un toro, con sus puñitos apretados mientras se retorcía y se estiraba en mis brazos.

—Dios —susurré, acunándolo mientras las emociones sacaban lo mejor de mí—. Estás aquí.

Y entonces abrió los ojos y me miró.

Y ya estaba.

El corazón ya no me latía por mí.

Durante el resto de mi vida, latiría totalmente por el niño que tenía en los brazos.

«Joder».

Todavía vestido con la bata azul y la redecilla, me sacaron del quirófano mientras mi novia y el bebé se quedaban dentro.

El corazón me palpitaba con fuerza.

La cabeza me daba vueltas.

Respirando rápido, con dificultad, me apoyé en la pared del pasillo, notando cómo el corazón me retumbaba en el pecho.

¿Qué coño acababa de pasar?

Había sido todo muy rápido.

El móvil me sonaba en el bolsillo y tenía que calmarme y obligarme a responder.

—Joey. —Era Trish—. ¿Qué pasa? ¿Está bien Aoife? ¿Ha tenido el bebé?

—Eh… Sí, está bien —dije con la voz entrecortada, aún no recuperado de lo que había sucedido—. El bebé se atascó y la tuvieron que bajar al quirófano.

—¿Le han hecho la cesárea?

—No. —Negué con la cabeza, alterado—. Lo sacaron antes.

«Pero las cosas que le han tenido que hacer…».

«La sangre».

«El dolor en su cara».

Me estremecí al recordarlo.

—¿Lo? —se le quebró la voz—. ¿Es un niño?

—Sí. —Exhalé de forma entrecortada, asintiendo con energía mientras intentaba entender los acontecimientos que acababan de suceder y cambiaban nuestras vidas para siempre—. Es enorme, Trish. Me han dicho que mide cincuenta y seis centímetros y pesa cuatro kilos y cuatrocientos gramos.

—¿Cuánto es eso en libras y onzas?

—Nueve libras y doce onzas, me ha dicho la comadrona.

—Ay, Dios, pobre chica.

—Sí, ya. —Volví a estremecerme—. ¿Qué hora es?

—Son las tres y media de la madrugada —respondió—. ¿A qué hora ha nacido el bebé?

—Hace poco más de una hora —contesté—. Justo después de las dos y veinte.

—¿Dónde estás ahora? ¿Estás con Aoife? ¿Puedes ponerla al teléfono?

—No, eh… —Tragué saliva, nervioso, y apreté la parte inferior de la mano contra mi cabeza, conteniendo el pánico que intentaba apoderarse de mí—.

Estaba, eh…, desangrándose y no encontraban el origen del sangrado.

Les oí decir algo sobre un posible desgarro uterino.

—Tras una exhalación dolorosa, conseguí decir—: Está aún en el quirófano.

—No. —El grito que salió de la garganta de la madre de mi novia me hizo morirme de miedo—. Ay, Dios mío, no. ¿Está allí sola?

—No me han dejado quedarme —respondí con el pecho agitado, cuando me di cuenta de lo grave que era todo aquello—. Lo intenté, Trish, pero me sacaron de allí. Me dijeron que no me podía quedar mientras estuviera bajo la anestesia general.

—Ay, Joey, amor, no te asustes —dijo—. Seguro que se pondrá bien.

—Sí. —Contuve las lágrimas—. Yo también lo creo.