134. Reencuentros frustrados #2
—Ha vuelto, chicos. ¡Mirad, es Joe, de verdad!
Shannon sostenía un pastel.
Sean estaba sentado en los hombros de Kav con un puñado de globos.
Ollie sostenía un extremo de una pancarta casera en la que se leía Bienvenido a casa, Joey, mientras Gussie, precisamente, agarraba el otro extremo.
Todos llevaban gorros de fiesta en la cabeza.
¡Por Dios! Hasta la tata estaba allí, sentada en una mesa de pícnic que habían decorado con serpentinas y más globos, acompañada de John sénior y Darren.
«Puto Darren».
—¿Qué demonios es esto? —murmuré, desabrochándome el cinturón de seguridad mientras luchaba contra una oleada de emociones—. ¿A qué viene todo esto?
—Te dije que estaban emocionados de ver a su hermano mayor. —Edel se rio, abriendo la puerta—. Bienvenido a casa, Joey Lynch.
En cuanto me bajé del coche, quedé atrapado por un montón de extremidades cuando Shannon, Ollie y Seany se me tiraron encima.
—Madre mía, Joe. —Mi hermana pequeña se puso a llorar prácticamente subida a mi cuerpo, abrazándome con tanta fuerza el cuello que me costaba respirar—. Joe, Joe, Joe.
Llenándome la mejilla a besos, Shannon reía y lloraba en una pequeña crisis emocional y solo me soltó cuando Ollie la empujó para abrirse camino.
—¡Oye, que no he terminado!
—Sabía que lo harías —dijo el niño, sonriéndome con orgullo, mientras me agarraba fuerte de la cintura—. Sabía que volverías a por nosotros, Joe.
—Siempre volveré a por vosotros, Ols —respondí con la voz quebrada y seria mientras intentaba mantener mis emociones a raya—. Mira lo mucho que has crecido.
—O-i. —Tirándome de los vaqueros, un par de ojos marrones me miraban desde abajo—. O-i.
Y eso fue.
Al ver la carita de Sean, se me abrió el corazón en el pecho.
Este chaval.
Era mi hermano, pero me sentía distinto con él.
Desde que había nacido, Sean había dependido de mí de una manera que con los otros no había pasado.
Sabía que no era hijo mío, pero eso no impedía que me sintiera más como un padre que como un hermano.
—Eh, pequeño Seany. —Me tragué el nudo en la garganta y me arrodillé delante de él—. ¿Cómo está mi bebé?
—O-i. —No vaciló en subírseme al regazo—. Seany quiere a O-i —me susurró al oído mientras me acariciaba las mejillas con sus manitas regordetas—. Seany es felí con O-i.
—Joey también quiere a Seany —contesté, envolviéndolo en mis brazos, abrumado por lo mucho que había mejorado su forma de hablar desde el principio del verano—. Seany hace que Joey se sienta el hermano más orgulloso del mundo.
—Vale, vale, venga, dejad a vuestro hermano respirar —ordenó John, cuando los tres se me habían tirado encima, que no habría sido un problema si el grandullón del rubio cabrón no hubiera decidido entrar en acción.
—Ostras, Gibs, ¿no puedes dejarles tener su momento? —gruñó Kav, sacando a su amigo de encima del montón antes de ayudar a mi hermana a ponerse de pie—. Te juro por Dios que eres como un maldito cachorro queriendo atención.
—No es atención, Johnny, solo quiero que me acaricien un poco la barriga —respondió Gibsie antes de volver a centrarse en mí—. Bueno, mira el chico que ha regresado en toda su gloria. —Me guiñó el ojo—. Buenas, amigo.
Entrecerré los ojos.
—Eres tú.
Me sonrió.
—Soy yo.
Y entonces tuvo el morro de abrazarme.
El hijo de puta me abrazó de verdad.
Me dejó tan desconcertado aquel movimiento repentino que no reaccioné.
