Rey de la gula (Pecados 6) 135. ¡Las Mates no son mi fuerte, mamá!
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135. ¡Las Mates no son mi fuerte, mamá!

¡LAS MATES NO SON MI FUERTE, MAMÁ!

Aoife

—¿Dónde está papá? ¿Ha regresado ya?

—No, supongo que debe de estar aún en el taller, amor. No le he visto desde que salimos de casa. ¿Cómo te encuentras, Aoife, tesoro?

—Ay, no lo sé, mamá —contesté desde el cuarto de baño más tarde esa noche, mientras estaba bajo el constante chorro de agua que me caía encima—. Como que quiero estrangular a papá por deshacerse de la bañera.

—¿Qué tal van los dolores? —preguntó mi madre desde la puerta del lavabo—. ¿Ya son regulares?

—No, no vienen de forma regular —espeté, porque ya estaba harta de ese maldito suplicio—. Nada en mi vida es normal, así que ¿por qué esto iba a ser diferente?

—Bueno, ya has oído lo que ha dicho la comadrona por teléfono, en cuanto lleguen cada cinco minutos, y duren un minuto entero de manera constante durante una hora, entonces tenemos que ir al hospital —repitió como un loro.

—Las mates no son mi fuerte, mamá —solté, frotándome con una esponja de lufa mientras le advertía mentalmente a mi pequeño intruso que se quedara ahí dentro otra noche—. Te das cuenta de que estás hablando con la chica que ha suspendido el examen de Matemáticas para acceder a la universidad, ¿no?

—Ay, Aoife —dijo riéndose—, solo tú podrías bromear en un momento como este.

—¿Quién está bromeando?

—¿Has preparado la bolsa para ir al hospital?

—Sí, está en la parte trasera del coche —contesté—, por eso estaba preguntando dónde está papá. Se ha llevado mi coche, ¿recuerdas?

—Ay, Dios —oí el pánico en su voz—. Voy a llamarlo para decirle que lo traiga.

—No hace falta —refunfuñé, costándome bastante respirar mientras la barriga se me ponía como una piedra por la presión—. No voy a tener al bebé esta noche.

Esperé hasta que mi madre cerró la puerta del baño antes de dejar escapar por la garganta lo que se podría describir como un lamento.

La presión que se me estaba acumulando en el cuerpo era más que intensa.

Me electrizaba y me atacaba por dentro.

—Dios, me voy a morir —gemí, mordiéndome el labio inferior, mientras intentaba respirar con aquel dolor—. Esto va a acabar conmigo.

Quería quedarme bajo el chorro de agua constante, pero tenía que moverme más, así que salí de la ducha y enseguida me envolví en una toalla, poniéndome en cuclillas e inclinándome de forma violenta para intentar aliviar la presión en la pelvis.

—No me mates, niño —supliqué, agarrándome al lavamanos cuando se formó otra oleada de fuerte presión—. Trata bien a mamá.

Se acabó.

Maldita sea, estaba pasando.

Lo sentía en mis entrañas.

Lo oía en el ruido salvaje que continuaba emitiendo mi boca.

—Tú puedes —le dije a la chica que me miraba en el espejo del lavabo—. Claro que sí, tú puedes.

Aguantando otra contracción, mientras me preguntaba cómo demonios iba a poder vestirme para ir al hospital, medio caminé, medio anduve como un pato hacia mi habitación para buscar algo que ponerme, resoplando y jadeando como un animal herido.

Cuando las palabras «Bonitas piernas» me llenaron los oídos, me quedé paralizada en la puerta de mi dormitorio.

Paralizada y me meé encima.

Se me cortó la respiración al verlo.

Allí estaba.

Cubierto de cicatrices y ahogándose en secretos.

Las que se había infligido a sí mismo, los hematomas en las venas, las marcas donde se había inyectado, eran más difíciles de digerir que las que había aguantado a manos de su padre.

Pero allí estaba.

Había vuelto.

Estaba en casa.

Estaba limpio.

Destrozado, magullado y un poco alterado, Joey Lynch estaba sentado en el borde de mi cama, con las mangas de la sudadera subidas hasta los codos y los ojos desorbitados.

—Hostia puta. —De un salto Joey se puso de pie—. ¿Acabas de…?

—¿Mearme encima? —conseguí decir, con el pecho agitado por las emociones que amenazaban con consumirme—. Sí, eso parece.

—Creo que has roto aguas, Molloy —me dijo, salvando el espacio entre nosotros—. ¿Estás de parto?

—Depende —grité, echándole los brazos al cuello cuando llegó hasta mí—. ¿Estás de verdad aquí?

—Estoy aquí, reina. —Me rodeó con los brazos el cuerpo y sentí que me caía hacia él cuando de repente mi capacidad de ser fuerte me abandonó.

Meses.

Había estado meses actuando.

Aguantando, manteniendo la cabeza alta, rezando, esperando, queriendo y deseando que aquel momento se hiciera realidad.

Y por fin estaba sucediendo.

Había vuelto a por mí.

—Pues sí, Joe —dije sollozando, agarrándome a él cuando otra contracción empezó a desarrollarse en mi interior—. Sin duda estoy de parto.

—Jesús, María y José —exclamó mi madre cuando volvió a la habitación y se encontró allí a mi amor perdido hace mucho tiempo—. ¿Por dónde has entrado, en nombre de Dios?

