Rey de la gula (Pecados 6) 132. De vuelta a Ballylaggin
90%

132. De vuelta a Ballylaggin

DE VUELTA A BALLYLAGGIN

Joey

Después de pasar una eternidad pensando que nunca ocurriría, por fin sucedió. Llegó el día que más ansiaba y a la vez temía desde que había recuperado la mente.

El día D.

El primer día del resto de mi vida, o eso me habían dicho.

«Joder».

Sin embargo, las condiciones de mi baja tenían ciertas estipulaciones. Unas estipulaciones que había aceptado para salir, pero en las que apenas podía pensar ahora.

Las estipulaciones incluían blazers.

Al salir del centro de desintoxicación que había sido mi casa desde que la mía se había quemado entera, diligentemente ignoré al celador mayor que estaba a mi lado.

¿Qué coño iba a hacer si intentaba escaparme?

No tenía planeado salir corriendo y, aunque lo hubiera hecho, mi conciencia jamás lo permitiría.

Lo más probable es que al pobre cabrón le hubiese dado un síncope tratando de pillarme.

Con una bolsa de lona echada al hombro y una carpeta en la otra mano, vi cómo paraba un reluciente Range Rover junto a la acera.

«Respira».

«Tú respira».

Una parte no tan pequeña de mí me gritaba que huyera a las montañas, me diera el piro y me alejara de aquella gente.

No lo hice, aguanté, mantuve ambos pies en su sitio mientras bajaba la ventanilla tintada y me encontraba de cara con una rubia familiar, que no se parecía en nada a la mujer que me parió.

—Hola, amor. —Edel me sonrió por la ventanilla del coche—. Saldría para darte un gran abrazo, pero John me ha dado órdenes estrictas de dejar los abrazos.

«Gracias a Dios».

—Sube, amor —añadió, colocándose las gafas de sol encima de la cabeza—. Tenemos un largo camino a casa y los chicos se mueren por verte.

Como sabía que aquella mujer tenía en la palma de la mano cualquier acceso futuro a mis hermanos, descarté la idea de huir y abrí la puerta del coche.

—Gracias de nuevo por venir a buscarme. —Lancé mi bolsa en el asiento trasero y me subí al asiento del copiloto, al lado de ella, nervioso y sintiéndome desequilibrado de la hostia—. Y, bueno, por todo lo demás.

—De nada, Joey, amor —respondió Edel mientras volvía a salir a la carretera—. ¿Cómo te encuentras?

Irónicamente, sonaba «Unwell» de Matchbox Twenty por la radio del coche y durante un instante me debatí entre decirle que me sentía más que un poco mal, antes de decidirme por el «estoy genial» de siempre.

Mirándome de reojo, Edel levantó una ceja con una expresión que decía «no me mientas» antes de volver a centrarse en la carretera.

«Compórtate, chaval».

«No le des por culo a esta mujer».

Con las rodillas moviéndose sin parar, me limpié las palmas sudadas en los muslos y exhalé, con una sensación de claustrofobia a la vez que inquietud.

Todo el mundo había seguido con su vida desde que me había marchado de Ballylaggin.

Ya no tenía trabajo, ni estaba en el equipo, no tenía madre ni un papel que desempeñar.

Debía empezar de cero, y, a pesar de la cantidad de apoyo que me daban, no sabía dónde empezaba ese desde cero para mí.

La única flecha en el camino era la que me dirigía directamente hacia Molloy.

—Shannon se muere por verte —continuó con un tono suave—. Lleva en la cocina desde el amanecer con Ollie y Sean. Te están haciendo un pastel.

«Joder».

—¿Cómo están? —me obligué a preguntarle antes de tragar saliva con fuerza al sentir un dolor candente por las palabras, porque me daba cuenta de que había abandonado a mis hermanos pequeños y a mi hermana cuando más me necesitaban.

La mujer sonrió y dijo:

—Están genial.

A regañadientes, las comisuras de mis labios subieron por su cuenta.

—Supongo que me lo merezco.