No pude.
No cuando me tenía los brazos inmovilizados a los costados en lo que solo se podría describir como el abrazo de oso más incómodo de mi vida.
—Lo creas o no, Lynchy, me sentí bastante solo sin mi drogata durante el verano.
—Lo creas o no, Gussie, te voy a arrancar esa cabeza de rugby que tienes como no me sueltes.
—¡Ay, no! —Johnny suspiró y se tapó la cabeza—. ¡Por Dios bendito, ya estamos otra vez!
—¡Lo sabía! —declaró Gibsie, apartándose de mí para girarse hacia Kav—. Lo sabía, joder. Es la segunda vez que alguien me lo dice, Johnny. —Agarrándose la cabeza, soltó un gemido de dolor—. Dos veces, Johnny. Dos veces. Hay un patrón.
—Es una coincidencia —intentó tranquilizarlo Kav—. Ya te lo he dicho un millón de veces, Gibs. Tu cabeza tiene una proporción simétrica perfecta.
—¿Simétrica? —Gibsie palideció—. ¿Por qué en nombre de Dios sacas las matemáticas en un momento como este? ¡Cuando tengo un puto complejo, Johnny!
—Tú eres complejo, Gibs. —Kav puso los ojos en blanco y le dio a su colega unas palmaditas de compasión en el hombro antes de acercarse a mí con la mano extendida—. Joey el hurler.
—Señor Rugby —respondí, tratando de formar una sonrisa como la suya, mientras caminaba hacia delante para estrecharle la mano—. Gracias.
Con aquellos ojos de acero azul llenos de evidente emoción, me hizo un gesto rígido con la cabeza y dijo:
—No hay de qué, hermano.
Y eso fue lo único que hizo falta entre nosotros.
Él lo sabía y yo también.
El respeto que me dirigió se lo devolví en aquel apretón de manos.
—Joe —me saludó Darren con una sonrisa cuando me acerqué a la mesa de pícnic—. Tienes un aspecto estupendo.
—Darren —me obligué a responder, asintiendo brevemente con la cabeza—. Gracias.
—Este es Alex —dijo entonces, señalando al hombre que estaba sentado a su lado—. Os conocisteis en el funeral de mamá, pero no sé si te acuerdas…
—Me alegro de volver a verte —dije, tendiéndole a su novio la mano—. Y Darren tiene razón, no recuerdo cuándo nos conocimos.
—Bueno, no pasa nada —respondió con un fuerte acento del norte—. Ahora se te ve muy bien, chaval.
—Sí. —Me aclaré la garganta y centré mi atención en la anciana cuyos ojos me estaban perforando el lateral de la cara—. Hola, tata.
—Joseph. —Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas no derramadas cuando me cogió la mano—. Nuestro pequeño Joseph.
Me arrodillé ante mi bisabuela y le besé el dorso de su frágil mano.
—Lo siento mucho, tata.
—¿Qué es lo que sientes, cariño?
—Haberte defraudado. —Exhalé, dolido, y negué con la cabeza—. Haberte decepcionado.
—Mírame a la cara —me ordenó, cogiéndome las mejillas con sus manos temblorosas—. ¿Te parece a ti esta una cara de decepción?
No podía responder.
Me dolía demasiado.
—Estoy muy orgullosa de ti —continuó, inclinándose hacia delante para besarme en la frente—. Y, si el abuelo estuviera aquí, te diría lo mismo.
«Joder».
Me atravesó el corazón con esa frase.
—Antes de regresar a Beara, quería darte algo —me susurró al oído para que Darren no lo oyera—.
No quiero que se lo enseñes a tus hermanos ni a tu hermana.
—Metió un sobre doblado en el bolsillo delantero de mi sudadera—.
El abuelo te lo dejó solo a ti, pero no pude dártelo en su momento.
No mientras él estuviera… Bueno, cuando estabas en casa de tu padre.