—Por la ventana —le dijo Joey a mi madre mientras se arrodillaba delante de mí para ponerme las bragas de abuela más grandes que tenía.

«¡Ay, qué humillación!».

—¿Cuándo has vuelto, Joey, amor?

—Hoy. Vine aquí directamente, pero Tony me dijo que me fuese a tomar por culo.

—Eso explica que hayas entrado por la ventana.

—¿Has preparado una bolsa, Molloy? —preguntó, cogiendo un par de calcetines suaves para ponérmelos en los pies—. Si las contracciones vienen tan seguidas, tenemos que empujar.

—Tony se ha llevado su coche. La bolsa está en el maletero —respondió por mí mi madre—. Está en una emergencia en carretera, dice que tardará al menos una hora en volver a la ciudad. Y, ah, bueno, no quiero preocupar a nadie, pero acabo de salir a la furgoneta y tenemos una rueda pinchada.

—¿Hay alguna de repuesto? —le oí preguntar—. Bajaré para cambiarla.

—No.

—¡Pero qué coño, Trish!

—¡Lo sé, amor! ¡Lo sé!

—Ay, mierda —gemí, apoyándome con fuerza en Joey cuando otra contracción me recorrió el cuerpo—. Parece que vaya a partirme por la mitad.

—Lo vas a hacer genial —se apresuró en tranquilizarme, acariciándome la espalda cuando se me escapó un grito de dolor—. Tú sigue respirando. Muy bien, así.

—Joe —gruñí, hundiendo la barbilla en el hueco de su cuello cuando el dolor amenazó con desgarrarme—. Me muero.

—Sigue respirando —me dijo y se metió la mano en el bolsillo de los vaqueros para sacar el teléfono móvil—. Voy a llamar para que nos lleven al hospital.

—Sí, necesito salir de este coche —anunció Gibsie, mientras le daban arcadas en el asiento delantero y conducía como un maniaco hacia la ciudad—. ¡Pero ya, joder!

—¡Estás conduciendo el puñetero coche, imbécil! —gritó Johnny, que parecía igual de angustiado en el asiento del copiloto. Dejó caer la cabeza en sus manos y empezó a mecer su inmenso cuerpo adelante y atrás—. Todo va bien, Gibs. Es totalmente normal. Podemos hacerlo juntos.

—Lo único que quería era una hamburguesa.

—Lo sé, Gibs.

—Y tal vez unas patatas con curri. ¿Es mucho pedir? Y ahora, después de lo que acabamos de presenciar, nunca jamás volveré a comer, Johnny.

—¿Os podéis callar la puta boca vosotros dos? —soltó Joey, nervioso—. La estáis asustando.

—¡Ella me está asustando a mí! —replicó Gibs, tendiendo la mano hacia la guantera para coger la de Johnny.

—Lo sé, chaval —dijo Johnny, agarrándolo de la mano—. A mí también.

—¡Ya basta de pánico! —grité inclinándome hacia los dos asientos delanteros—. Lo estáis empeorando.

—Calmaos, chicos —ordenó mi madre, que estaba a mi otro lado—. Todo esto es muy natural.

—No hay nada natural en los ruidos que salen de tu hija —protestó Gibsie, esquivando un puñetazo que Joey le iba a dar en la nuca—. Quiero a mi mamá.

«Cuando se acerque a la rotonda, tome la tercera salida —indicó la voz robótica del GPS —. Y continúe hacia el sur».

—¿Hacia el sur? ¿Dónde demonios está el sur?

—Recto, Gibs.

—Ay, Dios, capi. —Gibsie prácticamente estaba llorando—. Las rotondas, no.

—Venga, Gibs, tú puedes.

—Ya sabes que se me dan mal las rotondas.

«Vire a la izquierda. Redirigiendo la ruta —dijo el GPS cuando se equivocó—. Redirigiendo la ruta al norte».

—¿La oyes? —exclamó Gibsie, meneando una mano animadamente—. Me habla como si lo supiera todo. —Fulminó con la mirada al GPS colocado en el salpicadero de su coche y gritó—: ¿Tú qué coño sabes? ¿Eh? ¡Ni siquiera eres de Irlanda!

—Es un robot, Gibs, no es una persona de verdad —intentó explicarle Johnny—. No te lo tomes como algo personal.

—Ay, capi, no dejes que te engañe. Sabe lo que está haciendo —respondió Gibsie—. Me está juzgando desde su pantallita.

—No puedo —grité, incapaz de aguantar un segundo más, cuando la presión en la pelvis fue demasiado—. Joder. Necesito abrir las piernas y no tengo suficiente espacio.

—Molloy, mírame.

—No, Joe, No. ¡No quiero hacer esto! Por favor, Dios… Estoy harta…

—¡Aoife, abre los ojos!

Presa del pánico, hice lo que me dijeron por primera vez en mi vida.

—Estoy aquí. —La voz de Joey estaba llena de confianza—.

Estoy aquí contigo. —Le brillaban los ojos con claridad, con sobriedad—.

No me voy a ninguna parte, ¿vale? Nunca más.

No me iré de tu lado. —Y entonces me puso sus manos firmes en las mejillas, obligándome a centrarme en sus cristalinos ojos verdes—. Y no dejaré que te pase nada malo.