—Los chicos se encuentran muy bien, amor. —Me dedicó entonces una sonrisa inmensa—. De hecho, lo llevan mejor de lo que nadie habría esperado, dadas las circunstancias.

«Gracias a Dios por que sea así».

—¿Y Shannon?

Sonriendo, Edel puso los ojos en blanco.

—Tu hermana está enamorada hasta las trancas de mi hijo. A estas alturas son como un viejo matrimonio. Mantenerlos separados es el principal desafío ahora.

—Puedo imaginármelo —contesté, siendo consciente de que lo último que quería en esos momentos era pensar en ese escenario en particular.

—La verdad es que quería consultarte algo. —Bajó el volumen de la radio—. He pensado que, como viven juntos, estaría bien llevar a Shannon al médico. —Lanzó una mirada nerviosa en mi dirección—. Está tomando la píldora desde junio, amor. Espero que no tengas ningún problema.

El hecho de que me estuviera pidiendo permiso me llegó. Me estaba tratando como a un igual, no como a un niño, y yo se lo agradecía.

—No, esa es sin duda una decisión acertada —respondí—. Bueno, no es que sea infalible. —Hice una pausa y me señalé a mí mismo—. Está claro. Pero es bueno que se esté protegiendo.

—Les he advertido que se estén con las manos quietas —continué Edel—, pero ya sabes cómo son estas cosas. No puedo hacer mucho más.

Sí, ya sabía cómo eran. Molloy y yo nos las habíamos sabido ingeniar bien tiempo atrás.

—Oye. —Me aclaré la garganta mientras me subía las mangas hasta los codos y me movía, incómodo, tratando de pronunciar las palabras que no terminaban de acercarse a lo que tenía que decir—.

Jamás podré pagaros a John y a ti por lo que habéis hecho por mi familia…

—Paré a respirar, con dolor, antes de añadir—: Y también por mí.

Joder, odiaba aquello con cada fibra de mi ser.

—Todavía no estoy seguro de por qué habéis hecho todo esto, ni por qué seguís ayudándonos, pero creo que está clarísimo que hace falta ser un tipo de persona muy especial para acoger a una familia como habéis hecho por nosotros.

No tengo nada que daros a cambio. No sé si alguna vez lo tendré, pero haré todo lo que pueda para devolveros…

—Quiero a tu familia, Joey —me interrumpió, con la voz cargada de emoción—. A cada uno de vosotros. —Me guiñó el ojo —. Sobre todo a ti.

«Sobre todo a mí».

Vaya mierda.

No tenía nada que responder a eso. Porque la verdad era que yo no la quería a ella.

Mi corazón no latía igual que el de mis hermanos.

De hecho, estaba bastante seguro de que no latía bien.

En aquel momento, sentí como si tuviera acero en la tráquea, bloqueando el aire que salía de mis pulmones, impidiendo que las palabras que necesitaba decir salieran de mis labios.

Quizá no era tan malo que no quisiera a la mujer del asiento del conductor. Al fin y al cabo, había defraudado o destrozado la vida a todas las mujeres que habían logrado traspasar los muros de mi frío y negro corazón.

Mi madre.

Mi hermana.

Mi novia.

Al pensar en la chica que había dejado en Ballylaggin al principio del verano, noté que crecía la culpa en mí con tanta fuerza que me sentí asfixiado. La puta culpa me reconcomía, ardía y me hacía tener ganas de escapar de los confines del coche lujoso de esa mujer.

«Respira, chaval, tú respira».

«No, no respires, aguanta la respiración hasta que te desmayes y dejes de sentir».

Me giré hacia la ventanilla de mi puerta, cerré los ojos y eso fue lo que hice.

Me obligué a relajar los hombros y absorbí la sensación como me habían enseñado.

Lo asimilé mientras me centraba en la respiración y estabilizaba el ritmo del corazón.

Canalizando los sentidos, me concentré en la sensación y el olor y el gusto del aire fresco.

Finalmente, pasó.

