Rey de la gula (Pecados 6) 133. Embarazo a término
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133. Embarazo a término

EMBARAZO A TÉRMINO

Aoife

—Bueno, buenas noticias, el cérvix es favorable —dijo el médico, tirando los guantes a una papelera—. La cabeza del bebé está colocada. La sangre que viste esta mañana es el tapón mucoso. No me sorprendería que te pusieras de parto en las próximas veinticuatro horas.

—¿En veinticuatro horas? —exclamó mi madre—. ¿Tan pronto? Pero aún le quedan tres semanas.

—Solo el cinco por ciento de los bebés se tienen en la fecha establecida, y este ya es más grande de lo normal y por eso ha dilatado dos centímetros —respondió—.

Podría tardar varios días más. Incluso una semana.

Los bebés son impredecibles, pero, según mi experiencia, tu hija es la candidata perfecta para un parto más pronto que tarde.

—¿Lo puede retrasar, doctor? —En la camilla de exploración, con las piernas abiertas y mi dignidad en Ballylaggin, me apoyé en los codos y le supliqué al hombre del uniforme verde—. No salgo de cuentas hasta dentro de tres semanas y mi novio no vuelve a la ciudad hasta el miércoles por la noche.

—Aoife. —Mi madre suspiró—. No funciona así, cariño.

—El bebé viene cuando está listo —contestó el médico—. Y te aseguro que este bebé está listo, Aoife.

—Bueno, no me importa lo que digáis —refunfuñé, bajándome de la camilla de exploración y colocándome bien mi vestido enorme—. No voy a tener al bebé hasta que Joe llegue a casa.

—Eh, pato —me dijo Casey mientras se apoyaba en la furgoneta de mi padre en el aparcamiento del hospital, disfrutando del sol de aquella cálida tarde de verano—. ¿Qué tal nuestro bebé?

—No empieces —protesté, arrastrándome al aparcamiento—. Hace demasiado calor y sufro un caso grave de descargas eléctricas en el coño.

—Son pinchazos en la vagina —me corrigió mi madre mientras abría la furgoneta—. Por favor, amor, sé que estás de mal humor, pero no seas tan vulgar.

—Pinchazos en la vagina. —Casey sonrió—. Eso suena mal.

—¿Sabes lo que suena mal, Case? Tener a un obstetra geriátrico metiéndote toda la mano por el coñ…

—¡Aoife!

—Por la vagina —terminé de decir y resoplé.

—¿Estamos hablando del puño entero? —preguntó mi mejor amiga mientras me ayudaba a subir a la furgoneta.

—¡El puño entero, el brazo y el codo!

—Espero que tuviera un guante.

—No seas tan dramática, Aoife. —Mi madre se rio, se subió al asiento del conductor y puso en marcha el coche—. Era un examen normal, amor, no la época de alumbramientos en la granja de Pepito. Si crees que eso ha sido malo, espérate al parto. Aquello será una carnicería.

—La granja de Pepito. —Casey resopló—. Eso ha sido bueno, Trish.

—Vaya —dije inexpresiva—, me alegra que la muerte inminente de mi vagina os divierta tanto.

—Bueno, eso te enseñará a no dejar que tu novio entre ahí dentro sin protección.

—Sí, madre —dije arrastrando las palabras, con un tono lleno de sarcasmo—. Está claro que he aprendido de mis errores.

—Ya ha dilatado dos centímetros, Casey —dijo mi madre entusiasmada—. El médico cree que tendrá el bebé como muy tarde mañana.

—Relájate, mamá —la interrumpí—. Nada va a salir de mí hasta que Joey llegue a casa.

—Eso no es técnicamente cierto —terció Casey, señalando una mancha circular en la parte delantera de mi vestido—. Están goteando un poco por ahí, cariño.

—Ay, por favor —gemí, levantando las manos, consternada—. ¿Qué demonios le pasa a esa teta?

—Deberíamos comprarte un cencerro y llamarte Margarita.

—¿Cuál, tesoro?

—La izquierda —refunfuñé, cogiendo un pañuelo de papel para metérmelo en el sujetador—. La derecha siempre se porta bien, pero la izquierda es una zorra vergonzosa.

—Ay, venga ya. —Casey se rio, dándome unas palmaditas en la barriga enorme—. Ignora el goteo y vámonos a hacerte la pedicura en esas pezuñas hinchadas antes de que vuelva el padre.

—Hum —refunfuñé, algo apaciguada por la idea de volver a ver a Joey—. ¿Crees que tendrán un cortasetos en el centro de estética?

—Vamos, dedícanos una sonrisa —me animó Casey—. Llevas esperando esto todo el verano.

Tenía razón.

Llevaba esperando todo el verano.

Quince semanas para ser exacta.

Joey venía a casa.

Por fin.

El miércoles por la noche estaríamos juntos de nuevo.

—Estoy nerviosa —me oí admitir en voz alta por primera vez, aunque la sensación hacía semanas que me reconcomía.

—¿Qué? —preguntaron Casey y mi madre al unísono—. ¿Por qué?

—Porque miradme, chicas. —Me señalé el vientre—. No soy exactamente la Aoife que él recuerda.

—Aoife, estás a punto de tener el bebé de ese chico —dijo mi madre con dulzura—. Estás preciosa, cariño.

—Estás preciosa que te cagas, tía, te quedas sin aliento al mirarte —terció Casey dándome su apoyo—. ¡No conozco a nadie en todo el planeta con una barriga de nueve meses y que todavía esté para follársela! ¡Se va a volver loco cuando te vea!

—Casey —la regañó mi madre—. Por favor, amor, ¿puedes dejar de hablar así?

—Perdona, Trish, pero es verdad —respondió mi mejor amiga—. ¡Nuestra chica es una madre buenorra! —Y, sonriendo con picardía, añadió—: Y, cuando Joey el padre buenorro llegue a casa, va a haber una explosión.

—¡Ay, madre santísima! —exclamó mi madre entre dientes, sonando dolida.

—No tienes de qué preocuparte, Aoife —dijo Casey—, pero, para llenar el vaso de la autoestima, vamos a salir hoy todas a mimarnos y que corra a cuenta de Papi T. —Miró a mi madre antes de preguntar—. Le birlaste la tarjeta de crédito antes de salir de casa esta mañana, ¿no, Trish?

—Pues claro, chicas.

—Hurra. —Mi mejor amiga aplaudió con entusiasmo y me rodeó el hombro con el brazo—. Estamos a punto de liarla.