134. Reencuentros frustrados #3
Y, lo que era más importante, estaba bien aceptarla.
—Yo… —Negué con la cabeza, sintiéndome totalmente perdido—. Algún día te pagaré todo esto.
—Joey, amor. —Salvando el espacio entre nosotros, llevó una mano a mi mejilla y me sonrió—. El hecho de que estés aquí es todo el pago que necesito.
—¿Dónde está Tadhg? —le pregunté a John más tarde aquel día, cuando estábamos solos en la cocina de la casa principal. Darren y Alex se habían marchado para llevar a la tata de vuelta a casa de Alice en Beara, pero los niños y Gussie todavía estaban en pleno apogeo de la fiesta fuera.
No me había sentado bien que Tadhg no hubiera aparecido.
Sabía por qué, claro.
Era al que más daño había hecho.
Su reacción al haberme ido se parecía mucho a mi reacción cuando Darren se había ido hacía todos aquellos años.
—Sospecho que está en el campo de atrás, en la casa del árbol —respondió John mientras le quitaba la corteza al sándwich con chocolate untado para Sean antes de usar un molde de galletas para dárselo con forma de dinosaurio—.
Está entusiasmado con que hayas vuelto a casa, Joey.
Es que… Bueno, tú conoces a Tadhg mejor que nadie.
—Lo que intentas decirme es que está cabreadísimo conmigo —le dije apoyando la cadera en la encimera mientras veía cómo aquel abogado de primera se esmeraba en prepararle el bocadillo a mi hermano pequeño—. Lo pillo, John. No lo culpo lo más mínimo. Pasé de él y eso es lo que tiene en la cabeza.
«Es lo que yo le enseñé».
—Hay un par de hurleys y sliotars en el lavadero —me dijo John—. No sé por qué, pero me da la impresión de que le gustará más hacer unos pases con su hermano que con unos jugadores de rugby.
Me dio un vuelco el corazón.
—¿Sigue jugando a hurling?
—Como un poseso —contestó John con una sonrisa—. Está empeñado en seguir los pasos de su hermano mayor.
—Joder, esa es una idea preocupante —murmuré, frotándome la mandíbula mientras iba hacia el lavadero a coger un par de hurleys.
—Buena suerte —me dijo John por encima del hombro—. Buena suerte y cuidado con el cañón.
Fruncí el entrecejo, confundido.
—¿El cañón?
El cañón resultó ser Tadhg, sentado en un taburete sobre una impresionante casa en un árbol, con un hurley en la mano y una cantidad ilimitada de sliotars a su disposición.
—Ya te lo he dicho antes, gordo —dijo, lanzando una sliotar con todas sus fuerzas en mi dirección—. ¡Como intentes quedarte otra vez con mi fuerte, te arrancaré la cabeza de cuajo!
—¡Por Dios santo! —exclamé entre dientes, apenas esquivando la pelota que me iba directa a la cara.
—Puedo estar así toda la noche —dijo mi hermano, lanzando otra sliotar, sin duda demasiado ocupado disparando como para darse cuenta de a quién disparaba—. ¡Gallina!
—Mierdecilla —gruñí cuando me dio en los huevos—. Te voy a dar yo gallina.
Tiré el hurley que le había llevado y enseguida le di a una sliotar que había por allí con mi palo para lanzársela.
Estaba claro que mi habilidad para pasar la sliotar no había disminuido lo más mínimo desde mi partida.
De hecho, fue demasiado certera. Cuando la sliotar a la que le di alcanzó a mi hermano justo entre los ojos y cayó de cabeza desde el árbol, me dejó de latir el corazón durante cinco buenos segundos.
—Ay, mierda —exclamé, solté el hurley y eché a correr hacia él—. ¿Tadhg? ¿Estás muerto?
—No —gruñó, poniéndose de pie con dificultad para tirárseme encima—. Pero tú sí lo vas a estar.
La culpa que sentía por el chorro de sangre que le salía de la nariz fue suficiente para quedarme allí a recibir la paliza.
—Cabronazo —rugió, echándome al suelo—. Me has roto la nariz.
—Y tú me has roto las pelotas —repliqué, sin poder evitar reírme ante la cara de indignación que ponía mientras intentaba golpearme sobre el césped—. Cómo has crecido, chaval.
—Sí, y tú estás más flaco —respondió, girando y rodando por la hierba conmigo—. Y espero haberte roto los huevos.
—Yo también —afirmé, rodando sobre mi espalda y dejando que me inmovilizara—. En una escala del uno al diez, ¿cómo de cabreado estás?
—Catorce —dijo entre dientes, tirándome del pelo—. Y medio.
—¿Qué coño es esto? —me reí, quitándomelo del regazo—. ¿Quién te ha enseñado a tirar del pelo? ¿Shannon?
—En realidad, fue tu novia —respondió—. Cuando gritaba mi nombre.
Entrecerré los ojos como advertencia.
—Tadhg.
—¡Sí, Tadhg, sí! —se mofó.
—Te lo advierto.
—Ay, Tadhg, eres mucho mejor que Joey.
—Mierdecilla.
—Te lo mereces —se rio, tumbándose a mi lado—. Gilipollas.
