Rey de la gula (Pecados 6) 134. Reencuentros frustrados
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134. Reencuentros frustrados

REENCUENTROS FRUSTRADOS

Joey

—Gracias por hacer esto —dije varias horas más tarde cuando aparcó en la urbanización Rosewood—. Sé que los niños están esperando, pero es que…

—Tienes tus prioridades, amor —dijo Edel cuando me bajé del coche—. Ten, toma esto —dijo, poniéndome un elegante móvil en las manos—. Está totalmente cargado y encontrarás mi número en la agenda. Cuando estés listo para venir a casa, mándame un mensaje e iré a recogerte.

—Vale. —Me guardé el teléfono—. Gracias.

Con la cabeza despejada y un gran peso en la conciencia, empujé hacia dentro la desvencijada puerta de madera y, mientras seguía el familiar camino del jardín, pisé una mierda de perro.

Joder, alguien tenía que limpiar lo que dejaba Spud.

Cuando llegué a la puerta principal, di unos toquecitos y enseguida me bajé la capucha y me puse derecho. Tragándome mi puto orgullo, si es que me quedaba algo, me metí las manos temblorosas en los bolsillos de mis vaqueros y me preparé para lo desconocido.

Cuando se abrió la puerta principal al cabo de unos instantes, me quedé con el culo prieto.

—Creía que no venías hasta dentro de unos días.

—Salí antes —respondí, poniendo la espalda recta mientras el corazón se me disparaba en el pecho—. ¿Está Aoife?

Tony negó con la cabeza.

—Ha salido con Trish y Casey para un día de chicas. No llegarán a casa hasta tarde.

Todavía me quedé más hecho polvo.

—¿Estás limpio?

—Sí, Tony, estoy limpio.

—¿Desde hace cuánto?

—Ciento siete días —fue mi respuesta tranquila.

Entrecerró los ojos y vi la incredulidad escrita por toda su cara.

—Demuéstramelo.

—Tony.

—Demuéstramelo, Joey.

—Estoy limpio. —Exhalé con fuerza, me remangué y le enseñé los brazos para que los examinara—. Te lo prometo.

—No te ofendas, muchacho, pero las promesas que salgan de tu boca no me inspiran mucha confianza.

Me lo merecía.

Absorbiendo el desprecio de mi antiguo jefe, me mantuve firme, negándome a darme la vuelta y marcharme. Además, no era nada nuevo para mí que no me recibieran con los brazos abiertos.

Me había sentido así toda mi vida.

—Así que ¿estás limpio y sobrio y has vuelto de entre los muertos? —dijo, recorriendo con la vista mis brazos.

—Sí.

—Por ahora.

—Sí.

—¿Y mañana? —Costaba aguantar su mirada acusatoria—. ¿Qué pasará mañana?

—Ni idea. —Me encogí de hombros, pronunciando mi verdad —. Pero hoy estoy limpio.

—Sí —respondió, sorbiéndose la nariz, y me soltó los brazos—. Bien por ti.

Y entonces me cerró la puerta en las narices.

Puse los ojos en blanco, llamé otra vez y empecé la cuenta atrás desde cinco, sabiendo muy bien que seguía detrás de la puerta, esperando echarme toda la mierda encima.

Podía soportarlo.

Me merecía todo lo que ese hombre me soltara.

Le había hecho pasar un infierno a su familia entera.

Ahora me daba cuenta.

Cinco.

Cuatro.

Tres.

Dos.

Uno…

—¡Por Dios santo, Joey! —gruñó en cuanto la puerta principal volvió a abrirse—. ¿En qué pensabas al meterte en ese tipo de vida?

—No pensaba —admití en voz baja—. No quería pensar. Esa era la cuestión.

—Te di el beneficio de la duda —logró decir—. Sabía por lo que estabas pasando, pero veía a un buen chaval debajo de todos esos problemas. Y todavía lo veo. Pero… —Se le quebró la voz y negó con la cabeza.