Lo he estado guardando para ti. Hasta que llegara el momento adecuado.
—¿El abuelo? —Fruncí el ceño por la confusión—. ¿Qué me dejó?
—Esa carta lo explica todo —me susurró, llevándose un dedo a los labios para acallarme—. No le digas ni una palabra a los otros, ¿me oyes?
Asentí sin tener ni idea.
Ella sonrió.
—Ahora sé un buen chico y disfruta de tu vuelta a casa.
—Basta de acapararlo —dijo Edel, entrando en acción—. Lo siento, tata, pero tengo que robarte a tu bisnieto un momento. Joey, tengo un regalito para ti.
—Es de los dos —intervino John desde donde estaba ayudando a Gibsie a desenredarse de la red de la portería.
—No le hagas caso —dijo su mujer, poniendo los ojos en blanco—. Fue idea mía.
—En realidad, fue de los dos…
—Deja de robarme el protagonismo —se picó Edel—. Vamos, Joey, que te lo enseño.
—Es tan guay —metió baza Ollie, cogiéndome de una mano mientras Sean me cogía de la otra—. Dellie nos ha dejado ayudar.
—Y habéis sido muy buenos ayudantes —respondió canturreando mientras nos llevaba a la parte trasera de la casa, rodeándola—. No podría haberlo hecho sin ti, mi dulce niño.
—Soy superútil —dijo dándose bombo—. ¿A que sí, Dellie?
—Pues claro que sí, cariño —lo apaciguó mientras nos llevaba por el jardín trasero hacia lo que parecía una construcción externa recién renovada—. Vamos a enseñarle a Joey el anexo.
—¿El anexo? —Fruncí el ceño—. ¿Qué es eso?
—Eso —me indicó, deteniéndose en la puerta de una construcción recién pintada— es tu morada.
—Se metió la mano en el bolsillo y sacó un juego de llaves que dejó colgando delante de mi cara—.
Me figuré que cuando volvieras a casa te pondrías a buscar un sitio donde vivir con tu familia, así que me arriesgué e hice un ataque preventivo.
—Sonriendo, dejó caer las llaves en mi mano—.
Como he dicho, bienvenido a casa, Joey Lynch.
—¿Eh? —Me quedé allí, con las llaves en la mano y el cerebro vacío—. Quiero decir… ¿Qué?
La mujer se rio y empujó la puerta hacia dentro para entrar, seguida rápidamente por Ollie, que pasó al anexo después de ella.
—Síguenos.
—Bueno, ¿Seany? —murmuré, cogiéndolo en brazos antes de entrar—. Supongo que allá vamos, ¿no?
—El segundo dormitorio es pequeñín —explicó Edel, mientras caminábamos por lo que se podría describir como un dúplex de lujo—, pero el principal tiene un tamaño decente, con un cuarto de baño adjunto.
—Guau —me susurró Sean al oído, expresando mis pensamientos en voz alta, mientras seguía a Edel y Ollie escaleras abajo hacia un espacio abierto donde se encontraban la cocina y el salón.
—Sí, chaval —le respondí en voz baja—, guau.
—Por supuesto, si prefieres quedarte en la casa, yo no tengo ningún problema, Joey, amor. No intento apartarte de ninguna manera. Solo trato de cubrir las necesidades de tu pequeña familia.
Esta mujer.
No solo había acogido a mis hermanos y a mi hermana, sino que estaba ofreciéndole refugio a mi pequeña familia.
Mi pequeña familia.
«Joder».
—Joder, Edel —fue todo lo que pude expresar—. No sé qué decirte.
Mi reacción instintiva fue rechazar su oferta.
Decirle «No, gracias».
Salir corriendo lejos de esa mujer.
Pero no podía.
No podía.
Porque el tiempo que había pasado haciendo terapia me había ayudado a aceptar el hecho de que no podía hacer aquello yo solo.
Que estaba bien pedir ayuda.