—He estado hablando por teléfono con Aoife —comenté de repente, sorprendiéndome a mí mismo con la confesión—. Todos los días, desde que me dieron permiso.

—¿Ah, sí? —A Edel se le iluminaron los ojos—. ¿Y qué tal?

—Bien, me ha contestado todas las veces.

—Puf. —Movió la mano en el aire—. Como si no fuera a hacerlo.

—Es más de lo que merezco —admití, girándome para mirarla—. La chica es increíble.

—La verdad es que es dinamita —dijo Edel de forma reflexiva, sonriendo con indulgencia—. Seguro que está loca por ti, Joey, amor.

—Sí, bueno. —Me estremecí—. El sentimiento es mutuo.

—Supongo que no sabe que sales hoy —apuntó Edel—. De lo contrario, habría venido en el coche conmigo.

—No, quería darle una sorpresa —respondí—. Cree que no salgo hasta el miércoles. —Hice una mueca y añadí—: Antes de que empiecen las clases el jueves.

—Ah, le chiflará.

—A su viejo lo dudo.

—No te preocupes por nadie más —se apresuró a tranquilizarme—. Céntrate en tu novia y en el pequeño que está a punto de llegar, y todo lo demás ya irá encajando.

—¿Lo saben los niños? —pregunté—. ¿Lo del bebé? ¿Se lo habéis contado?

—Por lo visto, Tadhg ya lo sabía desde hacía tiempo —me sorprendió.

Fruncí el entrecejo.

—¿Qué?

—Ajá —asintió—. Ese chico es un lince.

—Vaya mierda.

—Los rumores se difundieron enseguida cuando te marchaste, amor, así que tuve que hablar con la familia de eso.

—¿Cómo se lo tomaron?

Edel sonrió.

—Ollie está contentísimo. Tadhg… es Tadhg. Shannon no deja de comprarle ropa al bebé. Johnny y Gerard han estado acumulando medidas preventivas, y ¿Seany? Bueno, es muy pequeño para asimilar la idea de que va a ser tío.

—¿En serio?

—En serio —confirmó con un gesto de la cabeza—. Están preocupados por su hermano, pero están encantados de tener a Aoife como hermana, y una sobrina o un sobrino.

—Sobrino.

—¿Es un chico? —exclamó, casi chocando el coche por el entusiasmo.

—¡Por Dios! Mantén los ojos en la carretera, por favor —le pedí—. Y no, no lo sabemos. Es solo una corazonada, pero lo siento aquí dentro.

—¿Sabes? Es curioso que lo digas porque tu tata dijo lo mismo.

Me encogí de hombros.

—Sí, ella es muy intuitiva.

—Está claro que no es la única —respondió Edel—. Mira, cuando llegue a casa voy a hacer una porra con John. Si tu instinto te dice que es un chico, y el de la tata también, pues yo también apuesto por eso.

—¿Vas a apostar dinero? —Arqueé una ceja—. ¿Por qué?

—No he dicho que fuera dinero —respondió con un guiño pícaro.

«Joder».

Reprimiendo una arcada, llevé la conversación de vuelta a aguas más seguras.

—Creía que no se lo tomarían bien.

—¿Quiénes, los niños?

Asentí con la cabeza.

—¿Y eso, Joey, amor?

—Porque, a pesar de mis grandes esfuerzos, he cometido el viejo error de seguir los pasos de nuestro padre. —Miré a la madre de acogida de mis hermanos y negué con la cabeza—. Porque he convertido a mi novia en nuestra madre.

—No, amor —respondió, despeinándome el pelo de forma cariñosa para consolarme—, porque Aoife no se parece en nada a tu madre, y tú, mi chico con un gran corazón, no tienes ni un hueso de Teddy Lynch en tu cuerpo.

—Ya te he dicho que no me va nada eso —le recordé, retirándome de su mano, incómodo, cuando me apretó la mejilla—. No soy tu chico.

—Y yo ya te he dicho que te quedas con nosotros —se rio—. Quien se lo encuentra se lo queda, Joey, amor. Ahora eres mío.

«Joder».