—Dilo, Tony —dije, tranquilo—. Lo que tengas que decir, sácalo del pecho. Podré soportarlo.

—No puedo —refunfuñó—. Según mi mujer, he de tener mucho cuidado con lo que te digo. Puesto que estás frágil y eso.

—¿Te parezco frágil?

—Me pareces alguien que ya no conozco.

«Ay».

Mantuve las manos a los lados, dispuesto a aceptar lo que fuese que aquel hombre tuviera que decirme o hacer. Cuando no tenía nada, había sido la única figura paterna en mi vida y yo había arruinado a su hija. Le había robado el futuro que él esperaba que tuviese.

—Te quería —dijo finalmente, con el pecho agitado—. Como si fueras de mi propia sangre.

—Lo sé.

—Convertiste a mi hija en madre antes de que se hiciera una mujer, y luego la abandonaste.

—Tenía que marcharme.

—Sí, quizá, pero eso no cambia nada en mi cabeza —contestó con la voz cargada de emoción—. No puedo arriesgarme a que estés con ella. No en sus circunstancias. Me decepcionaste, Joey. Caíste por la madriguera y te llevaste a mi hija contigo.

¿Qué podía decirle a eso?

Nada.

No podía cambiar lo que había hecho.

Tampoco podía cambiar el hecho de que cada palabra que pronunciaba era la verdad absoluta.

Sí, había caído fuera de control, me había perdido y me había llevado a su hija conmigo.

—Desapareciste de la faz de la Tierra durante meses. La dejaste sola limpiando tu puñetero desastre, Joey. Tu puñetero desastre. Y ¿ahora vuelves? ¿Durante cuánto tiempo?

—Para siempre —respondí, obligándome a mirarlo a los ojos—. Me quedo.

—Te quedas —repitió con el tono cargado de dolor—. ¿Puedes hacerlo, Joey? ¿Puedes quedarte?

—Sí, Tony, puedo quedarme —respondí, lleno de emoción—. No volveré a dejarla.

—He oído que vas a ir a ese colegio privado tan elegante. —Sonó indignado—. Qué bien les va a algunos. Menuda segunda oportunidad más prestigiosa. Y mientras tanto mi hija lo pierde todo.

Absorbí otra vez su enfado, pues era muy consciente de que gran parte de la culpa de que su hija hubiera suspendido el examen de acceso a la universidad era mía.

—Acepté la plaza en Tommen para poder volver con ella —me oí decir—. La rechazaría encantado si ella pudiese aceptarla en mi lugar, Tony. Tienes que saberlo.

—Yo ya no sé qué pensar —espetó, frotándose la mandíbula—. Ahora mismo, en lo único que pienso es que ojalá no hubieras vuelto.

—Bueno, pues he vuelto.

—No te das cuenta de lo que le has hecho —me soltó—. El daño que le has hecho a mi hija. Si lo supieras, la dejarías en paz y me dejarías cuidar a mí de mi familia.

—No puedo hacerlo —respondí, intentando desesperadamente mantener el temple—. Porque tu familia también es mi familia.

—Ella es mi hija.

—Y es la madre de mi hijo —respondí con vehemencia—. No puedo apartarme de ella, Tony. Está embarazada de mi bebé.

—Es mi nieto y ni de coña voy a permitir que le vuelvas a hacer daño a ninguno de los dos.

—Puedes intentar mantenerme alejado de tu hija, pero no me mantendrás alejado de mi hijo.

Me dispuse a marcharme, pero alargó una mano y me agarró la sudadera por delante. Me mantuve firme, con las manos a los costados, y esperé a que me diera un puñetazo en la cara. No lo recibí.

—Demuéstrame que me equivoco, Joey —dijo con la voz cargada de emoción mientras me llevaba hacia sus brazos y me abrazaba con fuerza—. Demuéstrame que me equivoco, hijo.

—No te preocupes, Tony. —Tragando saliva, le devolví el abrazo con la misma fuerza—. Lo haré.