—Sí —dije jadeando—. Creo que ya has dejado claro que soy un gilipollas.
—Así que has vuelto.
—He vuelto.
Me empujó el hombro con el suyo.
—Ya era puta hora.
—Lo sé, chaval. —Lo empujé yo también—. También te he echado de menos.
—Oye, Johnny —dijo Ollie, entrando en el salón más tarde aquel día—. ¿Vas a casarte con mi hermana?
—Espera y verás —se burló Gibsie, empujándome con el hombro mientras pulsaba el mando de la PlayStation delante del gigantesco televisor del salón—. Le va a dar un ataque cerebral.
Sonriendo, pausé el juego con el mando y centré mi atención en el jugador de rugby que parecía aterrorizado.
—Buena pregunta, Ols.
En ese preciso instante, la respiración de Kav se aceleró y una gota de sudor le bajó por la sien.
—¡Ollie! —gritó Shannon, poniéndose del mismo color rojo que el vestido que llevaba puesto—. No puedes preguntarle eso.
—Pero compró globos para jugar contigo —dijo Ollie inocentemente—. Y Joe dice que solo se usan esos globos especiales con las chicas cuando quieres casarte con ellas.
—Sí, lo dije —me reí al recordar cuando surgió aquella puta conversación incómoda. En mi defensa, Ollie tenía ocho años entonces y me había pillado desprevenido.
—Él sabe un montón de usar globos —masculló Johnny, tirándose nervioso del cuello de la camisa—. Montando a pelo, como un machote.
—¿Globos? —preguntó Shannon con un tono de confusión mientras se acurrucaba en el regazo de Kav—. ¿De qué estáis…?
—Sí, nena. —Le lanzó una mirada significativa que decía «sígueme el rollo»—. Globos.
—Ah. —Shannon abrió mucho los ojos al caer en la cuenta—. Globos.
—Globos. —Gibsie soltó una carcajada—. Ay, chaval. Me encanta este crío.
—Espera. —Ollie, frunciendo el ceño, se giró para mirarme—. ¿Aoife y tú jugáis con globos juntos?
—No lo suficiente —se rio Gibsie.
—Ja, ja, ja, imbécil. —Puse los ojos en blanco—. Me parto.
Ollie puso cara de confundido.
—¿Eh?
—A Joey se le explotó el globo —le explicó Johnny a número cinco.
—Y ahora no puede jugar más con Aoife por sus globos chungos. —Gibsie se rio, disfrutando muchísimo a mis expensas.
—Ay, no —dijo Ollie con un suspiro triste—. ¿Fue con una aguja? ¿Y ahora ella ya no quiere jugar contigo?
—¿Eh?
—¿Le explotaste el globo con tus agujas? —Sus ojos castaños estaban llenos de compasión—. ¿La pusiste triste?
Todo el mundo se calló, las risas pararon, y sentí que otra parte de mí moría en mi interior.
—Sí, Ols —me obligué a pronunciar las palabras—. La puse triste por mis agujas.
—Ah. —Calmado por mi respuesta, Ollie salió del salón brincando, dejándome un mal sabor de boca.
—Bueno, pues sí que ha terminado mal la cosa —declaró Gibsie, tirando el mando de la consola y poniéndose de pie—. Ahora necesito comida que me levante el ánimo.
—Mantente alejado de la lata de galletas, Gibs —le advirtió Johnny desde donde estaba sentado en el sillón con mi hermana—. Estás entrenándote, chaval, ¿te acuerdas?
—Sí, bueno, dile eso a mis emociones, Johnny, porque me he quedado hecho polvo, chaval. Hecho polvo, ya te digo —respondió, cogiendo las llaves de su coche de la mesita de centro—. Me voy a pillar comida a la ciudad.
—Hay un montón de cosas en la cocina.
—Grasa, capi —soltó, yendo hacia la puerta—. Necesito grasa, chaval. No otro puto filete de pollo hervido.
—Me das asco.
—No tanto como a mí ese plan de comidas saludables que me has hecho seguir —respondió antes de mover las cejas y sonreír—. Bueno, ¿a quién le apetece una hamburguesa del restaurante de comida rápida?
Kav dijo que no al mismo tiempo que Shannon dijo que sí, y juro que jamás había visto a un tío cambiar de opinión de forma tan rápida.
—¿Quieres algo del restaurante de comida rápida, Shan?
—Eh… Quizá —respondió—. Si te parece bien.
—Sí, claro —dijo bruscamente—. Puedes tomar lo que te apetezca, nena.
Sonriendo, mi hermana recitó su pedido mientras Kav escuchaba con atención cada una de sus palabras.
—Lo que tú quieras, Shannon como el río —repitió Gibsie como un loro, con tono de burla, llevándose las manos al pecho—. Puedes tomar lo que te apetezca, nena.
—Gibs —le advirtió Kav, poniéndose de pie y metiéndose la cartera en el bolsillo—. Para ya, hostia.
—Puedes comerte mi salchicha rebozada —continuó burlándose—. Como he dicho: lo que sea por ti, nena.
—Me apunto a ir a la ciudad —interrumpí al decidir que me dejaría menos cicatrices mentales ignorar el chiste de la salchicha rebozada—. A ver si Aoife ha vuelto.