Al cabo de una hora, y todavía furioso con el mundo y todo el que estuviera en él, crucé los brazos detrás de la cabeza y me tumbé en el suelo junto al pequeño crucifijo de madera, con la mirada clavada en el cielo despejado de verano.

—¿Estás ahí arriba? —pregunté y entonces me di mentalmente una patada—. Joder, pero ¿qué digo? Probablemente estés con él.

La muerte me rodeaba, pacífica y tranquila, y por un momento sentí celos.

El sol brillaba y era como si lo viera con claridad por primera vez en años.

¿Y ahora qué?

¿Qué coño se suponía que iba a hacer ahora?

¿Volver y discutir un poco más con Tony?

¿Ponerme de rodillas y disculparme?

¿Agarrar a Molloy y llevármela?

¿Vivir?

¿Ser feliz?

¿Irme a casa?

¿Adónde?

—Me jodiste —susurré, sacando un brazo de debajo de la cabeza para recorrer con los dedos la tierra sobre su tumba y me fastidió cuando el eco de mi propia voz hueca retumbó en mis oídos.

Cerré los ojos con fuerza y me obligué a recordar su cara.

El aspecto que tenía.

Cómo olía.

Su voz.

Su dolor.

Sus gritos.

Me sorbí la nariz y me sequé el rostro con el dorso de la mano antes de ponerme de pie.

—Hasta pronto, mamá. —Una lágrima me bajó por la mejilla y me sorprendió poder aún sentirla—. Quédate fuera de mi cabeza, ¿entendido?

Me sacudí la tierra y la hierba de los vaqueros e inhalé un par de veces antes de cruzar el cementerio sin parar hasta estar frente a su lápida.

Una vez.

Mientras estaba en el centro de desintoxicación, me había prometido a mí mismo que lo haría al menos una vez.

Y ya estaba.

Todo había terminado.

Aquella idea era lo único que parecía mantenerme cuerdo los primeros días.

Mi rencor y mi amargura me habían dado algo por lo que vivir.

Sin pronunciar una palabra, recogí todas las velas, las coronas y los ramos de flores que su familia le había dejado, y los tiré por encima del muro más cercano.

—¿Cómo es, viejo? —pregunté al volver a su tumba, abriéndome la bragueta de los vaqueros—. ¿Quemarse por fin en el infierno?

—Joey, amor. —Me puso una mano en el hombro y me dolió. El movimiento. La sensación. Absorber el contacto. La jodida delicadeza de su tacto—. He recibido tu mensaje.

—Me he meado en su tumba.

—¿Es eso todo? —Con un fuerte suspiro, dejó el bolso sobre la hierba y se arrodilló a mi lado junto a la sepultura de mi madre—. Me impresiona tu nivel de autocontrol. Yo no habría sido capaz de contenerme.

—También he tirado todas las flores que le habían dejado —mascullé—. No era suficiente.

—No. —La tristeza inundaba su voz—. Y probablemente nunca lo será, amor. Al menos, no lo sentirás así.

—Treinta y ocho —susurré, inclinando la cabeza hacia el pequeño crucifijo con los detalles de mi madre grabados en él—. No era más que una cría, Edel.

—Lo sé, amor.

Me cogió de la mano.

La dejé.

Absorbí la sensación de su mano cubriendo la mía.

—La echo de menos —admití, cerrando los ojos con fuerza cuando las lágrimas empezaron a caer—. La echo muchísimo de menos, joder —se me quebró la voz y se me escapó un sollozo—. Echo de menos a mi madre.

—Tu madre te quería, Joey —me dijo Edel mientras me abrazaba—. Te lo juro, amor. —Apretó sus brazos contra mí y me acarició el pelo con una mano—. Tan solo se olvidó de demostrártelo.

Cuando cruzó la puerta de entrada de la mansión con el coche, me vinieron un millón de pensamientos y emociones, pero desaparecieron todos de mi cabeza en cuanto aparcó frente a la casa y clavé los ojos en mis hermanos.

—¡Joey!

—O-i.